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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970405

Título: ¿Cuanto de Jesus hay en mi vida?

Original en audio: 11 min. 50 seg.


La palabra "Octava" se refiere aquí a esa semana completa que va de un domingo a otro domingo. La Octava es un domingo largo, mejor, es un domingo grande. Y como nosotros decimos: "Este es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo", celebramos en este día todas las obras de Dios.

En la Resurrección de Cristo están todas las obras de Dios. Se ha dicho que el ser humano es el resumen del Universo, porque nosotros tenemos en nuestro propio cuerpo huella de los campos, de los ríos, de las montañas.

Nosotros tenemos nuestros propios ríos en el organismo, y el agua que durante un tiempo corrió en las montañas, se ha hecho parte de nuestro cuerpo; y el aire que decimos soplar como viento impetuoso, da oxígeno, da respiración a nuestros pulmones.

Cuando los científicos estudian, por medio de complicados aparatos, de qué están hechas las estrellas, descubren la misma materia de la que está hecho el ser humano. También allá encuentran hidrógeno, helio, hierro. Nosotros llevamos en nuestro cuerpo huella del Universo.

Cristo en su Cuerpo se llevó para la gloria las colinas y los montes y las flores; Cristo resucitado se llevó para el cielo y para siempre polvo de estrellas y canto de manantiales; Cristo resucitado llevó consigo, en su ascenso, a las flores y a los frutos, a las rocas, los alimentos, las piedras.

Porque Cristo resucitó con cuerpo, y en su cuerpo glorificado está el resumen de toda la creación, pero no solo eso, está el resumen de toda victoria humana. Cristo tuvo una vida relativamente corta, mejor dicho, muy corta; podemos suponer treinta y tres o un poquito más o un poquito menos años, esa es una vida corta; creo que muchos de los que estamos aquí tenemos ya una edad mayor.

Pero en esos años Cristo vivió toda la historia humana: el odio y el amor; el temor y la esperanza; la dulzura y la amargura; la tristeza y el gozo; la traición, la amistad; el perdón, la redención, todo está en la vida de Jesucristo; su vida de alguna forma es como un resumen, como un compendio de toda la historia humana.

Todo lo vivió en grado sumo, todas nuestras amistades las podemos mirar identificadas con Él; todos nuestros fracasos o decepciones los podemos encontrar en sumo grado en Él, ¿hay alguien que haya tenido una tristeza o un abandono mayor? ¿Hay alguien que haya tenido un triunfo, un éxito mayor que el de Él? El es el Alfa y la Omega, el principio y el fin.

Nadie conoce tanto las entrañas de la desgracia humana; pero tampoco, nadie conoce tanto las infinitas posibilidades del ser humano. Cristo lo abarca todo, no sólo la creación, las estrellas, las colinas, los mares, no sólo lo abarca todo, todo lo de la creación y de la naturaleza, sino también todos los movimientos del corazón humano.

Y toda esta historia nuestra, que Él la vivió en grado sumo, también se ha ido con Él hacia la plenitud de la Pascua, hacia la plenitud del cielo.

Cristo resucitado lleva en sí al Universo, a la naturaleza, a la creación, a la historia, la corazón del hombre. Y por eso nosotros, cuando contemplamos con los ojos de la fe al Resucitado, miramos en Él el resumen, el compendio, la palabra abreviada de todo lo que Dios quiere, de todo el plan de Dios.

Por eso el evangelio nos ha ofrecido hoy como una especie de pequeño resumen de las apariciones del Resucitado. Está terminando ya esta Octava de Pascua y es el momento de mirar, como nos lo ha ofrecido el evangelio de Marcos, de mirar como de un solo vistazo todas las manifestaciones de este Cristo glorioso.

¿Cuál es la aplicación para nuestra vida? Mirar en ese Cristo lo que nosotros somos. Cristo resucitado mira a los cristianos, y con su mirada y su corazón les dice: "Lo que tú estás viviendo, yo lo viví, y está impreso en mis Llagas, está impreso en mi rostro. Nosotros miramos a Cristo y vemos lo que nosotros seremos; nosotros somos el pasado de Cristo y Él es nuestro futuro.

