Sfra004a
Fecha: 20021004
Título: Jesucristo le mostro el amor a Francisco especialmente en tres lugares: en la naturaleza, en los pobres y en el misterio de la Cruz
Original en audio: 10 min. 3 seg.
San Francisco de Asís es tal vez el santo más popular que tiene la Iglesia Católica después de la Santísima Virgen María; realmente, lo que Dios hizo en la vida de San Francisco fue extraordinario, y la fiesta de hoy es un motivo de mucha alegría, porque San Francisco, con su manera de ser tan humilde, tan fraterna, tan alegre, pues tiene esas cualidades que hacen especialmente atrayente a una persona.
A veces las personas de iglesia, a veces los sacerdotes tenemos actitudes un poquito distantes o soberbias; a veces sentimos que la santidad es una cosa como tan difícil y tan lejana, que no es para nosotros.
Y a veces sentimos que todas esas prescripciones y mandamientos del Evangelio son cosas que le van a quitar mucho sabor a la vida; entonces fíjate que es muy fácil pensar que la santidad es algo lejano, porque la gente que predica eso es gente distante, y porque además es muy difícil, y porque nos va a robar la alegría.
Y San Francisco de Asís viene a decirnos, con el testimonio de su vida que eso no es así; que Jesús el humilde, que Jesús el amigo, que Jesús el cercano, tiene para nosotros un mensaje, que como ya decía el libro del Deuteronomio, “No hay que atravesar el mar para encontrarlo, sino que está cerca de nosotros” Deuteronomio 30,13-14.
San Francisco viene a decirnos que la santidad no es algo que esté lejos de nosotros, que la santidad no es algo imposible para nosotros, y que la santidad no es algo triste, y por eso es un gran bien el que le ha hecho San Francisco de Asís al mundo entero.
Él mismo tenía esas cualidades de ser muy amigo, casi, podríamos llamar muy amiguero; y tenía un temperamento muy alegre; era de esas personas que a veces llamamos como “el alma de la fiesta”.
Cuando había fiesta, cuando había rumba, allá en su pueblo, este era un hombre muy popular, y él le traía mucha animación a la celebración, a la fiesta; pero un día se encontró con un amigo, al que él tenía descuidado, y ese amigo es Jesús.
Francisco era un hombre que, por temperamento, le gustaba complacer a sus amigos, y esta vez fue un amigo llamado Jesús el que le habló; le hablo desde una capillita que estaba medio destruida, esa capillita se llamaba la iglesia de San Damián.
Cristo le habló a Francisco, y le dijo: “Repara mi Iglesia”, y Francisco sintió que era la voz de un amigo, y le gustó ese encargo, y se puso a reparar la iglesia, y como esa iglesia de San Damián estaba tan deteriorada, entonces lo que hizo Francisco fue, pues conseguir un poco de argamasa, y conseguir algunas piedras, y empezar a reparar la capillita de San Damián.
Pero, cuando ya estaba acabando, o ya había acabado de hacer esa pequeña obra de albañilería, entonces ese amigo Jesús le volvió hablar, y le explicó que el problema no era la capillita de San Damián, el problema era que la Iglesia, la Iglesia, que no son muros, sino esa Iglesia que somos nosotros los bautizados estaba mal.
Y las piedras que estaban mal no eran las piedras de la capillita de San Damián, sino de esas otras piedras de las que habla el Apóstol San Pedro cuando dice que, “nosotros por la fe y el bautismo, vamos entrando como piedras en la edificación de la Iglesia de Dios” 1 San Pedro 2,4-9, en la edificación del templo de Dios.
Dios quiere que cada uno de nosotros tenga un lugar en la iglesia; Dios quiere que nosotros formemos parte de esa construcción hermosa, ese templo en honor de Cristo Jesús, para la gloria del Padre, ese templo habitado por el Espíritu que es la Iglesia.
Pero muchos de nosotros hemos vivido distraídos, y no hemos sido una construcción para la gloria de Dios, si no más bien hemos sido piedras desordenadas, regadas por el mundo, regadas por el camino, dispersas por la vida.
