Sdom001a

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Fecha: 19980808

Título: La maravillosa identidad de la contemplacion dominicana, base de la evangelizacion

Original en audio: 26 min. 22 seg.


Queridos Amigos:

Nos congrega la Iglesia para celebrar a un predicador y maestro de predicadores, Santo Domingo de Guzmán, sacerdote santo de Dios, como le llama su sucesor, el bienaventurado Jordán de Sajonia.

Este sacerdote se hizo útil para el Reino no sólo en su tiempo sino que fundó una familia, primero, un grupo de contemplativas, frutos de su predicación, frutos del amor de de Dios, especie de civilización del Evangelio; y luego, una comunidad de Hermanos Predicadores, que pudiera prolongar en la Iglesia ese don maravilloso del Espíritu Santo, que estuvo presente en él.

Santo Domingo, con la santidad de su vida y la eficacia de su palabra, volvió hacia el rebaño de Cristo a multitud de personas; Santo Domingo se forjó como carácter y como misión, en su carácter y en su misión, al borde mismo, en la frontera misma entre la vida y la muerte, en la frontera entre la fe y la incredulidad, en la frontera entre la Iglesia y la herejía.

Con arrojo, pero no fiado en sus fuerzas sino de la gracia divina, acudió al llamado de la Sangre de Cristo, al llamado de la misericordia de Dios, yéndose al borde, y todo aquel que va al borde, a la frontera, se expone.

Así él también expuso su vida, su salud, su paz, y ofreció su paz, su salud, su tiempo, sus fuerzas, su corazón, para que esa frontera del amor en esta tierra, esa frontera que empieza en el Corazón de Jesucristo y que se dilata desde Él y quiere llenar el cosmos, pudiera seguir, pudiera avanzar, pudiera cubrir a todas las naciones.

Santo Domingo de Guzmán se forjó en la lucha y en el lenguaje de los ejércitos, de la guerra; el lenguaje de la lucha y de la batalla está muy presente en la literatura nuestra, en la literatura dominicana. Para describir esta tarea, fuimos llamados a pocos años de la muerte de Santo Domingo, Domini Canis, hermosamente traducido actualmente por defensores de la fe.

Nuestro terreno propio, nuestro lugar propio es la lucha, es el combate, y mientras estemos gastándonos y combatiendo así por los intereses de Jesucristo, mientras nos estemos quemando, como Santo Domingo, por los intereses de Jesucristo seremos luz, alumbraremos, como el mismo Domingo, y nuestra palabra será escuchada.

Si, en cambio, traicionando a Domingo y a nuestra vocación, nos retraemos perezosa, negligentemente o cómodamente, ahí donde tal vez no es urgente el llamado de Cristo, entonces en el mejor de los casos nos quedaremos rumiando glorias pasadas, diciendo bellezas sobre lo que la Palabra pudo en otro tiempo; pero esas bellezas sobre lo que Dios hizo, son también una manera de decir que no lo está haciendo hoy.

Por esto nuestra predicación está llamada a nacer de la urgencia, de la prisa, del celo, de la angustia. Una angustia sin embargo serena, un celo encausado, una urgencia ordenada; esta es una de las maravillas de Santo Domingo de Guzmán.

¿Cómo sentir la urgencia de la evangelización y al mismo tiempo darle un orden a las palabras y a la obra del Evangelio? ¿Cómo puede Santo Domingo organizar una Comunidad de predicadores, con normas tan sabias, tan humanas, tan profundas, tan realistas, y hacer eso precisamente en el tiempo del combate, en el tiempo de la lucha? Y por otro lado, ¿cómo puede levantar monasterios de contemplación y de estudio cuando precisamente la lucha apremia?

Es que Santo Domingo le había fascinado, le había podido el Reino de Dios; aquello de que Dios reine, aquello de que Dios se apodere de los corazones, aquello de que Dios limpie y sane las vidas, esto tenía fascinado, cautivado a Santo Domingo de Guzmán y por esta fascinación, por el poder de este amor, su palabra es al mismo tiempo enérgica y luminosa.

A veces queremos ser sólo enérgicos, pero la sola energía, si no tiene luz, se convierte en destrucción y conduce a la anarquía; otras veces queremos una luz, pero una luz tan tranquila y tan serena que no llega a cambiar las vidas, a transformar el mundo.

¿Cómo se hace para ser al mismo tiempo fuego y luz? ¿Cómo se hace para estar ardiendo, pero ardiendo en el cauce, en el orden, en la luz? ¿Cómo es esta maravilla que este santo sacerdote, que conocía mejor que nadie las miserias de la Iglesia, sale sin embargo en defensa de la misma Iglesia? ¿Cómo es este sacerdote, que conociendo la gravedad de los ataques por las herejías, por las incredulidades, llama sin embargo a la paz, a la penitencia, a la oración y al estudio a sus frailes?

