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Fecha: 20010903
Título: Tambien en medio de la violencia y de la barbarie Dios cultiva la santidad
Original en audio: 14 min. 42 seg.
Hermanos:
Voy tomando como costumbre predicar con alguna frecuencia sobre las vidas de los santos, porque son ejemplos que nos inspiran mucho, y porque hoy por hoy desconocemos esos tesoros, esos ejemplos que son las vidas de los santos.
Hoy, por ejemplo, estamos recordando a San Gregorio, un hombre que vivió en el siglo VI y que fue Papa. Ustedes se pueden preguntar: "¿Y que tiene que ver ese señor de hace tantos años conmigo? ¿Y qué tiene que ver un Papa, con todos sus problemas de la Iglesia, con los problemas míos?"
Pues vamos a ver, que el Espíritu Santo nos ayude, vamos a descubrir un poco que siempre se puede aprender algo de los santos, porque ellos brillan en el Cielo, como las estrellas y más que las estrellas.
El tiempo en el que vivió San Gregorio fue un tiempo de confusión,porque la gran institución política de la época, el Imperio Romano, se acababa de disolver, es decir, el Imperio romano había perdido su cabeza en Roma; seguía existiendo, como sabemos por la historia, seguía existiendo como Imperio Romano con una capital nueva en la ciudad que hoy se llama Estambul, en Turquía.
Pero la cuidad de Roma, que durante siglos había sido la cabeza de ese inmenso Imperio, esa ciudad estaba en decadencia, y eran tiempos de muy grave y dolorosa confusión.
Gregorio vivió en ese tiempo, no vivió en el tiempo de la seguridad, sino en el tiempo de la inseguridad. El mundo que él conoció no fue un mundo estable, organizad, seguro, sino un mundo incierto, lleno de violencia, lleno de confusión, lleno de sorpresas desagradables.
Los enemigos de aquella época eran los bárbaros, es decir, las tribus que durante siglos habían rodeado al Imperio Romano y que ahora, cuando el Imperio se venía al suelo, caían como en un pillaje a sacar tajada de la manera más brutal; es decir, robos, incendios, violaciones en masa, torturas, desolación.
Ese fue el mundo en el que vivió Gregorio, porque él no estaba viviendo en la capital del Imperio, es decir, lo que se llamaba Constantinopla y hoy se llama Estambul, sino estaba viviendo en la parte fea, en la parte de los problemas, en la zona de los conflictos, y allá estuvo, y allá se mantuvo, y allá predicó y sirvió, y allí se hizo santo.
Primera enseñanza para nosotros: también en medio de la confusión, también en medio de la violencia y de la barbarie, barbarie viene de bárbaro, también en medio de la violencia y la barbarie, Dios cultiva la vida de la gracia y también ahí es posible la santidad.
Esto es muy importante, porque los tiempos en los que nosotros vivimos no son completamente ordenados, no son tan desordenados como los tiempos que conoció Gregorio, pero son tiempos confusos, son tiempos difíciles.
Y las desapariciones, los desplazamientos, las violaciones, la brutalidad, los asesinatos son noticias que las tenemos cerca y que de pronto han rasgado ya nuestra carne.
No nos disculpemos pensando que porque vivimos en tiempos malos, tenemos el derecho a ser malos, o de pronto el derecho a ser mediocres. Gergorio, en esos tiempos malos, fue un hombre bueno. Una enseñanza importante para nosotros, pero no es la única.
Gregorio escogió como vocación ser monje; su ocupación principal, su vida entera era el monasterio, la oración, el silencio, la lectura, el recogimiento; era un monje.
Un monje con su oración le ayuda al mundo entero, pero su vida es muy escondida como si únicamente estuviera cuidando de su alma.
Dios, por un designio extraño, escogió a este monje, un hombre de soledad, lo escogió para que fuera sucesor de Pedro, para que fuera el Papa. Definitivamente, una persona que no pude estar pensando solamente en la salvación de su alma, sino que tiene que ocuparse de la salvación, podríamos decir, de todas las almas.
Gregorio había escogido como camino suyo la oración, el silencio, el recogimiento, pero Dios le cambió la ruta y lo llevó a la predicación, al trato con muchísimas personas, a la caridad incesante por el rebaño de Cristo.
Y Gregorio se dejó llevar, se dejó conducir; su plan era uno, y Dios lo llevó para otra parte. Gregorio no le impuso su plan a Dios, dejó que Dios escogiera, se dejó guiar por Dios.
