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Fecha: 19970725

Título: Fiesta de Santiago Apostol

Original en audio: 4 min. 44 seg.


Queridos Hermanos:

La controversia entre los Apóstoles y las autoridades judías, nos ayuda a descubrir el valor de la Sangre de Cristo. Por algo la Iglesia se viste de rojo en las fiestas de los Apóstoles, en las fiestas del Espíritu Santo, en las fiestas de los mártires y en las celebraciones, fiestas que tienen que ver con la Sangre de Cristo.

Sangre, Espíritu, apostolado y martirio, tienen el mismo color. De ese color se viste hoy la Iglesia, movida por el ardoroso ejemplo de Santiago, el hermano de Juan, uno de los zebedeos.

Las autoridades judías dicen: "¿Queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre?" Hechos de los Apóstoles 5,28. Y efectivamente, la respuesta de los Apóstoles empieza diciendo: "Es que Dios resucitó a aquel a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero" Hechos de los Apóstoles 5,29. Hasta ahí, efectivamente, son responsables de la Sangre de Cristo.

Pero luego dice: "Para conceder a Israel el perdón de los pecados" Hechos de los Apóstoles 5,31. De manera que no se trataba de que fueran simplemente o solamente responsables de la Sangre del Señor, sino que fueran beneficiados, reunidos por la Sangre del Señor.

Esta es la pareja de palabras o de conceptos que nos presenta la primera lectura. Responsables, y en ese caso, acusados por la Sangre; redimidos, y en ese caso, salvados por la Sangre. En este sentido, la Sangre de Cristo es como una especie de juicio, y para quien quiere aceptarla con fe, es Sangre de redención; para quien la rechaza, se convierte en Sangre de acusación.

Por eso dice San pablo, allá en el capítulo once de la Primera Corintios que, antes de comulgar, había que discernir para que la Sangre de Cristo, que fue dada por Dios para salvación, no se convierta, por desventura nuestra, en Sangre de acusación para nosotros.

Y es curioso, porque tanto los Apóstoles como las autoridades judías habían traicionado al Señor. Los Apóstoles, huyendo cobardemente, las autoridades, maquinando un juicio inicuo. Pero los Apóstoles no se presentan aquí como aquellos que han sido coherentes en el bien, sino como aquellos que han sido rescatados del mal.

Y precisamente, ese es el lugar de los Apóstoles, ellos son las primicias de la redención por la Sangre de Cristo, son las primicias de la obra maravillosa del amor, que es la Sangre derramada en el mundo por obra del Espíritu y son, por eso, los primeros incendiados, los primeros que arden en el fuego del Espíritu, y por ellos el mundo ha conocido el fuego que había en el Corazón de Nuestro Salvador.

Somos llamados hoy por la Iglesia a comulgar en la misma Sangre de Cristo, a convertirnos también nosotros en testigos de ese amor grande, a dejar de ser solamente responsables de que el plan de Dios no se realice, para convertirnos en redimidos, y esto es, en testigos de la realización de ese mismo plan.

Comulgar con provecho, es darle la gloria a Dios y es convertirnos en pueblo de su redención; comulgar con indiferencia o con incredulidad, o simplemente no comulgar y separarnos del Banquete, es hacer inútil ese amor, es obstaculizar ese plan y es hacerse responsable de esa Sangre.

A la vista, pues, del amor intenso, ardoroso de Santiago Apóstol, a la vista de ese amor, cada uno discierna su corazón y participe con provecho del Banquete redentor.