Pasion de Cristo 29

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Fecha: 20070917

Título: Jesús muere y es traspasado por una lanza.

Tiempo en audio: 17 min. 38 seg.

Juan 19, 30b-37

Estamos meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que es el testimonio del amor más grande; Jesús que había dicho: “No hay amor mayor que dar la vida por los amigos” cumplió él mismo esas palabras, y eso es exactamente lo que vamos a meditar hoy, acercándonos al momento solemne, doloroso pero grande a la vez, el momento de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Vamos a tomar el texto de San Juan 19,30b-37;y en ése texto yo quiero por empezar a destacar ésa frase, en la que Juan describe la muerte de Cristo, porque lo que nos dice es que nuestro Señor entregó el espíritu - ¡qué bella perspectiva sobre la muerte¡- la muerte como donación, la muerte como entrega definitiva, irrevocable, total.

Leamos el texto mismo de San Juan: “ Jesús inclinando la cabeza, entregó el espíritu, los judíos entonces, como era el día de preparación para la Pascua, a fin de que los cuerpos no se quedaran en la cruz el día de reposo, porque ese día de reposo era muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y se los llevaran; fueron pues quebrados las piernas del primero y también del otro que había sido crucificado con Jesús.

Pero cuando llegaron a Jesús como vieron que ya estaba muerto no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le traspaso el costado con una lanza, y en el momento salió agua y sangre. Y el que lo ha visto ha dado testimonio, y el testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad para que vosotros también creáis, porque esto sucedió para que se cumpliera la escritura “No será quebrado un hueso suyo” – en otra escritura dice: “Miraran al que traspasaron””.

Palabra de Dios. Te alabamos Señor.

Hermanos, hay tanto que comentar de ése momento, de esa entrega de Jesús como la llama San Juan, Jesús entrega el espíritu, Jesús lo había dado todo, entendamos que la Pasión de Cristo es un proceso de despojo, la palabra en griego para describir ése despojarse de todo, ese anonadarse, ese abajarse es “Kenosys”.

Jesús en el misterio de su pasión realiza la más perfecta kenosys, es decir, el despojo, el despojarse de todo, abajarse, pero lo más hermoso es que todo eso que Jesús entrega es para nosotros, él se despoja, y ahí parece una perdida, pero él entrega y ahí hay una ganancia.

De alguna manera el despojo de Jesús es nuestra riqueza, lo vemos claramente cuando dice al discípulo amado. “Ahí tienes a tu madre”. Se está despojando él de algún modo de la presencia de la Virgen; porque ya el tiempo de Jesús sobre ésta tierra llegaba a su final; por lo menos ese modo de presencia, Jesús lo entrega, pero al entregarlo, hace infinitamente rico a San Juan.

Jesús se despoja de su salud, se despoja de su sangre, se despoja de su cuerpo, pero al entregarnos su cuerpo y su sangre nos hace infinitamente ricos a nosotros, porque es infinita la riqueza que encontramos en el Banquete Eucarístico, y si Jesús no se hubiera despojado, de ése cuerpo y de ésa sangre, si no los hubiera entregado así, nosotros no tendríamos la riqueza del Banquete Eucarístico.

Es el despojo de Jesús y al mismo tiempo es el enriquecernos, es el colmarnos de sus bienes, lo mismo Jesús se despoja de la vida, entrega su espíritu, entrega su vida y así nos da vida a nosotros; admitiendo perder la vida, está en realidad otorgándonos la vida que habíamos perdido.

No solamente vida sobre esta tierra, sino mucho mejor la vida en amistad con Dios, la vida misma de Dios, la vida de Dios en nosotros, por eso en el colmo de su abajamiento en lo más profundo de su humillación, Jesús está levantándonos; es como una contradicción es como una paradoja pero es tan hermoso, que cuanto más se baja él despojándose, más se une a nosostros, enriqueciéndonos con sus dones y sobre todo enriqueciéndonos con su divina presencia, enriqueciéndonos con el don de su espíritu.

De hoy en adelante vamos a mirar la cruz de nuestro señor Jesucristo como el lugar donde Él lo perdió todo para que nosotros lo ganáramos todo.

Luego hay otra dimensión hermosa para meditar en la muerte de Cristo, se trata del Cordero de la Pascua, especialmente San Juan, subraya esa relación entre la muerte de Cristo y la celebración de la Pascua; Él es el verdadero Cordero, no es el cordero de nuestros rebaños, es el cordero del rebaño de Dios, es el Cordero de Dios, así lo había llamado ya San Juan.

Si recordamos al principio del Evangelio que hoy hemos leído de San Juan; San Juan Bautista había llamado “Cordero de Dios” a Jesucristo en el evangelio según San Juan ( el Evangelista) y dice Juan el Bautista, cuando ve que Jesús se acerca para el bautismo: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.

El Cordero de la Pascua ¿Qué significaba el cordero de la pascua? Era la comida para los israelitas en la noche de la gran liberación, la palabra “pascua” quiere decir el paso del Señor. Dios en ese momento inolvidable para la historia de Israel, libera a los israelitas y castiga a los egipcios; es el momento de la justicia, es el momento en el que se ponen las cosas en orden: los inocentes son liberados y los culpables castigados.

