Sand004a

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Fecha: 20091130

Título: Tres invitaciones importantes que nos hace San Andres en su fiesta

Original en audio: 22 min. 46 seg.


Yo pienso, mis hermanos, que los relatos de conversión y los relatos de vocación tienen un atractivo, un encanto especial, será porque uno siempre los puede relacionar con la propia vida.

Cuando se habla de conversión, creo que cada uno de nosotros tiene una historia que contar; cuando se habla de vocación, pienso también que todos tenemos alguna esperanza; allá, en el fondo del corazón, hay una llamita de esperanza, esperanza de ser llamados precisamente, esperanza de iniciar una etapa nueva, mejor en nuestra vida.

Hoy, en la fiesta de San Andrés, el Apóstol, el hermano de Pedro, el primero en la lista de los Apóstoles, el primer Papa también, decimos los católicos; hoy, al celebrar esta fiesta, estoy seguro que se queda grabada en el corazón la imagen del evangelio.

Estos hombres que en un momento dado lo arriesgaron todo por Jesucristo, ¿y qué era todo lo que tenían? El resumen no es muy largo: una barca, unas redes, un papá. El papá se llamaba Zebedeo, ése lo dejaron Santiago y Juan, ¿y la barca y las redes? Eso lo dejaron todos, Pedro y Andrés, por una parte; Santiago y Juan, por otra.

La barca y las redes. ¡Cuántas reflexiones podemos hacer! Las redes que son un medio de trabajo, de sustento, que son una ocupación, un oficio, aquello que llenaba las horas de ellos, aquello, podemos decir, que les daba también un sentido.

Normalmente, cuando una persona tiene un oficio, al despertarse por la mañana en lo primero que piensa es en su oficio, en lo que tiene que hacer en el día; el carpintero recordará los trabajos que tiene pendientes, la madera, el cepillo, la sierra; el campesino se levanta temprano y dice: "Hoy me toca echar arado en tal o cual parcela, hoy me toca cuidar la cerca de no sé dónde, hoy tengo que echarles sal a las vaquitas".

Pensamos en nuestros oficios. también la mujer que confecciona vestidos sabe que tiene un encargo pendiente; la cocinera se apresta a preparar los alimentos.

Dejar el oficio no es solamente dejar un medio de sustento, es abrir un inmenso, inmenso vacío en las horas del día; es abrir un espacio que queda ahí disponible, y eso fue lo que ellos dieron a Jesús: "Ahora, Jesús, tú serás el sentido de mi vida; ahora, Jesús, tú vas a llenar las horas de mi día; ahora, Jesús, tú vas a darle el sabor, el color, el perfume, el estilo a mi vida".

¡Que apuesta tan grande, y por lo mismo, tan apasionante! ¡Dejar las redes! Pero dejaron también la barca y la barca representa otras cosas: la barca representa la estabilidad, el tener un lugar, el tener una referencia, el poder llamar propio a algo, esa es la barca.

En ese sentido, todos tenemos una barca, grande o chica, todos tenemos una barca, por ejemplo, el lugar donde vivimos, los amigos con los que siempre nos hablamos; en nuestras pequeñas y sencillas rutinas todo está planificado, sabemos cómo funcionan las cosas. Cuando uno lleva un tiempo viviendo en una casa, uno casi que puede moverse a ciegas, todo está en su lugar, todo nos resulta familiar.

Dejar la barca es dejar ese espacio de protección, dejar ese mundo que nos resulta familiar, dejar esa referencia y dejar también aquello que llamamos "lo mío", "lo propio", ¡qué despojo tan difícil! ¡Qué dificultad tan grande!

De un modo pequeñito he podido vivir esto cuando el Señor me ha llamado y la Comunidad me ha encomendado predicar en distintos sitios. Y uno no pasa las incomodidades que tenían que pasar los discípulos de Cristo, porque el mismo Cristo había dejado todo; para Cristo la barca sería seguramente esa casita en Nazaret, y sobre todo, la sonrisa, la mirada, el regazo de mamá María.

