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Fecha: 20090418

Título: Entrar en la Pascua es recibir el testimonio de los que vieron a Cristo

Original en audio: 6 min. 28 seg.


Aprendemos en el evangelio de hoy dos cosas. Primera, que las apariciones de Cristo fueron varias a distintas personas, hombres, mujeres, discípulos muy cercanos como Pedro, discípulos menos conocidos como, por ejemplo, aquellos que iban a Emaús.

Las apariciones fueron varias. San Pablo dice que en alguna ocasión, "Cristo se apareció a más de quinientos hermanos que estaban reunidos" 1 Corintios 15,6.

En segundo lugar, aprendemos que creer en las apariciones no es tan fácil. Creer que Cristo resucitó no fue fácil para los discípulos.

El tema que se insiste en la corta lectura de Marcos el día de hoy, es que los discípulos oían que había habido apariciones, pero no creían. Y finalmente, Cristo mismo tiene que reprocharles esa incredulidad.

¿Por qué es importante ésto, mis hermanos? En primer lugar, para que descubramos que no fueron los discípulos los que resucitaron a Cristo.

Es decir, para los discípulos todo había terminado con la Cruz. Ahí había acabado todo. Cristo, Él mismo, tuvo en cierto sentido que imponerse por encima de la incredulidad de ellos.

El protagonista en la Pascua es Él. Es Él, porque está vivo el que se impone sobre los discípulos en el sentido de dejar clara su presencia, la vida nueva que ha recibido y que quiere compartirnos. ¡No son los discípulos los que mantienen vivo a Cristo!

Hace poco, el presidente de Bolivia, Evo Morales, se declaró marxista leninista. Evo Morales dice que quiere mantener los ideales de Marx y de Lenin, o Lenín, dicen otros. Evo Morales quiere darle vida a Marx, que murió en el siglo diecinueve. Evo Morales quiere darle vida a un muerto.

Pero, no es ése el caso del cristianismo. No somos nosotros dándole vida a Cristo, manteniendo la causa de Cristo, haciendo de cuenta que Cristo estuviera. Es Él el que nos sostiene a nosotros, es Él el que nos convence a nosotros. Es Él el que nos perdona, nos levanta, nos sana, nos restaura a nosotros.

Y por eso, entrar en la Pascua no es hacerse un lavado de cerebro, o estudiar muchas teorías espirituales, teológicas, políticas, o las que sean.

Entrar en la Pascua es escuchar el testimonio de los que conocieron a Jesús antes de la Cruz y después de la Pascua. Entrar en la Pascua es recibir el testimonio de los que le vieron morir y se encontraron con el Resucitado. Entrar en la Pascua es oír con los oídos abiertos y el corazón abierto el testimonio del Espíritu.

Entrar en la Pascua es dejarnos cautivar y llevar por esa experiencia, por esa corriente de vida que empezó ese domingo hermosísimo, inolvidable, y que como un río victorioso atraviesa las culturas y los siglos.

Todo pasará, todo quedará atrás. ¿Quién se acuerda hoy de los emperadores romanos si no es únicamente para dejarlos allá, atrás en la historia?

Jesús, en cambio, vive y permanece para siempre. Jesús, en cambio, sigue manifestando su poder. ¿Cómo lo hace? Perdonando, sanando, amando.

Cada vez, sobre todo en el llamado vocacional, se nota. Cada vez que una joven, cada vez que un muchacho dice: "Jesús me fascina, Jesús me puede. Yo tengo que vivir como Él, yo tengo que vivir con Él", una vez más queda patente el poder del amor de Cristo.

En todos los cristianos, en todos los renovados por el Espíritu, pero especialmente en las vocaciones consagradas, se nota la vida de Cristo, se hace visible la experiencia del Resucitado.

Hoy, hermanos, somos invitados a llevar una vida de resucitados; no porque nosotros tengamos que mantener vivo a Cristo, sino porque hemos oído el testimonio de los que le vieron.

Hemos vivido la fuerza de ese testimonio y la fuerza del Espíritu hasta el punto que nosotros también podemos decir lo que dijeron los Apóstoles: "Ya no nos podemos callar" Hechos de los Apóstoles 4,20.

Hoy, cuando salgamos por las puertas de este coliseo, tenemos que decir: "Ya no me puedo callar. Ya no puedo ocultar, jamás volveré a ocultar si acaso lo hice alguna vez, jamás volveré a ocultar a quien amo. Amo a Jesucristo, amo al que vive. Él murió por mí, yo vivo para Él".

Amén.