Sfra001a

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Fecha: 19961004

Título: La mansedumbre es dejarle espacio al otro

Original en audio: 48 min. 30 seg.


Puede preguntarse alguien por qué este dominico llama padre suyo a San Francisco de Asís, como todos sabemos fundador de los hermanos menores, frailes menores, más conocidos hoy como Franciscanos; alguien podrá decir: "¿Será que el hombre ha entrado como en cierta duda en su vocación dominicana, o en cierta nostalgia?"

Francisco de Asís y Domingo de Guzmán, el fundador de los Hermanos Predicadores, más conocidos hoy como Dominicos, fueron contemporáneos.

Domingo nació hacia el año 1170, finales del siglo XII, y murió en 1221; Francisco nació hacia el 1182 y murió en 1226. Parece que alguna vez por lo menos se encontraron en Roma; hay muchas leyendas o historias sobre la amistad o relaciones entre estos dos grandes santos.

Y depende de si la historia la ha hecho un franciscano o un dominico, las versiones que resultan son ligeramente distintas, por ejemplo, se cuenta que uno de los dos sugirió al otro que unieran las Órdenes que estaban fundando, pero casi siempre el franciscano dice que fue Santo Domingo el que quiso eso, y el dominico dice que fue San Francisco el que quiso eso.

Lo único que parece constar históricamente es que alguna vez se encontraron. Son dos grandes santos, dos gigantes de la santidad, dos respuestas del amor de Dios a un siglo sumamente difícil, sumamente convulsionado, a una época de la Iglesia en la que por todas partes parecía como hacer agua la barca de Pedro.

Nosotros los dominicos nacimos entonces como contemporáneos de los franciscanos o hermanos menores, pero siempre ha sido más popular San Francisco; no es por eso por lo que yo hablo con tanto amor de San Francisco.

Si yo hablo con tanto cariño de Francisco de Asís, no es por aquel refrán de “si no puedes contra ellos, úneteles”; no es ese el motivo, ni tampoco es que sienta mi corazón una especie de celos por la popularidad indiscutible e indiscutida a lo largo de siglos y siglos que este hombre al que hoy, en la gloria de Cristo, estamos celebrando.

Francisco de Asís, no es por eso, es por una parte de una especie de aire de familia que nos rodea. Me decía un amigo laico, que después de tratarnos mucho tiempo a nosotros, ha tenido ocasión de hablar con algunos franciscanos, y dice que "se siente, efectivamente, como si ustedes fueran más o menos primos"; hay bastante similitud, hay también diferencias, desde luego.

Yo creo que lo más bello que pudiera yo decir como fraile predicador, como dominico, lo más bello que pudiera yo decir de Francisco es que Francisco es una predicación; él mismo es una predicación del Padre celestial, y yo creo que lo más entrañable de mi amor por Francisco de Asís, no es ni siquiera un asunto de familia sino es eso; no tengo que dejar de ser dominico, no tengo que dejar de ser predicador para hablar de Francisco, todo lo contrario, él mismo es una predicación.

No sobresalió, ciertamente, como predicador en cuanto tal, aunque ya diremos una palabra sobre esto, no sobresalió estrictamente hablando como predicador, pero si sobresalió y cuánto como predicación.

Francisco de Asís es una predicación del Padre celestial, Francisco de Asís es lo que está llamado a ser cada cristiano, una página del Evangelio. De tal manera hemos de vivir, efectivamente, nosotros, hermanos; de tal manera estamos llamados a vivir, que nuestra vida pueda ser escrita y agregada a las páginas de la Escritura.

De tal manera hay que vivir que se pueda agregar nuestra historia a las historias que se cuentan en los Santos Evangelios, porque al fin y al cabo las historias que aparecen en los Evangelios ¿qué son? No son sino historias de vidas rotas, reparadas, son vidas rotas reconstruidas, son vidas derrumbadas y arruinadas, levantadas pacientemente por el amor, por la ternura de Dios.

