Pasion de Cristo 23
Fecha: 20080506
Título: Primera hora de agonía en la Cruz. Segunda palabra: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”
Original en audio: 14 min. 01 seg.
Lucas 23, 39-43
Queridos Hermanos:
Una vez más nos acercamos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, una vez más nos acercamos a ese que es el amor más grande. Mientras que el mundo muere de frío por falta de amor, nosotros como cristianos y como creyentes hemos podido encontrar esa hoguera que nunca se apaga, hemos podido encontrar esas llamas de amor que están en el Corazón de nuestro Salvador.
Y nos acercamos a esa hoguera para recibir el calor que nos devuelve la vida, para recibir la luz que nos oriente en la noche, y también para ayudar a nuestros hermanos a que encuentren esa misma luz y ese mismo amor.
No perdamos nunca de vista que cada uno de los momentos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo fue redentor, no fue solamente ese tiempo en la Cruz, no fue solamente ese tiempo allí en el Cenáculo, allí donde partió el pan, donde consagró el pan como Cuerpo suyo.
Toda la Pasión de Cristo es expresión de su amor al Padre; toda la Pasión de Cristo es también expresión de amor hacia nosotros; toda la Pasión de Cristo es una expresión de obediencia y de anhelo de nuestra salvación. Y por eso, en medio de los hechos a veces confusos, a veces repugnantes, es humillante que encontramos en la Pasión de Cristo nuestro norte seguro; es recordar siempre que en todo ello estaba sucediendo el misterio de nuestra salvación.
El mismo Jesús dijo: “Yo no he venido para condenar al mundo, sino para salvar al mundo” (véase San Juan 12,47). Creo que en ningún otro momento de su vida se cumplió tanto esto como cuando Cristo vivió esa dolorosa y amorosa Pasión; ahí, especialmente ahí, en su Pasión, queda claro que Él no ha venido ni a juzgar ni a condenar al mundo, sino a salvarlo.
Y de hecho, lo que parece es que vino es a ser condenado Él, porque la muerte vergonzosa, ignominiosa que le vemos padecer es precisamente la muerte de un condenado.
Por eso decía Santa Catalina de Siena, que "hay un descuadre, hay algo que anda mal", le decía ella a Jesús; contemplando a Jesús en la Cruz, le decía: “Aquí hay algo que anda mal, porque yo soy el ladrón y tú eres el ajusticiado, tú eres el condenado”.
Yo pienso que cuando llegamos a ese nivel, yo pienso que cuando llegamos a esa mirada, cuando descubrimos la inocencia de Jesús y a la vez la condena que Él padece, en esa doble mirada está la puerta para entrar de veras al regalo de la Pasión de Cristo, a la gracia que nos trae la Pasión de Cristo.
En la Pasión de Cristo hay que poder mirar las dos cosas: la terrible condena y la perfecta inocencia. Si uno mira únicamente la inocencia de Jesús, pero no considera en toda su crudeza lo que Él está padeciendo, entonces uno mira a Jesús solamente como una especie de buen ejemplo, y es un buen ejemplo pero es mucho más que eso, es mi Salvador, es el Salvador.
Eso no lo descubro únicamente viéndo lo bien que Él se porta o lo bueno que Él es. Entonces, si miro únicamente la inocencia de Él, no capto que Él es el Salvador; y si miro únicamente lo terrible de su dolor, lo vergonzoso de haber sido traicionado; si miro el sadismo de quienes lo castigan con azotes y con espinas y con insultos; si me quedo mirando sólo eso tampoco veo al Salvador, lo que veo es a un hombre fracasado; y si es un hombre fracasado, entonces es inútil para sí mismo, y es inútil para mí.
Lo más hermoso de este breve pasaje que estamos meditando hoy, que se encuentra en el evangelio de Lucas 23,39-43, lo más hermoso es que ahí aparecen los dos aspectos –se suele llamara a ese pasaje “el buen ladrón”, no en el sentido que fuera un ladrón, pero que en el fondo fuera un ladrón bueno; ni tampoco en el sentido, –aunque es muy poético y muy bonito-, de que era tan buen ladrón, que hasta se robo el cielo.
Aquí hablamos del buen ladrón, sobre todo porque él se abre a la bondad que Dios le esta ofreciendo; él no es bueno por sí mismo, y esto es muy importante, porque creo que cuando nosotros nos acercamos con plena sinceridad a Jesús, lo que descubrimos es eso mismo: que por nosostros mismos no somos buenos. Toda bondad que llega a nosotros proviene en últimas de la bondad de la Pasión de Cristo, del regalo de su gracia, del regalo de su perdón.
Es solamente ese regalo el que hace verdadero todos nuestros bienes y el que aleja de nosotros los verdaderos males. Por eso, mis hermanos, yo creo que debemos contemplar con especial atención estos breves versículos, para descubrir en ellos cómo está la doble mirada: la mirada al terrible dolor, y la mirada a la perfecta inocencia.
