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Fecha: 20010418
Título: Pedirle al Senor que nos regale una sorpresa por el poder de la Pascua de Cristo
Original en audio: 31 min. 29 seg.
Una de las razones para creer que no va a pasar nada raro es porque nunca ha pasado.
Yo creo que la rutina, la repetición, trae un efecto tranquilizador, porque le hace sentir a uno que está en terreno conocido, por ejemplo, esa es una de las ventajas de nuestra vida religiosa, es una vida que se llama "regular", claro que a veces es muy regular.
Pero se llama regular porque es según una regla, y esa regla, ese conjunto de costumbres, hacen que uno tenga como una cierta seguridad, uno sabe lo que va a suceder, eso tranquiliza.
Hay que tener casa no sólo en el espacio, sino casa en el tiempo. Tener casa en el espacio, es tener un rinconcito donde uno se sienta cómodo; tener casa en el tiempo, es tener unas costumbres lo suficientemente estables, como para que uno se sienta cómodo en ellas y sienta: "Este soy yo".
O sea que la rutina tiene un aspecto positivo, pero ese aspecto positivo, a veces, puede constituirse en un freno para la novedad de Dios. Y como no hay novedad más grande que la Resurrección, entonces el peso de lo esperado, el peso de lo que uno ya espera, le cierra los ojos para las sorpresas que Dios pudiera traer.
Es como lo que sucede con el lenguaje: si uno dice ciertas palabras, ya el oyente espera una cierta continuación, eso también pertenece a la rutina. Yo creo que hemos caído en el círculo, ya todo el mundo piensa que va a decir "el círculo vicioso", porque todos los círculos son viciosos.
¿Usted cuándo ha oído que se diga: "Hemos caído en el círculo perfecto", "hemos llegado al círculo eterno", el círculo hermoso", "el círculo sabio"? No. Ya es un lugar común, ya es una costumbre; "-un círculo", "-sí, círculo vicioso".
Uno completa el discurso, uno completa la experiencia, de ahí, que las apariciones del Resucitado causan una sorpresa, causan estupefacción: "¿Cómo así? Espere, explíqueme, ¿qué pasa?"
Cristo viene a romper la rutina, no sólo la rutina como conjunto de cosas que uno hace en el día, sino viene a cambiar la manera de ver, la manera de entender, la manera, la manera de escuchar.
El Resucitado es la absoluta novedad, el Resucitado trasciende toda la historia, y por eso, nos pone frente a un tipo de experiencias que rebasan todo lo que uno ha vivido.
Hay que romper con la rutina para que entre el Resucitado, pero no hay que romper con la rutina para que entre el pecado.
Ese es el reto que debe tener un buen cristiano. Tiene que tener unas costumbres sólidas, tiene que tener unas rutinas, todo cristiano tiene que tener rutinas, si usted mira la vida de los laicos santos, también ellos se definieron unas determinadas rutinas, unas prácticas, unas devociones, unas visitas, unas oraciones, porque no es posible de otra manera crecer en la oración.
Entonces hay que tener rutinas, costumbres estables y firmes, hay que tenerlas; lo suficientemente firmes, como para no quebrantarlas de modo que entre el pecado; pero lo suficientemente frágiles, como para que Cristo sí las pueda quebrantar.
El pecado no debe poder romper las costumbres nuestras, pero Cristo sí debe poder romper las costumbres nuestras.
Fíjese que eso ya se vio en la vida del Señor Jesús en esta tierra. Había unos que habían canonizado de tal manera las costumbres y las rutinas, que cuando vieron al paralítico, llevando la camilla, no se fijaron: "Oiga,lo curó", sino se fijaron fue: "Rompió el sábado".
No vieron la curación, no la vieron, sino vieron fue la camilla: "Está cargando camilla, hoy es sábado, sí sábado, hoy es sábado, cargando camilla,pecado". ¡Terrible!
Pero, el otro extremo es cuando uno rompe sus buenas costumbres no por darle paso a Cristo, sino por darle paso a la mediocridad, a la pereza, a la dejadez, eso no lo quiere Dios.
La primera lectura de hoy nos presenta cómo se quebró la rutina de un determinado hombre, es la victoria de Cristo sobre la rutina lo que aparece en esa primera lectura. "Subían al templo Pedro y Juan a la oración de media tarde" Hechos de los Apóstoles 3,1.
Esa oración estaba establecida, era una costumbre, era una rutina: a media tarde había una oración en el templo, correspondía, más o menos, a lo que hoy podríamos llama "Nona", en la terminología de las horas del Oficio.
