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Fecha: 20020406
Título: ¿Por que la resurrección de Jesucristo no era una buena noticia para los saduceos?
Original en audio: 20 min. 29 seg.
Para nosotros en este momento resulta relativamente sencillo criticar, incluso con dureza, la postura de las autoridades judías.
Yo mismo en otras ocasiones he hablado con firmeza, casi con violencia sobre aquellos que no sólo se obstinaron en su posición contra Jesús, sino que luego salieron con verdadera ira, con verdadero encono a perseguir a quienes propagaban la buena noticia de Jesucristo.
Desde luego que detrás de esa oposición no está otro sino el maligno. Es el maligno el que quiere frenar el poder de la buena noticia; pero también es interesante y es constructivo para nosotros, descubrir por qué esa dureza, digamos en términos de causas segundas, en términos de las motivaciones humanas y de lo que estaban viviendo ellos.
Siempre es útil conocer esas causas segundas, y no atribuirle todo fácilmente al demonio; porque algunas de esas causas segundas, algunas de esas motivaciones humanas históricas, circunstanciales, pueden repetirse en otro momento y pueden afectarnos también a nosotros.
Es evidente que los que tienen una mayor oposición a Jesucristo son los sumos sacerdotes. La familia de Anás, que era la familia que tenía una máxima autoridad religiosa dentro de la estructura de la fe judía de aquella época; a esa familia pertenecía Caifás, y también había un Alejandro, y había otros que estaban vinculados por parentesco, o por afinidad con esta familia sacerdotal.
Y la pregunta que nos hacemos entonces es: ¿por qué esta familia, por qué esa gente se opone rabiosamente al mensaje de Jesucristo? Evidentemente, la respuesta tendrá que ser, que ellos se sentían amenazados, y aquí es donde viene lo interesante: ¿qué es lo que ellos sentían amenazado? ¿Por qué la resurrección de Jesús no era una buena noticia para ellos?
Si uno mira el mensaje de Jesucristo, un mensaje de amor, un mensaje de bondad, un mensaje de perdón, un mensaje de pureza, de sinceridad, de ternura, de compasión, uno realmente se rompe la cabeza y dice: ¿A quién no le puede servir ese mensaje? ¿Por qué alguien puede oponerse a un mensaje que solamente anuncia el rostro bondadoso de Dios? ¿Por qué le surgen opositores a ese mensaje?
Y lo que encontramos es que los sumos sacerdotes se opusieron, y encontramos que también en nuestro tiempo hay oposición al Evangelio de Jesucristo.
¿Por qué sucede así? La respuesta, seguramente no es elemental, no es sencilla, pero podemos dar algunos elementos que no solamente nos ayuden a explicarnos este contexto, sino que nos ayuden a mirar con ojos muy vigilantes nuestro propio tiempo.
Los sumos sacerdotes, empecemos por decir, se encontraban en una situación sumamente incómoda, porque la raza de los judíos era una raza sospechosa para el Imperio Romano. Los romanos tenían muy claros los antecedentes de las rebeliones de los judíos.
Cerca de unos doscientos años antes de Cristo, estos mismos judíos, capitaneados por la familia de los Macabeos, habían logrado vencer a un imperio diez, o cien veces más poderoso, el Imperio Helenístico, allá en tiempos de Antíoco IV Epífanes.
Es decir, los romanos estaban sobre aviso: se trata de gente revoltosa, gente peligrosa, gente que es capaz de hacerle la vida imposible a un imperio, a una fuerza mucho mayor que ellos, y por eso los romanos mantenían una gran desconfianza, una gran suspicacia sobre el pueblo judío en general.
Todo lo que significara una cabeza, un líder que surge, era un peligro para Roma, y nosotros sabemos por los Hechos de los Apóstoles que ya habían surgido algunos de esos líderes; un cierto Judas, distinto desde luego de Judas Macabeo, de Judas Tadeo y de Judas Iscariote; un cierto Judas había levantado una rebelión, y otro llamado Teudas, había levantado otra rebelión.
De manera que los romanos le tenían alergia a cualquier liderazgo que pudiera aparecer en ese país incómodo, pero tan importante para el comercio y para el orgullo romano, el país de los judíos. ¿Qué habían hecho entonces los sumos sacerdotes? Los sumos sacerdotes habían obrado con inteligencia, podemos decir.
Roma iba a ser implacable con cualquier líder, pero Roma era tolerante con las religiones; porque precisamente el imperio romano había logrado extenderse mucho, porque no entraba en conflicto con las religiones. Habían aprendido una lección de la historia, aquella de Antioco IV Epífanes y el imperio Helenístico.
El imperio Helenístico quiso imponer la religión griega, el politeísmo griego a la fuerza, y eso despertó las peores rebeliones como la de los Macabeos.
Por eso los romanos no querían cometer el mismo error; por eso los romanos respetaban las religiones. Ellos no se metían con el asunto religioso. Si esa es la religión de ustedes, si esa es la ley de ustedes allá ustedes. Es la actitud que tiene por ejemplo Poncio Pilato en el momento de la Pasión de Cristo.