Esto es ser cristiano. Ser cristiano es vivir de tal manera que uno pueda mirar su futuro en Cristo, y que uno pueda mirarse a sí mismo y reconocer el pasado de Cristo en uno. Esto, precisamente esto es ser cristiano.

Ser cristiano es poder mirar el propio dolor y mirar lo de Jesucristo; si algún dolor que tiene tu alma no lo alcanzas a mirar en Cristo, esa parte de tu corazón todavía necesita ser bautizada, necesita ser evangelizada, necesita ser convertida.

Pero igual, si alguna alegría tuya no la logras vivir con la Resurrección del Señor, esa parte de tu vida necesita ser evangelizada, necesita ser convertida, necesita ser bautizada.

¿Cuánto de Cristo entonces hay en nuestra vida? Esa es una buena pregunta, y es la pregunta que debemos hacernos al terminar esta Octava de Pascua. ¿Cuánto de Jesús hay en mi vida? Eso es lo mismo de eternidad que hay en mí, ¿cuánta eternidad hay en mí? Pues precisamente lo que haya de Cristo en mí.

Sólo Cristo es vencedor de la muerte, sólo Jesucristo; lo que no sea de Cristo en mi vida, sufrirá la corrupción, sufrirá el desgaste, se hundirá en la noche, se perderá en la muerte; lo que haya de Cristo en mí eso es lo que tiene vida eterna; y lo que no haya de Cristo en mí, se perderá y se perderá para la eternidad.

Esto quiere decir que mucho de lo que nosotros somos, me atrevo yo a decir, mucho de lo que nosotros somos no está preparado para la eternidad; y mucho de lo que nosotros somos ha sido más bien criado para la muerte, cebado para la muerte y no para Cristo, no para el Resucitado.

Cada uno revise su corazón, cada uno revise cuánta resurrección tiene, cuánto de vida eterna tiene. Ahora podemos entender mejor las palabras de Jesús en el capítulo sexto de san Juan:"El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna" San Juan 5,54; "y quien no come mi cuerpo ni bebe mi sangre no tiene vida eterna" San Juan 6,53.

Cristo es el único que vence a la muerte; si ese Cristo habita en mí, en aquello mío que es de Él, ahí tengo vida; en aquello mío que es sólo mío, ahí tengo muerte; sólo en aquello mío que es de Él ha triunfado la Resurrección y eso durará por la eternidad, lo demás, llega hasta la puerta de la muerte, y ahí se queda.

La invitación entonces es: a comulgar a conciencia, a recibir la Eucaristía queriendo que ese Cristo llene todo nuestro ser, colme por completo nuestro ser para que nosotros tengamos vida abundante; el mismo Jesús lo dice en San Juan: "Yo he venido para que tengan vida, y vida abundante" San Juan 10,10.

Aquella parte, -lo repito gráficamente-, aquella parte de tu cuerpo que no haya recibido esa gracia, esa fuerza de parte de Cristo, está preparándose para morir y para estrellarse contra la muerte.

Señor Jesús, toma entonces nuestros pensamientos; nosotros no queremos ser gente cebada para la muerte, nosotros queremos ser gente que tiene vida en tu nombre".

Señor Jesús, infunde tu Espíritu en nosotros, sé tú el dueño de nuestro corazón y de nuestra vida; ven a reinar, Cristo glorioso, ven a reinar, Cristo resucitado, en cada una de las células de nuestro ser, en cada una de las palabras de nuestra boca, en cada uno de los sentimientos de nuestro corazón, en cada uno de los pensamientos de nuestra cabeza".

"Ven a reinar, Señor; nosotros no podemos, después de conocerte, no podemos estarle preparando el banquete a la muerte; nosotros, Señor, hemos sido creados y criados para el banquete de la vida, para la resurrección gloriosa, para entrar a reinar siempre contigo".

"Infunde tu Espíritu, ese Espíritu en nosotros; danos la certeza y la verdad de la Resurrección, y haz que todos en nosotros, unido a ti, tenga vida en tu Nombre".

Amén.