Sbar002a
Fecha: 20010824
Título: "Antes de que me vieras, te vi"
Original en audio: 21 min. 50 seg.
Hermosa fiesta nos ofrece nuestra madre la Iglesia en esta noche, en este día. Bartolomé, Natanael, el desconfiado, el escéptico, el golpeado por la vida; ¡hay tántos detalles en esta escena tan sencilla del evangelio, que acabamos de oír!
Con la ayuda del Espíritu Santo quiero destacar algunos de ellos, para que disfrutemos la Palabra, para que la saboreemos, y nos haga mucho bien; porque también nosotros, como Natanael, seguramente hemos sentido los golpes de la vida, a través de los fracasos, de las
traiciones, de los accidentes, del daño que nos han hecho nuestros semejantes, o de tantas otras calamidades, incluyendo la salud corporal, la pérdida de parientes o amigos queridos, o de tantas, otras cosas.
Natanael fue visto por Cristo, antes de ver a Cristo. Este primer dato es muy importante. Jesús le dice: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.” San Juan 1,48.
La higuera es un árbol mediano; frecuente en la tierra de Palestina, la tierra de Jesús, se utilizaba como salón de clase, es decir, a la sombra de la higuera, el maestro judío, el rabino, predicaba a los discípulos; de manera que este Natanael era hombre que entendía de la Ley, y hombre que predicaba a otros.
Unamos esos dos aspectos, queridos amigos. Un hombre golpeado por la vida, un hombre desconfiado, pero también un hombre que sigue enseñando, es decir, un hombre que no se encierra en su duda, sino que a pesar de su duda, sigue enseñando, sigue llevando a otros las luces, las gracias; decimos que él sabe que son, que él sabe que sí son; por eso Jesús dice: “Es un israelita de verdad” San Juan 1,47.
Porque no se quedó congelado en su duda, porque no se quedó amarrado por su amargura; fue más allá de su límite, fue más allá de su herida, de su escepticismo, de su cansancio, y se arriesgó, se mantuvo, permaneció, habló, "un israelita de verdad, en quien no cabe engaño" San Juan 1,47.
De manera que la primera enseñanza de hoy está en aquello de: “Antes de que Felipe te llamará, te ví” San Juan 1,48; “antes de que me vieras, te vi”; ¡cómo nos impresiona pensar que Jesús nos ve!
Desde luego, por profesor, por predicador, por sacerdote, me identificó tanto, tanto, con la situación de Natanael. ¿Cuántas veces el predicador tiene que ser como un Moisés, que anuncia una tierra que todavía no ha pisado, pero que sabe que ahí está, y anuncia con certeza lo que todavía no posee? Eso se llama fe, eso se llama arriesgarse por Dios; pero, lo más importante, no es ese esfuerzo nuestro, lo más importante, como lo subraya San Cipriano en una de su cartas, es: "¡Cristo, está viendo eso!"
Cuando nosotros, yendo más allá de nuestras fuerzas, hablamos con la firmeza, no del conocimiento, sino con la firmeza de la fe, hablamos de eso que Dios hace; cuando nos vencemos, casi nos violentamos a nosotros mismos, y predicamos un gozo, que a veces, es tan esquivo en nuestro propio corazón; cuando predicamos sanación, estando enfermos; cuando predicamos santidad, teniendo vivo el recuerdo, incluso de nuestros propios pecados; cuando anunciamos las riquezas de Dios y nos sentimos tan escasos, ahí ¡Cristo nos está viendo, y eso vale ante Cristo! Es la primera enseñanza de hoy.
En segundo lugar, tiene que llamarnos la atención lo que hizo Felipe. Felipe obró de manera muy práctica, podríamos decir, y esto viene muy bien para nosotros los dominicos; yo por instinto, me perdonaran, todo lo relaciono inmediatamente con el carisma dominicano, y en fin, es una especie de enfermedad.
Felipe es un evangelizador, “lo hemos encontrado” San Juan 1,45, está evangelizando; “Aquél de quien escribieron, lo hemos encontrado, es Jesús, el hijo de José de Nazaret” San Juan 1,45; Natanael lo recibe con displicencia, con distancia, con frialdad ¡Nazareth ese villorio! "¿Podrá salir algo bueno de Nazaret?" San Juan 1,46, ¿y qué hace Felipe?
Si Felipe hubiera sido dominico, hubiera presentado un argumento, hubiera dicho: “Mira, se deduce de las Escrituras, un perfil con características que son perfectamente reconocibles en Jesús, porque nuestro análisis, que es muy completo, muestra cómo tiene que ser el Mesías y muestra también, que la proyección del trabajo de Jesús…”
Y a todas esas, Natanael le tendría otras veinte objeciones; no siempre lo mejor es tener una explicación; a veces lo más sabio, es ser ignorante, como lo han dicho varios en el curso de la historia, “no siempre hay que saber todo, y no siempre hay que decir todo lo que se sabe.”
