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Fecha: 19970828
Título: Agustin de Hipona: la historia de la busqueda y del encuentro
Original en Audio: 17 min. 36 seg.
Queridos amigos:
Celebramos hoy con toda la Iglesia a San Agustín.
La historia de Agustín es maravillosa, es la historia de la búsqueda y del encuentro, es la búsqueda del hambre finalmente saciada, es la historia de la inquietud y del descanso.
San Agustín vivió hace bastante tiempo, finales del siglo IV y principios del siglo V. El papá de Agustín era un hombre pagano; estamos hacia los finales del Imperio Romano.
La mamá de Agustín, que se llamaba Mónica, era una mujer cristiana, muy piadosa, una mujer de Dios; esta mujer se dolía mucho porque Agustín, siendo como era muy inteligente, gastaba su inteligencia más bien en alejarse de Dios.
Agustín tiene desde pequeño una gran facilidad de palabra; Agustín era una de esas personas que tenían como la capacidad de ganarse la atención de la gente, era un orador o un retórico, tenía una gran capacidad de palabra, era por decirlo así como una especie de líder, pero era un líder mal enfocado.
Él tenía una gran capacidad para argumentar, por eso casi nadie le ganaba una discusión a Agustín, y no es que se pusiera violento, no es ese hombre presuntuoso que resuelve las cosas a puños, a golpes a groserías, no; este hombre, con la sola palabra, con la sola argumentación, le ganaba a cualquiera.
Un hombre con una gran capacidad de estudio, de erudición, y él se enfocó sobre todo por ese lado, es decir, por el lado de la retórica, por el lado de la oratoria, esa fue la formación que él tuvo.
Agustín nació en una ciudad que se llamaba Tagaste, tengo que decir que se llamaba porque esa ciudad ya no existe, lamentablemente.
Es que fíjese que el norte de África fue cristiano, pero después hacia los siglos VII, VIII, IX, ya los musulmanes avanzaban por toda esa región; y en la ciudad donde nació San Agustín, Tagaste, y en la ciudad donde fue obispo, Hipona, hoy quizá no se consiga sino un puñado de cristianos, se acabó la fe cristiana allá.
Eso es de los deberes que tengo hoy, que la patria de San Agustín, donde nació este predicador tan grande, y donde él fue obispo, hoy prácticamente no hay fe cristiana.
Pero yo sigo con mi historia. Ese terreno había sido evangelizado para Jesucristo, pero ese terreno también había sido colonizado por los romanos, de manera que Agustín amó la cultura romana, se volvió un hombre presuntuoso, un hombre autosuficiente, claro, como él tenía esa capacidad de palabra y como casi nadie le podía ganar una discusión, entonces él se volvió lo que nosotros llamamos vulgarmente un “gallito fino”.
Entonces él era intocable y se creía, como a veces decimos, "el chacho". Entonces él era el hombre importante, el hombre que se las sanía todas que se las sabía todas; y él estudiaba mucho a los hombres grandes de su tiempo.
A él la gloria humana siempre le llamó mucho la atención, y los pensamientos de los filósofos, y los argumentos, y todo ese tipo de cosas. Entonces Agustín, por ejemplo, conoció una obra de un gran pensador y filósofo romano llamado Cicerón, esa obra se llama "El Hortensius" y Agustín gustaba muchísimo de esta obra.
Y por aquella época le consiguieron una Biblia y mire lo que pasó: el hombre conoció la Biblia y empezó a leerla, pero empezó a leerla con ojos presuntuosos, con ojos vanidosos, como él se creía “el gallito fino”, “¡ay!, mire, ¿una Biblia a mi?”
Entonces él cogió la Biblia y empezó a leer por allá el Génesis, el Éxodo, Números, Levítico, Deuteronomio; mejor dicho, se fue como el que lee una novela, como los libros que él estaba acostumbrado a leer.
Claro que la Biblia no la leyó en la lengua original. El Antiguo Testamento fue escrito originalmente en hebreo, y Agustín, aunque sabía mucho, no sabía hebreo, entonces él leyó una traducción en latín de la Biblia.
Y como este hombre era el duro, el templado para el lenguaje, para el latín, para la gramática, para todas esas cosas que tiene que ver con el lenguaje, él leía la Biblia y empezó a juzgar a la Palabra de Dios, -¡imagínese el presuntuoso!-, porque sentía que eso estaba como mal redactado.
"La Biblia está como mal escrita, le hace falta como signos de puntuación, no tien como una redacción bonita, le falta estilo, mucho mejor es El Hortensius de Cicerón, esa sí es una obra grande".
Y entonces cogió la Biblia y la dejó a un lado y siguió en su carrera de grandezas, porque él era un hombre muy importante y porque él era un hombre que sabía mucho.
Dios en su providencia le concedió sin embargo a Agustín el pecado, ¿cómo así? Sí, señor, le concedió el pecado, ¿por qué digo que le concedió? Porque también el pecado está en las manos de Dios, no es que Dios quiera el pecado, pero Dios sí utiliza el pecado muchas veces para mostrarle a uno: "¿Usted no dice que era un gallito fino? Entonces, ¿aquí quë? ¿En qué quedamos?"