Permanece dueño de sí mismo, es ecuánime, como eran sus contemporáneos. Es dueño de sí mismo, contempla con igual serenidad las bellezas y las miserias de la Iglesia; la adversidad no le acobarda, la prosperidad no le detiene, está fascinado por Dios y porque tiene su seguridad en Dios, los ataques de las otras personas, los ataques de los otros grupos, no lo desestabilizan.

Él está en Dios, pero por otra parte, eso de estar en Dios no es la tranquilidad indiferente ante el dolor del prójimo. Esta maravilla, este equilibrio interior que tiene el corazón de Santo Domingo de Guzmán, dejó tan cautivados a sus frailes y a las monjas, que el mismo bienaventurado Jordán de Sajonia decía: "¿Y quién puede imitar eso?"

Cuando se dicen estas cosas, y uno sabe que uno no está hablando de una fantasía, de un mito, de una creación literaria, sino que fue un hombre real, capaz de enternecerse hasta las lágrimas, capaz de derramar su sangre en sufragio de los difuntos y en remedio de sus pecados o de los de sus hermanos.

Cuando pensamos que todo esto no es una historia contada de una película, sino que es un hombre, un hombre como nosotros, entonces sentimos al mismo tiempo una gran admiración y una gran vergüenza, y esto fue lo que sintió Jordán de Sajonia.

A la vista de este torrente de luz, no puede uno sino admirarse, pero tampoco puede detenerse, como dice Jordán de Sajonia: “La certeza de la desidia de nuestros días, la certeza de que a nuestro tiempo le hace falta vigor y le hace falta luz”.

Ahí está Santo Domingo como un Evangelio realizado, y de este Domingo, como decía, surge una familia, en primer lugar ustedes, queridas hermanas contemplativas.

Que venga la gracia del Espíritu y nos ayude a comprender la singularidad, la maravillosa identidad de la contemplación dominicana.

Es que no somos de ayer ni de anteayer, van a cumplirse ya ochoscientos años de estos acontecimientos, y después de tanto tiempo, la Orden ha conocido sus glorias y ha conocido también sus fracasos, por eso necesitamos, como dijera el mismo Domingo, un cierto esfuerzo para remontar los siglos.

Él estaba a más de ocho siglos de la comunidad de los Apóstoles y sin embargo, fiado de esa palabra de la Carta a los Hebreos: “Jesucristo es el mismo ayer hoy y siempre” Carta a los Hebreos 13,8, fiado de esa Carta y fiado de la Palabra, que no se caía de sus manos, creyó posible que sucediera, que aconteciera la Palabra en su propio tiempo.

Fiel, después de doce siglos, creyó eso; nosotros, después de ocho siglos, podemos seguirlo creyendo, al fin y al cabo, el salto que tuvo que dar él en el tiempo fue mayor del que se nos pide a nosotros. Pero es necesario dar este salto, es necesario dar esta búsqueda, por favor, no creamos que hemos ya entendido a Domingo, no creamos que porque se hace una exposición más o menos sugestiva, más o menos atrayente del carisma de Santo Domingo de Guzmán, ya está dicho todo.

Este hombre tan semejante a Jesucristo en tantas cosas, se le parece también en ésta, en que de Domingo conservamos muy poquitos escritos; de Jesús, ninguno directamente. De Domingo muy poquitos, no quiso escribir mucho, apenas unas cartas tenemos, algunos documentos de carácter relativamente oficial. ¡Ah, cómo quisiéramos que nos hubiera dejado unas autobiografías, unas memorias, algo más amplio!

Cuando uno lee en los escritos de los contemporáneos de esa gracia de la predicación que había en él, todos hablan de lo mismo, uno dice: "¿Por qué no copiaron esas predicaciones para ver dónde estaba el chiste, para ver qué era lo que decía? ¿Cómo abordaba los temas?

En ocasiones las predicaciones eran tan largas, que para estimular el corazón de sus oyentes, cada cierto tiempo suspendía e invocaba, junto con su auditorio, a la Santa Madre de Dios, rezando varias veces el saludo del Ángel, y de aquí nación el Santo Rosario; pero no tenemos ese tipo de escritos, todo su testamento, toda su herencia está precisamente en la familia que él fundó, está precisamente en nosotros.

Entonces, nos corresponde a nosotros hacer una búsqueda, una profunda interiorización para llegar a las fuentes, hoy particularmente, la ceremonia que nos congrega, para llegar a las fuentes de la vida contemplativa dominicana.

En efecto, estamos tan acostumbrados a asociar la vida contemplativa con el modelo carmelitano, que ha sido el más extendido en todos estos países de nuestra América Latina, estamos tan acostumbrados a esto, que nos cuesta trabajo percibir un modo de vida contemplativa antes de Teresa de Jesús, es que Teresa de Jesús es tan grande en la contemplación, y ella sí que se ocupó de escribir su propia vida en “Las Fundaciones” y “Las Moradas”, y todo aquello.

