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El 24 de agosto, nuestra Iglesia Católica celebra la fiesta de San Bartolomé, y lo primero que hay que decir sobre el nombre de este santo, es que en realidad no es su nombre sino su apellido. La manera como se formaban los apellidos en tiempos antiguos, tenía que ver con el lugar o sobre todo con la familia de la que provenía la persona. Así por ejemplo, encontramos un pasaje del Evangelio, en el que Jesucristo le habla a Pedro (sabemos que el nombre original de Pedro, pues, era Simón), y le dice: “Simón Bar-jona” -Simón hijo de Jona o hijo de Juan-. Claramente ese Jona o ese Juan (ambas traducciones son posibles), era el nombre del papá de este Simón, a quien Cristo llamó Pedro –el apóstol Pedro-. De manera que cuando nosotros decimos Bartolomé, lo que estamos diciendo es: el hijo de Tolome, el hijo de Tolomeo; así que eso corresponde más bien al apellido, como cuando decimos Bar-jona, pues, lo que estamos diciendo es: el hijo de Jona o el hijo de Juan. Entonces, al decir, “La fiesta de San Bartolomé”, realmente lo que estamos mencionando es su apellido, no estamos mencionando su nombre. Pero el texto del Evangelio nos recuerda cuál era el nombre de él; el nombre de él era Natanael. O sea, que a este apóstol, a quien popularmente conocemos como Bartolomé, deberíamos llamarlo Natanael, San Natanael –ese sería el nombre de esta fiesta-. Natanael descuella entre los apóstoles de Cristo, por la formación que tenía: Natanael era profesor, era maestro de las escrituras rabínicas. Dice Cristo en el Evangelio: “Te vi bajo la higuera” (Juan 1, 48); porque los rabinos tenían costumbre de enseñar a la gente, pues, no en salones de clase –las condiciones de vida no lo permitían- sino a la sombra de árboles frondosos, entre los cuales Cristo se refería con frecuencia a la higuera. O sea, que Bartolomé era un hombre capaz de enseñar a otros; esa es una característica, era un maestro de la ley, o podríamos decir, un escriba, cosa que es muy interesante, porque si nosotros recordamos, muchas veces en los Evangelios, Cristo habla durísimamente en contra de los fariseos y de los escribas. Es que los fariseos creían que el Reino de Dios solo iba a llegar cuando todo el mundo cumpliera estrictamente la Ley de Moisés, y por eso los fariseos tenían una especie de alianza natural con los escribas, pues los escribas eran los grandes estudiosos de la ley. De manera que aquellos que conocían muchísimo la ley, les daban como ese material, y como esas interpretaciones, muchas veces exageradas, muchas veces puras tradiciones humanas, que luego los fariseos difundían y en las cuales se enorgullecían; por eso estaban muy unidos fariseos y escribas. Pues, fíjate la sorpresa que nos trae el Evangelio de hoy: uno de los escribas, es decir, perteneciente a este grupo social que fue tan adverso a Cristo, que fue tan contrario a Cristo, uno de ellos llegó a ser apóstol, fue llamado por Cristo para ser apóstol. Y esto tiene que llamarnos la atención, así como nos llama la atención que un publicano, como era Mateo, fuera llamado a predicar junto a Cristo. Acuérdate que los publicanos eran los que cobraban impuestos para el Imperio Romano; y resulta que un publicano, es decir, enemigo declarado de la causa de Dios, fue llamado por Cristo para predicar el Evangelio. Lo mismo tenemos que decir aquí de Natanael Bartolomé -nombre y apellido-; aunque parecía adversario de Cristo, fue llamado por el Señor. Pidamos al Señor que incluso aquellas personas que a veces nosotros decimos: “están retirados, son enemigos de Dios, son sacrílegos, son profanadores, son paganos, son ateos, son masones”; que esos, que muchas veces sentimos, y son enemigos de la causa de Dios, se sientan como Bartolomé, atraídos por la palabra del Nazareno, lleguen a ser sus discípulos, y den testimonio, en medio de la asamblea, de la grandeza del amor de Dios, que redime. Amén.