Felipe obró de la mejor y más sabia manera: “Ven y verás” San Juan 1,46; Felipe sabía que Natanael era un intelectual, podría ser patrono de muchos dominicos. Natanael era un intelectual y si se ponía a discutir con Natanael, ya Jesús se había ido a otro pueblo, antes de que Jesús se vaya, hay que alcanzarlo.
Felipe obró de una manera muy práctica, condujo hacia la experiencia “ven y verás” San Juan 1,46.
Ven, aunque es solamente una palabra, es tantas cosas. Evidentemente, la palabra de Felipe “ven” San Juan 1,46, en primer lugar, se refiere al mismo Felipe.
“Ven conmigo”, “vamos a Jesús”, está en un discurso; no le dice a Natanael: “Mira, Natanael, ve y comprueba; no le dice “ve”, le dice “ven” San Juan 1,46, y ven es “ven hacía mí, pero no para mí”; ven hacía mí, conmigo, hacia Jesús”; ¡que fórmula tan perfecta! Y eso sí le funcionó a Natanael; “ven hacia mí, y luego vamos a Jesús”.
Podríamos decir, que frente a todo un castillo de enseñanzas, de doctrinas, de teorías, Felipe pone la simple, desnuda y poderosa experiencia “verás” San Juan 1,46, eso tiene como ecos de la primera carta de Juan: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que tocaron nuestras manos, sobre la palabra de vida, porque la vida se ha manifestado, eso es lo que anunciamos” 1 San Juan 1,1-2.
Esa experiencia no se puede reemplazar con nada, y Felipe es consciente de que esa experiencia, la produce la, genera Jesús, “ven y verás, ven conmigo, caminemos vamos a Jesús”, y tendrás tu experiencia; mucha gente evangeliza, así por vía de experiencia, mucha gente, y es gente que tiene un gran éxito en la evangelización, de pronto un éxito mayor del que se tiene, cuando se tiene todo tan claro.
Porque, estoy pensando, por ejemplo, en la Madre Teresa, estoy pensando en los Focolares, estoy pensando en las granjas del Padre Luna, estoy pensando en tantas actividades grandes o pequeñas, locales, nacionales, internacionales, en la que básicamente, lo que se hace es llevar a la persona, un conjunto de circunstancias, en donde puede encontrarse; hay que apreciar el ministerio de la Palabra, pero no hay que sobreestimar, lo que pueden las palabras.
Nuestras palabras no pueden crear todas las experiencias en las personas; decía un señor que trabaja en recuperación de jóvenes drogadictos, y de pandilleros, y de este tipo de personas, que son como muy complicadas, en su vida, decía: “Lo que nosotros hacemos es, tomamos a estas personas y las sacamos completamente de su entorno, completamente de su ambiente.
Él tiene una especie de pequeña finca, que tiene playa, que va a dar al mar en el Pacífico colombiano; entonces un muchacho que sabe oler boxer, y que sabe romper vidrios, y batirse en la calle del cartucho, y mato, y me matan, y la puñaleta; de pronto se ve en una playa solo, agua, viento, aire, sol, arena; "ahí a quién atraco, a ver, voy atracar a este cangrejo"; ahí no hay a quien atracar, ahí no hay ningún policía al que temer.
Entonces la persona tiene como un shock, entra en un shock, no sabe qué hacer, se aburre, se fastidia, quiere volver a su boxer, y quiere volver al atraco, y quiere volver a...; pero no se le deja volver, "quédese ahí", "¿cuánto tiempo?" "Un día, dos días, una semana, lo que se necesite, quédese ahí, viva una experiencia diferente, tenga una experiencia distinta, ahí"
Ahí, al cabo de unas horas, o de unos días, o yo no sé si semanas, la persona está lista para lo más importante de todo; preguntarse, cuestionar su certeza, y eso es lo que se necesita para que una persona se convierta.
Mientras una persona está detrás de sus paredes, y en su búnker; seguramente la persona que nos encontramos ahí, en la calle, tiene respuesta para todo. Tal vez, una respuesta estúpida, tal vez una respuesta ilógica, pero tiene una respuesta, y no se va a mover de ahí, está acorazado.
Lo primero que se necesita, de acuerdo con este especialista en recuperación de gente, recuperar gente, qué bella misión, es que la persona cuestione su propia coraza, cuestione su propia certeza.
