Sand002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20001130

Título: "Ven y sigueme"

Original en audio: 21 min. 20 seg.


No cabe duda que estos relatos de vocación tienen una frescura, tienen un encanto particular, porque la llamada es el comienzo de una existencia nueva, podemos decir que es la puerta, es el quicio, y llegar a ese momento, llegar al momento de la llamada, es llegar a un nuevo comienzo. Eso fue lo que Cristo, el Señor, les otorgó a estos hermanos un nuevo comienzo.

Comenzar de nuevo no es simplemente saludar el futuro, es redimir el pasado, esto lo entiende la Iglesia cuando, por ejemplo, se otorga indulgencia plenaria a quienes hacen su profesión perpetua en un Instituto probado por la misma Iglesia.

La vocación no mira solamente el futuro, sino que colma de sentido el pasado, ¿para qué estoy yo con estas redes? ¿Para qué me fatigo bajo este sol? ¿Para qué soporto tantas cosas? ¿Por qué ha sucedido todo lo que ha sucedido? Todo adquiere sentido con la palabra de Cristo: “Ven y sígueme” San Mateo 19,21.

A través de ese llamado de Cristo, el pasado encuentra un significado, por eso el que no encuentra su vocación, acumula interrogantes, no días ni años, preguntas, se le amontonan las preguntas, pero cuando llega la llamada de Cristo, esa llamada es como un hilo luminoso que atraviesa todo el pasado de la persona.

¡Ah, ahora comprendo, todo tiene sentido! El hoy le da sentido al ayer y le abre la puerta del mañana. El día de la vocación, el día del llamado es entonces el día en que Cristo es el vencedor de mi historia, de mi tiempo. La vocación es también un encuentro, un encuentro profundo, un doble riesgo; la vocación es como un abrazo en la mirada.

Cristo se arriesga al llamar, el hombre se arriesga al responder. El evangelio trae constancia de que no todos a los que Cristo llamó aceptaron.

El caso más conocido el de aquel joven: "Lo miró y le amó" San Mateo 19,21; “Ve, vende lo que tienes, dale a los pobres" San Mateo 19,21; y le dijo a ese joven como les dice a estos: "Ven y sígueme" San Mateo 19,21. Y regaló amor por esos ojos, pero su amor cayó en el vacío, lo arriesgó y lo perdió.

Sin duda, hablamos de la vocación como ese riesgo que nosotros tenemos que tomar, pero hay también un riesgo de Cristo. Esto es lo mismo que quiero meditar con el Santísimo cuando está expuesto, está ofrecido, está dado; puede ser acogido, puede ser despreciado.

En la vocación, el corazón de Cristo se abre, por un momento queda en carne viva y se ofrece, ¿lo quieres? Es un momento, es un relámpago de gracia frente al cual el corazón humano se siente desconcertado, se siente también él desnudo, se siente conocido, o como dice Pablo: “Ahora que Dios nos conoció, o mejor, que nos reconoció" Carta a los Romanos 8,29, el corazón se siente reconocido y arriesga”; la vocación es encuentro y es riesgo.

La vocación inaugura un tiempo nuevo, pero la vocación también tiene una continuidad con el tiempo antiguo. Cristo no llega a anular lo que ha sucedido, sino mas bien viene a desenmarañar, a leer lo que nadie más podía leer; Cristo no llega a cancelar a destruir, sino llega a desenredar y desde ahí a construir.

Notemos por ejemplo, en el relato de este evangelio lleno de primor, cómo Cristo le da una suave continuidad así como le da una profunda ruptura a la vida de estos hombres, es evidente la ruptura, dejan a los padres, dejan su familia, dejan su lugar, dejan sus amigos, dejan muchas cosas.

Pero hay una discreta continuidad, que está en esa expresión, yo la llamaría cariñosa, que utiliza Cristo: “Os haré pescadores de hombres” San Mateo 4,19.

Les queda una continuidad: "Fuiste pescador, serás pescador"; hay una continuidad, pero debajo de esa continuidad los teólogos reconocen un tema muy profundo: la gracia no destruye la naturaleza; Dios, al llamarte, no elimina lo que tú eres, sino que desenreda lo que eres.

Dios al llamarte no cancela tus capacidades sino que les da un orden, podemos decir que cuando no nos hemos encontrado con nuestra vocación, nuestras cualidades son como en una tipografía antigua, un montón de letras en una caja, eso no dice nada, se pueden escribir muchas cosas, pero yo no sé qué se puede escribir conmigo, esas son las cualidades y los defectos nuestros.