"Vieron traer a cuestas a un lisiado, solían colocarlo todos los días" Hechos de los Apóstoles 3,2, -también el lisiado tenía su propia rutina, estaba la rutina del templo: todos los días la oración de media tarde, y la rutina del lisiado: todos los días ¿a dónde? "A la puerta llamada Hermosa" Hechos de los Apóstoles 3,2.
O sea que ya él sabía: "Llegó la hora de la oración de la tarde, ya ahora llegan mis amigos, y entonces me van a llevar cargado, y yo me voy a sentar ahí, y ahí voy a pedir limosna, y ahí estaré hasta no sé qué hora, y después me llevarán". Existía la rutina del lisiado y existía la rutina del templo.
Pedro y Juan, como judíos piadosos, iban a la oración del templo, esto no nos debe extrañar. Los primeros cristianos, -estamos hablando de los primerísimos cristianos, poco después de Pentecostés, que este es el tiempo de este pasaje-, estaban muy unidos a la vida del templo, porque en realidad ellos miraban a Cristo fundamentalmente ¿como qué? Como el cumplimiento de las promesas al pueblo elegido.
Por lo tanto, ellos, en un primer momento, no sintieron que había que romper con todas las prácticas, por ejemplo las del templo, no había que romper con eso, porque todo eso, Cristo no había venido a abolirlo sino a darle plenitud. De ahí surgen unas preguntas muy interesantes que no vamos a hacer hoy.
El hecho es que estaban ahí en la oración del templo, que era rutinaria, y Pedro y Juan iban a esa oración, que en cierto modo podemos pensar que era como una costumbre para ellos, y llegó otro que tenía otra rutina, la rutina de pedir limosna.
La primera lectura nos cuenta cómo rompió la rutina, sucedió algo raro, esa vez fue raro, y la cosa empezó con un juego de miradas, mire: "Subían al templo Pedro y Juan, cuando vieron traer a cuestas" Hechos de los Apóstoles 3,1.
Pedro y Juan vieron al inválido que le iban trayendo. "Solían colocarlo en la puerta llamada Hermosa" Hechos de los Apóstoles 3,2.
Luego sigue: "Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosnaHechos de los Apóstoles 3,3, ahora fue él el que los vio a ellos.
Estos empezaron así mirándose: Pedro y Juan lo miraron a él, pero siguieron: él los miró a ellos, pero no los dejó pasar, "les pidió limosna" Hechos de los Apóstoles 3,3.
Era un acto rutinario, como ver a un lisiado que desde su nacimiento no ha sido sino eso, un pobre lisiado, ¿qué se puede esperar del lisiado? "Pobrecito, pues que pida limosna, ¿qué más se va a poder esperar?" ¿Y qué va a poder esperar este hombre de esos señores que entran al templo a la oración? "Pueden ser gentes de buen corazón, que me den una limosnita".
También ese acto era un acto rutinario. Pero entonces ahí es donde sucede algo raro. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando; primero ellos lo vieron a él, después él los vio a ellos, y después se vieron, después sí se encontraron las miradas.
"se les quedó mirando" Hechos de los Apóstoles 3,3. En ese encuentro de miradas, ahí aconteció algo, que queda subrayado por la palabra de Pedro: "Míranos". Hechos de los Apóstoles 3,3.
Es maravilloso ver cómo la Pascua de Cristo no sólo trae nuevos ojos, porque fíjense que en todas las apariciones que estamos oyendo estos días, la gente no reconocía a Cristo, no lo reconocían, pero Cristo les da una gracia especial y ahí sí lo reconocían.
Pero no es sólo que la Pascua no dé nuevos ojos para recibir, la Pascua nos da nuevos ojos para dar, porque con los ojos no sólo se recibe, sino con los ojos se da.
Uno con los ojos recibe, por ejemplo cuando lee, cuando conoce, cuando contempla, pero uno con los ojos también da, uno manda muchos mensajes con los ojos, y por eso cuando el silencio es muy estricto, hablan los ojos, ahí entran a hablar los ojos. Por eso el silencio toca guardarlo también en los ojos.
Si una persona quiere vivir, por ejemplo, imaginémonos un monje, que quiera vivir el silencio, tiene vivir el silencio también de los ojos, ¿cierto? Hay que vivir el silencio también en las muecas, porque a uno también le pueden salir muchas muecas, hay gente que no habla, pero tuerce la boca de tal manera, que con eso echa todo el discurso.
No, hay que hacer voto de silencio de muecas, voto de silencio de ojos, hay que hacer muchos votos de silencio para realmente vivir la mansedumbre propia del silencio. Pero ese no es el tema de hoy.