Y aunque eso suponía una especie de sacrificio para su corazón, tomó con alegría y con generosidad ese sacrificio, y buscó la voluntad de Dios.
Así, Gregorio, en esos tiempos tan malos, fue un hombre que, a través de la predicación y de los escritos, puso orden, salvó a muchísima gente para que fueran buenos ciudadanos y para que fueran grandes cristianos.
Gregorio fue muy fecundo no siguiendo el camino que a él le gustaba primero, sino siguiendo el camino que Dios le mostraba. Esa es la segunda enseñanza para nosotros. Muchas veces vivimos la vida solamente tomando nuestras propias decisiones, lo que a nosotros nos gusta, lo que a nosotros nos parece, y se nos olvida preguntarle a Dios si eso es lo que a Él le gusta y lo que a Él le parece.
Tal vez Gregorio hubiera podido seguir en su monasterio y hubiera sido un santo monje, tal vez; pero donde Dios lo llevó, Gregorio pudo hacer muchísimo bien, un bien tan grande, que la gente, reconociendo la grandeza de este hombre, comenzó a llamarle Gregorio el Grande, eso en latín se dice Gregorious Magnus, y por eso hablamos de San Gregorio Magno, Gregorio el Grande.
La segunda enseñanza para es: tú vas a ser grande si encuentras y sigues la voluntad de Dios. La verdadera vida nuestra no está en lo que a nosotros nos parece o nos gusta así no más, sino hay que saber escuchar la voz de Dios, porque Dios tiene plaes muy bellos y en esos planes sí vamos a ser verdaderamente fecundos, verdaderamente grandes, como Gregorio el Grande.
La tercera enseñanza proviene de cuál fue la vida que llevó este hombre como Papa. Gregorio fue un lector incansable de la Sagrada Escritura. Venía a costumbrado a leer la Biblia de sus tiempos de monje; amaba la Biblia, se sabía de memoria extensísimos pasajes de la Biblia. La Biblia era el alma de su alma.
Pero lo más interesante en el caso de Gregorio, es que él no se quedó solamente aprendiéndose la Biblia, sino que buscó en la Biblia una ruta para su vida, es decir, quiso que Dios le enseñara, a través de la Biblia y a través de los grandes predicadores que él había conocido y de los grandes escritores que él había leído, quiso que Dios le mostrara el camino.
Esto es lo que se llama una lectura moral de la Biblia. La obra más famosa de San Gregorio se llama precisamente así: "Las Moralia".
Gregorio buscó en la Biblia cómo se debe vivir, cuál es la vida que Dios ha querido para nosotros, y esta es la clave de su fantástica reciedumbre, esta es la clave de su firmeza. En un mundo que parecía derribarse, Gregorio permanece firme porque tiene el oído pegado a la voz de Dios en la Escritura y porque busca, en la Palabra de Dios, cómo se debe vivir.
De este modo, primero como monje, cuidando de su corazón y de su ama; y luego como Papa y como escritor, difundiendo luz por todas partes, Gregorio quiso que nuestra vida se pareciera a la vida que Dios quiso para nosotros.
Hermanos, nosotros también necesitamos volvernos a la Palabra de Dios, la ruta de nuestra vida. Preguntémosle a la Palabra de Dios, si ese corazón que llevamos por este mundo, es el corazón que a Dios le gusta; preguntémosle a la Palabra de Dios, si las conversaciones que nosotros tenemos, son las que a Dios le gustan; preguntémosle a la Palabra de Dios, si las diversiones que nosotros tenemos, son las diversiones que Dios quiere.
Dejémonos llevar por la luz, por la gracia, por la fuerza de la Palabra de Dios y encontraremos que la persona cambia, que el matrimonio cambia, que la familia cambia, que la sociedad cambia, que el sacerdote cambia.
Gregorio tenía una especie de obsesión en buscar la santidad de los sacerdotes y de las familias,porque sabía que cuando escuchamos la Palabra del señor, cuando la escuchamos con el corazón,la vida cambia.
Bendito sea Dios que nos regaló un santo tan grande y tan completo en tiempos tan difíciles. Y que la intercesión de Gregorio haga nuestros tiempos, aunque parezcan tan duros a veces, tiempos iluminados con el resplandor de la Palabra y por el reflejo de la luz del Cielo.
Amén.