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Fecha: 19990205
Título: Los martires son testimonios de lo que significa amar a Dios y morir por Dios
Original en audio: 25 min. 5 seg.
Es difícil predicar de Santa Águeda, porque tenemos muy pocos datos sobre su vida, sin embargo hay algo en ella, no sé exactamente lo que es que atrae mi atención, como la de tantos cristianos en tantos siglos y hace muchos siglos.
Creemos que Águeda fue martirizada a mediados del siglo III; van a cumplirse dieciocho siglos de estos acontecimientos, en todo caso más de mil setecientos años, todo indica que su martirio sucedió en tiempos del emperador Decio, uno de los más crueles contra los cristianos.
Águeda es recordada por la Iglesia y es celebrada como obra de Dios en la doble palma del martirio y de la virginidad. Cuenta la tradición que desde muy jovencita quiso dedicarse a Dios, parece que era una mujer hermosa; Águeda reúne en su virginidad y en su martirio los dos elementos que más propagaron el Evangelio.
En la antigüedad parecía supremamente extraño el don virginal; en aquella época, en que la ligereza de las costumbres, el desenfreno de las pasiones y el mal ejemplo de los mayores, es decir, de los gobernantes y de los padres de familia, era lo más común.
La virginidad impactó profundamente al mundo antiguo, a veces para suscitar admiración, a veces para despertar el desprecio de la rabia, como sucedió en el caso de Águeda.
Águeda parece haber nacido en una región cerca de dos pequeñas poblaciones italianas, Catania y Palermo. Cuando ella se resolvió a pertenecer solamente a Jesucristo, tuvo que rechazar muchas propuestas de pareja, de familia, esto fue acumulando odio, fue acumulando desconfianza en algunos, y admiración en otros.
La pureza, la serenidad, y la alegría de ella la hicieron conocida entre los fieles cristianos, como una santa en vida, pero esta misma pureza y esta misma serenidad y esta misma alegría, eran el testimonio de que ella prefería su vida con Cristo que cualquier matrimonio con los importantes de la época, y esto supuso que esos importantes se sintieran desairados por ella.
Cuando se levantó la persecución de Decio, entonces se sucedió algo trágico: el gobernador de aquella región de Catania y de Palermo sintió que tenía en sus manos, con el edicto imperial, un instrumento para presionar a Águeda.
Entonces la mandó encadenar, y la propuesta era clara: quedaría libre de la presión del edicto imperial si ella se casaba o por lo menos accedía a los deseos del gobernador de la época, no conozco el nombre de este gobernador.
Podemos imaginarnos la tortura interior de una mujer que se siente extorsionada en su afectividad, en su pureza, en su intimidad, y sobre todo cuando la amenaza que se le presenta es de este calibre.
Lo primero que hizo el gobernador para ayudar a persuadirla, fue obligarla a vivir en una casa de prostitución durante una semana.
El testimonio de la época dice que no valió, porque por uno o por otro camino, así como cuando Jesús se libraba de los que pretendían agarrarlo y nadie sabe cómo se lograba escabullir, así también Águeda pudo escabullirse de ese lugar, conservando sin mancha la pureza de su cuerpo y de su alma.
Pero estaba todavía en la garras de este gobernador romano, y de toda la perversidad, y de todos los deseos impuros, unos, y crueles, otros, que había acumulado contra esta mujer ese gobernador.
Esta una imagen del impacto que producía el don virginal en la época, simplemente es imposible que usted no ceda al poder de esta tierra; ser virgen en esa época significaba eso, tener la unión en el corazón, tener una fuerza superior a las propuestas de esta tierra.
De aquí en adelante la historia de Águeda es difícil de contar, porque las crueldades a las que se vio sometida hacen que uno como predicador sienta temor, no el temor de escandalizar sino temor de que la atención de los oyentes quede màs en la rudeza de la tortura que en la victoria del amor y de la fe.