El tema de hoy es que la rutina se rompió en ese encuentro de miradas, se rompió porque lo ojos de Pedro hablaban, y no muecas, hablaban de una gracia inmensa, hablaban de una gloria inmensa, hablaban de un amor inmenso.
Los ojos de Pedro hablaban, y en esa mirada, el lisiado guardó silencio y contempló; y en esa mirada los ojos de Pedro hicieron un discurso y hablaron.
Entonces surge una comunicación silenciosa, pero al mismo tiempo luminosa como la mirada, una comunicación luminosa, una palabra, un discurso que salió de esos ojos de Pedro y que se coló por los ojos del lisiado. Y de allí surgió el milagro de la fe en este hombre.
Y entonces Pedro cierra su discurso, ese discurso de unos segundos intensísimos diciéndole: "Te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a nadar" Hechos de los Apóstoles 3,6.
Y el lisiado, entonces, rompe su rutina. El texto terminó, y sabemos cómo continúa, y el hombre no volvió a la limosna, no volvió. No fue que diera unos brincos, "bueno, bueno, ahora sí me siento y sigo pidiendo". Se le rompió la rutina.
Ese acontecimiento es una experiencia personal de Jesucristo, una experiencia personal de Dios: "Dios me ama a mí", eso fue lo que recibió el lisiado en los ojos de Pedro.
Es curioso porque la mayor parte de las personas, desde luego que yo también, cuando nos vemos asediados por mendigos que a uno le causan mucha desconfianza porque: "¿Será que me va a hacer daño? ¿Será que es verdad lo que dice? ¿Será que lo va a utilizar para drogarse?"
En medio de ese desconcierto uno comete, seguramente será hasta pecado, uno comete el error de mirar lo menos posible, uno mira lo menos posible a la persona, en parte porque está marcado por el miedo: "A qué horas este señor..., quién sabe que va a hacer, qué me va a decir".
Y por eso, suele darse la limosna sin mirar casi, una limosna con un mínimo de mirada. Pedro dio un máximo de mirada con una inmensa limosna. La gran limosna de Pedro empezó en esa gran mirada, y con esa gran mirada, dijo un discurso que podemos expresar con estas palabras: el lisiado sintió: "Dios me ama, Dios me está amando". Con ese mensaje, se hizo posible el milagro.
Entonces el lisiado empezó a obrar de una manera, hombre, como tan poco piadosa, que saltando en una iglesia, ¿qué es eso? Se pone salte y salte, por favor. Pues sí, le hicieron su milagro, pero compórtese.
Resulta que hay un desorden ahí, hay un desorden en esa saltadera, ahí hay un desorden, eso no era de todos los días, se rompió la rutina del templo: un señor allá salte y salte, ¿qué es eso? Se rompió la rutina del templo, pero hay un motivo: es que se rompió la rutina de mi tragedia, es que mi círculo de muerte lo rompió Dios.
"Como Dios rompió mi rutina de tristeza, déjenme que yo rompa la rutina de ustedes, dando uno cuantos brincos aquí; como Dios rompió mi rutina de abandono, de humillación, como Dios ha roto eso, déjenme, déjenme que yo rompa la rutina del templo".
Y ahí siguió. La historia va a continuar en los próximos días, ustedes no se deben perder la continuación de esta historia. Cantaba, saltaba, alababa, daba botes. Ese momento es necesario para el corazón humano, ese momento es necesario, ese momento lo necesita todo corazón.
Ya en otras ocasiones me ha gustado recordar la frase del escritor inglés Chesterton: "El primer deber de un hombre enamorado es ponerse en ridículo". Este lisiado tirado se puso en ridículo, como se puso en ridículo David una vez que estaba que alababa a Dios, y llevaba una especie de albacasulla, pero no llevaba así como mucha ropa más debajo.
Entonces en medio de toda esa alabanza, pues el rey dio no pequeño espectáculo, se puso en ridículo. El deber de un enamorado es ponerse en ridículo, eso no significa que todo el que se ponga en ridículo esté enamorado, ni significa que ponerse en ridículo ayuda a enamorarse.
Pero sí significa que hay un espacio para el ridículo, que hay un espacio para el exceso, que hay un espacio para la ebriedad, que hay un espacio para eso.
Porque la gente que no quería tener ningún espacio para eso, fueron los fariseos: "Ahí lleva la camilla, no debe llevar la camilla, lo que ha debido hacer es, si lo curaron, dejar la camilla en el suelo y poner un letrerito: "Es sábado, vengo por esto cuando haya pasado el sábado", pero no quebrantar la rutina".
