Sacu004a
Fecha: 20001002
Título: Podemos aprender y recibir mucho de los Santos Angeles
Original en audio: 10 min. 27 seg.
La liturgia, mis hermanos, es fuente de buena salud, porque en la liturgia no celebra ninguno de nosotros sólo lo que lo que le parece o cómo le parece, sino que en la liturgia celebramos, según el corazón de la Iglesia, según la mente de la Iglesia.
Y así, recorriendo estos distintos espejos de santidad que son los mártires, los doctores, las vírgenes, hoy lo Ángeles, vamos encontrando resonancias y facetas del amor de Dios, que probablemente, si lo dejáramos todo a la devoción privada, nunca tendría esa riqueza.
Así que lo primero es sentirnos agradecidos por la llegada de esta fiesta, y si para alguien es un mundo un poco extraño o distante este de los Ángeles, que sea esta la ocasión de dar más cumplidas gracias, porque cuánto más extraña o distante nos pueda parecer una celebración que Iglesia nos propone, quiere decir que más tenemos para recibir ahí, y más tenemos para completar nuestra fe y nuestras razones de esperanza.
Por otra parte, no es poco lo que podemos aprender en la fiesta de los Ángeles Custodios.
Yo quiero compartir con ustedes unos cinco puntos que he visto en distintos autores, sobre todo en este teólogo relativamente joven, el Padre Raúl Berzosa que ha escrito algunas cosas sobre los Santos Ángeles.
Podemos decir que los Ángeles, en este momento del mundo y en este momento de nuestra vida, son como despertadores que nos ayudan a encontrar algunas dimensiones de la revelación cristiana, porque así como los Ángeles pueden hacernos mucho bien, comprendidos en el conjunto de la revelación, ya sabemos por el esoterismo y la Nueva Era, que desprendidos de la revelación, pues son quimeras, son fantasías, son mentiras, son ilusiones y son idolatría.
Manteniéndonos pues en el curso de la revelación en la que estamos, en la que creemos y somos salvos, parodiando a Pablo en su Carta a los Gálatas, podemos recoger algunas dimensiones, algunas resonancias para nosotros.
Yo diría, dos en su referencia a Dios, y tres como modelos para nosotros.
Con respecto a Dios, los Ángeles son un continuo recordatorio de una palabra que hoy muy poco predicamos, la palabra "Providencia", palabra amadísima para Santo Tomás de Aquino.
La providencia es el modo de gobernar de Dios, la providencia junta el poder de Dios, el amor de Dios y la sabiduría de Dios. La providencia une el infinito de Dios con la finitud nuestra que va pasando de un día a otro y de una criatura a otra.
El ministerio de los Ángeles, como aparece expresivamente en la primera lectura de hoy, la del Éxodo, es un ministerio que nos recuerda la providencia de Dios.
Hay una presencia de Dios, no genérica, una presencia que no es neutra como el aire que respiramos, es una presencia personalizada, una presencia focalizada, una presencia adaptada a las circunstancias de cada uno.
Dios no sólo me ama como yo soy, sino me ama en el punto en el que estoy y desde allí me guía. Uno de los caminos de la providencia de Dios, son las inspiraciones de los Ángeles.
El segundo punto es: los Ángeles nos recuerdan la gratuidad. El cántico por ejemplo de los Ángeles en la noche de la Navidad, va después del anuncio del Evangelio. La gratuidad. Parece que uno de los motivos por el que tienen atractivo los Ángeles hoy por hoy en muchas personas es por eso.
Necesitamos que en algún punto se rompa la lógica del comercio: “Yo compro y obtengo, pago y recibo, doy y me dan”; esa lógica hay que romperla. En el corazón de la revelación del Nuevo Testamento está la palabra gracia. Un Ángel que acompaña, un Ángel que ora, un Ángel que es amigo, es algo que no se puede comprar, es una presencia, es una manifestación de la gracia.
En cuanto a nosotros también podemos obtener unas tres dimensiones. Los Ángeles aparecen en la Biblia como adoradores. Hay una necesidad en el corazón humano, una necesidad inmensa de adoración, el éxtasis, la embriaguez de fascinarnos ante un Dios que nos sobrepasa por todo y en todo. La embriaguez que trae la adoración es necesaria para el corazón humano.