Entonces, hacer el ejercicio hermenéutico de dejar a esta gigante de la espiritualidad, Doctora de la Iglesia, Teresa de Jesús, para buscar cómo era antes, cómo pudo ser en su origen la vida contemplativa dominicana, esa no es tarea sencilla, pero sin embargo hay algunos resultados, y hoy más que nunca conviene compartirlos.

Lo primero que notamos es que estas personas, las que Santo Domingo de Guzmán reunió en Prouille, donde está el primer monasterio de nuestra Orden Dominicana; aquellas mujeres reunidas en Prouille, son mujeres ganadas para Cristo a través de la predicación.

Santo Domingo, de quien he dicho que trabajaba en las fronteras de la Iglesia, se fue literalmente a las fronteras de la Iglesia a predicar.

Y toda aquella región, sur de Francia, estaba cundido de herejía, pues allí, como un solitario, se dedica a predicar hermosas primicias; de esa predicación son las monjas de Pruille, y creo que cabe llamarlas primicias, porque de acuerdo con los datos, Santo Domingo debía tener menos de cinco o diez años de predicación allí, cuando ya funda este monasterio.

Ese monasterio de Prouille ha nacido de la predicación. Percibamos lo que esto significa, no se parece en este sentido a los antiguos eremitorios, a los antiguos yermos, a los antiguos monasterios allá en los primeros siglos de la era cristiana.

Los monasterios que surgieron en la Tebaida, en el el norte de Egipto, esos monasterios de la Tebaida, eran agrupaciones de ermitaños, personas que se habían despedido de la sociedad y del mundo, y fascinados por el ejemplo de San Antonio Abad, muchos de ellos, conmovidos por los escritos de Juan Paciano, buscaban emular los grandezas ascetas y místicas de aquellos gigantes ermitaños.

Eso fue así en los primeros siglos, en cambio, estas religiosas que se reúnen en Prouille no van allá, no se congregan como monasterio porque estén saliendo del mundo, sino porque quieren escuchar mejor la Palabra, son dos cosas parecidas, pero distintas. No están yéndose de aquí, sino están llegando allá.

Calcule, sopese, por favor, este juego de palabras que se parecen, y ahí encontrará uno de los rasgos de Santo Domingo, porque su mirada sobre las realidades materiales, corporales terrenales, es muy distinta a la de los herejes.

Si para los herejes había que partir de la maldad del mundo, y particularmente de la maldad del cuerpo y del amor de pareja y de todo lo que tuviera de terrenal, Santo Domingo, llamado con justicia, "Predicador de la Gracia", ve las cosas de otro modo. No es por una negación ni al cuerpo, ni al mundo, sino por una fascinación por la Palabra.

Voy a describirlo un poco infantil, y me disculpan. Yo diría que salir del mundo es como sentirse empujado, el mundo me repele y me echa y me siento empujado por él; el modelo de Santo Domingo no es que el mundo me empuja, sino que Cristo me atrae, es distinto, es una lógica distinta.

La familia carmelitana, en cambio, empata con el modelo de los eremitorios y yermos de los primeros siglos, precisamente el Carmelo de Santa Teresa intenta hacer una reforma del Carmelo de los siglos XII y XIII, que es un Carmelo que intenta repetir el esquema monástico y eremítico primitivo.

De manera que toda esta línea carmelitana va precisamente en ese dejar el mundo, en ese sentir que no me aguanta el mundo, el mundo no me aguanta y me voy, el mundo me echa.

El modelo de Domingo es: “Cristo me atrae” y para escucharlo mejor, para oírle mejor, para estar con Él, para dedicarme a Él, entonces nos reunimos. Se reúnen aquellas monjas en Prouille, este es un primer rasgo de la espiritualidad monástica dominicana.

Un segundo aspecto es un género de relación que se establece con los predicadores. Todavía hoy sigue siendo un reto para nosotros el género de disponibilidad y de libertad que Santo Domingo quiso que nosotros tuviéramos, sus frailes.

Quería que estuviéramos realmente libres para Dios, realmente libres para predicar, y en esa fascinación por la libertad, Santo Domingo tomó elementos de la vivencia, de la pobreza que tenían los herejes.

Los frailes entonces serán itinerantes, sin ningún género de posesión; las monjas, en cambio, son la casa de la predicación y son también la casa de los predicadores, por esto serán ellas las primeras en conocer los rasgos apostólicos de Domingo; serán ellas sus grandes confidentes en los proyectos de evangelización.

Serán ellas las primeras en ver brotar sus lágrimas de compasión por los pecadores; serán ellas también las primeras en ver nacer una comunidad de hermanos, que luego puede congregarse como una sola familia allá en el monasterio.