Los sumos sacerdotes entonces tenían bien claro esa cosas. El imperio romano es implacable en todo liderazgo de carácter político; con todo lo que signifique un rey; con todo lo que signifique un levantamiento; con todo lo que signifique una insurrección. El imperio es implacable con esos levantamientos, pero el imperio es tolerante con las religiones.
Por esa razón, habían encontrado una fórmula. Esa familia sacerdotal. La familia de los saduceos, esa era la familia sacerdotal. La palabra saduceo viene de Sadoc, un sacerdote de muy grata recordación de los tiempos del rey David.
Los saduceos eran los herederos, por lo menos según la carne y la sangre del sacerdote Sadoc, del tiempo de David. Y la estrategia de ellos era: “Nosotros tenemos que mantener el templo, los sacrificios, la ley.
Pero, para eso necesitamos que no aparezca ningún líder, porque el surgimiento de un líder, de un rey, de un mesías; un levantamiento popular significa que Roma nos va a aplastar.
Este fue el discurso que dijo Caifás, según aparece en algún pasaje del Evangelio según San Juan. Por eso dijo Caifás: “ustedes no entienden nada. Es mejor que muera uno por el pueblo y no que muera todo el pueblo” San Juan 11,50, Caifás lo decía de una manera pragmática, lo decía simplemente para evitar el aplastamiento violento de los romanos.
Pero el Evangelista Juan en aquella ocasión anota: “Esto lo dijo Caifás porque era sumo sacerdote" San Juan 11,51, y porque el Espíritu Santo obró a través de él, a pesar de la vida que pudiera llevar el tal Caifás.
Así entendemos cuál era el temor de los saduceos. Ellos habían logrado conservar una herencia religiosa, conservar la paz en esa región, conservar los sacrificios y el templo, mantener una relación, diríamos, equilibrada, sana, más o menos justa con el Imperio Romano.
Y además, ellos eran los protagonistas de ese equilibrio, de esa alianza, de esa diplomacia, y por lo tanto, eran ellos quienes, en el uso de sus funciones sacerdotales, podían también enriquecerse, de manera que ellos obtenían también para sí mismos, no todo era el pueblo.
Tal vez, el pueblo no era lo primero. Obtenían riqueza, obtenían prestigio, obtenían una vida cómoda, obtenían autoridad, obtenían ascendiente.
Un hombre como Anás había dedicado la vida entera a ese proyecto: "Cómo podemos lograr que nuestra religión funcione, cómo podemos lograr que no nos aplasten el país, y cómo podemos lograr nuestro progreso personal. Esos eran los tres objetivos de esta gente: que el culto siga, que los romanos no nos acaben, y que nosotros tengamos una buena posición.
Y en torno de esos tres objetivos, Anás y su gente habían tejido una red de amistades, de matrimonios, de alianzas, un lenguaje diplomático, una manera de tratarse con Pilato y con el que mandara el Imperio Romano.
Anás, sobre todo Anás, había dedicado la vida entera a lograr esos tres objetivos que estaban tan relacionados como las tres patas de un trípode, las tres patas de una mesa, de esa forma,
Y así, Anás tenía el proyecto de su vida, a ello le había empeñado su vida. Cuando Jesús empieza a predicar, el primer problema que tiene Jesús para ellos es: Otra vez otro Teudas, otro Judas, otro líder"; y eso significa: "Otro aplastamiento, otra carnicería nos van hacer los romanos aquí". Ese es el primer temor que tienen ellos con respecto a Jesús.
Pero los saduceos tenían otro temor que era un poco menos político,y es el que ha aparecido tanto en la lectura de ayer como en la lectura de hoy en los Hechos de los Apóstoles.
Los saduceos también estaban preocupados por el tema de la resurrección. Como sabemos por algún otro pasaje bíblico, los saduceos negaban la resurrección. Para nosotros es evidente que el que cree en Dios, cree en la bienaventuranza junto a Dios.
Es decir, en lo que nosotros llamaríamos la inmortalidad del alma, o la vida eterna, o como le queramos llamar. Los saduceos no creían en la inmortalidad del alma, no creían que quedara nada después de que una persona se muere.
Para ellos, esta tierra era una especie de absoluto. Era una cosa un poco rara, le parece a uno. Y de hecho, ellos empeñaban toda su fuerza, toda su astucia, todas sus energías a ese tipo de proyectos, por ejemplo, estar bien con el Imperio Romano, porque tenían la conciencia clara de que, llegando la muerte, todo terminaba. Es decir, lo que no se haga o no se diga en esta vida, no existe.
¿Cuál es el problema que tienen los saduceos con la resurrección? El problema es este: que cuando una persona cree en la resurrección, es capaz de hacerse matar.
Si nadie cree en la resurrección, todo mundo intenta salvar el pellejo en esta vida; y si todo el mundo intenta salvar el pellejo en esta vida, entonces, ellos, los maestros de la diplomacia y de la astucia política, eran los que podían liderar.
