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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 20 de San Mateo. El 25 de Julio nuestra Iglesia Católica, celebra la fiesta del apóstol Santiago, y ese capítulo 20 nos recuerda un momento, podríamos decir, casi vergonzoso de la vida de este apóstol; ¿no llama la atención, eso?.
Estamos celebrando a Santiago, y el pasaje del Evangelio no deja realmente muy bien parada la memoria de este apóstol, porque lo que encontramos en el capítulo 20, es el afán que tiene Santiago y su hermano Juan, por obtener un primer puesto, por obtener los mejores puestos frente a Cristo. quieren sentarse el uno a la derecha y el otro a la izquierda de Cristo, cuando Cristo logre su victoria; ellos quieren asegurar sus primeros puestos, y eso definitivamente no es muy honroso, eso parece que no es mucha virtud, cuando se está hablando de la santidad de un apóstol.
Pero es que hay maneras de ver las cosas; el apóstol San Pedro negó a Cristo tres veces; el apóstol San Pablo fue blasfemo y furioso perseguidor, según sus propias palabras; y aquí encontramos a Santiago, lleno de codicia, lleno de ambición, buscando los primeros puestos. Todos ellos son seres humanos, lo mismo que nosotros; también nosotros como San Pedro, hemos negado muchas veces al Señor; también nosotros nos hemos resistido a su amor, como Pablo; también nosotros muchas veces nos hemos dejado llevar por la codicia y por la ambición.
Así que lo primero que tenemos que hacer, es reconocer nuestra propia humanidad en todas estas fallas de estos hombres de Dios; lo segundo, por supuesto, es darnos cuenta que ellos no se quedaron ahí. Pedro no se quedó en las negaciones, sino que después, como lo cuenta el evangelista Juan, por tres veces afirmó con toda solemnidad, y con toda humildad, su amor hacia Cristo: "Señor, tú sabes que te amo" (21,17); Pablo no se quedó en su rebeldía, sino que después de convertirse, y después de crecer de un modo absolutamente precioso en el camino del Evangelio, llega a decir: "Para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia" (Fil 1,21); y lo mismo este Santiago, Santiago el mayor, Santiago el hijo de Zebedeo, no se quedó en la codicia de buscar los primeros puestos según el mundo, sino que como lo recuerda la primera lectura, este gran apóstol, sí buscó el primer puesto, pero no el primer puesto en los honores del mundo, sino el primer puesto en el testimonio de la sangre, él fue el primero entre los apóstoles que entregó su vida por Jesús.
Así, que está muy bien el Evangelio que se nos presenta, está muy bien para que nosotros reconozcamos nuestras propias codicias, para que nosotros nos demos cuenta de cómo estamos viviendo, y está muy bien ese pasaje, para que luego descubramos todo lo que Cristo hizo en él, y cómo tomó a este hombre ambicioso, y transformó esa ambición de honores humanos en un santo celo por la causa de Dios, que le llevó a ser el primero; el primero en morir por Cristo; el primero en testificar con su sangre, que sólo Jesús es el Señor.
Ahora bien, si Dios hizo tal obra en San Pablo, si Dios hizo tal obra en San Pedro, si Dios hizo tal obra en Santiago, quiere decir, que Dios puede hacer también su obra en nosotros, que Él puede tomar lo que han sido nuestros anhelos, lo que han sido nuestras búsquedas, lo que han sido nuestras codicias, y puede llevarnos por un camino distinto. Pidamos esa obra de la Gracia, al recibir particularmente la Eucaristía; pidámosle a Cristo, como dijo San Agustín: "no que nosotros transformemos el pan que comemos, en nosotros, sino que ese pan divino, ese pan del cielo, nos transforme en el mismo Cristo”, a quien sea la gloria y el honor, por los siglos. Amén.