Pasion de Cristo 19

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Fecha: 20070204

Título: El camino al Calvario

Original en audio: 17 min. 58 seg.

San Lucas 23,23-32


Hola, amigos:

Escuchemos primero la Palabra de Dios del evangelio de Lucas 23,23-32:. "Los principales sacerdotes, los gobernantes y el pueblo, insistían pidiendo a grandes voces que Jesús fuera crucificado, y sus voces comenzaron a predominar; entonces Pilato decidió que se les concediera su demanda. Y soltó al que ellos pedían, al que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio. Pero a Jesús lo entregó a la voluntad de ellos" (véase San Lucas 23,23-25).

"Cuando le llevaban tomaron a un cierto Simón de Cirene, que venia del campo, y le pusieron la cruz encima para que la llevara detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que lloraban y se lamentaban por Él.

"Pero Jesús, volviéndose a ellas, dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos; porque he aquí vienen días en que dirán: “Dichosas las estériles, y los vientres que nunca concibieron, y los senos que nunca criaron"" (véase San Lucas 23,28-29).

Entonces comenzarán a decir a los montes: “Caed sobre nosotros; y a los collados: "Cubridnos”. Porque si en el árbol verde hacen esto,¿ qué sucederá en el seco?”. Y llevaban a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos con Él.” (véase San Lucas 23,30-31)

Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.

Hermanos, la escena de hoy es el recorrido de Jesús hacia el Calvario, Jesús era condenado finalmente y era parte de la costumbre romana que el condenado tenia que llevar su propia cruz; las investigaciones históricas más fiables, dicen que los condenados no llevaban la cruz completa, sino básicamente el travesaño, la parte horizontal de la cruz, la llevaban sobre los hombros.

En el lugar donde iba a ser crucificada la persona, había una especie de poste y la crucifixión consistía básicamente en fijar a la persona usualmente con clavos no sabemos si se utilizaban algunos lazos – es posible-, fijar a la persona a ese palo horizontal y luego subir el palo horizontal sobre el vertical para que la persona condenada suspendida quedara a una corta distancia, pero quedara suspendida sobre la tierra.

Era una muerte pavorosa, tanto que la crucifixión podía durar muchas horas, incluso días; hay reportes de personas que duraron en ese suplicio hasta más de dos días, por eso también los romanos tomaron la costumbre también de debilitar a los condenados a fuerza de azotes y de sacarles sangre, ese castigo y esa falta de sangre debía llevar al condenado a una muerte un poco más rápida.

Pero éste era un ejercicio refinado de tortura finalmente, había que torturarlo para que muriera relativamente pronto, pero en el caso de Jesús había sido tan fuerte la flagelación, que ellos llegaron a temer que no alcanzara a llegar al Calvario, el lugar donde estaba dispuesta la cruz, y por eso aparece en el pasaje de hoy ese hombre, Simón de Cirene, al que los romanos obligan a que lleve el travesaño de la cruz.

Esos son los hechos básicos que encontramos hoy: un método refinado de tortura y un condenado en este caso Jesucristo, que va atravesando la ciudad santa de Jerusalén, salpicando con su sangre, con sus lágrimas y con su dolor, esa vía que llamamos la Vía Dolorosa”.

Dispuesto a sufrir ese suplicio ¿qé podemos aprender? ¿Qué podemos agradecer? ¿Y qué podemos apropiarnos de esta muestra, que si es muestra de dolor, también es muestra de amor? ¿Qué podemos prender?

Pues miremos lo que ha sucedido. Este es el final de Pilato, esta es la última intervención de Pilato aquí, en el proceso de Jesús; finalmente, él cede a la presión de la gente y lo entrega, se quita el problema de encima, entrega a Jesús para que hagan con Él lo que quieran.

Pero junto a éste personaje, también está Simón de Cirene a quien ya mencionamos, y también ese diálogo entre Jesús y las mujeres que lloran y se lamentan por Él.

¿Qué podemos aprender aquí? A veces es útil tratar de ponernos en el lugar de los distintos personajes; pensemos en el caso de Pilato, ¿cúantas veces nos hemos desententido de Jesucristo? "Que pase lo que sea con Él, que pase lo que sea con su Iglesia, que pase lo que sea con sus sacerdotes, que pase lo que sea con sus sacramentos".

Cada vez que toleramos que el Nombre de Dios sea burlado o sea ofendido cerca de nosotros, estamos tomando la posición cobarde y cómoda de Pilato. ¿Somos como Pilato? Creo que todos lo somos, o lo hemos sido alguna vez.

Miremos a este Simón de Cirene. El texto del Evangelio dice que "tomaron a un cierto Simón de Cirene, le pusieron la cruz encima" (véase San Lucas 23,26), -ya esta traducción que utilizamos–, y otras lo enfatizan más-; muestra que este hombre fue obligado a compartir el suplicio de Cristo. Esto es comprensible, él no quería, ¿quién hubiera querido? Simón de Cirene es obligado a participar del dolor del camino de Jesús.

Eso también nos puede pasar a nosotros, también nosotros a veces somos maltratados, o llamados a compartir algo del dolor de Cristo, algo de la soledad de Cristo, algo del martirio de Cristo; y también nosotros, como Simón de Cirene, tenemos como primer impulso rechazar eso. Simón de Cirene recibió ahí una participación del sacrificio del Señor.