En fin, fue flagelada, fue mutilada, fue torturada con hierros candentes y todas estas cosas. Sucedió un milagro: después de que había sido cruelmente mutilada en sus pechos y había vuelto a la cárcel, fue curada por Dios, una curación milagrosa, consuelo para su alma, una curación extraña, porque Dios no la sacó de esa cárcel.
Los representantes del poder imperial no entendieron la señal divina y entonces decidieron arrastrarla sobre carbones ardiendo y unos trozos de cerámica que desde luego deshicieron horrendamente el cuerpo de esta mujer.
Alcanzó a volver con vida a la celda donde la tenían presa y un poco de tiempo después, parece que unas horas después, falleció a consecuencia de esa espantosa tortura.
De manera que cuando la oración de la Misa dice que Águeda agradó al Señor con el resplandor de su virginidad y con la fortaleza de su martirio, está retratando lo que fue el corazón de esta mujer, una mujer buena, como seguramente ustedes lo han escuchado en este día, la predicación del Oficio de Lecturas hace esa referencia al nombre de ella.
Águeda en griego significa buena y fue realmente eso, una mujer buena, una bondad que tuvo que ser probada, que tuvo que ser demostrada de este modo espantoso, por la concupiscencia, por la ira, por la persecución, finalmente por el martirio.
¿Y qué podemos sacar nosotros de ese espectáculo terrible del dolor? Pues muchas enseñanzas podemos sacar: la fortaleza que da Jesucristo, porque desde luego cada uno de estos tormentos iba precedido por las preguntas de costumbre y por la tortura psicológica de costumbre: “Deja esa fe ridícula, y esto se acaba; deja eso y se terminan tus dolores; olvídate de ese Cristo y tendrás alivio y paz y se acaba este tormento”.
En Águeda como en otras santas mártires, -a uno le impresiona màs el martirio de las mujeres, porque la crueldad es especialmente espantosa contra las mujeres-.
Águeda, lo mismo que estas otras mártires de la antigüedad, nos invita a recordar y a grabar en nuestro corazón estas palabras que hemos escuchado en la Carta a los Hebreos no hace mucho, “Todavía no habéis resistido hasta la sangre en vuestra lucha contra el pecado” Carta a los Hebreos 12,4.
Una persona como Águeda recibió en el Espíritu Santo la fortaleza para resistir hasta el espanto de la sangre, nosotros todavía no hemos resistido hasta la sangre en nuestra lucha contra el pecado.
Sobre todo, los mártires son ante todo un testimonio maravilloso de lo que significa amar a Dios sobre todas las cosas; preferir a Dios en a toda circunstancia, en medio de la sed, en medio del dolor, en medio del fuego, en medio de esos guijarros y carbones encendidos con los que finalmente se acabó el cuerpo de Águeda, en medio de eso decir: “Primero Dios, primero Èl”.
Son ante todo unos testigos maravillosos de que primero va Dios suceda lo que suceda, estas vidas indudablemente suscitaron aquella expresión que no por infantil está llena de heroísmo, la de Domingo Savio, “Primero morir que pecar”.
En verdad estos mártires nos invitan a apreciar la gracia de Cristo a aprovechar el día presente, a preferir a Dios, y en toda circunstancia, a amarle, a amarle mucho.
En segundo lugar, la vida de estos mártires nos infunde confianza. Sabemos que una persona no puede resistir lo que le pasó a ella, tenemos esa certeza, pero tenemos la certeza también de que sí sucedió eso y de que hasta el último hálito de su vida, Jesús fue el amor de su alma.
Esto quiere decir que Jesucristo realmente se hace presente en el alma que sufre, que Él se une, que Él se funde con esa carne torturada y es el Cristo mismo el que soporta esos dolores, porque uno solo no puede, de ninguna manera se puede.
Y esto nos anima: en nuestras tribulaciones y en nuestras tentaciones, sentir que nunca va a estar más cerca de nosotros Jesucristo que cuando seamos tentados, cuando seamos amenazados o cuando seamos torturados, nunca va a estar tan cerca.