Eso es lo que nos encontramos en los Evangelios, vidas desorientadas, vidas perdidas, vidas ya sin entrañas, que de pronto encuentran la vida entrañable de Dios y en esa vida son reconstruidas. Si eso es así, hermanos, bien puede suceder que una nueva visión de la Biblia tenga que agregar un capítulo más en la que aparezca tu vida y en el que se cuente “había una vez un cierto “terco” que creía que nadie lo iba a poder salvar, que creía que se iba a morir así y que de pronto vio amanecer en su existencia la luz de la Pascua de Cristo.

Y este cierto “terco”, a fuerza de ese amor, descubrió que podía florecer y que podía dar fruto y por eso damos testimonio que esto es un milagro más del amor de Dios”. Efectivamente, usted y yo estamos a ser destinados páginas en el libro eterno de la gracia de Dios.

Dice el Evangelio de Juan que, "si intentáramos narrar todas las cosas que hizo Jesucristo, los libros no cabrían en esta tierra" San Juan 21,25, así dice efectivamente. En este mundo, en esta tierra, no caben los libros, pero en el cielo sí van a caber, porque nosotros, dice San Pablo, "somos esa carta escrita" 2 Corintios 3,2, esa carta de recomendación que habla bien del apóstol y el apóstol por excelencia es Cristo.

Pues si en esta tierra no pueden caber los libros que cuentan y cantan la obra de Dios en el cielo, ustedes y yo pertenecemos a una misma obra; en el cielo ustedes y yo somos capítulos sucesivos de una misma gracia, y en el cielo donde sí caben todas las páginas de la gracia, que ya serán páginas de la gloria, ahí usted será un capítulo, usted será un versículo y yo seré otro versículo u otro pie de página, o alguna cosa.

Nosotros somos parte del libro eterno de la gracia y de la gloria de Cristo Jesús, y eso es lo primero que nos enseña la vida de Francisco. Francisco de Asís un hombre tomado, arrebatado por la gracia de Dios, un hombre poseído por el amor de Cristo y como el amor hace semejantes los seres, un hombre semejante a Cristo.

Tal vez sea este el elogio más hermoso que se ha hecho de Francisco de Asís y no me tiembla la voz para repetirlo, lo más precioso, lo más bello que se ha dicho de él, que quizá sea el santo que más se ha asemejado a Jesucristo en toda la historia de los siglos.

Bueno, yo recibo ese elogio y lo repito con gusto, pero haciendo bien la anotación de que ningún santo agota la santidad de Jesucristo, porque por volver un poco aquella comparación entre Domingo y Francisco, la inmaculada vida de Domingo, manifiesta aspectos de Jesús que no aparecen en los tormentosos inicios de la vida de Francisco, de manera que ningún santo tiene completa la imagen de Jesús, pero hay tanto y tanto que contar de Jesucristo en la vida de Francisco, que están bien que empecemos pronto.

Resulta que Francisco de Asís tiene quizás la raíz de su popularidad de ser uno como nosotros, un hombre fascinado por las cosas de esta tierra; si el pecado de acuerdo con los moralistas es volver los ojos a las criaturas y retirarlos de Dios, si el pecado es darle nuestro afecto a las cosas creadas y quitárselo al Creador, y si esa es la fuente de todos nuestros pecados, pues podemos reconocernos hermanos en el pecado, y hermanos de Francisco.

Un hombre fascinado por las cosas de esta tierra, lo conocemos, creo que muchos de ustedes quizá mejor que yo; y por eso tendré que hablar con tiento y sólo sobre seguro. Francisco un hombre de temperamento alegre, geográficamente se movió muy poco, de esto también se diferencia de Domingo.

Casi toda la epopeya franciscana tiene su lugar, su epicentro, su escenario, estrictamente ahí en Asís y en las cercanías de Asís; pero cuando llega el momento de la conversión a este Francisco, esa poca movilidad geográfica se convierte en un elogio más del santo. En esto se parece a San Antonio Abad. Resulta que cuando San Antonio se convirtió, regaló sus bienes a los pobres y se fue a vivir a la calle del frente donde estaba, pero ya no como rico propietario, sino como mendigo.