Pues Cristo salió de allá y un día dijo: "El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza" San Lucas 9,58. ¿Cómo sería la condición de esos Apóstoles? ¡Cúántas incertidumbres, cuánta indigencia, cuánta fragilidad, cuánta provisionalidad, caminando al lado del Profeta de Nazaret!

Pues uno no pasa por todas esas cosas, pero cuando tiene que ir a distintos lugares, aún lo más elemental, trae su propia dificultad: que hay que dormir en otra cama, que hay demasiado ruido o demasiada luz, que uno no está acostumbrado a lo que encuentra y son pocas, repito, las incomodidadades que uno tiene que sufrir.

¿Cómo sería en tiempos de Jesucristo? Dejar la barca, dejar tantas comodidades y mundos establecidos, dejar lo conocido y lanzarse a lo incógnito, en realidad, estos Apóstoles de Cristo vivieron como verdaderos hijos de Abraham.

Porque Abraham también salió de su tierra, también salió de lo cómodo, de lo familiar, de lo cercano, de lo propio y el Señor únicamente le dijo: "Vete a la tierra que yo te mostraré" Génesis 12,1, y partió.

¿Sómo sería aquello? Salir de esa tierra, despedirse de su parentela sin dar mayores explicaciones, ¿qué podría decir Abraham al que le preguntara: "-Oye, que ¿a dónde vas?" "-Pues voy por ahí"? Porque ¿qué podía decir? "-A dónde vas?" "-Voy a donde Dios me lleve". "-¿Cuál Dios?" "-Pues un Dios que me ha hablado". "-¿Qué te ha hablado ¿qué?" "-Me ha hablado Dios. Me voy detrás de una voz"."Detrás de una voz", ese es el llamado.

Pero déjenme decirles que todos tendremos que partir un día, queriendo o sin querer, tendremos que dejar la comodidad nuestra.

Yo sé que muchos, cuando hago esta descripción de la vocación apostólica dirán: "Son unos héroes, pero yo me quedaré en mi casita", pues te quedarás en tu casita hasta que llegue otro llamado que diga: " Oye, tú, para la vida eterna", ¿y ahí qué vamos a decir? Ahí toca dejar la camita, y la sala, y las flores, y los libros, y las agujas, toca dejarlo todo.

Todos tenemos que ser llamados finalmente a la eternidad, todos tenemos que dejar nuestra barca. Como bien explica San Agustín, allá en el cielo no tendremos que atender a otras personas, sino que, si somos juzgados dignos de la vida eterna, seremos nosotros los atendidos en el banquete del Reino Celestial.

Así que también todos tendremos que dejar nuestras comodidades, tendremos que dejar nuestra barca. En ese sentido, la muerte es la vocación final. Y por eso, partir para ir con Cristo es morir un poco.

La vocación religiosa, misionera, apostólica, sacerdotal, siempre implica morir un poco, adelantar un poco la muerte, vivir primero que los demás lo que todos tendrán que vivir en su propio día. Esa es la vida del sacerdote, del misionero, del religiosos.

En el fondo no es un ser tan extraño; todos ellos, los misioneros, los religiosos, los sacerdotes de algún modo estamos viviendo por adelantado lo que todos tendrán que vivir en su propio momento.

Morir un poco. Y por eso podemos aprender también de esta fiesta de San Andrés a morir un poco, a dejar atrás muchas cosas, dejar atrás seguridades y lanzarnos por Jesucristo. ¿Cómo podemos practicarlo? Terminemos esta reflexión con tres sugerencias prácticas.

Primera: dejar nuestra comodidad y lanzarnos por Jesucristo es proponer la presencia, el encuentro con Cristo a una persona que no sabemos cómo nos va a recibir, eso también es dejar seguridades.

vamos a imaginarnos el caso de una señora piadosa, gracias a Dios hay muchas señoras piadosas. Pero entonces pasa que la señora piadosa le habla sólo a las otras señoras piadosas, todas las cuales van a Misa casi todos los días, rezan el Santo Rosario, son devotas de la Virgen.

