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Fecha: 19990808

Título: Santo Domingo de Guzman realizo su obra con la palabra

Original en audio: 7 min. 59 seg.


Muy Queridos Hermanos:

Permítanme que realice esta predicación en tono de testimonio. No estoy hablando de otro santo en la Iglesia, estoy hablando del hombre, del sacerdote, del predicador que cautivó mi corazón en la juventud, que encendió un ideal en mi vida y que, al fin y al cabo, me puso en este rumbo, en esta ruta en que me encuentro.

Yo no puedo predicar de Santo Domingo de Guzmán como si hablara solamente de una obra maravillosa de Dios, como si les contra a ustedes las bellezas de un cuadro que existe en algún lugar de los Cielos.

Mi vida, con todas sus deficiencias, problemas y pecados, se ha ido entrelazando con el corazón, con el estilo, con la manera, con el amor, con el fuego, con la palabra de Santo Domingo.

Y por eso, hoy quiero compartir con ustedes un pequeño testimonio sobre los orígenes de mi propia vocación como dominico.

Este es el día de Santo Domingo, este es el Convento de Santo Domingo y yo soy un fraile de Santo Domingo. Tengan, pues, ustedes generosidad en escuchar este testimonio.

Santo Domingo de Guzmán no es el Santo más popular ni el más conocido. Yo supe de Santo Domingo porque mi padre, hace muchos años, estuvo muy relacionado con los frailes en un movimiento de laicos que tuvo su fuerza, que tuvo su gracia, y como fruto de ese acercamiento, mi papá consiguió un libro del que se siguen haciendo reediciones: "Santo Domingo Visto por sus Contemporáneos".

Un libro que cuenta precisamente testimonios de frailes y de laicos que conocieron a Santo Domingo en esa época, en ese tiempo en el que él vivió.

Siendo lector aficionado pero constante, busqué en la biblioteca de la casa algo para leer y me encontré con este libro, y dos cosas me impresionaron de Santo Domingo, dos cosas que todavía hoy me impresionan y me admiran, dos cosas, y son esas dos en las que yo veo retratadas las lecturas de hoy también.

Son esas dos las que siguen siendo el principal motor de mi vida en la Orden Dominicana, conocida oficialmente como Orden de Predicadores. Primera, se dice de Santo Domingo, y lo creo, se dice lo que tenemos representado aquí en esa imagen, cercano a la Virgen, familiar; esa es la palabra que utilizaban los contemporáneos de Santo Domingo: trataba a la Virgen y la Virgen lo trataba con especial familiaridad.

Esa expresión: familiar, familiaridad, esa cercanía de amor con la Virgen, me pareció algo maravilloso. Siendo yo un muchacho, siendo adolescente tuve la gracia de Dios de que mi oído fuera muy sensible a toda palabra en favor de la Virgen.

He tenido, por regalo de Dios, un amor a María Santísima, que ojalá fuera más amor y más clamor, y cuando escuché que Santo Domingo tenía un trato familiar con la Virgen María, me pareció extraordinario, me pareció un regalo maravilloso, y en verdad que así era.

Dice Santa Catalina de Siena, una dominica del siglo XIV, que el corazón de Domingo fue formado, por así decirlo, por la Virgen María.

Lo segundo que me llamó la atención, es que Domingo realizó su obra con palabras, ¡con palabras!, ¡predicando! Yo admiro a los santos que hacen hospitales, orfanatos, ancianatos; admiro a los sacerdotes que levantan santuarios, capillas, colegios y universidades; pero todo lo que Domingo hizo, todo está en la puerta, en la gracia, en la belleza y en la vida que provienen de la palabra, porque la palabra es el encuentro más delicado y al mismo tiempo el más potente entre dos seres humanos.

Y cuando el Evangelista Juan quiere resumir todo lo que surge, todo lo que es engendrado en el Padre antes de todos los siglos, aquello que nace del Padre por el solo hecho de existir, a eso lo llama "logos", lo llama palabra. Llamamos Palabra, llamamos Verbo de Dios a la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Adimarable que haya sacerdotes que expresan la misericordia, expresan la ternura de Cristo, expresan el amor de Dios con edificios y con obras. En Santo Domingo toda la grandeza está en la Palabra, está en la Luz; y a mí eso me pareció maravillosos.

Me parece como el acto más sublime de humildad, disolverse en luz, convertirse en palabra, desaparecer como Juan Bautista, que era la voz, para que apareciera Cristo, que es la Palabra. Este amor grande de Santo Domingo por Cristo Salvador, por Cristo Palabra y por María Santísima, tuvieron un eco en mi vida.

Hoy les pido a todos ustedes que rueguen por mí; yo soy indigno de la vocación que he recibido, y muchas veces he tratado mal esta vocación, pero yo quiero, con la ayuda del Espíritu Santo, enmendarme, corregirme, y quiero que el amor primero que me llevó a los pies y tras las huellas de Santo Domingo, convierta mi vida y me haga un día digno del hábito, que hace casi quince años estoy llevando.

Esa oración la pido igualmente para mis hermanos de Comunidad, para mis hermanas contemplativas de clausura o religiosas de vida apostólica y para mis hermanas seglares.

En fin, oren, por favor, en este día; regálenos una oración a la familia de Santo Domingo de Guzmán, para que la Palabra de Dios se propague con fuerza y con provecho en todas partes.

Así sea.