Imagínese que usted regala todo lo de su casa y se fue a vivir en la esquina pidiéndole al celador que le de un poco dé sopa; algo parecido fue lo que hizo Antonio Abad. Antonio, uno de los Padres de la vida religiosa en la historia de la Iglesia, gran ermitaño, poderoso en la lucha contra el demonio, Antonio hizo eso; pues algo parecido hizo Francisco, Francisco se convierte y no se va lejos, se queda ahí, y por eso multitud de burlas y de insultos caen sobre su cabeza.

En un invierno por ejemplo, está él asistiendo a los oficios religiosos, la iglesia, plena construcción medieval, tiene mucha piedra y por consiguiente muchísimo frío, y el santo, no por ser santo no está por eso vacunado del invierno, ni de la gripa, incluida la que está dando ahora.

Pues este Francisco asiste a la iglesia, resiste el frío, pasa necesidad y de pronto se acerca uno de sus antiguos vecinos a burlarse de él y le dice: “¿A cómo nos estás vendiendo hoy las gotitas de sudor?” Se burlan de él precisamente porque le conocían, y por eso es mérito suyo el haber vivido toda su conversión delante de los suyos.

Es decir, precisamente delante de los que tenían menos motivos para creerle, en esto me parece que Francisco nos da un gran ejemplo, y se convierte también en una gran ayuda para nosotros, porque si hay algo que le cuesta a uno trabajo es vivir la conversión delante de los de la casa, de los vecinos, de los amigos, eso si que es difícil.

Convertirse uno aquí en Bogotá y aparecer en las tierras del Casanare diciendo: “Os anuncio que Dios es amor”, ah, eso es muy fácil, porque donde no lo conocen a uno, uno está de visita, y donde uno está de visita, pues ahí puede aparecer y ahí puede aparentar lo que no es; en cambio, la gente de la familia, esa sí que sabe dónde están las debilidades de uno y dónde están los problemas de uno, y esos si que tienen razones para no creerle.

Ya les he comentado como de las últimas personas en creer que el Señor Dios pudiera regalarme algo como el don de lenguas fue precisamente mi querida madre; si usted me oye orar en una lengua extraña, usted dirá: "Bueno, es posible que este señor esté orando en lenguas", eso puede decir usted; pero la mamá que lo vio a uno, que lo conoció, que le sabe todos los vericuetos y que de pronto vean el tipo por allá orando yo no sé qué....

Trabajo le costó a mi mamá admitir que lo que ahí estaba sucediendo pudiera venir del Señor y cuando Dios me reveló algunas cosas sobre mi primera infancia, y antes de mi infancia, y antes de mi nacimiento, y de las condiciones en que fui engendrado, cuando eso sucedió y cuando yo lo comenté con mis padres, ahí sí tuvieron que decir: “Démosle gloria a Dios", y nos pusimos a orar, mi mamá mi papá y yo, cuando Dios concedió eso.

Entonces fíjate que precisamente a quienes les da más trabajo, a quienes les cuesta muchas veces creer las cosas, es a los que nos han conocido de cerca, y eso fue lo que le pasó a Francisco.

Francisco se convirtió en Asís, y los bosques donde él cantaba a las criaturas y donde invitaba a los pájaros a bendecir al Señor eran los bosques de Asís; y la Iglesia donde asistía a los oficios era en Asís, y el leprocomio donde él asistía a los enfermos era ahí muy cerca de Asís; y el obispo que le dio la capa cuando la empelotada aquella, fue el obispo que precisamente atendía aquella diócesis.

De manera que una segunda enseñanza de Francisco es: no se da verdadera santidad si esa santidad toca esconderla de los que nos conocen; y uno sí quiere esconderla, uno sí quiere en la casa seguir siendo más o menos lo mismo para que no lo molesten a uno, y por fuera ahí sí entra uno en alabanza.