Se necesita un discernimiento especial, que lo da el Espíritu Santo, para reconocer este género de ebriedades, que la Iglesia las necesita, sin esto no se puede vivir, sin estas experiencias, sean con brincos, con risas, con cantos, con don de lenguas, con lo que usted quiera porque el Espíritu tiene muchas expresiones.
Sin estas expresiones, que habrá que discernirlas, pero sin ellas, no se puede vivir, y el que nunca tiene de esas expresiones, sí tiene en cambio un libreta tan gorda como un directorio telefónico de páginas amarillas, donde tiene escritos todos los pecados de todos sus prójimos.
"Estos sí yo los tengo vistos: fulano de tal, es un incoherente desgraciado; fulanita, no se le puede creer ni el saludo; La piedad de sutanito, es mentira". Ahí tiene todas sus acusaciones y sin darse cuenta de que está haciendo un oficio satánico, porque efectivamente, Satanás es el acusador.
Entonces es muy difícil rezar la Liturgia dela Horas y llevar uno esa libreta tan gorda como una páginas amarillas, porque allá dice uno de lo cánticos que se gozan porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos.
El que tiene el archivo, la base de datos más gorda de todas, es el diablo, ese sí tiene una base de datos respetable, pero, con su base de datos respetable se va para el infierno, a lo profundo de su fosa.
De modo que hay que tener mucho cuidado en imitar las prácticas del demonio, porque si uno empieza con libreticas, después cuadernitos, después consigue computador para que le quepa bastante.
Hay que tener cuidado con todos esos apuntes, donde uno lleva las culpas de todo el mundo, porque de de tanto hacer el oficio del diablo, es muy posible que cuando llegue el momento del cántico, y precipiten al acusador de nuestros hermanos, Dios nos libre, qué tal que uno tenga que irse bajo el peso de su base de datos, tenga que irse allá a lo hondo de los infiernos. Se necesitan los ratos de ebriedad.
Un buen superior o un buen formador tienen que tener ojo no sólo para saber si una persona puede seguir las reglas;hay que mirar si la persona puede quebrar las reglas. Si una persona nunca quiebra las reglas, hay que echarla; eso es sospechoso, algo anda mal.
Claro, no se trata de que rompa las reglas y las normas porque es caprichoso, porque es histérico, porque es mediocre, porque es perezoso; pero toda persona, sobre todo en su formación inicial tiene que dar las pistas suficientes para que se crea, para que uno crea posible, para que uno vea como posible: "Esta persona, si Dios la inunda de amor, va a dar brincos", que está abierta.
Dicho de una manera más formal: hay que detectar que los súbditos, en la diócesis, o en el monasterio, o en la Provincia; que los formandos, en el convento, en el postulantado, en el noviciado, hay que detectar que estén abiertos a la acción del Espíritu.
Porque una persona que no rompería su rutina por ningún motivo, es una persona peligrosa, ¿qué tal que esa persona ya tenga un cuadernito por ahí? ¿Qué tal que ya tenga su pequeña libretica, y ya en esa libretica tiene todas la razones por las que tiene que condenarse todos los demás?
Hay que detectar eso, esa pregunta hay que hacérsela: "Este hermano está abierto a la acción del Espíritu? ¿Cómo obra él ante la acción del Espíritu? ¿Qué apertura tiene? ¿Que le causa? ¿Le causa solamente risa? ¿Le causa solamente burla? ¿Le causa solamente rabia? ¿Qué hay en ese corazón?"
Por eso yo no creo que nosotros podamos canonizar una persona porque da brincos, ¿quiénes son los que dan brincos hoy? Pues sobre todo los carismáticos; no se puede canonizar a la persona porque da brincos, ni porque ore en lenguas, ni porque llora mucho, ni porque canta todo el día, por esas cosa no se puede canonizar.
Pero hay que tenerle miedo a aquella otra persona, que mirando al que da brincos, sólo tiene un juicio descalificador.
Y en eso sí ha pecado, me parece a mí, que más de media Iglesia. Miran estos hechos, miran estas ebriedades del espíritu, solamente para ponerle un letrero así: "Histeria", ya, quedó condenado todo eso; "fanatismo", ya, se puede hundir todo eso".
Si hubieran estado todas esa personas en este día, ¿qué le hubieran dicho a este señor?: "Deje la brincadera; estoy meditando cómo Dios es amor y cómo Dios sana y salva, y usted con su brincadera, no me deja mi meditación".
Hay que tener mucho cuidado con eso. Y yo creo que en ese sentido, hay que pedirle perdón a Dios, porque nos ha faltado apertura, me parece a mí; no quiero decir que cualquier cosa que se haga vale, no.