Pero si empieza a haber un grupo de gente que se deja azotar, que se deja matar, que se deja crucificar, que se deja encarcelar, a esa gente no la maneja nadie, porque el que cree en la resurrección es capaz de arriesgar la vida por una causa, y el que es capaz de arriesgar la vida por una causa no se deja manejar de cualquiera.
Y los saduceos sabían que su estabilidad personal, su futuro personal, el futuro de su familia y de sus riquezas dependían completamente de ese equilibrio delicado, ese equilibrio difícil entre las fuerzas del imperio, la tradición de la ley, los sacrificios y la manera de ellos hacer política.
Los saduceos no podían creer en la resurrección, porque el que cree en la resurrección es capaz de arriesgar su vida por una causa, y el que es capaz de arriesgar su vida no se deja manejar.
Eso es exactamente lo que han mostrado los Apóstoles, nos dice San Lucas que hablaban abiertamente, hablaban con valor, hablaban con libertad, era gente que no tenía temor a perder la vida, porque creían en la resurrección.
Es decir que los Saduceos gobernaban al pueblo, en últimas, porque la gente tiene temor a perder la vida, y el que no quiere perder esta vida, pues entonces hace lo que sea por conservarla; pero cuando una persona está dispuesta a perder la vida, ¡quién la gobierna? El que está dispuesto a que lo maten, ¿quién podrá gobernar a alguien así?
Así entendemos un poco mejor por qué los saduceos por qué la casta sacerdotal se enfrenta radicalmente contra Cristo, por qué no soportan el mensaje de la resurrección, y por qué necesitaban que los Apóstoles no predicaran más eso.
Nos dice la lectura en las advertencias que les hicieron: “A todos los habitantes de Jerusalén les consta que han hecho un milagro. Pero a fin de que esto no se divulgue más entre el pueblo, prohibámosles con amenazas que vuelvan hablar a nadie en nombre de Jesús” Hechos de los Apóstoles 4,16-17.
Porque hablar en nombre de Jesús era proclamar que Jesús está vivo. Nadie habla en nombre de un muerto.
"Si ellos siguen diciendo que pueden hablar en nombre de Jesús, están diciendo que Jesús está vivo, y están diciendo que si hay resurrección, y si hay resurrección, entonces vale la pena hacerse matar, y si uno se puede hacer matar, ¿entonces quién va a gobernar a esa gente? Entonces se nos va acabar todo lo que hemos hecho en la vida". Esa es la angustia de los sumos sacerdotes.
La respuesta de Pedro es tajante: “juzgad si es justo a los ojos de Dios haceros caso a vosotros más que a Él” Hechos de los Apóstoles 4,19.
Y añade: “Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído” Hechos de los Apóstoles 4,20. El poder de la resurrección de Jesucristo le da una independencia, le da una libertad, una generosidad a estos hombres.
Y lo que se temían los sumos sacerdotes sucedió efectivamente, o sea, no estaban descaminados. Ellos tenían miedo: "Si esta gente predica la resurrección, se va hacer matar", y se hicieron matar.
La gran mayoría de los Apóstoles y un número muy grande de esos primeros cristianos, entregaron su sangre por Cristo, así como Cristo había dado su Sangre por ellos. O sea que el temor que tenían los sumos sacerdotes era real, era un temor real, tenían por qué tenerlo.
Lo que ellos no sabían era que ese esquema, toda esa construcción, todo ese andamio, era solamente la obra de las manos de ellos.
O sea que en últimas la confrontación es: "O construimos nosotros nuestra felicidad aprovechándonos del pueblo y utilizando el nombre de Dios, -posición de los saduceos-, o recibimos de Dios la bienaventuranza, sirviendo al pueblo y dándole la gloria al nombre de Dios". No hay otra posibilidad.
Terminemos estas palabras de una manera un poco más amable. El Evangelista Lucas nos va contando, en los Hechos de los Apóstoles, la carrera victoriosa del Evangelio.
Y a mí sí que me causa alegría y una cierta gracia, cuando dice por allá en una parte: "Incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe" Hechos de los Apóstoles 6,7. Es decir que la Palabra también pudo llegar a muchos de ellos.
Bueno, no sabemos si a los grandes, grandes, ¿qué pasó con ellos? Eso lo sabrá solamente Dios, pero a muchos de ellos les alcanzó a llegar la fuerza del Evangelio, y cambiaron.
Porque ya no es "la felicidad construida con nuestras manos, aprovechándonos del pueblo y usando el nombre de Dios"; sino es "la felicidad, la bienaventuranza que Dios nos regala para servir al pueblo y para darle gloria al Nombre Divino". Muchos de ellos cambiaron.
Y desde luego, aquí está el llamado a nuestra propia vida. ¿Qué queremos nosotros? ¿Una felicidad construida con nuestra astucia, con nuestra diplomacia, con nuestras fuerzas que termina utilizando a Dios y aprovechándose de la gente? ¿O queremos recibirle el regalo, la gracia, la misericordia a Dios, para también nosotros ofrecer el regalo a nuestro pueblo y para darle la gloria a su nombre?