Yo en ese sentido no me canso de darle gloria a Dios por las obras preciosas que ha hecho, por ejemplo en mi familia; yo me siento tan gozoso de lo que Dios ha querido hacer en mi casa, sabiendo quién soy yo y cuántos, cuántos pecados ha tenido y ha querido perdonarme la gracia de Cristo; es muy bello para mí y le doy gloria a Dios descubrir, que incluso entre los de mis familia, Dios ha querido regalar obras inexplicables de amor, que han servido para bien de ellos y eso es lo importante.

Entonces primera enseñanza: nosotros hemos nacido para ser santos y santos significa que nuestra vida se pueda escribir como una pagina más del Evangelio, una pagina que no va a caber en esta tierra pero que sí cabe en el libro eterno de la gracia y de la gloria en el cielo.

Segunda enseñanza: la veracidad de nuestra conversión tienen que poder comprobarla las personas que nos han conocido. Uno quiere seguir siendo el mismo con las personas que nos han tratado, para no entrar en conflicto con ellos; pues hay un momento en el que hay que mostrar también a ellos que algo maravilloso ha sucedido en nuestra vida, pero ese pasito no lo da nadie si no es movido por la gracia de Dios y si no es en la profunda humildad y en la mansedumbre.

xxxxComo sobre la humildad suele predicarse mucho, así sea por reflejo en contra de la soberbia, yo sí quisiera decir unas palabras sobre la mansedumbre, porque Jesús dijo: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” San Mateo 11,28-29. Para muchas personas ser manso es simplemente no ser menso, ahí para.

Haga un discurso sobre la mansedumbre, muy fácil, ser manso no quiere decir ser menso, he dicho, y ahí queda el discurso sobre la mansedumbre. Debe haber algo más que decir sobre la mansedumbre, porque si no, nos va a pasar como sucede con los Ángeles, como comentábamos en otra predicación, que durante años lo único que oí sobre los Ángeles es que nosotros no somos Ángeles, pues sí, ya sabemos que nosotros no somos Ángeles, pero debería de haber algo positivo que se pueda decir sobre los Santos Ángeles.

Entonces vamos, con la ayuda de Dios, a recoger una tercera enseñanza sobre la mansedumbre de Francisco y la mansedumbre de Cristo y el poder de la mansedumbre para vencer al pecado, esta es la tercera parte de nuestra predicación, vamos a hablar sobre la mansedumbre.

¿Qué es lo que quiere decir propiamente esta palabra? ¿Qué es lo que queremos decir con una persona mansa? Entonces siguiendo el sentido común decimos lo que no es, manso no es menso, manso tampoco significa que uno no se pueda defender, manso tampoco significa pasivo, manso tampoco significa que uno se aguante como con una especie de cobardía.

Téngale usted cuidado a un manso con una calculadora, es lo más peligroso, porque los mansos con calculadora están por allá sumando, restando, multiplicando y dividiendo, ¿y qué suman? Las veces que han perdonado, ¿y qué restan? El tiempo que queda antes de la explosión, ¿y qué multiplican? Las iras, ¿y qué dividen? Los corazones.

Téngale miedo a usted a un manso con calculadora, téngale miedo usted a una persona que es mansa, pero que tiene una libretita en la que va apuntando; esa no es la mansedumbre, la mansedumbre no es eso y sin embargo Jesús, en el pasaje que acabamos de escuchar y que estamos comentando, dice “Aprended de mí” San Mateo 11,29, y lo primero que dice es: “Que soy manso y humilde de corazón” San Mateo 11,29, pone incluso en primer lugar la mansedumbre.

“Aprended de mi que soy manso” San Mateo 11,29. ¿Cómo aprendemos la mansedumbre de Cristo? A mí se me ocurre que podemos empezar con esta idea: ¿qué es lo contrario de la mansedumbre propiamente? Lo contrario de la mansedumbre es “eso yo no me lo aguanto”. Eso es la oposición de la mansedumbre, la oposición de la mansedumbre consiste en "si yo le pego, entonces no me aguanto, y yo por lo menos le hago lo mismo."