Dios dará, si oramos, Dios dará a los maestros, a los formadores, a los superiores, Dios les dará ese discernimiento de espíritus que necesitan para darse cuenta en cada caso, a ver qué brincos son, porque está entrenando en el equipo de basquet, y qué brincos son porque lo curó el Señor, eso hay que discernir unos brincos de otros brincos.
No toda brincadera vale, pero hay que tener el corazón y la mente abiertos, para que Dios produzca eso. Y sobre todo, hay que tener la mente abierta para que Dios le pueda hacer a uno eso mismo.
No solamente hay que tener la apertura de espíritu para acoger con amor a las personas que reciben estas gracias especiales; hay que tener también, yo me atrevo a decir, más que todo, hay que tener la capacidad de creer que Dios puede hacerlo también conmigo.
Tú, Señor, un día, tú puedes darme tanto, tanto, tú puedes producir en mí tantas cosas. Decía Catalina de Siena: "Tú sí me haces enloquecer", ¡qué lindo eso! ¡Qué lindo! No es el poder de la sensualidad, no es el poder de la murmuración, no es el poder de la codicia lo que me saca de mis casillas; "sólo tú me haces enloquecer", ese es un santo.
Sólo tú, pero tiene que haber algo que lo enloquezca a uno, algo, claro, tiene que haber algo, porque si uno no se enloquece con Dios, entonces ahí sí se chifla peor. Hay que tener esa apertura. "Tú me puedes enloquecer, tú puedes producir en mí, Señor, tú puedes hacer en mí cosas que nunca me han sucedido; tú puedes traer a mi vida alegría que yo creí que ya no sucedían".
Es posible que, cuando uno ya ha vivido varios años, y ya lo han llevado muchas veces a la puerta del templo, y otra vez para atrás; cuando ya han pasado muchos años, muchos años y a uno nunca le ha pasado nada, es posible que cuando uno oiga este lenguaje, uno diga, pues, lo que dijo Sara, ¿no? Lo que dijo Sara, la esposa de Abraham: "Ya lo que fue, fue; ¡ya yo, a estos años...!
Lo que ella dijo suena duro en el oído, ¿no?: "A estos años voy a tener placer con mi esposo y voy a resultar mamá!" Y le dio risita nerviosa; dijo: "¿Uyy, en las que van a poner al pobre Abraham!" Y le dio risa, entonces Dios le dijo: "-¿Qué es la risa?" "-No, yo no me río, no, yo qué risa, yo..."
Claro, porque es que cuesta trabajo creer, porque cuando a uno le ha pasado la vida y no le han sucedido las cosas,uno se vuelve como Sara, se vuelve así receloso, y más bien como irónico, y más bien como ácido, y: "Umm, ahora ¿qué?" Y a uno le da es risa nerviosa.
Pero Dios tuvo compasión de Sara y le concedió, siempre le concedió su muchachito, siempre le dio su muchachito, a pesar de que se había reído y no había creído mucho.
Entonces uno tiene que pedirle a Dios en este esta Pascua: "Señor, quiero pedirte que hagas la obra de tu Espíritu en mi vida; dame una sorpresa en esta Pascua; ya yo estoy muy viejito, ya no estoy para muchos trotes, y si me da la brincadera, eso seguro que resulta con fractura de cadera y quién sabe cuántas cosas más".
"Pero, aunque estoy viejito y le tengo miedo a la brincadera, trae, Señor, a mi vida una sorpresa, sorpréndeme, regálame, dame una cosa que no esté esperando, porque si no yo seré como ese lisiado en la primera parte de la historia: todos los días, eche para la iglesia, salga de la iglesia, vaya para la iglesia, salga de la iglesia".
"Dame una sorpresa, Señor, dame una sorpresa, alguna cosa que suceda, cualquier Arcángel que se me aparezca, no sé, lo que tú quieras. Sáname, sáname de algo que nadie me ha podido curar; dame, dame de tu Espíritu".
Por eso decía San Pablo, a pesar de lo desordenados que eran los corintios, por eso les decía: "Pidan los carismas, pidan", y ya eran desordenados, pero San Pablo decía: "No, pero pidan, aspiren a los carismas superiores" 1 Corintios 12,31.
Sigamos nuestra celebración, pidiéndoles a Dios que por el poder de la Pascua de Cristo, nos haga abiertos a la acción del Espíritu, para que nuestra rutina no la rompa el pecado, pero sí la rompa Cristo; y para que no nos haga enloquecer ni el demonio, ni el mundo, ni la carne, pero sí nos haga enloquecer Dios.