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Fecha: 19951226

Título: El martiro de San Esteban

Original en audio: 11 min. 10 seg.


Pienso que en más de una oportunidad nos habremos preguntado por qué esta celebración de Esteban inmediatamente después de la Navidad.

Queda la ternura y la dulzura del Recién Nacido; de pronto parece quebrarse frente a la dureza de las piedras, frente a la obstinación de los enemigos de Esteban.

Parece increíble que toda la paz que fue cantada por los Ángeles y que fue el gozo de los pastores apenas el día de ayer, tan prontamente se convierta en enemistad, en guerra, en insulto, en homicidio.

Por qué ha sucedido así requeriría verdaderamente un estudio histórico, pero el hecho es que ya desde el siglo V en Roma se celebraba esta fiesta de Esteban muy cerca de la Navidad, primero hacia el 27 de diciembre y luego el 26, cediendo el puesto del 27 para San juan Evangelista, que Dios mediante, tendremos mañana.

La explicación más hermosa me parece que se encuentra en la predicación del Oficio de Lectura del día de hoy. La misma caridad que hizo bajar a Cristo del cielo a la tierra el día de ayer, hoy hace subir a Esteban de la tierra al cielo.

Y si se piensa desde esta dimensión del amor, del amor que hace que Dios se haga hombre, y que hace que el hombre entre en Dios, entonces resulta más de un parecido entre la Navidad y el martirio.

En primer lugar, porque la carne que ha recibido Jesucristo es carne para ofrecerla por nosotros. Recordemos ese texto del Salmo: "No quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo" Salmo 39,7.

Es evidente que en los sacrificios y en las ofrendas lo que se ofrecía eran precisamente cuerpos, pero eran cuerpos de otros, concretamente eran cuerpos de animales, ese sacrificio ya no lo quiere Dios.

Dios ya ha alzado su vista de ese género de sacrificios y por eso la Carta a los Hebreos pone las palabras del salmo en la boca de Cristo cuando entra a este mundo, "tú no quieres ya ese sacrificio, pero me has preparado un cuerpo" Carta a los Hebreos 10,5.

Esto significa que la blanda Carne del Recién Nacido, que la blanda Carne de Jesucristo es Carne ya para el sacrificio, es Carne para el martirio. Y por esta razón, Cristo es Testigo, Cristo es Mártir, no solamente, ni por accidente, al final de su vida, sino Cristo es Carne ofrecida a Dios, el sí del Cuerpo ofrecido a Dios desde el principio de su existencia.

Si Cristo no tuviera una participación en el dolor de la historia humana desde el principio de su existencia, si Cristo no fuera, por así decirlo, Mártir desde el principio de su existencia, no se le podría aplicar con justicia lo que dice el Profeta Isaías: "Varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos" Isaías 53,3.

Esto nos enseña que la Cruz de Cristo no es un acontecimiento aislado de la vida de Cristo, en cierto modo es la única consecuencia de una vida continuamente ofrecida.

La celebración de los Santos Inocentes, que está ya próxima, nos va a recordar que la persecución y la enemistad hacia este Niño empiezan prácticamente desde el momento de su nacimiento.

De modo que en síntesis, lo que tenemos hasta ahora es que en realidad hay una relación profunda entre la Navidad y el martirio, porque el Cuerpo que tiene Cristo, lo tiene para ser Mártir.

Hay una segunda razón que los une y es que este Cristo lleva ese nombre de Cristo por Ungido por el Espíritu que obra en El. El ha sido concebido por obra del Espíritu, y aunque su ministerio público requerirá, por así decirlo, una unción especial que será la del Espíritu, desde el principio Cristo es obra del Espíritu.

Pues bien, el martirio es una obra del Espíritu. El martirio es el "díes natalis", que decían los antiguos cristianos. Los cristianos celebraban el día del martirio de sus mártires como el día del naciminto del mártir.

Y así podemos decir que el Espíritu que hizo la obra de la Encarnación en las entrañas de la Virgen María para que Cristo naciera para todos nosotros, ese mismo Espíritu, tomando por su cuenta una vida humana, hace que pueda nacer como mártir.

El día del nacimiento de Cristo, el día que empieza el martirio de Cristo, según lo que he dicho antes, es ya el día de su Navidad. Pues bien, el día en que empieza el nacimiento de cada uno de estos testigos es el día de su martirio. Un mismo Espíritu, una misma gracia hace que Cristo sea Testigo del amor de Dios, y que los mártires sean testigos del amor de Cristo.

¿Qué nos dice esta celebración de Esteban tan cercana a la Navidad? A mí me parece que en primer lugar trae una nota de vinagre, trae una nota un poco agria a las dulzuras y cánticos y villancicos de la Navidad, pero es un ácido necesario; yo creo que es un vinagre saludable como el vinagre que probó Cristo en la Cruz.

Yo creo que es un vinagre saludable, porque hace que nosotros, deteniéndonos de todo sentimentalismo estéril, desde el principio de este tiempo de Navidad, elevemos nuestro corazón a la altura del amor y a la altura de lo que está sucediendo.

No se trata simplemente de consentir a un bebé, se trata de descubrir que ese bebé, nacido del amor de Dios, ha nacido para ser ofrecido por nosotros, y se trata de comprender que nosotros, partícipes del mismo Espíritu, estamos para ofrecernos también por nuestros hermanos, y no sólo por ellos, incluso por nuestros enemigos, como lo pide la oración Colecta de la celebración de hoy.

De manera que este martirio de Esteban le da una nota grave, una nota de seriedad, una nota de profundidad a la celebración de la Navidad. Lejos de toda superficialidad y de toda trivialización, este martirio nos está enseñando cuánto vale la Carne de Cristo y cómo esas primeras lágrimas de Jesucristo son apenas el prólogo de una vida en la que hay muchas lágrimas y de un mundo en el que hay mucho qué llorar.

Por otra parte, nosotros tenemos la gracia de celebrar diariamente el Santo Sacrificio de la Misa, y en ella comulgamos el Cuerpo de Cristo que es un Cuerpo puro, inocente como el recién nacido, pero es Cuerpo torturado y odiado como de mártir.

Recibamos entonces la Hostia con esa doble convicción, con esa doble fe, con ese doble amor; comulguemos siempre sabiendo que se trata de la Carne del Recién Nacido, cuya inocencia ninguna sombra de pecado oscureció, pero comulguemos también sabiendo que se trata de Aquél odiado, marginado, torturado.

Si nosotros unimos la inocencia a la penitencia, si unimos la pureza del Recién Nacido a la violencia del perseguido, me parece que entendemos un poco más del amor que hay en el corazón de Cristo, y entendemos un poco más de lo que significa ser cristiano.

Comulguemos entonces hoy, con el gozo de la Navidad y con la lágrima, con la tristeza del que "vino a los suyos y los suyos no le recibieron" San Juan 1,11.

"Si me han rechazado a mí, os rechazarán a vosotros" Mateo 10,17, dice Jesús después en el Evangelio de San Juan.

Sepamos que la alegría cristiana tiene siempre un poco de vinagre, y sepamos siempre que la tristeza cristiana tiene siempre un eco de alegría. Como nuestro hábito dominicano que tiene de blanco y de negro, para que sepamos que mintras vamos peregrinos, el amor tiene siempre esa alegría de puereza y tiene siempre esa inmolación de penitencia.

Nos conceda Dios esa vida santa y nos conceda ser testigos en vida y en muerte.

Amén.