El antónimo de la mansedumbre es: “Si tú me atacas, yo te ataco”; “métase conmigo, usted no me conoce", “tanto va al cántaro al agua hasta que al fin se rompe”; "es que usted no me conoce todavía."

Dejemos como contraria la mansedumbre exactamente en esa frase: “Métete conmigo y ya verás”; entonces lo contrario a la mansedumbre es la incapacidad de resistir la imperfección del otro. ¿Qué es lo contrario a la mansedumbre? Que eso nos quede bien claro en esta tercera parte, lo contrario es la incapacidad de resistir que el otro es limitado.

Entonces la persona que no es mansa normalmente es irascible, es susceptible, es hipersensible, es la persona que no se aguanta nada: “Se metieron conmigo, ahora sí la van a tener que pagar; se hubieran metido con el vecino ese es otro problema, pero se metieron conmigo precisamente. ¿será que no saben quién soy yo? Pues ahora lo van a saber".

Esa actitud de corazón que hace que el corazón sea como una especie de pared, eso es lo contrario de la mansedumbre; bueno, entonces ¿en que consiste, pues, lo de la pared? Es muy útil para entenderlo.

Si yo le tiro algo a la pared, la pared o me lo devuelve o se rompe ella. Entonces si yo le tiro, por ejemplo, una pelotita de ping-pong o de tenis, la pared lo devuelve; eso es lo contrario a la mansedumbre, la necesidad de devolver todo, la incapacidad de soportar la imperfección de los demás y la propia, eso es lo contrario a la mansedumbre.

Es una especie de dureza, una especie de impenetrabilidad del corazón; ser lo contrario de manso es tener un corazón impenetrable, un corazón que si me disparan devuelvo el disparo hasta que me disparen más duro y entonces me rompo.

Ese es el destino de los corazones que nos son mansos, devuelven como escupiendo todo lo que les envía. Si tú le tiras una bola a la pared, la pared te escupe el balonazo que tú le has tirado; si tú le tiras un roquet a la pared, la pared se revienta, la pared ya no alcanza a devolver el roquet, el mortero, la bomba que tú le has tirado y se rompe, y eso es lo que pasa hoy en las vidas.

Las personas intentan ser paredes e intentan devolverlo todo: “Ah, ¿me piensas poner mala cara? Pues para tu mala cara, aquí estoy yo; a tu mala cara, yo le respondo con mi mala cara”; “¿Me vas a tirar con una bola de ping pong? Entonces ahora te escupo tu bola de ping pong; “¿Ahora me vas a tirar tu balón? ¿No crees que no sé tirar balones? Ahí te escupo tu balón”; y en eso se pasa la gente, en las amistades, en los trabajos, en las parejas, en las familias, en los noviazgos, en no sé qué.

"Ah, ¿con que groserita aprendió vulgaridades? Bueno, yo también sé decir vulgaridades", y entonces empiezan tirándose pelotitas de ping pong. Y eso parece que es un juego, "yo le hago mala cara, ella me hace mala cara". Después se siguen tirando otras cosas, cuando ya se tiran un sartén, luego un microondas, cuando ya la cosa va en que te voy a tirar la lavadora, bueno yo te tiro el reloj entonces ya la gente dice: “Oye, un momento, parece que nos falta mansedumbre”.

Bueno, en el momento en el que ya se encuentran uno en una esquina, entonces ya se echan el carro, entonces dicen: "A ver, nos está faltando mansedumbre, bueno entonces vamos a empezar con la mansedumbre, vamos a entrar en un taller de mansedumbre y esto significa que de ahora en adelante usted va a ser mansa", entonces ella dice: “Ya vas a empezar con tus canicas”, y vuelve a empezar el juego.

Entonces, ya que tenemos claro cuál es lo contrario de la mansedumbre apreciémos cuál es la belleza y el poder de la mansedumbre, de que lo que si significa la mansedumbre. ¿Qué es lo característico de la pared? La pared tiene resistencia, pero no tiene elasticidad; la pared no puede acoger, es una pared de ladrillo o de concreto, y por consiguiente la pared no puede recibir nada, sólo puede devolverlo, llega el golpe y hasta un cierto límite lo devuelve tal como llegó o llega el golpe; y si ya tiene una resistencia mayor de la de la pared, lo destruye.

