Pres006a
Fecha: 20030202
Título: El amor generoso es el amor poderoso y es el amor que nos juzga
Original en audio: 12 min. 18 seg.
Hermanos:
Esta escena del dia de hoy es muy sencilla y muy hermosa; sencilla, profunda y fecunda. Es hermosa porque resulta muy bello ver cómo estos ancianos Simeón y Ana, que son como las manos extendidas del Antiguo Testamento suspirando el consuelo, aguardando con esperanza la respuesta de Dios, por fin pudieron tocar al Ungido, aunque fuera en la ancianidad.
Simeón se despide, pero con una sonrisa: "Encontré al que estaba esperando", y Ana, aquella viuda como renovada en su juventud, empieza a predicar a los ochenta y cuatro años para proclamar que ha llegado el Ungido.
Eso es muy bello ver que a los brazos suplicantes Dios nos los dejó sin respuesta, y cómo la última de las edades -la ancianidad- se junta con la primera de ellas, porque Jesús a penas es un bebé; Jesus bebé es la bendición de estos ancianos.
Eso tiene una gran hermosura, sobre todo porque cuando nosotros estemos declinando, cuando llegue el momento de la muerte, en ese ocaso necesitamos que aparezca la luz de Cristo.
La muerte cristiana es eso, es despedirse de este sol para encontrar el Sol que no se apaga, el que nunca se oculta, y uno tiene que morir amaneciendo, llenádose de luz como Simeón y como Ana.
Pero esta escena también es profunda: la Ley de Moisés establecía que cada pareja, cuando tuviera su primer hijo, debía ofrecércelo a Dios. Y esa costumbre venía desde los tiempos del éxodo. Porque ustedes recuerdan que el último de los azotes de Yahvé contra el pueblo egipcio fue precisamente el azote de los primogénitos.
El Faraón soportó todo: que se perdieran las cosechas, que el agua se volviera sangre, que aparecieran sapos hasta en la alcoba, las langostas, los tábanos, las tinieblas, todo lo aguantó el Faraón, todo menos la muerte de su primogénito, ¿por qué Dios tuvo que llegar hasta esa señal extrema en tiempos del éxodo?
Porque los faraones mantenían a la gente engañada diciendo que ellos eran dioses, eran de otra extirpe, y desde luego, si el Faraón era un dios; el hijo del Faraón, el primogenito, era el que seguía en la dinastía y era el que iba a seguir gobernando, y se suponía que ese era también un diosecito.
Pues Dios, el Dios verdadero, tenía que desarmar esa mentira y por eso hirió al hijo del Faraón hasta la muerte, porque no puede el hombre creerse Dios, ni puede hacer creer a los demás que es Dios para que le adoren robándole el culto que sólo el Dios verdadero merece.
Por eso, cuando el Faraón se ve herido en su propia carne porque muere su primogénito, entonces se reconoce derrotado y reconoce que es sólo un hombre y que es absurdo retener más a los hebreos, y es cuando se puede dar el éxodo.
Además no murió sólo el primogénito del Faraón, murieron todos los primogénitos de Egipto indicando que las leyes no sólo las dicta el Faraón; no fue una enfermedad que le dio al hijo del rey, era un designio que venía del Dios que da la vida y que da la muerte.
Pues bien, esos primogénitos egipcios murieron porque la sobreabundancia de maldad tenía que reventar de alguna manera, pero entre los hebreos no hubo ni un solo muerto. Es como si sucediera una explosión espantosa, Dios nos libre, y de pronto resultara alguna persona completamente ilesa, ¿cómo es eso posible? ¡Pues explotó el pecado del mundo!
Las plagas de Egipto fueron eso: una explosión del pecado del mundo, una imagen de cómo nosotros dañamos la naturaleza y cómo dañamos unos a otros. Explotó el pecado del mundo, pero en esa explosión los Ángeles, ministros de Dios, no tocaron a los israelitas.