A medida que me voy haciendo viejo, me convenzo, más y más de la sabiduría de las palabras de San Pablo, cuando dice por allá en las Cartas Pastorales, “Las discusiones no sirven de nada” [[:categoría: ]], y por eso, desde hace un tiempo, créanme, que realmente discuto muchísimo menos, todavía me falta mucho por recorrer, pero ya discuto bastante menos, ¡gracias a Dios! Esta metodología de Felipe, de alguna manera, como que va llegando al corazón.
Las discusiones son perfectas y maravillosas para lograr que las personas se endurezcan en su posición, ¿eso qué quiere decir? Que no hay que pensar, que no hay que, ¿estoy renegando de la vocación intelectual, doctrinal de la Orden de Predicadores? De ninguna manera.
Estoy convenciéndome de que el espacio para la discusión es cuando ya empezamos a estar de acuerdo, ahí es cuando es interesante discutir, y el grado de discusión no debe ser mayor que el grado de acuerdo; "¡el que tenga oídos para oír, que oiga!" San Mateo 13,9, ese es el segundo punto que quiero compartir con ustedes en este texto.
El tercer punto lo tomamos de la Primera Lectura. Natanael no es un hombre, entre otros hombres, simplemente es un hombre llamado por Cristo, de una manera muy sutil, de una manera entrañable; Natanael es uno de los Apóstoles, y la Primera Lectura nos ha dicho que “la novia, la esposa del Cordero, la Jerusalén del Cielo” Apocalipsis 21,9-10.
La Iglesia de Cristo, tiene doce cimientos, doce basamentos, en cada uno un nombre, uno de los nombres de los Apóstoles, es decir que Natanael le da nombre a uno de esos basamentos.
La muralla que rodea la Ciudad Santa está, en parte, sostenida por la fe, por el testimonio, por la gracia de Natanael, y aquí quiero compartir con ustedes, como tercera parte de nuestra reflexión, alguna meditación sobre eso de la muralla, porque al apóstol le corresponde ser cimiento de una muralla, ¿qué quiere decir eso? ¡Qué lindo es pensar en lo que significa la muralla!
La ciudad de la antigüedad, mis hermanos, tenían todas murallas. La muralla era la manera de defenderse de los enemigos; si llega un ejército enemigo no puede entrar a destruir, arrasar, porque se encuentra con una muralla.
Es decir, lo que resulta más obvio, es que la muralla sirve para defender, pero la muralla no es solamente defensa; porque si la muralla no tuviera puertas, entonces no sería una ciudad, sino sería una cárcel, sería más bien un sepulcro, porque sería una ciudad sitiada, lugar de muerte, no lugar de vida.
La muralla que defiende la Iglesia, esa que está apoyada en los Apóstoles, tiene puertas; de manera que las murallas están indicando no solamente la protección del mal, sino la posibilidad del bien; la posibilidad del bien, el discernimiento, la discreción; a través de las puertas de la muralla entran los amigos; a través de la dureza de la muralla se rechazan los enemigos.
Natanael, como los demás Apóstoles, fue llamado a eso, a convertirse en firme sustento, que permite rechazar al enemigo, y dejar entrar al amigo. Esta es una manera muy linda de entender el ministerio de los apóstoles, y de entender lo que significa un buen apostolado, una buena labor de evangelización.
Un buen apostolado deja a las personas con una muralla, es decir, deja a las personas capaces de defenderse del enemigo, y capaces de dejar entrar al amigo; evangelizar es hacer que cada persona pueda defenderse del enemigo y pueda abrirle la puerta al amigo, eso es evangelizar, y eso es lo que han hecho los Apóstoles.
Los Apóstoles han traído luz con su predicación y con su testimonio; de manera que nosotros guiados por ellos, sabemos rechazar lo que está mal, sabemos abrir el campo a lo bueno, tenemos firmeza para que no nos haga daño el mal, y tenemos acogida para que nos haga bien, lo bueno; pero, por otra parte, la muralla es la que se abre para dejar salir los bienes de la ciudad.
Un buen evangelizador es el que prepara, es el que cultiva en su amigo, en su evangelizado, en su oyente, la capacidad de rechazar el mal, de acoger el bien y de comunicar el bien, rechazar al enemigo, recibir al amigo, y ser amigo con el amigo; ser amigo con Jesucristo.
Desde esta perspectiva, podemos agradecer a Dios el regalo que nos da en la persona de Bartolomé, el hombre sanado de su escepticismo, el hombre que pasó de la doctrina a la experiencia, el hombre que tuvo la humildad para reconocer, él, que había sido maestro de tantos, reconocer a quién podía darle las verdaderas y más grandes lecciones.
Amén,