Entonces la primera característica de la mansedumbre es la capacidad de ser elástico, ¿en que consiste propiamente esa elasticidad? Significa darle espacio a la imperfección del otro, darle espacio al límite que el otro tiene, la pared no me da ningún espacio, no tengo ningún espacio, me refiero desde luego adentro de ella.

Si yo intento hacerle fuerza a la pared, ella no cede ni un milímetro, no me da ni un milímetro de espacio, es decir, ante una pared sólo cabe otra pared; la crueldad engendra crueldad, la dureza engendra dureza y así se destruyen las familias y así se destruye el mundo, mis hermanos, en que no damos espacio para que el otro sea imperfecto, y aquí vamos llegando a algo muy hermoso: ¿qué significa darle espacio a la imperfección del otro? Entender que el otro necesita ese espacio, entender que el otro es limitado.

Esto tiene que ver con lo que predicábamos otro día, cuando hablábamos de la comprensión y de la misericordia. Una de las dimensiones de la mansedumbre es poder darle espacio a la imperfección del otro; hay una manera, hay un recurso imaginativo que resulta útil para aprender la mansedumbre, es un poco esta la idea, aunque luego tengamos que hacerle aclaraciones.

Casi siempre las mamás pueden ser mansas con sus hijos, otra cosa es que no puedan ser mansas con sus padres, o con sus esposos, o con sus amigas; pero hay un lugar donde la naturaleza ha dado mansedumbre, como casi por naturaleza, podríamos decir, y ese lugar es la relación madre-hijo, ¿y por qué digo esto? Porque la mamá ha tenido, incluso físicamente, que abrirle espacio al hijo dentro de su propio vientre, porque sin ese espacio el niño no puede vivir

Y no sólo ha sido un fenómeno biológico, ha tenido que abrirle espacio al niño dentro de su tiempo, por ejemplo, el de su sueño. De las cosas en las que yo admiro a los papás y a las mamás es el sacrificio de sueño, sobre todo en las primeras semanas y meses, eso es una cosa sumamente respetable para mí, la dimensión de sacrificio, lo que significa sacar a lo que antes era una noche completa y plácida, sacarle media hora, lo que ya no digo es media hora cada cuánto.

Entonces el niño tiene como una especie de radar para ver cuándo está bien profunda la mamá, en ese momento yo no sé qué recurso se dispara, es una cosa misteriosa, es un proceso por allá electroquímico que dispara el llanto del niño en el momento que el niño percibe que la mamá está profunda.

Entonces la mamá tiene que sacar dentro de su noche una media hora cada hora o cada dos horas, digo normalmente la mamá, pero también el papá igualmente lo sufre; pero tiene que sacar ese tiempo y en ese tiempo tiene que ablandar la pared.

Si la mamá fuera inflexible con las horas y entonces el niño llora y la mamá dijera: “A ver, ¿que horas son? 1:45 de la mañana, hora de seguir durmiendo; entonces, hijo, acércame los algodones.”

Si la mamá se pusiera con inflexibilidades, pues un día no encuentra niño, tan sencillo como eso. Necesita ser flexible, necesita ceder ella para abrirle paso a la vida del niño; ha tenido que ceder espacio en su cuerpo, ha tenido que ceder elementos de su propio organismo, como por ejemplo su propio calcio, ha tenido que ceder de su energía, de su amor.

Y por eso casi siempre, aunque hay unas excepciones, pero son casos desnaturalizados, casi siempre las mamás son mansas, hay un rincón de mansedumbre entre la mamá y el hijo, incluso cuando las relaciones están muy dañadas, hay siempre un rincón de mansedumbre entre la mamá y el hijo, incluso cuando las relaciones están muy dañadas, y esta precisamente hace que en circunstancias extremas, casi como sin podernos detener, broten de nuestro labios, un llamado a la mamá.

