Poc2001a
Fecha: 19960409
Título: A Jesucristo le interesa lo mas terrible, lo mas vergonzoso de nosotros
Original en audio: 13 min. 45 seg.
Las palabras del Apóstol Pedro están tomadas del día de Pentecostés. Ese día el Apóstol predica ante la multitud; su discurso es fuerte, y sin embargo produce una cosecha, maravillosa: tres mil conversiones, tres mil cristianos.
Eso nos enseña lo que puede la palabra cuando está llena del Espíritu Santo. La palabra, llena del Espíritu, puede convertir a los corazones. Porque si aquello que van diciendo nuestras palabras a los oídos, el Espíritu Santo lo va diciendo al corazón, entonces la persona va escuchando por dentro y por fuera lo mismo.
Y con esa tenaza se puede sacar hasta del infierno a un pecador; con esa tenaza es posible sacar del peor de los pozos al más culpable de los hombres. Porque Dios nos agarra por dentro y por fuera; por dentro, con su Espíritu; y por fuera, con su Palabra.
¿Qué les dice san Pedro? "El mismo que crucificasteis, Dios lo resucitó" Hechos de los Apóstoles 2,23-24. La misma carne despreciada, ridícula, sucia, vilipendiada en la cruz, es carne florecida, luminosa, gloriosa el día de la Resurrección.
Esa ecuación es fundamental, porque indica que Aquel que estuvo colgando de la cruz, Aquel que pareció derrotado, Aquel que pareció inútil, ese es el único y verdaderamente útil; Aquel que pareció feo, es el único verdaderamente bello.
Y lo mismo pasa en nuestras vidas. Cuando cantábamos el gloria, algunos o muchos, levantamos las manos en señal de alabanza. Y a mí me daba como risa de mí mismo, de pensar que uno levante las manos a Dios, manos que han estado seguramente muy llenas de crímenes, grandes o pequeños; cada uno de nosotros tiene tanto que decir de sus propias manos.
Y si las manos nuestras se pusieran a contar su historia, seguramente nos harían sonrojar en más de una reunión. Y esas son las mismas manos que nosotros le levantamos a Dios.
Y esta boca que pronuncia estas palabras y que le da la gloria a Jesucristo, ¿no es la misma boca que ha dicho estupideces, que ha dicho insultos, que ha dicho necedades? ¿Y este corazón que quiere empezar a amar a Dios, ¿no es el mismo corazón que ha amado a los ídolos?
Mejor dicho, ¿no soy yo y todo en mí un inmenso discurso de la inutilidad, de la fealdad, de la ridiculez? Por eso es tan importante lo que dice Pedro: "El mismo que estuvo crucificado, es el mismo que está resucitado" Hechos de los Apóstoles 2,23-24.
Y esto significa que los mismos miembros nuestros que fueron instrumentos de iniquidad, pueden ser renovados por Dios para ser instrumentos de justicia y de santificación.
Uno se retare pensando: "¿Pero cómo yo, que he sido pecador de tantos modos, cómo ahora voy a empezar con una vida de santidad, con una vida de pureza, con una vida de...?" Pues más difícil es lo que sucedió en la Resurrección.
Los que le vimos colgado de la cruz, desgarrado, destrozado y "su figura ya no parecía humana" Isaías 52,14, dice el profeta Isaías, ¿qué hubiéramos podido decir? "Caso perdido", "ahí no hay nada que hacer", "ese caso está perdido", "de ahí no puede salir nada".
Pues de ese barro, nació esta flor; de esa iniquidad, esta santidad; de esa tristeza, este gozo. Y por consiguiente, también en nosotros Dios puede hacer lo mismo, porque hay un mismo Espíritu entre Cristo y nosotros.
Cuando la pareja de novios, de esposos se besa, es inevitable que respiren un mismo aliento. Pues algo así ha hecho Cristo con nuestra vida. Y besándonos nos ha enseñado a respirar su misma respiración, su mismo aliento, que es el Espíritu. Y con esa gracia de Espíritu, en nosotros pasa lo mismo que pasa en Cristo Jesús.
Por eso hay casos en las familias o en las parejas, donde las enfermedades se transmiten porque comparten una misma habitación, una misma respiración, una misma loza. Las enfermedades se pasan de unos a otros. Pues bien, esta que no es enfermedad, sino sanación y que proviene de la Pascua de cristo, se transmite también de unos a otros.
Hermano, déjese abrazar, consentir, déjese conversar con Cristo; deje que Él respire su mismo aliento y usted el de Él. Porque el refrán dice que una manzana podrida daña la caja, pero Cristo le da la vuelta, no a la caja, sino al refrán.
Y Cristo dijo que una manzana limpia y limpiadora, pura y purificadora, santa y santificadora, esa manzana santísima que es Él, puede limpiar toda la caja. Y así obra Cristo en el Universo y así obra Cristo en nuestras vidas.
No le tenga miedo a compartir su loza, su cama, su aliento, su vida, su esperanza, su problema con Cristo. Respire el mismo aliento de Cristo. Tenga la seguridad de que todo lo que a usted le hubiera podido pasar de enfermedad a Él, ahí está crucificado y vencido; y tenga la seguridad de que todo lo que Él pueda hacer por usted, no tiene límite, no-tiene-límite.