Agustín sufrió sobre todo con dos tipos de pecados: primero, que este hombre, que se supone que era como una especie de orador, pues un orador necesita claridad de ideas, porque si yo me paro aquí, por ejemplo y voy a hablar, y resulta que se me confunden las tres ideas que tenía en la cabeza, entonces voy a empezar a decir: "Este..., humm..., humm...,cómo le dijera", y así no voy a ser un gran orador; un orador tiene que tener las ideas claritas, claritas.
Y entonces San Agustín buscaba claridad de ideas, tener las ideas claras en la cabeza, y él se ponía a leer y resulta que le dio indigestión con diarrea cerebral, una indigestión terrible le dio a San Agustín, terrible.
Le pasó como a esos muchachos que dicen: "Voy a leer filosofía, voy a aprender", entonces el muchacho coge un librito: "Voy a leer el libro del "Anticristo”, de Nietszche; voy a leer “El mundo como voluntad y representación”, de Schopenhauer; y voy a leer “El capital”, de Marx, y al rato, le abre uno la cabeza a ese muchacho, ¿y qué tiene? Un nudo en la cabeza, es decir, ahí hay de todo, tiene un revuelto.
Y Agustín era demasiado inteligente para no darse cuenta de que tenía un nudo en la cabeza. El hecho es que este hombre tenía un revuelto en la cabeza, que él sentía que sus ideas eran confusas.
Entonces él, que se consideraba un gran orador, eso era más que un abogado, más que un filósofo en esa época; él de pronto iba a hablar y no estaba seguro de las cosas; y empezó a sufrir terriblemente en su corazón, porque sentía que no tenía claridad, sentía que era un charlatán, que él no era ningún orador.
Por otra parte, San Agustín tenía ascendencia africana, pero no hay que imaginarlo como un negrito bembón, no; Agustin no era de ese tipo de negrito, era sí de tez oscura, pero de rasgos más parecidos a los de los árabes, ¿usted ha visto los rasgos de los árabes, que un rostro más bien como finito?
Esa región del norte de África desde el principio fue colonizada por estas personas, entonces Agustín no era un negrito nariz de patacón, no, él era un hombre de tez oscura pero de rasgos más finos; pero un hombre ardiente en el amor.
Él buscaba el amor con todas las fuerzas de su alma; y entonces claro, como tenía esa facilidad de palabra y era “don chacho”, entonces le quedaba relativamente sencillo conquistar a una que otra africanita.
Entonces Agustín conquistaba a una que otra africanita, y “arrastraba el ala" por un lado, y “arrastraba el ala” por el otro lado; pero en el fondo sentía que no encontraba el amor verdadero.
Incluso estuvo "arrejuntado" por un tiempo, pero él sentía que ese tipo de amor no le convencía, y no le convencía, ¿por qué? Porque hoy pasa lo mismo que con la prostitución, el que ha pagado, el que ha cometido lamentablemente esa falta y le ha pagado a una prostituta, sabe que ahí no hay amor.
Y este Agustín sabía que lo que él había logrado con toda su habilidad y su capacidad era simplemente una especie de prostitución, que ahí no había amor verdadero, porque ahí no había una verdadera conquista; y además sentía que el amor humano florece y se levanta como un Alka Seltzer y luego se aplasta, disminuye. La pasión pasa pronto y no deja nada, no deja sino vacío.
Entonces Agustín, cuando iba llegando como a los treinta años de edad, estaba en una crisis que necesitaba un retiro. Si en esa época hubiera habido casas de retiro como esta, Agustín hubiera venido aquí, porque Agustín sintió que, en su corazón, estaba confundido.
Él no se lo decía a nadie, porque con esa mata de orgullo que tenía, qué le iba a decir a nadie; pero el sentía que estaba confundido y sentía, además, que sus pasiones, especialmente su búsqueda de amor quedaban en falso, no había logrado nada.
En esas circunstancias, él conoció a un gran predicador, porque Agustín sólo admiraba a los oradores paganos, como ya dije antes de Cicerón; pero Agustín conoció en Milán, al norte de Italia, a un gran predicador, a San Ambrosio de Milán.
Un gigante de la predicación, un hombre lleno de sabiduría, un hombre con una capacidad de belleza en sus palabras, con una pureza en su mirada, con un corazón que sólo sabía predicar la virginidad, porque Ambrosio es un gran predicador de la virginidad.
Entonces Agustín empezó a asistir a la iglesia y se sentaba de cualquier manera: “¡A ver, qué va a decir el viejo ese!” Y el viejo era Ambrosio, y Ambrosio predicaba con esa belleza; oiga, y le fue calando Agustín; Agustín en esa época ya había recorrido no sé cuántas filosofías, había pasado por no sé cuántos credos, tenía el corazón destrozado; pero necesitaba algo que sí le convenciera.