Y esa necesidad de recostarnos en la mamá, porque ahí encontramos la certeza de que va a haber un espacio. Pues bien, la mansedumbre tiene como una especie de recurso en la imaginación, en ese tratar de pensar que esa persona necesita espacio para poder vivir; hay que darle un espacio a la imperfección del otro.

Imaginare una mamá que cuando el bebé tuviera cinco o seis meses, entonces le hablara, el bebé supongamos que se llama Carlos Fernando y Carlos Fernando: “Quiero que te quede claro las técnicas de lo que los humanos llamamos caminar”, “eso supone que tú mueves primer este piececito y luego vas a mover el otro.

"Quiero que me entiendas muy bien, Carlos Fernando, lo que te estoy diciendo, para que no cometas errores al caminar; yo no quiero que tú seas como esos niños que se andan tropezando con todo, niños que se caen niños, que se raspan, no; el día que tú digas Carlos Fernando, que vas a caminar, ese día, me haces el favor, te paras y caminas, y tú vas a avanzar y vas a seguir derechito, y no es un empezar a caminar a dar vueltas y vueltas."

Bueno, es tan absurda esa crueldad de esa hipotética madre, que a uno no le cabe sino risa. Pues eso es lo que muchas veces nosotros les pedimos a las otras personas, están heridas por la vida, están lastimadas, cansadas, no tienen fuerzas, y entonces uno le dice: "Bueno, ahora tú me haces el favor de caminar derechita…”

No puede, ¿cierto que es ridículo pedirle al niño eso? ¿Cierto que es ridículo pedirle a ese soldado que duró tres meses en fisioterapia por un disparo en la columna vertebral que de milagro no quedó paralítico? ¿Cierto que es absurdo pedirle a ese soldado: “Cuando se pare de esta cama, me hace el favor, y de ahí sigue hacia la puerta del hospital, toma un bus y se va a su casa?”

¿Cierto que es ridículo pedirle eso a esa persona? Pues bien, la mansedumbre es dejar esa ridiculez, la mansedumbre es entender la limitación del otro y abrirle espacio al otro para que en medio de su limitación crezca, para que en medio de su dolor, para que en medio de su herida, para que en medio de su imposibilidad, crezca para que pueda caminar.

Así como no le pedirías al niño que camine derechito y que sepa lo que va a hacer, yo creo que Carlos Fernando después de oír todas las instrucciones de la mamá podría decir: “Mamá, ¿de una vez que me pare tomo el bus que me lleve a jardín infantil?”

La mansedumbre entonces es una profunda comprensión de la limitación de mi prójimo, una profunda comprensión de quién es, de cuánto trabajo le cuesta, de qué es lo que puede hacer en este momento; y ahí está la famosa distinción entre el manso y el menso, lo que hemos dicho en el refrán, yo creo que lo podemos dilucidar un poco ahora.

Cuál es la gran diferencia, supongamos que la mamá le vuelve a hablar a Carlos Fernando y le dice: “He entendido que efectivamente tú no puedes caminar tan fácilmente, he entendido que tú necesitas, como niño pequeño que eres, dormir cerca de doce o catorce horas al día; he entendido muchas cosas sobre ti, ya no te voy a exigir tanto; pero ahora hay una pequeña diferencia, ahora tienes diesciséis años, esa es la diferencia".

La mansedumbre es una comprensión, pero es una comprensión inteligente, es decir, una comprensión que le abre espacio al otro para que crezca, pero es para eso, para que crezca, esto tiene mucho que ver con el sacramento de la confesión, efectivamente el sacerdote está llamado a ser realmente ese Cristo del que se nos ha hablado en el Evangelio, ese Cristo “manso y humilde de corazón”.

Pero el sacerdote tiene que ser manso y esto quiere decir que tiene que abrirle espacio a la imperfección, a la debilidad y fragilidad del penitente, pero no tiene que acolitarle la holgazanería, ni la pereza, ni esa especie de debilidad culpable, porque hay personas, que aprovechándose de las circunstancias, quieren confesarse pero quieren confesarse de tal manera que resulten inocentes.

