Pasion de Cristo 21

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20070204

Título: Jesus y su Santa Madre

Original en audio: 13 min. 30 seg.

San Juan 19,25-27


Les invito a que escuchemos un versículo del evangelio de San Juan: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, la mujer de Cleofás, y María Magdalena” (véase San Juan 19,25).

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Hermanos, en otro momento vamos a hacer una reflexión sobre esas palabras que dijo Jesús estando en la cruz: ”Ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu madre” (véase San Juan 19,27)

En este momento tomamos este único versículo, solamente, para reflexionar en lo que significa la presencia de María en la Pasión de Cristo, lo que significa que Ella esté ahí. Muchos de nosotros tuvimos oportunidad de ver aquella magnífica producción cinematográfica “La Pasión de Cristo”, dirigida por Mel Gibson. Y estaremos de acuerdo en que es una impresionante puesta en escena de lo que tuvo que haber sucedido, especialmente, la relación entre la Virgen y su Hijo.

¡Qué hermoso, sublime, noble y al mismo tiempo doloroso! Pensemos, hermanos, que esta mujer es la persona que mejor conoce a Jesucristo. El evangelio de Lucas, en el capitulo dos, nos dice que "María guardaba en su corazón estas cosas" (véase San Lucas 2,51), y meditaba en ellas.

Y estas cosas son la infancia de Cristo, y estas cosas son: las primeras palabras, los pasos vacilantes, las primeras lágrimas; Ella mejor que nadie conoce al Hijo de Dios, Ella conoce el palpitar de ese corazón al que nosotros llamamos, porque así es, Sagrado Corazón.

Ella ha mirado, más que nadie y mejor que nadie, esos ojos, que un día en la asamblea del cielo juzgaran a todas las naciones; Ella, María, entiende mejor que nadie las leves, pero elocuentes variaciones del tono de voz de Jesús; Ella, mejor que nadie, comprende las imágenes que Jesús utiliza; Ella puede sumergirse, más que nadie, en el océano de la sabiduría que brota de los labios de Cristo.

Ella sabe qué le duele más a ese niño, que es su niño. Él es de todos nosotros, porque ha venido por nuestra salvación, porque Él es de nuestra raza y de nuestra carne, pero nadie puede conocer mejor que Ella qué siente este niño, qué siente este Jesús.

Eso lo conoce Ella mejor que nadie. Esta es María, y Ella que recibió el tesoro más grande de todos los siglos, en su corazón bendecido por la fe, en su vientre bendecido por el Espíritu, y en sus brazos santificados por la Carne del Hijo de Dios.

Ella, que recibió ese tesoro de un modo particularísimo, tiene ahora que entregarlo por la salvación de todos nosotros; ya una vez tuvo que entregarlo, cuando Jesús partió de la casa de Ella. No sé si es por mi misión de predicador, hermanos, que me conmueve tanto esa escena, talvez porque yo recuerdo el momento mismo en que tuve que dejar la casa de mis padres, camino del Convento de los Dominicos.

Ese momento, ese día está profundamente grabado en el corazón de mi madre y en mi propio corazón, y esa mezcla de sentimientos de gratitud de alegría, de dolor de lágrimas, de sonrisa de abrazo, toda esa mezcla inexplicable, inexpresable, está ahí como una joya en mi alma; esa joya está también en el alma de mi madre.

Y yo pienso: si eso podemos decir nosotros, para una misión comparativamente tan pequeña, tan transitoria, diminuta, al lado de todo lo que Jesús ha hecho y hace por nosotros, ¿cómo sería ese momento, cómo seria en el corazón de la Virgen, cuando Ella despide a Jesús, cuando ese Jesús sale de la casa de Ella para dedicarse ya para siempre a lo que quiso desde niño?

Indudablemente, esta Santísima Madre tuvo que haberse acordado en ese día de aquella pérdida del niño en el Templo; ¿recuerdan la respuesta que dio Jesús en esa ocasión? “Tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre”(véase San Lucas 2,2,49).