De manera que usted pueda tomar su mismo cuerpo y su mismo pensamiento; ¿A usted para qué le ha servido la cabeza? Para pensar bobadas, supongamos. Su misma cabeza, apta para pensar bobadas, sirve para pensar grandezas.
Esa es la gracia de la Resurrección, que el Espíritu se adueña de la cabeza de uno, y la misma cabeza que servía para pensar iniquidades, sirve para pensar bellezas y noblezas.
Hermano mío, ningún criminal grande ha sido un tonto. Para ser un verdadero criminal se necesita tener mucha inteligencia, muchísima sagacidad. Y quienes tuvimos noticia o tenemos noticia de los grandes capos del narcotráfico, por ejemplo, o los grandes capos de la mafia, nos espantamos, pero en cierto modo admiramos esa inteligencia.
Cuando uno recuerda, por ejemplo, la sagacidad casi infernal, sólo Dios puede juzgarlo, ¿no? Pero cuando uno piensa en la sagacidad casi infernal de Pablo Escobar, ¡qué hombre para sus objetivos, para tejer una red de complicidades! ¡Qué sagacidad, qué astucia!
Pues bien, lo que Dios hace es tomar toda esa astucia y toda esa inteligencia y ponerla al servicio del Reino. Eso es lo que hace Nuestro Señor Jesucristo.
Porque cuando uno piensa en un Santo Domingo de Guzmán o en un San Luis Bertrán, uno dice: "¡Pero qué inteligencia la de esta gente para lograr sus bienes!" Esto demuestra que si tienes inteligencia, tú vas a ser una gran criminal o un gran santo.
¡Tienes ternura? Tu ternura se puede volver sensualidad egoísta, se puede volver comodidad cómplice, se puede volver superficialidad estéril. Eso puede volverse tu ternura.
Pero pregúntale a la Virgen María, pregúntale a esta María de Magdala, de la que hemos escuchado en el evangelio; pregúntale si no había ternura en ese corazón. Que Dios puede redimir la ternura también. Todo lo que está en nosotros, todo, le sirve a Dios.
Yo quisiera afirmar con suficiente claridad y vigor eso: todo lo que está en nosotros, sobre todo, sobre todo lo que más tú has despreciado. ¿Qué era lo más despreciable en la sociedad de Cristo? Morir condenado. ¿Cuál era el género de muerte peor? La cruz Cristo tomó lo peor de lo peor para hacerlo lo mejor de lo mejor.
Pues ese rasgo tuyo, que tú puedes decir: "Esto sí es una porquería en mí", "yo por qué tendré esto", "por qué no me logro liberar de esto", "pero qué problema el mío, caray, si yo no tuviera este problema, yo sería perfecto, yo sería perfecta." Cristo Jesús puede tomar precisamente esto, eso más débil, eso más vergonzoso, eso más terrible de ti, eso es lo que más le interesa a Él, y será eso precisamente lo que a Él más le sirva para empezar a limpiar tu vida y ponerla al servicio de Dios.
Hermanos míos, vamos a ponernos decididamente en las manos de Cristo Jesús; vamos a respirar su mismo aliento y Él el nuestro; vamos a dejar que Él reine en toda nuestra vida. Nadie se avergüence de mostrarle sus manos a Dios; que son manos criminales, sí, pero Él y con Él son manos que saben construir el Reino.
Yo pienso, por ejemplo, en la mamá. La mamá de uno de estos muchachos llenos de violencia, pandillero, sicario o quizá asesino, que un día ve a su hijo después de salido de la prisión, ve a su hijo tomar un trapero y empezar a limpiar la casa. Esa mamá no puede olvidarse de que esas son manos asesinas, ¡pero como se ven de lindas cuando por fin están haciendo un trabajo bueno!
¿Tú crees que esa mamá le diría a ese niño: "Suelte ese trapero, mijo, que con esas manos usted qué no habrá hecho?" Todo lo contrario, se alegrará y dirá: "Ese era el lugar de las manos de mi hijo." Hacer el bien, hoy, con un trapero, mañana, con lo que se necesite.
Eso es lo que también Dios siente cuando por fin nosotros le regalamos una miradita, hombre; cuando por fin le regalamos una miradita y dice Jesús: "¡Esos son los ojos que yo amo! ¡Qué bien que al fin me miren! ¡Qué bien que al fin me pongan cuidado! Y cuando nuestro corazón, cansado y hastiado de culpas, se acerca a Él y se pone así frente al altar, Cristo dice: "¡Qué bien ese corazón" ¡Qué bueno que haya llegado!"
Hermanos, vamos a darle nuestro corazón y nuestra vida a Cristo en esta Pascua. Que el viento fuerte de su Espíritu nos enseñe a reconocer la presencia del Resucitado en nuestras vidas.
Que Él nos renueve, que renueve todo en nuestro ser de manera que Él, que es el Verbo encarnado, realice cada uno de sus verbos, cada uno de los aspectos y dimensiones de su vida en nuestra vida.
Así sea.