Entonces se quedan las señoras piadosas hablando entre ellas. El documento de nuestros obispos en la Conferencia Episcopal en Aparecida nos recuerda que todos somos misioneros. Entonces la señora piadosa tiene que salir de su comodidad, tiene que salir de la comodidad de hablarle sólo a las otras señoras piadosas, las cuales ya rezan el Rosario y van a Misa todos los días.

Lo grandioso no es seguirle hablando a los que ya creen; lo grandioso es pedirle a Dios que nos dé palabras para ese amigo, pariente, vecino que está cerca de nosotros pero que está lejos de Dios. Lo grandioso es salir de la comodidad de saber cómo lo van a recibir a uno.

Si yo le hablo a las otras señoras piadosas, pues ellas me van a recibir muy bien y van a decir: "¡Qué bien, padrecito, qué bueno, padrecito!" Pero lo grandioso es hablarle a otras personas, proponer el mensaje de Jesús, la esperanza de Jesús a otros.

¡Ahhh, eso cuesta! ¡Eso da miedo! Porque cuando yo le hablo a las señoras piadosas, es como dicen en inglés, eso es traducido, "predicarle al coro", ya esos están convencidos. Pero si nosotros nos encerramos en nuestros grupos, si nos encerramos en nuestras amistades, ¿quién va a evangelizar?

Claro, el sacerdote tiene que evangelizar, pero el sacerdote no puede hablarle a tu vecino que nunca viene a Misa, ése te toca a ti, entonces te toca salir de tu círculo de comodidad y te toca plantearle el Evangelio a una persona diferente.

Y ahí es donde uno se rasca la cabeza y dice: "¿Y ahora yo cómo le hablo a esta persona?" Pues la estrategia más sencilla es: Mira qué puede ser necesidad en esa persona y mira cómo puedes proponer a Jesucristo como alivio, o medicina, o luz en el camino para esa persona. Ese es un consejo práctico.

Otro consejo práctico: Andrés, lo mismo que su hermano, el Apóstol San Pedro, dejó las redes, otro tanto hicieron Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo.

Dejar las redes es dejar el oficio en el que uno se siente seguro, pero es también aprender otro oficio. Y ahí es donde yo quiero decirte que tú también puedes aprender otro oficio.

Supongamos que tú eres carpintero, o eres comerciante, ya tienes práctica con la caja registradora, el manejo de los inventarios, la presentación del impuesto de industria y comercio, todas esas cosas las conoces al dedillo, pero ¿porqué no aprendes otro oficio? ¿Qué tal que además de carpintero tú seas catequista? Ah, esa es una posibilidad.

Es algo que a mí me alegra mucho en esta Basílica de Nuestra Señora del Rosario. En nuestros grupos apostólicos tenemos personas que tienen su propio oficio pero que aprenden otras cosas y las hacen bien.

Tenemos un equipo de lectores, por ejemplo, y eso de leer en público y leer bien para que el mensaje llegue, eso requiere un poquito de esfuerzo.

A mí me gusta, por ejemplo, que muchos de los servidores de la Virgen, que es una de las asociaciones que tiene aquí el Santuario, muchos de ellos, yo diría todos, son personas que tienen sus oficios, muchos están ene el comercio.

Pero ellos dejan por un momento su reunión, su comercio, su plata que entra y sale y vienen a reuniones y escuchan la Palabra de Dios y los vemos salir por las calles de Chiquinquirá revestidos con su hermoso traje, llevando una imagen o testificando de otras maneras la fe que tienen.

Por eso la segunda invitación es: no te quedes nada más con el trabajo o con el oficio que tienes: aprende algo más.

