Pres016a

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El 2 de Febrero nuestra Iglesia Católica celebra la Presentación del Niño Jesús en el Templo; los padres de Jesús, llevan al niño, cumplidos cuarenta días de su nacimiento, para ofrecerlo al Señor (cf. Lc 2,22-40). Es una práctica que tiene sus raíces en la Ley de Moisés, y José y María son observantes de la ley; no son esclavos de la ley, pero sí son obedientes a la ella, y por eso llevan a Jesús, el primogénito, y lo entregan al Señor.

Esta consagración del primogénito, que estaba prescrita por la ley, es ocasión de que en nuestra Iglesia Católica, se mire al 2 de Febrero como un día que nos invita a reflexionar en la consagración de hombres y mujeres en todo el mundo a través de sus votos religiosos. Este servidor, por ejemplo, realizó su primera profesión religiosa, el día 2 de Febrero de 1986, eso quiere decir, que en este año 2016 cumplo 30 años desde mi profesión religiosa. Pero, independientemente de la fecha de nuestros votos, el día en que miramos a Cristo consagrado por sus propios padres completamente al servicio de Dios, es el día privilegiado para reflexionar en el don de la vida religiosa. Tenemos una razón adicional para hacer esta pequeña meditación: el Papa Francisco, decretó un año especial para la vida consagrada, que empezó el 30 de Noviembre de 2014 y que termina, precisamente, el 2 de Febrero de 2016; ese es el epílogo, es la conclusión del Año de la Vida Consagrada.

¿Qué somos los religiosos en la Iglesia? Hay dos documentos que todos estamos llamados a estudiar, y el Papa Francisco los menciona precisamente en el documento con el que promulgó el Año de la Vida Consagrada. Los dos textos a los que me refiero, son: el Capítulo VI de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II; y también, un Decreto especial del Concilio Vaticano II, que se llama Perfectae Caritatis. Estos documentos no debemos mirarlos como material de lectura únicamente para las religiosas o para los religiosos; es importante que todo el pueblo de Dios tome conciencia de este don, que si bien se manifiesta en algunas personas, en ellas se manifiesta para bien de todos.

¿Qué es lo que significa la vida religiosa? Para muchas personas, los religiosos y particularmente las religiosas, como dice la gente, “las hermanitas”, “las monjitas” son simplemente gente laboriosa que se dedica a cosas que tal vez otros no harían. Cuando Fidel Castro impuso el comunismo en la isla de Cuba, sacó a muchísimas comunidades religiosas, sin embargo, dejó a unas pocas: aquellas que según su criterio, le podían ayudar a resolver problemas sociales demasiado fastidiosos para el naciente estado comunista en Cuba. Así, por ejemplo, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, religiosas que como su nombre indica, se ocupan precisamente de ese sector vulnerable de la población, fueron permitidas en la Cuba comunista porque le arreglaban un problema al gobierno ateo de Fidel Castro. Así como pensó este señor en su momento, así también piensan muchos, es decir, piensan que la vida religiosa se ocupa de aquellas cosas que no le interesan a nadie: si se trata de cuidar huérfanos, si se trata de atender leprosos, si se trata de ir a regiones muy difíciles por su clima o por su acceso para educar indígenas, pues, para eso están los religiosos; que se ocupen ellos de los ancianos, que se ocupen ellos de la gente a la que nadie quiere voltear a mirar.

Pero, la verdad es que esos ejercicios de amor, o como los llama el Vaticano II, “esa aspiración a la perfecta caridad”, tiene su fuente en algo mucho más profundo, y es en el sentido de pertenencia a Cristo. Podemos decir que toda la vida religiosa es como un canto, como una proclamación jubilosa de lo que significa pertenecer al Señor, por eso hay un Salmo que de algún modo describe muy bien lo que hemos de vivir nosotros los religiosos, el Salmo 16, o en otra numeración, el Salmo 15; allí cuando le decimos al Señor que somos suyos: “Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (6). Ese sentido de pertenencia lo debe tener todo cristiano, pero podemos decir que los religiosos estamos llamados a ser una especie de recordatorio permanente del júbilo que significa pertenecer del todo a Dios.

Pidamos al Señor por los religiosos que conocemos, si quizá algunos de nosotros hemos decepcionado, y estoy seguro que eso pasa, si hemos decepcionado, yo creo que hay que pedir también por la conversión de nosotros, pero el don de Dios es para apreciarlo, es para cultivarlo, es para agradecerlo, es para proclamarlo.