Es el momento entonces de la verdad, y aunque es de noche, aquella celebración de la Pascua israelita, es el momento de la gran luz, es el momento en el que Dios, revela la verdad de su poder y de su amor y de su propio ser; entonces hay una comida para tomar fuerzas en ese paso, esa comida es el cordero, los israelitas tienen que salir de esa tierra de esclavitud y tenían que ponerse en camino hacia la tierra prometida, tenían que salir de esa tierra de tiniebla y tenían que llegar a esa tierra de luz.

Tenían que salir de la tierra del pan, del alimento engañoso de los egipcios, alimento que esclaviza como se mostró en el desierto y tenían que entrar a la tierra que mana leche y miel; tenían que entrar a la tierra donde se come el pan de los hijos, y para ese largo camino, el primer pan que reciben alimento para que tengan fuerzas es el cordero, el cordero que da fuerza, el cordero que es el banquete de familia, el cordero que celebra el amor de Dios liberador y luego la sangre de ese cordero tenia que echarse en los bordes de las puertas y en los dinteles de manera que el ángel castigador pasara de largo allí donde estaba la sangre del cordero.

Todo eso que sucedió como en figura a los israelitas, todo eso se cumple en realidad para nosotros recibiendo el Cordero de Dios saliendo de la tierra de esclavitud, no es un país de este mundo, sino que es la condición humana esclavizada por el pecado y recibimos en el Cordero, recibimos en ese pan vivo, recibimos en la carne de Nuestro Señor Jesucristo, la fuerza para ponernos en camino; la tierra que en verdad nos pertenece, que no es tierra sino cielo, para ponernos en camino en esa tierra para encontrarnos ese cielo.

Así nos ponemos en camino, y por eso aunque cada vez que recibimos la Sagrada Comunión, algo maravilloso y santo sucede, ninguna ocasión más importante que cuando llegue esa hora final en nuestra tierra.

Yo le pido a Dios que a todos nos conceda cuando llegue ése momento final, que nosotros podamos recibir la Eucaristía que entonces tiene un nombre especial es “El Viático”, es el alimento para el camino, así como los israelitas tenían que salir fortalecidos a buscar su propia tierra, a buscar la tierra que les fue prometida; así nosotros alimentados por este Cordero, salimos, nos ponemos en camino.

Y brilla la sangre de Jesús, no en las jambas de nuestras puertas, sino brilla en nuestros labios, humedece y besa nuestros labios la sangre de Jesús, entonces Juan nos está diciendo al mirar la muerte de Cristo, al enseñarnos a mirar esa muerte nos dice que ésa es nuestra verdadera Pascua, por eso en los prefacios del tiempo Pascual, una y otra vez celebramos a Cristo y decimos: “Nuestra Pascua” Él es el que realiza ese paso definitivo, él es el que nos da esa fuerza, Él es el que nos da esa libertad.


Esta es otra hermosa línea de meditación en la muerte de Cristo, cada vez que mire la cruz del Señor, voy a decir: “Él es mi Pascua, Él es mi libertad”.

Y luego tenemos esa lanza que atraviesa el corazón de Jesucristo, la lanza que abre el costado, la lanza que abre el corazón y que deja abierta esa puerta para nosotros, era un acto de crueldad por supuesto, esto de la lanza, como era un acto de crueldad eso de partirles las piernas a los crucificados ¿Saben por qué hacían eso? Porque cuando las pobres victimas de ese suplicio, cuando la gente estaba ahí crucificada tenían una especie de soporte de madera para los pies y mientras la persona podía hacer alguna fuerza en ese soporte de madera, todavía podía respirar, por supuesto que era una tortura horrenda.

Pero algunas veces los condenados demoraban demasiado para morir, hay historia horripilantes de condenados que duraron hasta casi tres días, desangrándose y muriéndose ahí, entonces lo que hacían para terminar el suplicio lo que hacían era algo terrible: golpeaban las piernas, fracturaban las rodillas, de manera que la condición del pobre condenado era que ya no podía hacer fuerza en las piernas, y entonces se descolgaba todo su peso, se descoyuntaban sus hombros y la persona no podía respirar y moría asfixiada en unos pocos momentos.

Eso fue lo que le sucedió a los que estaban crucificados con Cristo, pero Cristo murió antes que ellos sobre todo porque había sufrido un castigo espantoso en la flagelación, había perdido demasiada sangre, estaba demasiado debilitado y murió relativamente pronto, entonces este soldado que la tradición dice que se llamaba “Longinus” atraviesa con la lanza el corazón de Cristo como para que no quede duda de que sí estaba muerto, que su muerte es verdad.

Es un acto también cruel, pero de esa crueldad se vale Dios para abrirnos la puerta a la ternura más grande a la delicadeza más grande, a la belleza más grande que es el corazón de Jesús; y por eso cada vez que yo mira la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, voy a decir: “De aquí ha brotado la ternura, de aquí ha brotado la compasión, esta es la prueba de que el corazón de mi salvador está abierto, para mí y para todos los pecadores de esta tierra”.

Eso es hermoso mis hermanos y en esa sangre y agua, la tradición ha visto como el símbolo de esos dos grandes sacramentos: agua del Bautismo, sangre de la Eucaristía.

Demos gracias mis hermanos, demos gracias infinitas a Dios, por habernos dado en su Hijo todo lo que podía darnos, demos gracias a Cristo por haber llegado a este extremo de amor como dice l mismo San Juan. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amo hasta el extremo”.

Demos gracias a Cristo y que sea nuestra vida bañada por esa sangre, bañada por esa agua que purifica; que sea nuestra vida un tributo de agradecimiento a tantísimo amor.