Los mártires han tenido un sello de alegría. Santo Domingo de Guzmán, nuestro fundador, le pedía a Dios la gracia de ser mártir y el tipo de martirio que èl le pedía a Dios, sabemos por las historias de la época cómo era, era un martirio a la manera de Águeda, con desgarramientos y todas estas cosas.
¿Trastorno mental de Domingo? No. Conciencia de cuál es la fuente de la salvación entre los cristianos, certeza de que Cristo estaría presente, y anhelo de amar hasta el extremo.
Catalina de Siena rompió en llanto cuando no la mataron. Cuando en Florencia la persiguieron para matarla, cuando su verdugo estuvo a solas con ella y no fue capaz de matarla y se retiró avergonzado, Catalina se quedó sola y empezó a llorar de tristeza porque no iba a ser mártir.
La gracia del martirio no la podremos con nuestras fuerzas, pero podemos sí anhelar la gracia del martirio como Domingo o como Santa Catalina, ¿por qué? Porque los mártires son en toda la Iglesia los únicos que tienen la certeza de haberlo dado todo por Cristo.
Un monje del desierto, cuentan los apotegmas de los padres, había vivido con grandísima penitencia, continua oración, paciencia, don de consejo y uno que otro milagro, estando para morir los que estaban alrededor de él descubrieron señales como de temor en esa agonía.
Un jovencito que iba por el mismo camino de la ascetismo y de la vida monástica estricta de aquellos años le preguntó al que estaba agonizando, "¿Abad, -así se trataban-, tú tienes miedo ante la muerte?
Eso sentía este monje, porque el más puro de los vírgenes, el más docto de los maestros, el más celoso de los pastores, aún le puede quedar una duda: "¿Será que me ha faltado entregarle algo a Dios?"
Cuando esta mujer escuchó lo de esta sentencia, cuando supo lo que le iba a suceder, que la iban a arrastrar por esos carbones y trozos de piedra, cuando supo que ya de ahí no iba a sobrevivir, entendió una cosa: "Ahora voy a darlo todo, ahora no me quedará nada sin dar", esa es la sorpresa que tienen los mártires.
Hay que recordar a esos otros que ya están próximos en la celebración, los de mañana, Pablo Miky y los compañeros; hay que recordar a tantos que en el Extremo Oriente han sido martirizados.
No recuerdo ahora el nombre, si fue el grupo de Pablo Miky el que fue condenado a eso, a ser crucificado como su maestro. Crucificaron a varios de los misioneros, y como repitiendo amorosamente la escena del Calvario, uno de ellos le dijo a otro, “Por esta sangre, por este dolor, yo sé que tú irás al paraíso”.
Y los que estaban ahí presenciando ese espectáculo, que siempre es horrendo, que siempre es dramático, pero que siempre es elocuentísimo, los que estaban ahí, cuenta la historia que pudieron ver cómo se iluminaba de alegría el rostro de ese hombre que acababa de morir.
Nadie tiene la certeza tan clara del Reino de los Cielos como lo tiene el mártir; además, como hemos dicho, hay una presencia especial de Jesucristo en los mártires.
Recordemos que Jesús da enseñanzas, Jesús es Maestro, pero muchas lecciones que da Jesucristo tienen su hora, tienen su modo y tienen su aula.
Por ejemplo, ¿cuándo nos va a enseñar Jesucristo qué significa perdonar a los enemigos? Pues probablemente con ocasión de una calumnia bien espantosa que surja, esa será la hora en que Cristo nos enseñe qué significa perdonar a los enemigos.
¿Cómo nos enseñará Jesucristo que Èl está con nosotros, incluso en las cañadas mas oscuras? Nos lo va a enseñar seguramente con motivo de una tentación espantosa, ahí descubriremos que Èl está.
