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Fecha: 19960413
Título: El tamano de nuestra vida cristiana depende del tamano del amor al Resucitado
Original en audio: 4 min. 9 seg.
Al final de la Octava de Pascua, esta lectura, que es el epílogo del evangelio según San Marcos, nos presenta como una síntesis de las apariciones del Resucitado, tal vez las más importantes apariciones del Resucitado.
Y la conclusión es que cuesta muchísimo trabajo creer en la Resurrección. Pero que precisamente el trabajo que les costó a los Apóstoles, sirve para bien nuestro.
Porque esa misma incredulidad de ellos, que tiene su principal representante en la frase de Tomás el Apóstol, ¿no? "Si no veo, no creo" San Juan 20,25; esa incredulidad de ellos, ha sanado nuestra incredulidad.
Nosotros, si nos encontráramos en los Evangelios que ellos creyeron con facilidad, más bien podríamos dudar de si se trataba de fábulas.
Pero descubriendo que a ellos les cuesta trabajo creer y que Jesús mismo tiene que ayudarles acreer, como dice en alguna parte "abrirles el entendimiento" San Lucas 24,45, explicarles las Escrituras, calentarles el corazón, regañarlos, comer delante de ellos, hasta finalmente darles el mandato: "Bueno, ahora sí, id y predicad el Evangelio" San Marcos 16,15.
Esa dificultad y esa sucesión de apariciones del Señor nos enseña, por una parte, la grandeza de este misterio; por otra, que siempre es difícil creer en esta Resurrección, y por otra, que también esa Resurrección como que, sucedida una vez y para siempre en Jesucristo, en nosotros sólo se da paulatinamente.
Porque yo me atrevo a afirmar esto: el tamaño de la vida cristiana, es el tamaño del Resucitado en nuestras vidas, es exactamente el mismo tamaño; el tamaño de nuestro amor, es el tamaño del amor al Resucitado; el tamaño de nuestra vida, es la cantidad de Cristo que hay en nosotros; los miligramos de Cristo Resucitado que hay en nosotros, esos son los miligramos de vida que nosotros tenemos.
Y es lo mismo que Jesús dice en el discurso eucarístico del capítulo seis de San Juan: "El que no come mi carne y bebe mi sangre, no tiene vida. Si coméis mi carne y bebéis mi sangre, tenéis vida en vosotros" San Juan 6,53-54.
Es decir, la cantidad de vida, es la cantidad de Cristo; y la cantidad de Cristo, es la cantidad de fe y la cantidad de amor que hay en nosotros.
Pero para que no nos desanimemos, pues sepamos que esa cantidad puede crecer. Y durante esta semana hemos escuchado testimonios que nos muestran cómo todos estos personajes tuvieron que ir creciendo, tuvieron que ser ilustrados. En cierto modo, tuvieron que vivir la resurrección en ellos mismos para poder creer en la Resurrección del Señor.
Y esa es la última enseñanza que quiero compartir: sólo creemos en la Resurrección en la medida en que va sucediendo en nosotros. Obviamente, no estoy haciendo la ecuación de que la Resurrección de Cristo es sólo lo que nosotros pensemos de Cristo, algo así como que nosotros mantenemos vivo el ideal y la causa de Cristo y eso es lo que lo mantiene vivo a Él.
¡Él es el que nos mantiene vivos a nosotros! Pero la herida de la vida que Él tiene en nosotros, es también la medida de la Resurrección que ha sucedido en nosotros. Y esa medida corresponde a la medida de creer su Palabra y de comer su Cuerpo y beber su Sangre.
Demos gracias a Dios que nos ha permitido compartir esta Octava de Pascua, celebrar su gloria, creer en Él, celebrarle, amarle, para finalmente dar testimonio de Él ante toda la creación.
No sólo ante los seres humanos, sino a través de ellos, a toda la creación; pues toda la creación encuentra en el hombre como su administrador y como su mayordomo. Todas las cosas, a través del ser humano que cree en Cristo, llegan a ser Eucaristía, alabanza del Padre en el Espíritu Santo.