Y se va Jesús, sale de la casa de María, y queda un vacío, no puede quedar ese vació, esa es una ofrenda que Ella hace. Perdónenme que lo compare con la misma ofrenda que mi madre hizo con mi propia vida, ese es un vacío que queda en el corazón de una madre, es una entrega. Y Ella entrega a su niño para que vaya y sea profeta y sea predicador, para que haga milagros asombrosos, para que expulse a los demonios, para que derrame su sabiduría.

Ya no únicamente en el corazón de Ella, sino que deje esa estela de sabiduría en tantos corazones, como el tuyo y como el mío; María lo entrega ahí cuando Jesús sale de casa. ¿Y luego qué empieza a escuchar Ella incluso de los propios parientes? Empieza a escuchar que ese Jesús está loco, empieza a escuchar que ese Jesús, sí, algunos le aclaman como Rey, pero ya se dice que otros lo quieren matar, ¿no?

La predicación de Cristo no sienta muy bien en los oídos de los poderosos, causa recelo, causa desconfianza, hay criticas. ¡Oh, qué duro para Ella! ¡Ella, que sí podía entender mejor que todos que había un misterio de amor inefable en ese niño, su niño, y que tiene que empezar a oír esas cosas! ¿Quién podría disfrutar más del avance del ministerio de Cristo que la Santísima Virgen? ¿Y quién podría sufrir más que Ella cuando Él era rechazado?

Y eso es lo que viene a suceder en el momento final, en el momento de la Pasión; eso es lo que viene a suceder, es el rechazo, y Él mismo había dicho que el profeta tiene que ser rechazado.

Tal vez eso en parte lo podemos comprender, en parte, pero siempre duele, siempre. Y ahora Ella, al final de las vida terrena de su Hijo, ve el rechazo definitivo. Ella, que lo entregó al mundo lleno de salud y de belleza; Ella, que nos lo entregó lleno de fuerza y de juventud, ahora tiene que contemplarlo vuelto un guiñapo, vuelto una sola llaga, ensangrentado, del cual dijo el profeta Isaías: “Ni siquiera parecía humano” (véase Isaías 52,14 ).

Eso es lo que Ella recibe después de haber entregado a su niño, y Ella acompaña el camino de la cruz de su hijo, sufriendo cada caída -seguramente como muestra la película de Gibson- recordando en esas caídas cuando Ella podía aliviar el dolor de su niño, y ahora no puede hacer nada.

Ella recorre ese camino, Ella llora las lágrimas de su Hijo, y se cumple la terrible profecía de Simeón: "Una espada de dolor atraviesa su corazón virginal" (véase San Lucas 2,35), su corazón de madre, pero Ella permanece, está y está de pie, permanece

Porque así como Jesús, en medio de su dolor, puede ser el Predicador, el Profeta y el gran Misionero por excelencia, así como Jesús sigue siendo fiel a su misión, Ella sigue siendo fiel a su misión, Ella sigue dando a luz a ese Jesús, porque ya no sólo le interesa ese que esta bañado en sangre, le interesa que ese Jesús crezca en todos, en ti y en mi también.

Y si el precio es esa sangre, y si ese es el parto, el terrible y doloroso parto espiritual que Ella tiene que hacer, para que haya vida en el mundo, lo acepta.

Ahora María tiene que repetir el “sí” que dio cuando el Ángel Gabriel apareció. “Que se haga en mí según tu palabra” (véase San Lucas 1,38), dijo María en aquella oportunidad, y ahora lo tiene que repetir: “Que se haga en mí según tu palabra”, y ese fiat, ese hágase, ese sí, esa aceptación de María trae para nosotros el milagro de la salvación.

Por eso nos enseña el Concilio Vaticano II, hay razón para llamar a María “Corredentora”. Porque ese "sí" de Ella, que hizo posible que Dios nos regalara su amén, su “sí”, que es Cristo, ese "sí" de Ella, trajo, atrajo la salvación y la redención a nosotros.

¡Bendita seas tú, María, entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre, Jesús.

Amén.