Lo vemos, efectivamente, después de fundar a los frailes, quiere que sus frailes sigan su propio ejemplo, es decir, que puedan compartir con sus hermanas los proyectos apostólicos, diríamos hoy, los proyectos de evangelización.

Bueno, ¿y nosotros qué? Llegó el momento de volvernos a nosotros. Cuando emprendemos una nueva tarea apostólica, estamos aquí visitando el monasterio dominicano, son estas nuestras hermanas, son ellas las confidentes de estos proyectos, son ellas las que conocen mejor el corazón apostólico y los anhelos de evangelización que hay en nosotros, es un reto para nosotros saber que la oración es lo primero, ese es el bautizo de toda obra de predicación, pero ese es un reto también para ustedes, hermanas.

Yo me permito formularles de esta manera unas preguntas: ¿son ustedes, hermanas, interlocutoras idóneas de la obra de la evangelización? ¿Son ustedes interlocutoras apasionadas desde su propio ser de mujeres, de bautizadas, de contemplativas?

¿Son ustedes mujeres cautivadas por la obra de la evangelización, fascinadas por lo que Cristo hace que tengan como primer tema de conversación, que tengan como primer amor, que se les vea por los ojos la sonrisa y las palabras de lo que Cristo está haciendo?

Todos necesitamos convertirnos, aquello que cantábamos en la secuencia del día de hoy es cierto: “Mira a tu familia de pobres”. Nosotros los frailes necesitamos convertirnos, necesitamos recuperar el sentido de lo que es evangelizar con fuego, con amor, con ardor, con luz, y nosotros necesitamos esa conversión, como ustedes, hermanas, necesitan también su conversión.

Nosotros necesitamos una comunidad de contemplativas que arda de amor por Cristo, que cuando vea un fraile, le pregunte: "¿Y usted dónde está evangelizando?" "¿Y usted a quién está convirtiendo?" La primera pregunta de una monja a un fraile no puede ser si le va a traer un vocación a su monasterio, la primera pregunta a un fraile es si le va a llevar almas a Cristo, si le va a llevar gente a Cristo.

La pregunta de una monja a un fraile es: "¿Usted dónde está haciendo visible el Reino de Dios?" "¿En dónde está expresando usted que Jesucristo es el único Señor?". Este era el género de conversaciones, no nos cabe la menor duda, que Santo Domingo le enseñó a tener a sus monjas.

O sea que se trata de monjas que saben guardar el silencio, como un sagrario de intenciones para Dios, pero saben también oportunamente hablar, para descubrir en ese diálogo y para llevar a descubrir en ese diálogo con los frailes, particularmente, la obra de la evangelización.

Cuando Santa Teresa, a la que por otra parte la quiero mucho, aunque a veces se me había dicho lo contrario, piensa en renovar el Carmelo, ella piensa que aunque allá este San Juan de la Cruz y todos los frailes, y que sean muy santos, y aquí están las monjas; pero la relación que Santa Teresa imagina entre los frailes carmelitas y las monjas carmelitas, es una relación de director a dirigida.

Los frailes van a ser directores espirituales, es decir, gente que conserve el anhelo inicial de consagrarse, de quemarse por el mundo, etcétera; pero esta intimidad de corazones de evangelización, fue una novedad de Santo Domingo de Guzmán, novedad, que me parece que se nos olvidó a todos.

Vamos a ver si la recordamos, vamos a ver si nosotros los frailes entendemos lo que significa evangelizar al pie de un monasterio y vamos a ver si ustedes también, hermanas, redescubren lo que significa hacer al fraile, así como se oye.

Porque la fecundidad maravillosa que la mujer tiene, no se apaga, ni se opaca, ni mucho menos, por el echo de estar viviendo una vida de contemplación, y todo el tiempo he dicho vida de contemplación, vida contemplativa y ninguna vez he dicho vida de clausura, porque no aparece en ese esquema la clausura como principal, aunque tiene su inmenso valor, desde luego.

Pues bien, la religiosa, la monja se vuelve fecunda cuando en su manera de escuchar, en su manera de tratar al fraile, le ayuda a descubrir las posibilidades del Evangelio en su corazón.

Yo tengo que decir aquí públicamente, que si ha habido quien me ayude en esta tierra a caminar y a formarme como predicador, de una buena parte la debo a los amados monasterios dominicanos, aquí en nuestro país, precisamente ahí en el esfuerzo de decir una palabra y de aprender junto con ustedes a orar, ha habido alguna transformación en mí.

Me siento lejos todavía de ser Dominico y hoy más que nunca, cuando miro este Santo, este tamaño de faro y de luz, me siento lejos, indudablemente, de lo que significa verdaderamente ser Dominico.

Pero lo que haya podido avanzar, buena parte lo debo a la oración a la amistad de ustedes.