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Fecha: 20010419
Título: La autenticidad y la madurez de la fe en el Senor Jesucristo
Original en audio: 13 min. 45 seg.
Ese discurso de Pedro es una maravilla. Una maravilla, yo me atrevo a decir, más grande que el milagro mismo. Y precisamente, a través de sus palabras, Pedro quiere que el milagro, la curación en sí misma, pase a segundo plano, y lo logra.
Pedro al ver la gente que se agolpaba para ver una cosa absolutamente extraña, un lisiado de nacimiento que resulta dando brincos y alabando a Dios y perfectamente curado. Pero a Pedro le interesa que la gente vea más que unos tobillos fortalecidos, unas coyunturas sanadas; hay más que ver y los conduce, a través de sus palabras, a que vean y reconozcan cuatro cosas.
Primera: que lo extraordinario, lo verdaderamente extraordinario está en la fe, empieza en la fe. No se trata de un acto de concentración de un poder magnético, no se trata de lo que puede ofrecer algo como ese curso de milagros que anda por ahí en las librerías, es decir, “aprenda cómo sanar lisiados de nacimiento”. No es un aprendizaje, no es una técnica, es el irrumpir del poder de Dios.
En el fondo, los que insisten tanto en ese tipo de técnicas magnéticas, mentales, lo que intentan demostrar es que el ser humano puede todo, hasta curar. Yo sé que la mente humana puede muchas cosas, pero el milagro no está para que nosotros miremos la mente humana que no tuvo tiempo de concentrarse ahí.
En el ruido de la puerta Hermosa, entrando al Templo de Jerusalén, y por uno punto cinco segundos que se cruzaron las miradas de Pedro y del paralítico, no hubo tiempo para poner la mente en blanco, ni hubo tiempo para concentrar las ondas Alfa, ni para que se relajara el lisiado, no hubo tiempo para nada de eso, pero sí hubo tiempo para creer.
Pedro quiere que la gente, en primer lugar, admire la fe. ¿Por qué? Porque la fe hace mucho más que levantar a un lisiado.
La fe levanta al que está lisiado en su corazón, en su alma, en su vida, al que está postrado; ése, a través de la fe, se levanta. Y eso es mucho más grande, porque no le sucede ni a una ni a dos personas, sino que es la propuesta, la oferta de Dios para todos nosotros.
Primer objetivo de las palabras de Pedro: que reconozcamos la fe, y a través de ella, al verdadero Autor del milagro. “¿Por qué nos miráis a nosotros Como si por nuestro poder o virtud, hubiésemos hecho esto?” Hechos de los Apóstoles 3,12.
Claro, si Pedro hubiera hecho el curso de milagros y si fuera un experto en concentración, hubiera dicho: "Sí lo vieron, ¿no? Yo les enseñaré cómo también ustedes irán recorriendo pueblos e irán también enseñándole a la gente cómo concentrarse, para que ellos también se puedan curar".
Pero ninguna de esas bobadas hizo Pedro, sino que inmediatamente se quita del camino, porque no quiere ser un estorbo para la manifestación de Dios. Él no quiere ocultar a Dios, le interesa ser transparente: "No soy yo, no me miren a mi; no se pongan a pensar si fueron mis ondas Alfa, Beta o Gama, si fue mi peinado o el cruce de las estrellas; descubran a Dios como solamente se puede descubrir: por la fe.
Segunda: Pedro conduce la admiración hacia una realidad que es absurda, la realidad del pecado. La gente se había reunido, Pedro hace como un buen negociante, dice: "Esta es una buena plaza, es una buena ocasión"; ve la gente reunida y predica.
Y la predicación de Pedro no es para hacer una gran fiesta, sino una gran conversión, son duras las palabras de él: “Rechazasteis al Santo, al Justo y pedisteis el indulto de un asesino” Hechos de los Apóstoles 3,14; eso es absurdo, es ilógico, ¿cómo hemos podido llegar a eso?
Las palabras de Pedro, lo mismo que las pronunciadas en el discurso de Pentecostés, son para quebrantar el corazón, son para traspasar el corazón.
En el discurso de Pentecostés, en el capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles, nos dice Lucas, autor de este libro: “Estas palabras de Pedro les traspasaron el corazón” Hechos de los Apóstoles 2,37.
Pues Pedro aquí también quiere eso, traspasar el corazón, quiere que descubramos que es infinitamente absurda la rebeldía de nuestra voluntad frente a Dios.
Al fin y al cabo, el lisiado no hizo nada para nacer lisiado; pero nosotros sí hemos hecho mucho para lisiarnos; hemos hecho mucho para volvernos paralíticos; si le parece muy extraño que haya un paralítico, extráñese más de que haya gente, que gozando o pudiendo gozar de la liberta de movimiento, prefiera la esclavitud de sus pecados.
