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El 11 de agosto, la Iglesia Católica celebra la memoria de Santa Clara; Santa Clara, virgen y fundadora de la primera rama femenina en la familia franciscana. Efectivamente, Clara de Asís, fue contemporánea de Francisco de Asís, y fue Francisco, precisamente, quien a través de su testimonio de vida, y también de su palabra y de su predicación, atrajo a Clara a este modo de vida, a esa entrega radical por la causa de Cristo.
Clara era una jovencita que tenía unos dieciocho años cuando escuchó predicar a Francisco en una de las iglesias, precisamente, de Asís, y esa manera de predicar la libertad, la alegría, pero, al mismo tiempo la radicalidad de Francisco, causaron un gran impacto en Clara. La familia de Clara tenía ideas muy distintas con respecto a ella; estos eran los tiempos en los que las familias arreglaban los matrimonios de los hijos, y sobre todo de las hijas; o sea, que ya tenían planes para ella. Además, recordemos que en la antigüedad, incluso en la edad media, muchos matrimonios se celebraban a tempranisima edad, entre otras cosas, porque la gente no duraba tanto tiempo en promedio; eso significaba que era necesario decidirse pronto y tener hijos pronto, antes de que la vida se acabara. Aun cuando la familia tenía la idea de que se casara, al cumplir apenas veinte años de edad, ella decidió huir de su casa y buscar refugio donde los frailes menores, en la zona de la Porciúncula. Hay que saber que a unos dos kilómetros de la población de Asís, los discípulos de Francisco y el mismo Francisco, tenían un pequeño territorio (por eso se llama “Porciúncula”), una pequeña porción de tierra que había sido cedida por unos monjes benedictinos, de modo, que ahí vivía Francisco, y allá fue a dar Clara. Por supuesto, no podían hospedarla en esas circunstancias, pero sí fue Francisco quien le dio el primer hábito; un hábito de penitencia, un hábito de despojo de las galas de este mundo, para vivir como verdadera esposa de Cristo crucificado.
Clara tuvo su primera etapa de consagración en un convento de las benedictinas, que era donde podía estar, por su condición de mujer, y después una hija de la misma familia, o sea, una hermana de Clara, de nombre Inés, decidió seguir el mismo camino. Ellas dos, junto con otro grupo de jóvenes mujeres, son la semilla de las que hoy conocemos nosotros como “las clarisas”. Las clarisas, imbuidas del espíritu de amor a Dios, de alabanza al Señor, de unión con el crucificado, y también de devoción particular por la pobreza, son las que hemos encontrado muchos, en tantos lugares. Yo, personalmente tengo una gratitud muy grande con esta comunidad religiosa, porque allí donde yo hice mi noviciado, en la ciudad de Chiquinquirá, en Colombia, hay un monasterio de clarisas, y son ellas las que con su oración persistente y generosa, acompañan y protegen las vocaciones de nosotros los dominicos. Es una de las muchas señales de la cercanía que tenemos franciscanos y dominicos.
Pidamos al Señor que muchas jóvenes (hoy hablamos particularmente de mujeres porque se trata de Clara, pero lo mismo habría que pedir para los hombres) puedan descubrir lo que significa entregarse totalmente a la causa de Cristo, porque si hay algo que es notable en la decisión que tomo Clara, es que su “sí” a Jesús, y su “sí” al Evangelio, fue total, sin marcha atrás; la cruz delante y el mundo atrás. Esa resolución, es decir, ese poner toda la generosidad de su corazón joven, al servicio de Jesús, eso, ¡cuánta falta nos hace también en nuestra época! Dios bendiga a nuestras queridas clarisas, y que les conceda muchas y muy santas vocaciones. Amén.