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Fecha: 19991004

Título: La caridad en San Francisco de Asis no tuvo limites

Original en audio: 8 min. 14 seg.


En nuestra Orden Dominicana existe la tradición, de muchos siglos, de llamar a Francisco de Asís, contemporáneo de nuestro fundador, nuestro Padre San Francisco. Nos reconocemos así hijos de ese amor de Francisco.

Yo quiero compartir con ustedes unas palabras sobre este amor. Porque así como el egoísmo es estéril, así el amor es fecundo.

El amor nunca deja de dar frutos, así como el odio nuca deja de destruir, de arrasar, de acabar; y el amor brilló esplendorosamente en Francisco de Asís. Amor a Dios Padre, de quien se reconoció como una obra, como una criatura y, sobre todo, como un hijo; amor a Nuestro Señor Jesucristo, amor de compañía a Cristo, amor fraterno a Cristo, amor audaz hacia Cristo, un amor que llevó a Francisco al propósito casi obsesivo de padecer lo que padeció Cristo y de amar como amó Cristo.

Días antes de aquel día memorable en que recibió los estigmas en el Alvernia, Francisco oraba a Dios y le decía dos cosas y sólo dos cosas pedía: que le concediera sufrir como Cristo y que le concediera conocer el amor que llevó a Cristo a ese sufrimiento. Por aquí podemos hacernos una idea de cuál era el amor que Francisco tenía hacia Nuestro Señor.

Siendo como era su tiempo un tiempo de graves dificultades, de grandes vergüenzas para la Iglesia Católica en sus pastores, y tiene siempre palabras de especial ternura para la Iglesia; y además, ¿qué habría que añadir aquí si todos sabemos que el comienzo de su conversión estuvo marcada por las palabras de Jesús: "Repara mi Iglesia", que al principio entendió como reparar una capilla de San Damián allá por Asís, pero que luego entendió que significaba mucho más: sostener, reconstruir, levantar, edificar la Iglesia.

Catalina de Siena dice que, "en los muros de la Iglesia, el cemento es la Sangre de Jesucristo"; la reconstrucción de la Iglesia supone abundancia de Sangre de Cristo, supone una presencia nueva de la Sangre de Cristo.

Y así como los estigmas, así como las llagas de Francisco como que hicieron presente esa Sangre, así también el palpitar de su corazón, su manera de predicar, de acoger, de perdonar, fueron testimonio y presencia de la Sangre de Cristo. No se edifica a la Iglesia sin Sangre; la Iglesia se edifica con la Sangre del Señor. Y esto significa, a través de los sacramentos, a través de la predicación de la misericordia, pero a través entonces también de la participación en nosotros del misterio de la Cruz de Jesucristo.

Amar a la Iglesia supone abrazar la propia cruz, hacer presente la Cruz de Cristo. ¿Cómo haces tú presente la Cruz de Cristo? Asumiendo, abrazando con amor la cruz. Catalina dice: "Los clavos no eran suficientes para mantener a Cristo pegado a la Cruz, lo que le ató a la Cruz, lo que le amarró a la Cruz, fue el amor". Y así aparece el amor de Francisco por la Iglesia como un amor que significa la presencia continua del misterio de la Cruz.

Amor a la Iglesia, amor a la humanidad. Francisco no tuvo límites en su caridad. Se fue a Tierra Santa a predicar, quizá secretamente ansioso de lograr el martirio, pero no fue martirizado. Aquel Califa que ejercía el poder en lo que hoy es Israel y Palestina, descubrió en Francisco a un hombre humilde y sabio.

Y allá desde Tierra Santa, a Francisco se le ocurrió la idea de escribirle a todo el mundo -qué cosas tiene el amor, ¿no? Son como las exageraciones, las ingenuidades, los sueños pero, al mismo tiempo, la fuerza del amor, -y se conservan algunas de esas cartas a todos los hombres-.

Francisco, tan cerca a la tierra de Jesús, le escribe a todos los hombres como queriendo golpear a la puerta de todos los corazones; es una imagen de su amor inmenso por la humanidad, pero también amor a la naturaleza a la que reconoce hermana y un amor, que como conocemos muy bien, se desgrana en poemas y en ternuras por la obra de Dios y por la capacidad de significado que tiene cada una de las criaturas del Señor.

Este amor universal de Francisco hace de él como el regazo de Cristo. Decía Cristo en el evangelio que hemos escuchado: "Venid a mí" San Mateo 11,28; esto lo dice el que está repleto de amor, el que está lleno de amor; "Venid a mí, venid a mí" San Mateo 11,28.

Francisco fue colmado del amor divino; Francisco, tardaríamos demasiado en exponerlo, fue rebosado por el amor, y por eso él como otro Cristo, siempre se le compara así y no falta razón a esta comparación, él extiende ese amor que tiene su fuente en el torrente de la Cruz y parece que le dijera a todo el pueblo cristiano, a toda la humanidad: "Venid a mí" San Mateo 11,28.

Me siento feliz, por bondad de Dios, de ser fraile predicador; y hoy particularmente feliz de que, desde hace tantos siglos en nuestra Orden, nosotros nos hayamos sentido hijos nacidos de ese amor inmenso. Un amor así por Dios, por la Iglesia, necesitamos nosotros para ser verdaderamente lo que Dios quiere que seamos en la Iglesia.