Dios les pidió que en lugar de sus primogénitos entregaran ofrendas de animales, un cordero, un cabrito, o si eran muy pobres, un par de tórtolas o dos pichones.
El objetivo era pedagógico, no es que Dios se alimentara ni de tórtolas ni de corderos, era recordar vivamente de qué los habia salvado Dios, y por eso los hebreos entregaban la ofrenda del éxodo.
Llegaron María y José al Templo y entregaron la ofrenda de los pobres, pero sucede algo misterioso: Simeón, hombre recto y piadoso, tomó al niño y dijo unas palabras muy bellas:
"Este niño es luz para las naciones, y Gloria de Israel" San Lucas 2,32, pero luego dijo: "Es un signo de contradicción" San Lucas 2,34.
Es la parte profunda y misteriosa: Jesús es un signo de contradicción: Él va a hacer a que en Israel unos caigan y otros se levanten.
Frente a Jesús tenemos que tomar una opción, Él mismo lo dijo: "El que no está conmigo, esta contra mi" San Lucas 11,23; frente a Jesús hay que tomar una opción. Es un signo de contradicción, ¿por qué? Vamos a explicarlo de esta manera:
Cuando a uno lo aman a medias es como cuando lo ayudan a medias; demos un ejemplo bien colombiano: hay un corredor de autos al que todos queremos y admiramos: Juan Pablo Montoya.
Probablemente, es uno de los mejores corredores de autos que tiene el mundo en este momento de formula 1, pero el año pasado no pudo lograr gran cosa, todo se lo ganó el alemán Schumacher.
Se supone que Shumaher es un gran corredor y que Montoya también lo es, pero Schumacher está con Ferrari, mientras que Montoya está con la Williams, y parece que el carro de Ferrari es mejor que el de la Williams, entonces, ¿por qué no gana Montoya?
Uno puede decir: "Tal vez porque le falta más calidad como corredor, o porque no le han dado el mejor auto". Hace poco salió en el periódico que la BMW Williams ahora le va a dar un auto nuevo, un súper auto que está a nivel del Ferrari que utilizó Schumacher el año pasado.
Esta historia automovilística, ¿es para qué? Supongamos que pusiéramos a correr a Schumacher y a Montoya en dos autos exactamente iguales, de manera que si Montoya queda de segundo, no era porque el auto era menor, ya no hay ninguna disculpa.
Cuando le damos el mejor auto, y todas las posibilidades, ya no hay ninguna disculpa. Desde luego, como colombiano, quiero que le vaya muy bien a nuestro hombre y que con el nuevo auto no tenga que dar ninguna explicación y que gane muchas carreras.
El mensaje es: cuando te dan todas las oportunidades, todos los recursos y todas las herramientas, ahí no cabe ninguna disculpa.
Ese es Jesús: te da todas las posibilidades, todas las oportunidades, todas las herramientas, te ama incondicionalmente, se entrega por ti, te espera, ora, llega hasta a derramar su sangre por ti. Jesús te dejó sin disculpa y a mi también.
Por eso Jesús es el Juez, por eso ante Jesús no hay disculpas, porque cuando Él aparezca el último día no le voy a poder decir: "Es que mi carro era de menor calidad", porque Jesús me dirá: "Yo te ame a ti hasta el fondo, hasta lo último, por ti padecí". El amor generoso es el amor poderoso, y es el amor que nos juzga.
Por eso Jesús es el signo de contradicción del que habló Simeón. También hemos dicho que la escena de hoy es fecunda porque nos invita a pensar cómo llegamos nosotros al templo de Dios, ¿qué sale de nosotros? ¿Qué hay en nosotros? ¿Qué sacamos de aquí?
Para no alargar más estas palabras, solamente les propongo: jamás salgan de la Casa de Dios sin una palabra, sin una frase, que ustedes sepan: ésta es la palabra para su vida, en este día o en esta semana, para que también nosotros seamos fecundos cada vez que llegamos a la Casa de Dios.