¡Admírese más, extráñese más de lo absurdo que es el que usted mismo se haga daño, que usted mismo se vuelva un paralítico! ¡Descubra lo que usted ha hecho o pretendido hacer!
Claro, son palabras muy fuertes; ¿y quién lo iba a mandar callar, después de semejante milagro, después de que está ahí a la vista el Poder de Dios? ¿Quién le podía decir: "Oiga, somos inocentes; cállese, no hable tan duro?" Todo el mundo calladito y todo el mundo recibiendo ese mensaje y todos aprendiendo a extrañarse de esa parálisis, que se llama parálisis voluntaria, el pecado es eso.
¿Cómo es que yo me meto y me someto a una parálisis voluntaria? ¿Qué es eso? Pedro entonces lleva a la gente a haga ese descubrimiento.
Interesante que no es un reclamo de venganza. Esto, considero yo que es básico, Pedro habla con esa dureza pero no como diciendo: "Miren, ahora que ustedes obraron tan mal con Dios, le llegó al Él el tiempo de vengarse, y entonces esperen lo que les va a caer encima". Pedro no obra así.
Este tercer punto es para que nos demos cuenta de que todo pecado tiene su raíz más profunda en una ignorancia. Es una idea que dice también el Apóstol San Pablo en Primera Corintios: "Sí lo hubieran conocido, no hubieran crucificado al Señor de la Gloria" 1 Corintios 2,8.
Lo mismo dice aquí Pedro: "Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades, los que se ensañaron contra Cristo, lo mismo" Hechos de los Apóstoles 3,17.
Este tercer punto es clave. El pecado surge de una ignorancia, surge siempre de un desconocimiento. ¿Por qué? Porque este tipo de pecado de rebeldía nace del miedo, lo que llama la Carta a los Hebreos, la muerte.
Dice esta Carta: “La situación de aquellos que, por miedo a la muerte, vivían como esclavos del demonio” Carta a los Hebreos 2,15. Es una expresión un poco rara pero plenamente cierta.
Ante el absurdo de la vida -es una manera de hablar del terror que inspira la muerte, porque ésta es la que hace absurda la vida-, la muerte como negación, como imposibilidad, como esterilidad, hace absurda la vida; ante ese cinturón que ahogaba la muerte, la vida se vuelve estéril, absurda, la persona entonces, exasperada, se agarra a su propio interés, a un placer inmediato, se agarra a lo que alcanzan a percibir sus ojos.
El pecador es siempre una persona que está tratando de sobreaguar en lo que ven sus ojos, y como lo único que ven sus ojos es: "Esta tierra es de los avispados, entonces yo tendré que ser avispado; esta tierra es de los violentos, entonces yo tengo que ser violento, comamos y bebamos que mañana moriremos; no se sabe nada de mañana, no hay nadie que pueda decir nada cierto sobre el mañana, entonces me aferro al placer de hoy."
Hay una ceguera que es la madre del pecado; hay una cerrazón que engendra el pecado y por eso, tanto el Apóstol en su Primera Carta a los Corintios, como el Apóstol Pedro en este texto de los Hechos de los Apóstoles, aluden a esa ignorancia.
Por eso mismo la fe ha sido comparada a una luz; en el fondo, el pecador es una persona que obra dentro de lo que ve, de lo que alcanza a ver; y la fe es como unos lentes nuevos, un reflector nuevo, que le muestra otras cosas, le cambia las condiciones.
La fe trae eso, la fe me cambia el panorama, me cambia las condiciones: "¡Ah, es que yo no sabía eso, ya con ese dato, el problema se escribe de una manera totalmente distinta, completamente diferente!"
Un pequeño ejemplo económico puede ayudar aquí: supongamos que hay que asumir la administración de una pequeña empresa y se revisan los libros y no aparecen sino deudas y deudas, y no aparecen sino pasivos y más deudas y cuentas por pagar, y más deudas, y todo esto es angustioso.
De pronto aparece un libro que dice: "-Y además para tiempos de crisis te hice un CDT por mil ochocientos millones de pesos", "-ah bueno, esto ya cambia completamente el panorama, entonces toda esa angustia que estaba sintiendo, que ya tenía la vena aquí, que pensaba que me iba a dar algo, ya cambia, esto es viable, se puede trabajar".
Pero hubo que pasar una página, hubo que decir: "A ver, aquí, deudas y más deudas; hay CDT, eso cambia todo. ¡Eso es lo que le pasa a una persona cuando empieza a creer!
La persona conoce al ser humano; el ser humano miente, traiciona, es como una rata, sólo que dura más; el ser humano es una porquería, ataca, como le pasaba al pobre Hobbes, que el hombre se metía por allá en sus reflexiones y un día se paró y dijo: “El hombre es lobo para el hombre.”