Y esa parte si está un poquito complicada, ahí sí pasa como en la película de los chistosos aquellos, la señora que va al juez y le dice: “Su señoría, yo soy inocente con atenuantes”; pues así hay gente que va a confesarse: “Yo soy inocente, y en realidad usted sale a deberme a mí".

En la confesión, efectivamente, el sacerdote ha de ser manso y esa mansedumbre significa que acoge, que hay un proceso en la persona; pero es que hay un proceso y en todo ese proceso tiene que verse.

Francisco de Asís brilló en la mansedumbre, un rasgo hermoso de la mansedumbre de Francisco fue su modo de tratar de enseñar a los frailes a que se trataran hasta límites de una ternura que uno a veces casi no entiende, por ejemplo, les decía a los primeros cuatro frailes: "Mira, durante esta semana o durante este día ustedes dos van a ser como de mamás para los otros dos, y luego vamos a cambiar"; no se trataba de ninguna manera que tomaran rasgos femeninos o feminoides, no; se trataba de que aprendieran esto, se trataba de que aprendieran a abrirle espacio en su vida a su prójimo.

Hermanos míos, la mansedumbre de Francisco fue tan grande, tan grande que llegó incluso a conmover el corazón de no cristianos; cuando estuvo en Tierra Santa el califa, un musulmán, quiso escucharle, porque veía en él a un hombre tan absolutamente inocente, puro, desarmado, humilde, que entendió que no le podía hacerle ningún daño oír esas palabras. La mansedumbre, hermanos, es más poderosa que todas las armas, porque precisamente desarma a los armados.

La mansedumbre, queridos hermanos, es capaz de vencer a los corazones más endurecidos. Si nosotros los cristianos hubiéramos aprendido suficientemente la enseñanza de mansedumbre de Francisco, no tendríamos que haber oído de un no cristiano como Ghandi, aquellas teorías sobre la no violencia, lo que parece describirse como una estrategia política; todo aquello de la no violencia en el fondo no es sino la versión social, la versión para el siglo XX y la versión laical de la mansedumbre del Evangelio.

Y pregúntale a Ghandi lo que logró con la no violencia, lo que parecía imposible, segregar a la India del Imperio Británico, lo logró Ghandi, no a fuerza de armas sino a fuerzas de ayunos, de silencio, de sonrisas y de manifestaciones de paz; esto quiere decir entonces que la mansedumbre pide de nosotros un profundo acto de fe, y sean estas mis últimas palabras.

Hermanos míos, creerle a Cristo -yo creo que esto fue lo más bello y lo más profundo de Francisco- creer que de todos esos ridículos o como decimos popularmente esos “osos”, creer que de todos esos “osos” y burlas, creer que de ahí podían hacer algo; creer que de un corazón desarmado podría surgir la paz.

Creer que lo primero para vencer al otro es comprenderlo, creer que eso es el primer paso para lograr una paz estable y duradera, y creer que ese es el único camino para los hogares y para nuestra patria hoy; creer que entender así, que comprender así es lo único que puede realmente darle la victoria a Jesús en nuestras vidas, porque efectivamente, Jesús ha vencido en la vida de Francisco y ha vencido en nuestras propias vidas sin una sola bala sin otros dardos que los dardos del amor.

Pues vamos a dejarnos herir por esos dardos y dentro de pocos minutos se presentará con nosotros inerme, desnudo como en la Cruz. Me llama tanto la atención, y lo he dicho tantas veces, que Cristo en la Eucaristía es manso.

Cristo en la Eucaristía está, como dice la Iglesia, expuesto; se dice: “La exposición del Santísimo”; Cristo en la Eucaristía está expuesto a que lo amemos, a que nos burlemos, a que le creamos, a que lo profanemos.

Creerle, hermanos, a Cristo expuesto, creerle a Cristo desnudo, manso, es una de las enseñanzas, sólo una de las muchas que nos da esta pagina del Evangelio que se llama Francisco de Asís.

Bendito Cristo que tal Santo regaló a su Iglesia.

Amén.