Hay otro grupo aquí en la Basílica que se llaman "Las discípulas de Jesús", muchas de ellas están trabajando en un proyecto que se llama "Laboratorio de Equidad". En ciertos lugares de aquí de Chiquinquirá, Por ejemplo allá por María Ramos, están colaborando estas discípulas.

Ellas tienen su hogares, muchas, tienen sus trabajos, muchas o casi todas, pero sacan un tiempo, aprenden otro oficio, hacen algo más, no se queda uno simplemente haciendo la platica y gastando la platica. Aprende otro oficio, aprende algo que te sirva para ofrecer el Evangelio, para hacerle bien a la gente.

Hoy, en el mundo entero, los voluntariados son una fuerza muy grande, las personas trabajan como voluntarios, solo les voy a contar un ejemplo que me conmovió mucho.

Al sur de Francia se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, y en ese Santuario tienen un servicio maravilloso que es el de los camilleros. Llegan buses u otros vehículos y traen personas en sus camillas y, por supuesto, se necesita de alguien que los guíe, que los acompañe a estos enfermos, muchos de ellos paralíticos, algunos incluso requieren cuidados especiales.

Y los camilleros llevan a estos enfermos y los cuidan días enteros, ¿y quiénes son esos camilleros y camilleras? ¿Sabes quiénes son? Mira, ahí hay gente que sabe de computadores y de informática, hay secretarias, artistas, escritores, odontólogos.

¿Y qué hacen allá? Pues ellos regalan ese tiempo, regalan dos o tres días cada semestre o cada año y se van a vivir allá, a Lourdes, pagan incluso su propio pasaje, le regalan eso al mundo, le regalan eso a la Virgen, aprenden rudimentos de enfermería para servir para algo.

Aprende otro oficio, no te quedes sólo en tu red, no te quedes sólo metido detrás del mostrador haciendo platica, aprende algo más, aprende cómo servir, tú también puedes hacer una obra hermosa. Ese es el segundo consejo.

Y el tercer consejo lo tomamos de este mismo Apóstol, Andrés. Andrés sirvió de puente muchas veces. Como él tenía un nombre griego, es nombre no es semita, es un nombre griego, en más de una ocasión sucedió que la gente de lengua griega iba donde él y él servía de puente para llegar a Jesús.

Conviértete en un puente, sirve de puente. Mira, el mundo está lleno de divisiones, el mundo está lleno de fracturas, necesitamos puentes. Hay gente que siembra el odio, hay gente que tiene un lenguaje de garra, pues hay que destruir ese lenguaje con el lenguaje de la paz, aprendiendo a ser puentes.

Dondequiera que tú te encuentres, conviértete en un puente, el que ayuda a solucionar una disputa, el que ayuda a aliviar la tensión, el que ayuda a que los que están de pelea se reconcilien. Conviértete en un puente.

Qué invitaciones tan hermosas nos da San Andrés. La primera: sal de tu comodidad, arriésgate a salir de tu círculo y habla de Jesús a alguien más.

Segunda invitación: aprende un oficio, no te quedes solamente con lo que ya sabes, dale una sorpresa de amor a Dios, ofrécete para hacer algo bueno.

Tercera invitación: vuélvete un puente, que seas tú la persona que ayuda a unir, la persona que ayuda a solucionar, no la persona que ayuda a dividir.

Que la intercesión poderosa de este Apóstol San Andrés, nos ayude. Al Apóstol San Andrés lo quieren muchísimo los cristianos en Oriente, es casi la fiesta más importante que tienen los ortodoxos, los griegos cristianos tienen esta fiesta con gran relevancia, con gran esplendor.

Pues que Andrés, que sirvió de puente, ayude a que se alivie toda tensión, toda división con los ortodoxos y con otros cristianos que en este momento no aceptan la jurisdicción del Papa.

Que todos podamos unirnos, y con la intercesión de San Andrés, seamos un solo rebaño con un solo pastor.

Amén.