Jesús que es Maestro, tiene su hora, su modo y su aula para enseñar muchas cosas, y muchas de las enseñanzas de Jesucristo son como susurros al oido.
Estos mártires, como Águeda cuando estaba siendo despedazada en los carbones ardiendo, estos mártires en medio de ese espectáculo grotesco, reciben del Señor un silencio de alma y reciben el susurro de las palabras del Crucificado.
Cristo les está enseñando a morir, Cristo les está contando los secretos de su propia Cruz; estos son privilegios que reciben los mártires y precisamente esa cercanía de la voz del Mesías, ese sentir del aliento cálido amoroso y perfumado de su Maestro, hace que estos mártires puedan resistir en esos momentos.
Con esto estoy diciendo que nadie aprende mejor la última lección de la vida, que es cómo morir, eso no lo aprende nadie tan bien como lo aprenden los mártires.
Ellos reciben de Jesucristo en su propia persona, en su propia carne, en el aula de la tortura, reciben el susurro de Jesús dándoles las últimas lecciones, sacando con ellos, sus discípulos, las últimas consecuencias del Evangelio.
Mostrándoles, especialmente a ellos, los más pobrecillos, los más atormentados las entrañas de misericordia de Papá Dios y las grandezas del Reino de los Cielos.
Por algo la Iglesia ha sentido siempre, que especialmente en los mártires, están sus hijos más amados y los más cercanos a Jesucristo, aunque no es el dolor sino el amor lo que nos hace más cercanos a Jesucristo, y en ese sentido no podemos hacer mapas en el cielo diciendo: "Èste, porque sufrió mas, está màs cerca”; no podemos hacer esa geografía celestial.
Pero en lo que alcanzan a ver nuestros ojos y en lo que alcanzan a comprender nuestras mentes, el amor de Dios se ha desplegado con tanta generosidad en estas vidas, ellos han recibido una certeza tan grande de haberlo dado todo y de haber amado al Señor, y han escuchado su voz de un modo tan personal, tan único, tan irreversible y tan poderoso, que con razón nosotros en la Iglesia nos gozamos cada vez que llega la fiesta de uno de estos mártires.
Águeda prefirió a Dios en primer lugar: le puso en los afectos de su alma, en la salud de su cuerpo, en el destino de su eternidad. Que la intercesión de Águeda nos dè un amor irreversible, un amor invencible, un amor inconmensurable, una manera tal de preferir a Dios que seamos ágiles en la búsqueda del Reino de los Cielos.
Porque si hay algo detestable, me parece a mí, en la vida cristiana es que seamos hermanos de estas águilas, nosotros que estamos atados a tantas cosas, atados, limitados y pendientes de tantas cosas, amarrados a pequeños afectos, a que me acepten, a que me quieran, a que me miren, a que me comprendan, a que lo mío salga, ¿qué pueden esos pensamientos? ¡Qué ridículos esos pensamientos al lado de esta obra del Espíritu Santo!
Quién sabe qué quiera Dios para nosotros, es posible que alguien de los presentes tenga que vivir la muerte por Jesucristo, es posible, como van las cosas, no lo podemos descartar.
Pero aunque eso no sucediera, que un amor así, ágil, que un amor gigante, un amor centrado en los cielos, un amor con prisa por lo grande, por lo bueno, por lo bello, por lo santo, se apodere de nosotros para que sepamos mirar sólo de paso y sin detención, como dicen las Constituciones nuestras, podamos mirar sólo de paso y sin detención las cosas de esta tierra buenas o malas.
Que nos quieren, que nos elogian, que nos afectan, que no nos afectan, que entendieron, que no entendieron, ¡qué importa!
Hay prisa por los cielos. Si algo que se puede aprender de los mártires es la prisa por los cielos, el anhelo incontenible por la gloria; esa prisa, ese anhelo de Jesús, eso también puede estar en nosotros y hacer su obra en nosotros.
Así lo conceda Dios.
Amén.