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Fecha: 19960828
Título: El efecto de la gracia divina en San Agustin de Hipona
Original en audio: 8 min. 38 seg.
Agustín de Hipona es llamado por la Iglesia Doctor o Maestro de la gracia, antes que por su palabra elocuentísima, porque él mismo es una obra de la gracia. Su corazón vivió hondamente aquella experiencia que describe el profeta: "Con correas de amor le atraía" Oseas 2,4.
La fortaleza de Dios brilló en este caso haciendo lucir su misericordia, y fue esta misericordia divina la que quebrantó una y mil veces el corazón de Agustín, y por esas grietas entró el agua de la gracia, y`por esas grietas entró la luz del Espíritu, y por esas mismas grietas salió el orgullo de Agustín, y con el orgullo la confusión, la impureza, la envidia y cualquier otro mal.
Tiene Dios que romper el corazón, por lo visto; parece que es necesario que se quebrante el corazón para que se cumpla la palabra del salmista: Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias" Salmo 50,19; o para que se cumpla aquella oración de Azarías en el horno: "No tenemos holocausto, ni profetas, ni jefes. Por eso, acepta nuestro corazón contrito como sacrificio en este día" Daniel 3,38.
¿Por qué quiere Dios corazones rotos? Porque tiene urgencia de entrar en ellos; ¿por qué quiere Dios corazones rotos? Porque, lo mismo que un médico sapientísimo, sabe que hay ciertos géneros de infección, que si no salen abriendo el postema, ahí se quedarán haciendo daño al enfermo.
Es necesario que se rompa el corazón para que salga la pus, y es necesario que se rompa el corazón para que entre ese alcohol que habrá de limpiar la herida, que luego sera bálsamo con que se sane; que luego será sangre con que se alimente; que luego será vida con que se restablezca; que luego será gracia con que se levante, y luego será gloria con que reciba premio.
Así Dios, para encontrar puertas a nuestra vida, necesita hacerlas; y así como para hacer una puerta en esta pared hay que romperla, así también para ciertos corazones, como el mío, sólo cuando la piedra, la pared del corazón se rompe, tenemos en esa grieta, en ese roto una puerta y en esa puerta, como enamorados, sabe Dios visitar el alma humana.
Agustín de Hipona recibió esta visita de la gracia divina, y se convirtió también él en testigo de la gracia divina. ¿Qué hace la gracia en una persona? No es qué hace la gracia en una persona, es que la gracia hace a la persona; sin la acción de esa gracia, pesan sobre nosotros las palabras de Cristo, aquellas donde dice: "Sin mí nada podréis hacer" San Juan 15,5.
Efectivamente, cuando falta la gracia de Dios, la vida de una persona no es sino una muerte prolongada que empeora; cuando falta la gracia de Dios, no es que falten los bienes, sino que esos bienes quedan al servicio de los males; cuando falta la gracia de Dios, no es que no haya cualidades, las hay, pero esas quedan como esclavas y súbditas de vicios y malas inclinaciones.
Cuando falta la gracia de Dios, no es que no se puedan hacer obras buenas, se pueden hacer, pero las obras buenas que se hacen sin esta gracia tienen como orientación última el amor de sí mismo, tienen como fin último la construcción de un reino y un imperio en esta tierra.
Con licidez entendió esta verdad el gran Agustín, y por eso se atrevió a contraponer la ciudad terrena y la ciudad de Dios, claro que sin gracia se pueden construir cosas, no cosas, una ciudad entera se puede construir, un imperio se puede construir, pero en ese imperio no reinará Dios, en ese imperio reinará el orgullo, reinará la presunción, y con esa soberbia, toda su corte de vicios, toda su corte de enemigos del alma y de Dios.
Por consiguiente, tenemos que decir que nosotros somos enteramente obra de la gracia, porque sin la gracia, lo que tendríamos serían muchos males y unos pocos bienes al servicio de los muchos males, como quien dice, nada, o como mejor dijo Catalina de Siena: "Nada con pecado encima".
Somos obra de la gracia. ¿Qué hace la gracia en una persona? La hace toda ella. Permite que los bienes que hay en nosotros estén al servicio del bien que Dios ha querido para nosotros, que es su gloria realizada en nuestra vida, que es su voluntad cumplida en nuestros días. Y como Dios había querido otorgar dones eximios de naturaleza a Agustín, cuando tuvo a bien regalarle además los dones de gracia, entonces sí que brillaron esos dones de naturaleza.
Y aquel que hubiera podido ser simplemente un profesor de retórica envuelto en dudas, envuelto en oscuridades y en escepticismos, así hubiera pasado a la historia solamente como un oscuro profesor de temas confusos, hoy se presenta ante la Iglesia como una lámpara, como una fuente, en la cual cientos y miles de cristianos beben y descubren con gozo las fuentes mismas del Salvador.
Dios tomó las cualidades de Agustín, las mismas que Él le había dado; las cualidades que Dios le había dado a Agustín fueron rescatadas por Dios, y así la gracia perfeccionó a la naturaleza y tenemos en él ese modelo de predicadores, ese modelo de pastores, esa infinita sabiduría de saber entregar toda sabiduría a los pies de la Cruz, y ese infinito amor de saber descubrir toda luz allí donde sólo parece reinar la tiniebla en la cruz de Cristo.
La intercesión de Agustín ilumine nuestros corazones, y su palabra, ungida por el Espíritu, vaya haciendo más y más grietas en nuestros corazones, para que así iluminados y quebrantados, reciban abundantemente la visita de lo alto.