En otras ocasiones ya he dicho: un corazón que no sabe embriagarse en Dios, de algo se está embriagando: de dinero, de tristeza, de absurdo, de trago, de droga, de lo que sea.
El corazón humano necesita embriagarse, pero hay una embriaguez que es santa, y hay infinitas embriagueces que son pecado. La embriaguez que es santa es la embriaguez que trae el Espíritu Santo, de la que nos habla la Biblia en los Hechos de los Apóstoles, en las Cartas de los Apóstoles; la embriaguez del Espíritu en nosotros es necesaria.
Si un corazón no tiene su éxtasis en Dios, en alguna criatura lo está buscando. Los Ángeles son adoradores, con todas las fuerzas de su ser, son adoradores. Eso sirve de testimonio para nosotros.
Dice el Padre Berzosa que el aspecto de la pureza de los Ángeles, como ha sido tratado más tradicionalmente, o nosotros podríamos llamar hoy de la autenticidad, es otra dimensión sugestiva de este mundo de los Ángeles. Lo auténtico, lo transparente, lo puro, lo que es limpio o diáfano y en un solo sentido, esto atrae nuestro corazón y esto es propio del ser de los Ángeles.
Podríamos decir la transparencia de ellos, podríamos decir la autenticidad, la simplicidad de un acto de la voluntad que tiene su fin exactamente en donde quiere y puede tenerlo.
¡Cuánto daríamos nosotros por tener esa unidad en la facultad de la voluntad! Es posible que renovando nuestra amistad con nuestros Ángeles, esto nos ayude a tener una voluntad más simple, es decir, más transparente, más directa, con menos vueltas y meandros.
Finalmente, los Ángeles nos enseñan también de la caridad, nos enseñan del servicio, de evangelización, porque si algo hacen los Ángeles, es evangelizar.
En los orígenes de nuestra Comunidad fue frecuentísimo comparar el ministerio nuestro con el de los Ángeles; en los orígenes de la vida monástica fue frecuentísimo comparar la vida del monje con la vida de un Ángel; en los orígenes de la Iglesia misma fue natural pensar que ellos estaban ahí y que podían servir al Evangelio, un Evangelio que ya no era noticia para ellos, que ya no era novedad para ellos, pero que sí era un bien para nosotros, eso se llama caridad, eso se llama amor.
Cuando yo entré en la Comunidad, lo único que yo oía de los Ángeles era: “No somos Ángeles”. Bueno, está bien que se recuerde que nos somos Ángeles, para que se sepa que tenemos una serie de necesidades que ellos no tienen, de limitaciones que no tienen, y de posibilidades que no tienen, por ejemplo, presidir la Eucaristía.
Está bien que se recuerde todo esto, pero sí hay otra frase que se podría decir frente a esa y es: "Podemos aprender mucho de los Ángeles, podemos recibir mucho de los Ángeles, muchísimo.
Yo pienso que si un fraile, de una manera sobria, nada de fanatismos, ni esoterismos; de una manera sobria, amorosa, medita en lo que son los Ángeles, como lo hizo Santo Tomás de Aquino y tantos otros, va enriquecer su ministerio.
¿Qué males pueden venir de ahí? Un fraile que mire el ministerio de los Ángeles, esa capacidad de amor, de pureza, de generosidad, de obediencia al mandato divino, esa cercanía y comunión con otros, ese ser Iglesia y saber su destino en el cielo, ¿eso le va a hacer daño a un fraile?
Todo lo contrario, eso va a enriquecer su palabra, eso le va a dar fuego a su discurso, eso va a ser que el fraile, cuando ame, tenga unas características de desinterés, que quizá son precisamente las que están esperando, las que están necesitando nuestros hermanos de hoy.
Por eso, en unión con nuestros Ángeles sigamos esta celebración eucarística, recibamos lo que la Iglesia nos propone en este día, adoremos al mismo Cristo que ellos adoran, y alimentémonos del mismo Señor, que es su gozo y su fortaleza.
Amén.