Poc2003a

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Fecha: 19980414

Título: La identidad entre el Crucificado y el Resucitado

Original en audio: 4 min. 49 seg.


Podemos decir que era un error, el que se cometía en la Iglesia Católica o que cometían muchos católicos, cuando la Semana Santa les llegaba hasta el Viernes, hasta la Cruz, hasta el dolor, hasta el sepulcro.

Gracias a la predicación y a la catequesis de muchos hombres y de muchas mujeres, esto ha cambiado. Y vemos, por la participación de las personas en las celebraciones, que la Vigilia Pascual ha ido recuperando ese lugar central que debe tener.

Y así, nuestro pueblo fiel ya sabe que el Crucificado es el Resucitado. Así, nuestro pueblo sabe que la Cruz no es sólo cruz de ignominia sino que, gracias a la Resurrección del Señor, es cruz gloriosa.

De pronto, ahora, podemos empezar a cometer el error contrario. Es decir, se nos puede olvidar que el Resucitado es el Crucificado, y este es el contenido de la predicación del Apóstol Pedro en el pasaje que escuchamos hoy de los Hechos de los Apóstoles.

Cristo ha resucitado, Cristo difunde, derrama con abundancia el Espíritu Santo desde el seno de Dios Padre. Pero ese Resucitado Glorioso es el mismo Crucificado. Dice él: "Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificastéis, Dios lo ha constituído Señor y Mesías" Hechos de los Apóstoles 2,36-41. Es el mismo.

De manera que llevar una existencia pascual, que es lo mismo que llevar una existencia bautizada, es mantener esa unidad: "No puedo separar la Cruz de la gloria, pero tampoco puedo separar la Resurrección del escándalo espantoso de la Cruz."

No separar ese misterio. ¿Por qué es tan importante esto? Bueno, sobre lo primero, ya sabemos: cuando nos quedamos sólo con la Cruz, nos quedamos con una religión para consentir nuestros dolores. En cambio, cuando queremos quedarnos sólo con la Resurrección, cuando queremos olvidarnos de la Cruz, entonces Cristo se vuelve sólo una energía; Cristo se vuelve sólo una especie de potencia benévola; Cristo se vuelve sólo como una especie de maestro, pero no se convierte en la buena noticia, que me traspasa el alma y que me lleva a conversión.

Es la identidad entre Crucificado y Resucitado la que me lleva a conversión. Porque es la que me hace ver la consecuencia serísima de mis faltas, y al mismo tiempo, la esperanza certísima de su misericordia.

Sólo cuando conservo la identidad entre el Crucificado y el Resucitado, descubro, simultáneamente, mi miseria y su misericordia. Y es esta combinación la que realmente convierte el corazón, como lo muestra el mismo pasaje: "Estas palabras les traspasaron el corazón" Hechos de los Apóstoles 2,36-41.

Y eso los llevó a los sacramentos, y eso los llevó a ser Iglesia, y eso los llevó a ser misioneros.

Es decir, que toda la fuente está precisamente ahí, en ese punto. De esa identidad brota todo. Así como Cristo tiene el corazón traspasado por el dolor, por la oración, por la lanza del soldado, así también los de Cristo, los cristianos, somos gente de corazón traspasado.

Pero la lanza que a nosotros nos atraviesa, no es la lanza del soldado, sino es la espada de la Palabra, que nos hace reconocer el tamaño de lo que nosotros somos, pero también la grandeza de lo que Él es.