Estaban condenados dos con Jesús, y toman dos reacciones completamente distintas: uno se hunde en la blasfemia, en la desesperación, en el afán de venganza, en la ira, y esa es una actitud muy humana.
Muchas veces, cuando nos llegan males que nos parecen desmesurados, nuestra reacción es esa, empezar a maldecir, a blasfemara a preguntarle a Dios una y un millón de veces: "¿Por qué?" "¿Por qué?" "¿Por qué?" Pero no es una pregunta que le hacemos a Dios sino es una recriminación, alzando los puños al cielo.
Es muy humano, muy humano, pero atención, que hay otra respuesta que también es humana y que es a la vez divina, y es la respuesta del que llamamos “el buen ladrón”, y esa respuesta consiste en no mirar únicamente lo que uno esta viviendo sino mirar a Jesús, como Santa Catalina. Mirar a Jesús como hizo éste que llamamos el buen ladrón, una tradición le da el nombre de Dimas, y la misma tradición dice que el ladrón desesperado, blasfemo, dice que se llamaba Gestas; Dimas y Gestas.
Entonces, Dimas la actitud que toma, -esos nombres no están en los Evangelios, sino que vienen de tradiciones antiguas, pero los nombres no son lo más importante, pero es útil conservan unos nombres porque hace más sencillo el discurso-. Entonces, Dimas no se queda encerrado en su dolor, no se queda encerrado en su pregunta del por qué. No.
Él tiene ojos suficientes para ver el dolor de Jesús, y tiene ojos para reconocer la inocencia de Jesús, y la condena que padece Jesús, y las dos cosas están juntas. Dimas le dice al otro ladrón, al blasfemo: “¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estas bajo la misma condena?” (véase San Lucas 23,40).
Esta frase sí que me impresiona a mí, porque si la analizamos, lo que estaba diciendo este hombre es profundísimo, está hablando de la condena que sufre Dios; esto es muy interesante, esto es muy importante. Nos dice el Papa Juan Pablo II, en su Carta Apostólica “Salvifici Doloris”, que es sobre el sufrimiento humano, dice que la gran respuesta de Jesús al sufrimiento no es una teoria ni una filosofia, sino que la gran respuesta es entrar con nosostros a los pozos oscuros y terribles del dolor.
Jesús responde al dolor entrando en el dolor, Jesús responde al que sufre, unéndose a él, y por su puesto, otorgándole no sólo su consuelo, sino una luz que da sentido; y finalmente, un poder que levanta, que es el poder de la Resurrección.
Entonces, miremos la densidad, la tremenda densidad teológica que tiene lo que dice Dimas: “¿Ni siquiera temes tú a Dios?” (véase San Lucas 23,40), estando en la misma condena, y luego agrega, declarando muy abiertamente la inocencia de Cristo: “Nosotros sufrimos justamente, recibimos lo que merecemos por nuestros hechos, –eran un par de criminales al fin y al cabo-, pero éste nada malo a hecho” (véase San Lucas 23,41).
Fíjense cómo reconoce la terrible condena que padece Cristo y la esplendorosa inocencia que tiene Cristo, y precisamente cuando uno hace ese ejercicio, que es el que hizo Santa Catalina, que ese es el que hace Dimas, que esa fue la conversión de San Pablo, y que esa puede ser tu conversión y la mía.
Cuando uno hace ese ejercicio, algo se rompe en el corazón humano, es como cuando uno entiende lo que sucede en un aborto, ¿a quién no se le parte el alma viendo que se toma una criatura inocente, y siempre dicen: “¡¿Ah pero si es una violación"? Pero es que ese niño no fue el que violó a la mamá, el que violó a la mamá es otro que por ahí anda, y anda violando otras niñas; el que violó a la mamá no fue el niño, ¿entonces por qué castigas al niño?
Cuando uno medita en esto a uno se le parte el alma y uno dice: "¡Es injusto!" Pues déjame decirte que en Jesús hay una inocencia mayor que la de un recién nacido, y Jesús es más inocente que un recién nacido porque no sólo carece de culpa, sino que abunda en amor, abunda de amor, y cuanto más amor demuestra Jesús, más bello y más puro y más santo aparece ante nuestros ojos.
Por eso, mis hermanos, cuando uno descubre las dos cosas, a uno se le parte el alma, entonces uno no puede decir sino lo que dijo este hombre: “Acuérdate de mí, Jesús, cuando llegues a tu Reino” (véase San Lucas 23,42), y Jesús nos dirá: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (véase San Lucas 23,43).
¡Qué maravilla! La transición de la Cruz al Paraíso, que son como los extremos más opuestos. La Cruz es pura negación, tortura, noche, absurdo; el Paraíso es luz, es alegría, es compartir, es delicia; y Jesús nos lleva de un extremo al otro, del extremo de la Cruz al extremo del Paraíso.
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (véase San Lucas 23,43); eso lo puede hacer Jesús, pero hay que abrirse a su amor. Que ese amor que esta tocando a nuestras puertas, nos conquiste, mis hermanos, nos gane para Él.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.