Son como un lío de cuerdas, cadenas, espinas del que no sabemos salir, entonces aparece Cristo y toma todo ese enredo de nuestros defectos, lo quita y toma nuestro cajón de letras y empieza a poner un orden, y entonces dice: "Mira, vamos a poner primero esa letra y luego esta otra" y cuando va apareciendo esa palabra, nosotros mismos nos admiramos y decimos: "¿Pero cómo puedo ser yo eso?" Y Cristo dice: "Sí, tú eres eso, todo eso está en ti".

Nosotros somos obra del Papá de Cristo, somos obra de Dios Padre Creador, fuimos creados por Cristo y para Cristo a través de la Palabra que es Cristo y en vista a la gloria de Jesucristo por eso, la clave de lectura de nuestra vida es Cristo.

La vocación no destruye el pasado, sino que lo lee, lo desenreda. ¿No es impresionante lo que sale?, ¡es tan hermoso lo que sale!. En el cielo hay como un himno inmenso y cada una de las líneas es la vida de un santo, todos ellos con esas mismas letras podrían decir otros lenguajes, otras palabras, pero Cristo llegó y puso en orden las letras y apareció entre todos un himno de alabanza al Padre Creador.

La vocación no termina cuando Cristo llamó a Pedro, lo llamó en este contexto de un lago y una pesca, el evangelio de Juan nos cuenta de otro lago y de otra pesca, El Resucitado se aparece frente a algunos de los Apóstoles y también ahí está Pedro pescando, cuánto camino recorrido entre el primer lago y el segundo lago y ahí está de nuevo Pedro; y Cristo le vuelve a decir a Pedro: “Sígueme” San Juan 21,22.

Es muy importante esta enseñanza del doble llamado, porque nos recuerda, entre otras cosas, que la vocación no es algo que termina una vez por todas, y nos enseña también que la conversión tiene que acontecer más de una vez en la vida.

Dos llamados: el primer llamado es el llamado a lo desconocido, es un llamado difícil, ¿qué me va a pasar? Pero no es más difícil que el segundo llamado, que es un llamado a lo conocido.

Que el Espíritu Santo me ayude para explicar esto, porque esto tiene mucho que ver con nuestras vidas. Cuando Dios lo llama a uno a lo desconocido, hay un elemento de riesgo, hay un elemento de aventura, pero cuando Dios lo llama a uno a lo conocido, hay un elemento de abnegación, hay un elemento de humildad, de silencio, de muerte.

Por eso dicen los que han escrito de teología espiritual, que hay por lo menos dos grandes conversiones y algunos hablan de tres, un primer llamado que es un llamado a lo desconocido: "Está bien, voy a decirle sí a Dios a ver qué pasa".

Y pasan muchas cosas, algunas de ellas muy dolorosas, muy humillantes, muy aburridas, muy tensas, pasan demasiadas cosas, y después de que ya han pasado muchas cosas, vuelve Cristo y vuelve a decir: "¿Entonces, seguimos?"

Y ya uno no va a lo desconocido, lo difícil es ese otro momento, porque ahí toca volver a lo conocido, ya uno sabe lo que le va a pasar. No se sabe qué es más difícil, si aventurarse a lo que uno no conoce o volver con humildad adonde uno sabe qué le va a pasar.

Y Dios nos llama. Las primeras lágrimas son las lágrimas del gozo, de la emoción, de la alegría: "ha puesto sus ojos en mí"; las segundas lágrimas son lágrimas distintas de un amor destilado, de un amor purificado.

Hay encuentros vocacionales para la primera llamada, pero casi no se hacen encuentros vocacionales para la segunda llamada. Para la primera llamada es relativamente fácil hacer un encuentro vocacional, el lío es que aquí, en el nombre de Cristo, hay una linda aventura que se llama la vida religiosa y por consiguiente, les quiero invitar a que apuesten por eso.

Hay un mundo fascinante que se llama la santicidad, les invito a que apuesten por esto, es relativamente fácil, eso se pueden conseguir unas en la librería San Pablo con una música bien bonita, con una flor que se abre, con una muchacha que sonríe, con unos pobres que huelen bien, se puede hacer un bonito audiovisual.