Claro, tenía toda la razón, eso es así. Salga, coja la calle, métase al mundo de los negocios, trabaje y verá que eso es así, es la realidad, lo que se alcanza a ver. Y Dios no niega eso, porque cuando Él habla de la condición humana, habla durito, así como Pedro: "Ustedes son capaces de matar a un Justo, y capaces de pedir el indulto de un asesino" Hechos de los Apóstoles 3,14.
O sea que la Biblia sabe de esa miseria, sabe que somos así, pobres de las ratas que al fin y al cabo son inocentes; somos así, claro que sí. La fe no es ponerle maquillaje a las ratas: "A ver, si esta rata bien afeitadita se ve más bonita"; la fe no es olvidarse de que existen las ratas, tampoco es poner una burbuja rosada, "y aquí cero ratas, si acaso la que se encerró, pero de resto no más."
La fe no es nada de eso, es pasar la página y decir: "¡Huy, un dato importantísimo!" Resulta que Dios, sabiendo esto, sabiendo qué clase de alcantarilla era esta, tuvo a bien obrar así, y eso que va obrando Dios es lo que le empieza a despertar la admiración a uno.
De manera que no es que a uno le digan: "Mire, ahora a la gente ya no sólo la masacran, sino que la despellejan; y ahora no sólo los despellejan sino que comen del muerto."
Y esto a uno ya no le asombra ni hay que regalarle asombro a eso, no hay que darle el tributo de la admiración al poder del pecado, porque a esto es a lo que la Biblia llama escandalizarse: "Ay, ahora, ¿y qué más?" Pues lo que ha venido haciendo el ser humano, lea la Biblia, conozca la historia, mire las civilizaciones, lo que ha venido haciendo el ser humano: destrozar a sus semejantes para imponerse él.
Entonces la fe es un pasar la página, con lo cual uno dice: "Ya sabemos que el ser humano es peor que todos esos ratoncitos, que todas esas ratas, pero ahora aparece un dato nuevo y eso sí que me llama la atención".
Por eso la fe lo que hace es cambiarle el panorama a uno, no quitando ni añadiendo datos, sino añadiendo algo fundamental: "Hay a su favor un CDT, que no es por mil ochocientos millones de pesos ni de dólares, sino un CDT infinito y se llama la Sangre de Jesús".
"Ahhh, pues así la cosa es distinta." Es lo que le pasa, por ejemplo, a una mujer como la madre Teresa de Calcuta: "Usted, señora, qué se va a consagrar a servir pordioseros, indigentes, atracadores, enfermos de sida, usted qué se va a meter con esa gente, ¿es que no sabe quiénes son?"
De pronto la Madre Teresa nos diría: "Creo que son mejor que usted, lo que es la maldad humana, usted está demasiado encerrado, asustado, para saber lo que es la maldad humana y yo creo conocerla mejor que usted."
¿Y sabe qué? No me asombra. Lo que me asombra es el tamaño de amor que me tiene Jesús a mí y a tantas personas, y movida por ese amor, pues aquí estoy y fíjese lo bien que nos ha ido." Y dice uno: "¡Mis respetos, Madre Teresa de Calcuta, tiene toda la razón! Lo admirable es esa luz que trae la fe."
Pedro no quiere que este milagro se quede simplemente como un episodio raro: "Fíjese que el otro día yo iba entrando a la Iglesia, y el que siempre pedía limosna, no, ahí que gritaba y gritaba, tirado; tan raro". No.
El milagro no es nunca una casualidad. Esa frase nos va a servir en la próxima semana, así que tengámosla por ahí presente en la mente. Un milagro no es una casualidad, como lo es ninguna obra de Dios.
La obra de Dios tiene siempre una lógica, tiene siempre algo que está construyendo; Dios siempre está elaborando algo que usualmente se escapa de nuestra vista, pero que vamos descubriendo también.
Entonces es lo que hace Pedro en su discurso, les muestra: "Miren esto, no es sino el cumplimiento de las promesas que venían desde antiguo, esto se llama fidelidad de Dios, Dios está cumpliendo lo que prometió, y hay que entenderlo a la luz de todo lo que viene desde Moisés" Hechos de los Apóstoles 3,21-22.
Darse cuenta de que tiene una lógica, una historia que conduce hasta aquí y que sigue hasta un tiempo maravilloso, que no ha llegado todavía, y se llama la restauración universal.
Es decir, describe ese hecho puntual, ese milagro en una línea que va, desde los tiempos antiquísimos de los Patriarcas, hasta los tiempos gloriosísimos de la restauración universal. "Date cuenta de que esto lleva una secuencia, percibe el paso de Dios, maravíllate de esto y entra entonces tú también en ese camino."
Es lo que nosotros estamos haciendo, prolongamos el peregrinar del Pueblo de Dios a través de los siglos; nosotros recibimos las señales que Dios nos da y seguimos, como Pedro y como aquellos que creyeron aquel día, y seguimos avanzando hacia la restauración universal, en que brillará con toda su fuerza la Pascua de Jesús.
Amén.