Sest006a
Fecha: 20021226
Título: El Nino del Pesebre es el mismo Nino de la Cruz
Original en audio: 10 min. 49 seg.
Hermanos:
Después e la hermosa celebración de Navidad, esta fiesta de hoy en cierto modo viene a sacudirnos.
La Navidad está llena de ternura, está llena de cariño, de humildad, de bondad. Y la escena que tenemos que presenciar hoy en el martirio de Esteban, es una escena de cruel brutalidad.
Imagínate lo que sería ver a una persona morirse a fuerza de pedradas. El espectáculo de sangre, gritos, desfiguración, hinchazón de un cuerpo destruído por los golpes.
¡Qué contraste tan fuerte entre la celebración de ayer y la celebración de hoy! Eso ns sacude, pero esa sacudida es saludable, y por algo la Iglesia desde hace muchos siglos tiene para el veintiséis de diciembre esta fiesta de San Esteban.
Porque celebrar al primer mártir un día después de la Navidad, no es algo que haya sucedido porque sí, es algo que pertenece a la más antigua tradición de la Iglesia, son muchos siglos.
¿Y por qué nos sirve esa sacudida? Porque es bueno que entendamos que Jesús y el mensaje de Jesús no llegan fácilmente, hay obstáculos, hay resistencias, hay problemas. El texto del evangelio que acabamos de proclamar trae ese mensaje en palabras del mismo Jesucristo: hay obstáculos, hay problemas.
Ya que si nosotros recordamos, el nacimiento mismo del Señor estuvo marcado por obstáculos y por problemas. Semejante viaje, con una mujer en avanzado estado de embarazo, y luego no hay sitio para ellos en la posada, y luego a buscar habitación con los animales para un recién nacido. Hay obstáculos, hay problemas.
Como que van sonando allá adentro de nuestro corazón las palabras del evangelio de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron" San Juan 1,11.
Este es el Niño anhelado, el Niño de la Navidad, el Niño Jesús; es el Niño anhelado, es el Niño deseado, es el Niño que todos necesitamos, y sin embargo, es el Niño rechazado, es el Niño pospuesto, el Niño marginado. Esa es la paradoja de Jesucristo: lo necesitamos y lo amamos, pero lo rechazamos y no le obedecemos.
Y esa es la contradicción que tiene nuestro corazón, y la sacudida que recibimos entre la celebración de ayer y la celebración de hoy, sirve para que miremos hacia adentro de nuestro corazón y descubramos que la contradicción no está del lado de Dios, la contradicción está del lado de nosotros. Lo necesitamos, lo amamos, pero lo rechazamos y no le obedecemos.
Por eso la Navidad, después de esta celebración de San Esteban, adquiere un tono distinto, hay sangre de por medio en esto. Aceptar a Jesucristo, aceptar al Niño del pesebre, ayer nos parecía un acto natural, un acto de ternura; hoy aprendemos que nadie acepta a Jesucristo impunemente, el mundo se lo cobrará.
Si usted acepta a Jesucristo, el mundo le pasa una factura, el mundo se lo cobrará. Ayer, recibir a Jesús esa algo tan sencillo como cargar un bebé; hoy, recibir a Jesús, es algo tan difícil como cargar una cruz. Pero el Bebé es el Bebé de la Cruz, y la Cruz, según vio Santa Catalina de Siena en una visión que el Señor le regaló, acompañó toda la vida de Jesucristo.
Por eso la Navidad a partir de hoy se vuelve algo distinto. Aceptar al Niño es aceptar la Cruz del Niño; aceptar al Niño es aceptarlo con todas sus palabras, es aceptarlo con todo su Espíritu, es aceptarlo con todo su mensaje, es aceptarlo con toda su fuerza de liberación, y esto es lo que no cabe en un mundo que se alimenta de injusticias, que necesita exprimir al pequeño, al débil y al pobre para sacarle el jugo; que necesita construir y levantar las ciudades sobre cimiento de cadáveres y cráneos.
En un mundo así, en un mundo que usufructúa la explotación y la injusticia, el mensaje de Jesús no cabe; y por eso la Navidad tiene otro rostro desde esta celebración de Esteban.
Sin embargo no decimos estas palabras para aguar la fiesta. Nadie vaya a pensar que estamos diciendo esto para que se apaguen los cantos de la Navidad; no, señor. Hoy tenemos que cantar con más alegría, porque quien resultó vencedor no fue el odio sino el amor, y la que resultó perdiendo no fue la inocencia sino la muerte y la crueldad.
Hoy, aunque vemos el espectáculo grotesco de un hombre que muere a pedradas, hoy tenemos más razones para celebrar a Jesús; hoy podemos decir con más alegría: "Que viva Jesús!" Y hoy podemos aplaudir con mayor gozo al Niño del pesebre. Porque si recibe contradicciones por una parte, no se rinde; aunque odiado, no odia; aunque rechazado, acoge a todos.
Y que me digan quién ganó en esa batalla de las piedras de Esteban. Le arrojan piedras, y él dispara oraciones. A ver, ¿quién ganó? Lo rodean de injusticia, y él derrama misericordia. ¿Ahí quién ganó? Le envían toda la crueldad, y él destila toda la compasión. Ese es el triunfo de Jesús.
Entonces, el Bebecito del pesebre no es un muñeco para nuestra ternura, es el Dios guerrero, como lo llamó Isaías, es el Consejero admirable, es el Padre perpetuo, es el Príncipe de la paz, es el que va adelante de nosotros, y el que es capaz de arrancar una victoria incluso debajo de un alud de piedras.
Hoy, hermanos, la alegría de la Navidad no se destruye, al contrario, estas piedras de Esteban construyen el primer monumento maravilloso al poder de Jesús. El Niño, aunque parece tan débil, como dice la Novena, ha mostrado fuerte brazo. Este Niño es la causa de nuestra alegría y es el motivo de nuestro gozo.
Vamos a seguir esta celebración; vamos a alimentarnos de Jesucristo; vamos a recibir el mismo Pan que comió Esteban. ¡Cómo me impresionó aprender que muchos mártires, cuando eran llevados a las cárceles del Coliseo y faltaban días o quizá sólo horas para el momento de ser entregados a las fieras, llevaban consigo el Pan Eucarístico; y en el momento de salir para ser despedazados por las bestias, comulgaban el Cuerpo de Cristo, porque ellos se volvían hostias con Cristo.
Nosotros vamos a comulgar hoy también, vamos a recibir a Jesús, vamos a darle permiso a Jesús de que se adueñe de nuestro corazón, de nuestro cuerpo y de nuestra vida, para que el triunfo del Niño de Belén se extienda por el mundo entero.
Amén.