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Fecha: 19990808
Título: La Noticia que le gana a todas las noticias
Original en audio: 16 min. 33 seg.
Muy Queridas Hermanas nuestras de este Monasterio de Santa Inés, muy queridas Hermanas en la vocación dominicana, muy queridos oyentes de la Radio María, y todos aquellos a quienes alcancen estas palabras.
En la preparación de la fiesta de nuestro Fundador y Padre, Santo Domingo de Guzmán, nos hemos reunido en este monasterio. Vienen a nuestra mente de inmediato recuerdos entrañables de familia. Podemos decir que el primer fruto de la penitencia, de la oración y de la predicación de Santo Domingo, es precisamente la consagración religiosa femenina, las monjas.
En lo más duro de su tarea, en lo más crudo de su labor, pero también, en lo más generoso de su entrega sacerdotal, Santo Domingo contó con la amistad, con la oración, con el afecto, con la cercanía, con la escucha y con la intercesión de las monjas.
Él mismo fundó en Prouille, Francia, aquel primer monasterio, primero de una serie que se extiende a lo largo de los siglos y a lo ancho de las naciones, hasta nuestro tiempo, hasta nuestro país, hasta esta fecha, hasta este lugar.
Ustedes, queridas hermanas contemplativas, corazón de la vida dominicana, ustedes son el primer, y en cierto sentido, el más hermoso y más delicado de los frutos de ese corazón apostólico de Santo Domingo de Guzmán.
Pero seguramente, quienes nos escuchan, dirán que estas monjas tienen voces muy graves, porque las voces que principalmente se están escuchando en este día, voces varoniles, alegres, gallardas, son voces de mis hermanos de comunidad. Estamos aquí como visitantes, visitantes de familia, los frailes del Convento de Santo Domingo.
Y el Señor ha bendecido la obra de los predicadores, ha acompañado con su Espíritu, con sus Ángeles, a los promotores vocacionales, y realmente nuestra comunidad ve aumentar en número y en fervor las bendiciones de Dios en sus vocaciones.
Estamos nosotros aquí presentando este grupo de frailes estudiantes, estamos aquí para celebrar juntos el don que Dios nos ha regalado, y para cumplir aquello que decía San Pablo cuando escribió la Carta a los Romanos: "Quiero ir a visitaros, para comunicaros algún don espiritual, o mejor, para que nos enriquezcamos mutuamente con lo que Dios ha hecho en nosotros" Carta a los Romanos 1,10-12. Y eso es lo que sentimos, yo pienso.
Ustedes, en la soledad, el silencio, el desierto propios del claustro, se alegran de escuchar las voces de estos jóvenes que se están entregando al servicio del Evangelio.
Y ustedes, queridos hermanos, viendo la alegre penitencia, viendo esa otra generosidad que es propia de esta vida de clausura, también encuentran motivos para ganar muchos corazones a Jesucristo.
Volvamos, pues, juntos nuestra mirada a las lecturas que nos ofrece la Iglesia en esta celebración votiva de Santo Domingo.
Hemos escuchado, como un himno de victoria, como un cántico jubiloso, las palabras de Isaías, una proclamación fuerte de lo que puede ser el anuncio de la Buena Noticia: "¡Qué hermoso sobre los montes, los pies del mensajero, que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: Tu Dios es rey!" Isaías 52,7.
En sentido semejante, el evangelio nos ha recordado ese mandato fundamental de Jesucristo: "Id" San Mateo 28,19, nos dice Nuestro Señor, y nos pone en camino, "id, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que se ha mandado" San Mateo 28,19-20.
¡Qué maravillosa es la Iglesia! ¡Qué hermosa es la Palabra de Dios! ¡Qué conmovedor para nosotros hacer esta consideración!
Estas mismas palabras, que a nosotros nos llegan al alma, nos alegran, nos enfervorizan, las escuchó Santo Domingo de Guzmán, y las tomó como para sí. Santo Domingo descubrió la fuerza de la Buena Noticia, y creyó que esa Buena Noticia era más fuerte que todas las malas noticias. Esta es la primera aplicación que quiero hacer de las lecturas de hoy a nuestra vida.
Nos rodean las malas noticias. En cierto sentido, los medios de comunicación se han puesto como al servicio de las malas noticias. Nosotros, lo mismo que Santo Domingo, estamos llamados a creer en el poder de la Buena Noticia, y por lo mismo, tenemos que empezar por preguntarnos si creemos en ese poder y si le hemos otorgado ese poder a la Buena Noticia en nuestras vidas.
"¡Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria!" Isaías 52,7. La Buena Noticia, la Buena Nueva es la victoria. Lo que nosotros proclamamos es la victoria: "Tu Dios es rey"; esto es el enunciado del Antiguo Testamento, "tu Dios es rey" Isaías 52,7.
¿Y qué nos ha dicho el evangelio? Jesús se aparece a los Apóstoles, y les dice: "He recibido toda potestad en el Cielo y en la tierra" San Mateo 28,18. De aquí, que el Nuevo Testamento, muchas veces resuma la Buena Noticia en aquella consigna, en aquella frase: "Jesús es el Señor" Carta a los Filipenses 2,11.
Lo que decía Isaías en ese capítulo cincuenta y dos, nos lo confirma Nuestro Señor Jesucristo, de un nuevo modo maravilloso, en el último capítulo, el veintiocho del evangelio según San Mateo.
Hay una noticia que es buena, y que es más poderosa que las malas noticias, y esa noticia en la versión de Isaías es que "Dios es rey" Isaías 52,7, y esa noticia en versión del Nuevo Testamento, la que nosotros difundimos y proclamamos, es: "Se me ha dado toda potestad en el Cielo y en la tierra" San Mateo 28,18, es decir, Jesús es el Señor.