Pero luego uno descubre que esa flor se le seca el rocío y se marchita, y luego uno descubre que esa muchacha tan primorosa de las filminas es antipapática, pedante, fastidiosa como ella sola, y uno descubre que los pobres huelen feo.

Después de que ha descubierto todo eso y ha pasado la vida, y cuando llega el momento, vuelve aparecer Cristo, por allá en un rincón y dice: "¿Seguimos?" Y allí no sabemos qué responder, porque ya sabe adónde va, ya sabe a qué va, ese es el segundo llamado.

Un filósofo y hermeneuta francés, Paul Ricoeur, hombre maduro en muchos aspectos de su pensamiento, de su vida, habla de una segunda juventud, porque ese segundo sí no tiene los violines, las trompetas, los tambores, el acompañamientos y los audiovisuales, los aplausos, no tiene nada de lo del primer sí.

A veces sucede en un atardecer solitario, cuando una religiosa desengañada de todo, se postra ante el Sagrario y entonces descubre que tiene toda la capacidad del mundo para decir que no y tiene toda la perspicacia para engañar a todos y tiene la fuerza suficiente para vivir como una hipócrita hasta la muerte.

Y ya sabe que tiene su vida aquí en las manos y en ese momento Cristo, como que se sale de ese Sagrario, como que abre de nuevo el corazón, como que vuelve a apostar y le dice: "¿En qué quedamos?" Y entonces la hermana, con el alma rota, con la vida rota, sabiendo qué es lo que está pasando y sin otros testigos que su Ángel de la guarda y el Espíritu Santo, vuelve a decir: "¿Entonces qué pides, Señor?"

"Entonces, vamos a este último trecho, vamos a lo que nos hace falta". Esa es la dimensión profunda de la vocación, pero todavía no es la dimensión última de la vocación; la dimensión última de la vocación sucede en el lecho de la muerte, esa también es una vocación.

El evangelio, este mismo evangelio de Mateo, en el capítulo 25 nos cuenta a Cristo como rey y juez de las naciones, y ahí hay un llamado: “Venid aquí, dijo, venid y seguidme” San Mateo 25,34.

Hay un llamado, es el llamado de la aurora del cielo, que es el llamado último: “Venid, benditos de mi padre” San Mateo 25,34, que se contrapone patéticamente a la palabra que se les dirige a los otros: “Apartaos de mí” San Mateo 25,41.

“Venid benditos...."; "apartaos de mí, malditos....” San Mateo 25,34-41. Es el momento decisivo, es el llamado último, es el llamado de la muerte.

Nosotros queremos vivir estos llamados, los llamados de la gracia, los llamados de la vocación, los llamados del amor, queremos acoger esos llamados en la vida, queremos escuchar el llamado de Cristo a la hora de la muerte.“ Ven y sígueme” San Mateo 9,9, dijo Cristo aquí, ese es el mismo llamado que queremos oir a la hora de la muerte.

Estaban muy tristes los Apóstoles en esas conversaciones de la Última Cena, y Cristo les dijo, "Yo me voy a prepararles un lugar, en la casa de mi Padre hay muchas estancias" San Juan 14,2; "yo me voy a prepararles un lugar, y después, -dice con una ternura inagotable-, volveré y los llevaré conmigo" San Juan 14,3.

"Voy a prepararles un lugar, después vengo y los recojo", eso es lo que sucede a la hora de la muerte.

También la muerte es una vocación, es un llamado, es el llamado definitivo, “ven y sígueme” sígueme para que, ya no para trabajar, sino para descansar, ya no es el tiempo de la evangelización sino de la sola alabanza, no es el tiempo para que tu hagas por otros, es el tiempo para atenderte.

"Os digo en verdad", les dijo Jesús en una parábola, El mismo les hará sentar y se aprestará a atenderlos.

Pidamos en este día al Señor que bendiga nuestra vocación, vocación a la vida, vocación a la fe, vocación a la gracia, vocación a la santidad y en casi todos ustedes, vocación a la vida consagrada.

Que bendiga ese llamado, que nos haga dóciles, no sólo a los llamados de primavera, sino también a los llamados de invierno; no sólo a los llamados con violines, sino también a los llamados en solitario, a capela, en soledad y en el ocaso.

Que nos haga dóciles a esos llamados y que disponga nuestro corazón para cuando llegue el último llamado, para que también ahí nos pueda decir: “Ven y sígueme”; “el banquete está preparado y hay puesto para ti en mi mesa”.