Entonces, Jesús le habló a San Francisco y le explicó que el problema no era las piedras de San Damián, sino el problema era cómo hacemos para que los cristianos puedan encontrar su lugar en la Iglesia, cómo hacemos para que los cristianos puedan estar unidos.
Las piedras se unen con argamasa o con cemento, con alguna cosa, ¿a nosotros qué nos une? A nosotros nos une la fe y nos une el amor; teniendo una misma fe y teniendo un mismo amor, nosotros estamos unidos los unos con los otros.
Entonces San Francisco entendió, por esa enseñanza de Cristo, entendió que se necesitaba la fe y que se necesitaba el amor; y Jesús le habló de muchas otras maneras y lo fue educando, lo fue liberando de muchas cosas.
Y lo primero que hizo Jesús fue enamorarlo de la belleza del Evangelio, porque es que en el corazón humano nada se puede hacer sin amor; sólo con el amor es posible mover el corazón.
Una persona, para movernos, necesita infundir en nosotros un amor, sin amor no es posible mover a una persona, sin amor lo que hacemos es obligar a las personas; con amor las atraemos, las persuadimos, las convencemos, las movemos.
Así hizo Jesús con Francisco, le mostró el amor de muchas maneras; pero especialmente en tres lugares: en la naturaleza, en los pobres y en el misterio de la Cruz de Cristo.
En el misterio de la Cruz de Cristo, porque Jesús regaló amor, muchísimo amor en la Cruz; donde más mostró amor Cristo fue en la Cruz. En los pobres, porque en los que están enfermos, en los que pasan necesidad, es donde más fácilmente es posible ejercer el amor, y quien ejerce el amor, se beneficia del amor. Y en la naturaleza, porque la belleza de la naturaleza, habla de la belleza de Dios. A Dios nadie lo obligó hacer las cosas, Dios lo que hizo, lo hizo por amor.
Por eso, en la contemplación de la naturaleza, en el servicio de los enfermos y a los pobres, y en la contemplación de la Cruz, San Francisco de Asís se fue llenando de amor y se convirtió en un testigo del amor de Dios, y creció tanto en ese amor, que luego San Francisco vino a ser como el hermano mayor de una gran familia.
Esa familia franciscana que ha tenido miles de frailes, miles de monjas y de religiosas a través de los siglos, la gran familia franciscana.
Pero además de todos esos religiosos y religiosas, tantos laicos, que conociendo el testimonio de vida de San Francisco, se han sentido conmovidos y han podido pensar como pensó, por ejemplo, un Santo llamado Ignacio de Loyola: "Bueno, ¿y por qué eso no me puede suceder a mí también? Y de esa manera Francisco sigue haciéndole mucho bien a la Iglesia.
Francisco de Asís es recordado también porque en él sucedió un milagro muy especial, que fue el milagro de los estigmas; esto también tiene que ver con el amor, el amor es principio de unidad.
A las personas no se las puede forzar, sólo el amor nos une, ya lo hemos dicho antes; cuando hay muchísimo amor, entonces se produce muchísima unidad; y eso fue lo que pasó, que con un amor tan grande como el que Cristo le dio a San Francisco, San Francisco se unió a Cristo, y se unió y se unió tanto, tanto a Cristo, que Cristo le regaló las señales de su amor, es decir, las llagas.
De manera que San Francisco de Asís tenía en sus manos, en los pies y en el costado, tenía llagas como si lo hubieran crucificado; realmente estaba unido a Cristo, y por eso es un santo que da un testimonio muy grande de lo que significa estar unido a Jesucristo.
Así como dijo el Apóstol San Pablo: “Yo llevo en mi cuerpo las señales de Jesús” Carta a los Gálatas 6,17, así también podría decir San Francisco.
Encomendémonos a la intercesión de este Santo admirable; alegrémonos bendiciendo a Dios por la belleza de la naturaleza, por la hermosura de amor que hay en la Cruz, y porque nos permita también prestar algún servicio a los hermanos que necesitan alguna misericordia en su cuerpo o en su alma.