Y ahí fue ahí cuando conoció a Ambrosio y empezó a sentir que de pronto ese libro que él había tirado a un lado, de pronto tenía la clave; que de pronto ahí, en esa Palabra de Dios, estaba la clave; y aunque no sabía rezar, porque quién va a saber rezar realmente, quién sabe orar, eso sólo lo da el Espíritu Santo.
Este hombre no sabía rezar, pero él empezó como a rogarle a Dios de una manera como podía y se le salían las lágrimas, porque él veía que él, que se creía el poderoso y el grande, en realidad no podía gobernar su corazón ni darle paz a su vida.
Y entonces empezó como a rogarle a Dios, y sucedió un milagro. Resulta que oyó una voz de un angelito, una voz de un ángel en forma de niño, que le dijo sólo estas dos palabras: "Tolle, legge".
Esas dos palabras en latín significan "toma y lee", el Ángel en forma de niño le dijo: "Toma y lee", y Agustín vio que le estaba entregando la Palabra de Dios, la misma Palabra que él había despreciado, porque antes como se sentía tan seguro. Y esa es una lección muy importante, el que se acerca a Dios y se considera muy seguro de sí mismo, no va a encontrar nada.
El que llega a un retiro o a una convivencia, el que llega a la Casa de Dios y llega diciendo: “A ver, Señor, a ver cuéntame tu historia; Señor, vamos a ver si me convences”, el que llega así, seguramente se devuelve como vino, hasta que se de su golpazo y diga: "Ay, sí es verdad que Dios existe, ay, sí, voy a buscar a Dios"; eso fue lo que le pasó a Agustín.
Y Agustín entonces ya abrió la Palabra de Dios, como niño regañado, y empezó a hablarle y empezó a llorar, esa es una de las conversiones más granes, más hermosas, más útiles que ha podido hacer el Espíritu Santo en la Iglesia Católica.
Porque entonces este hombre que utilizaba toda su inteligencia sólo para su vanidad, porque eso sí él era la mata de la vanidad, empezó a poner toda su inteligencia y todo su corazón al servicio de Dios, y luego buscó el bautismo, ¿sabe quién lo bautizó? El mismo obispo santo, San Ambrosio, fue el que bautizó adan Agustín, por él allá tenía como unos treinta años cuando eso sucedió.
Y este hombre se dedicó seriamente a Dios, eso no fue nada más que ya pasó el retiro y ya quedé bien y ya me curé; no, nada de eso, se dedicó seriamente a Dios.
Agustín, como tenía ese corazón lleno de amor y esa palabra elocuente, tenía muchos amigos, entonces él invitó a sus amigos a que también se convirtieran, y se convirtió él no sólo al cristianismo, sino a ser un gran evangelizador, y empezó a llevar vida de monje con otros amigos suyos.
Fue tanto el fervor de Agustín, y pronto fue tan conocido, que le pidieron que se ordenara como sacerdote, un hombre que evidentemente había sido un gran pecador, y él recibió la ordenación sacerdotal, y tiempo después recibió la ordenación episcopal, fue ordenado obispo de la ciudad de Hipona, también allá en el norte de África, y se dedicó este hombre a exponer y predicar la Palabra de Dios y hacerle bien a la Iglesia.
Las obras de San Agustín alcanzan fácilmente yo no sé si los cuarenta o cincuenta tomos, desde esa edad de los treinta años hasta los cerca de setenta o más años que alcanzó a vivir, se dedicó con todo su amor a recuperar el tiempo perdido.
Él tiene un escrito maravilloso que se llama “Las confesiones” en donde él le dice a Cristo: “Tarde te amé,-porquye se le había ido gran parte de la vida tonteando y vanidoso-, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé, y tú estabas dentro de mí y yo estaba afuera”.
Miren la sabiduría con la que habla: "Y tú estabas dentro de mí, Señor, yo estaba afuera. Y deforme como era, me lanzaba sobre las cosas hermosas, que si tú no existieras no estarían”; y con otras palabras inspiradas le da gracias a Dios por su propia conversión.
San Agustín de Hipona es lectura maravillosa para todo aquel que quiera conocer a Jesucristo, es el regalo que el Espíritu Santo le dio a la Iglesia, es un testimonio de lo que puede hacer el amor de Dios.
Yo creo que muchos de nosotros nos podemos reconocer en esta historia, porque hemos sido gente un poco distraída de Dios, porque hemos sido gente que hemos buscado en una y otra parte, porque hemos sido gente que necesita un amor verdadero. Para todos estos caminos la palabra, el testimonio de San Agustín es simplemente maravilloso.
Sigamos nuestra celebración, y al consagrar el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, presentémosle también nuestra vida; Cristo se presenta y se ofrece entero a nosotros, pues vamos nosotros también a presentarnos enteritos ante Él, y vamos a decirle: “Señor, si tú te das enteramente a mí, yo quiero darme completamente a ti, según el ejemplo de San Agustín de Hipona”.