Nosotros, como servidores del Evangelio, nosotros, como familia de predicadores, somos el eco, clamoroso, nítido, presente a lo largo de la historia, de esa voz que empezó elevando del sepulcro, allá en Jerusalén, primero Ángeles, luego mujeres piadosas, luego Apóstoles, luego discípulos en toda raza, en toda lengua, y luego también nosotros.
Desde esa gruta del sepulcro, desde esa voz del Ángel, desde allí, nace la Noticia, la Noticia que le gana a todas las noticias. En aquella ocasión decía el Ángel a las mujeres piadosas: "Buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí" San Mateo 28,5-6.
Su lugar no es la muerte; la muerte no tuvo poder sobre Él. "No está aquí, ha resucitado" San Mateo 28,6; es más fuerte que la muerte, es más fuerte que el odio, ha resucitado.
Eso que dijo el Ángel, "ha resucitado" San Mateo 28,6, que luego repiten las santas mujeres, que luego cuentan los Apóstoles, que luego cantan los monjes, que luego predican estos frailes, es lo mismo que decía Isaías: "Pregona la victoria" Isaías 52,7.
Isaías dice: "¡Hermosos los pies del mensajero que pregona la victoria!" Isaías 52,7. Y la victoria, ¿qué es? Es, que el amor de la Cruz es más fuerte que la misma Cruz, que la vida ha triunfado sobre la muerte, que el perdón y la gracia resultaron más fuertes que el odio y que la venganza, y que el Espíritu de Dios, ungiendo a quienes preparan esta Noticia, esparce el aroma del triunfo de Jesús por todas partes.
Isaías decía: "¡Hermosos pies del mensajero que pregona la victoria!" Isaías 52,7, y nosotros ya sabemos cuál es la victoria. La victoria está primero en la voz del Ángel, y luego en las santas mujeres, y luego en los Apóstoles, y luego en Santo Domingo, y luego en nosotros.
"Buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí" San Mateo 28,5-6. Su lugar no es esta caverna oscura, su lugar no es la noche, es el día. Vive, está vivo. Y Ése que está vivo para interceder por nosotros, ese es el glorioso Señor, es el que luego dice a sus Apóstoles: "He recibido toda potestad en el Cielo y en la tierra" San Mateo 28,18.
¿Cuál es entonces la misión de los frailes predicadores? ¿Cuál es su tarea? ¿Cuál es su vida? Sumergirse en esta noticia, sumergirse en estos misterios por un conocimiento meditado, profundo, que empapa el alma, que enciende el corazón; sumergirse en estos misterios. A eso llamamos contemplación.
Embeberse en el misterio de la salvación, arroparse en ese fuego de Jesucristo, entrar por la llaga del costado, sentir el palpitar de ese Corazón y de esa Sangre; eso es contemplación.
Pero luego, con un mismo movimiento de amor, difundir, esparcir, regar esa noticia, llevarla a todas partes. Esto es llevar a los demás lo contemplado. Nosotros, dominicos, recordamos esa fórmula acuñada por Santo Tomás: "Contemplari, et aliis tradere contemplata". Hay que sumergirse en este misterio y esparcir este misterio.
¿Y qué hemos dicho? ¿Quién fue el primero en realizar esta obra? Pues si vemos en el Evangelio, el primero que hace esta obra es el Ángel. Pero es el venerable Humberto de Romanis, quinto Maestro de nuestra Orden Dominicana, Maestro de toda la Orden, quien decía que nuestro oficio y nuestra vocación, tenían su primer espejo y su primer modelo en la obra de los Ángeles.
Tenemos ministerio de Ángeles, porque fue un Ángel el que evangelizó a la Virgen, porque fue un Ángel el que evangelizó a los pastores, y porque fue un Ángel el primer encargado de comunicar esta fantástica noticia a aquellas mujeres piadosas.
Tenemos tarea de Ángeles que llevan la Buena Noticia. Necesitamos entonces corazones como de Ángeles, corazones prontos a la adoración, prontos a la obediencia, corazones ágiles, pero en celo, corazones limpios por la pureza.
Necesitamos corazón de Ángeles, necesitamos ministerio de Ángeles, porque si nosotros no hacemos la obra de los Ángeles buenos, lamentablemente, hay demasiada gente dispuesta a hacer la obra, a prestarle la voz, las manos, el cuerpo, las fuerzas, la plata, el poder a los Ángeles malos.
Necesitamos asumir la obra de los Santos Ángeles, necesitamos asumir este ministerio, porque hay demasiados, que para perdición suya, -Dios tenga misericordia de todos-, quieren asumir la obra de los Ángeles malos.
Alegrémonos en este día. Son tantas las miradas que se pueden dar a la Palabra de Dios, que no terminaríamos de meditar estas riquezas. Alegrémonos en este día, en esta celebración votiva de Santo Domingo de Guzmán. Sigamos nuestro camino, sigamos nuestra vocación.
Y a todos ustedes que están cerca de nosotros, a todos ustedes que nos aman en Jesucristo y que interceden por nosotros, permítanme encarecerles oración, para que nuestra Orden, que tuvo en su Fundador un hombre de Evangelio, que fue llamado luz de la Iglesia y marfil de castidad, para que toda esta Orden que nació de ese corazón tan limpio, tan enamorado, tan cercano a los Ángeles, pueda tener en nosotros dignos sucesores, y pueda renovarse con el poder del Espíritu, propagando el perfume del Evangelio por todas partes.
Gracias por estar aquí, gracias por su oración, y sigamos esta celebración en la que el misterio mismo de Jesucristo nos alimenta desde su fuente.
Amén.