Por eso se habla con un lenguaje bonito, se habla del Cirineo aquel que ayuda a Jesús. ¿Quién estaría dispuesto a ayudar a Jesús hoy? ¿Estoy dispuesto a compartir un poco de la soledad de Jesús, un poco del desprecio por el que Él paso, un poco de su humillación o de su dolor?

Hay gente que es llamada a compartir el martirio de Cristo, por eso hablamos de los mártires; ellos fueron invitados por el Señor: “Ven a compartir de mi camino, ven a compartir de mi dolor”. ¿Qué tal que Jesús nos invitara a eso?.

Es evidente que nuestras solas fuerzas no alcanzan, es evidente que es más fácil ser Pilato, que Simón de Cirene; pero si Jesús te invitara, si fuera Él mismo el que te llamara, ¿le aceptarias?

Miremos otros personajes. Están estas mujeres, ellas expresan su dolor, se conmueven, se lamentan por Él; por un momento nos parece que Jesús como que rechaza ese acto de misericordia: “No lloréis por mí” (véase San Lucas 23,28), dice Jesús: “Llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (véase San Lucas 23,28).

¿Cómo no sentir compasión, cómo no sentir dolor ante ese espectáculo espantoso, horrendo de la cruz? Y Jesús dice: “No llores por mí; llora por ti y por tus hijos” (véase San Lucas 23,28).

Es un lenguaje duro y es un lenguaje extraño, porque cuando uno se siente abrumado por las dificultades, cuando uno se siente aplastado por el dolor, busca un consuelo. Y parece que estas mujeres querían ofrecer un poco eso, esa especie de consuelo; pero Jesús como que rechaza eso, ese consuelo.

Jesús, aunque haya sido castigado, aunque haya sido torturado de esa manera espantosa, conserva su palabra tan vigorosa, tan profunda como siempre; su palabra sigue siendo siempre la del gran Profeta, su palabra sigue siendo penetrante, y su palabra sigue siendo esa luz, que nos lleva a mirar hasta lo profundo de nosostros mismos.

"¿Te parece que es grande mi tragedia?", pregunta Jesús; ¿No será que es tu vida la que es una tragedia? ¿No será que es tu vida la que es un dolor? ¿No será la que es tu vida un asco, un desastre, una llaga? Porque las Llagas de Jesús están a la vista, y por eso es fácil llorar por ellas; hay llagas que no están a la vista, son profundas y requieren de esta luz que nos da el mismo Señor. ¿No es tu vida cusa digna para que llores?

Yo les confieso que yo no quisiera predicar esto que estoy diciendo, es que es demasiado duro, pero qué más puedo decir, si lo dijo Jesús primero: “No lloren por mí; lloren por lo que ustedes son. Si les conmueven mis Llagas, lloren ustedes por sus llagas; y si les parece que es muy triste su desenlace, piensen hacia dónde están caminando ustedes”.

Es decir, que este Jesús, que se agota y que cae, este Jesús que sangra y que llora, este Jesús que nos parece tan agobiado, este Jesús sigue siendo el Predicador, el Profeta, Él sigue siendo aquel que penetra hasta lo hondo del corazón humano y le dice: “Mira hacia donde vas, mira qué estás haciendo, mira qué es tu vida”.

Y hay otro personaje: una multitud, una gran multitud del pueblo que va ahí, ¿qué les mueve? Antes se nos ha dicho que muchos del pueblo gritaban: ”Crucifícale” (véase San Lucas 23,21), y ahora una gran multitud va ahí junto con Él, ¿qué les mueve? ¿Es la curiosidad? ¿Es la morbosidad? Lamentablemente, hay en la especie humana, una tendencia, una fascinación por la sangre, por la tortura, por el dolor.

Esto esta demostrado en las historias de aquellos primeros cristianos, muchos de ellos murieron a la vista de multitudes allá en el Coliseo Romano, murieron allá a la vista, era un espectáculo ver morir. La sangre puede ser solamente un espectáculo, y nosotros podemos solamente ser espectadores.

Yo pienso que esa palabra de Jesús a las mujeres, y esa palabra que en realidad es para todas esa multitudes y también para nosotros, esa palabra tiene que penetrarnos hoy ¿Cuáles son mis llagas, cuáles son mis heridas? ¿En qué me parezco a Pilato? ¿En qué momentos Jesús me llama a ser Simón de Cirene?.

Yo sólo puedo decir del Señor, de Jesús y solamente de Jesús: Vendrá la fuerza, vendrá la vida, vendrá el Espíritu para estar con Él”, para que se cumpla en nosotros lo que dijo San Pablo: “Morimos con Él, para resucitar con Él” (véase Carta a los Romanos 6,7 ). Este es el camino de Cristo, este es Jesús atravesando nuestras calles, este es Jesús salpicando con su dolor, bendiciendo con su sudor y con sus lágrimas nuestros días.

Hoy, Jesús, queremos recibir ese sacrificio tuyo, queremos darte las gracias, queremos bendecirte, y pedirte el bien de esa Sangre, y pedirte el bien de ese amor, el bien de ese Espíritu, que es el único que renueva; porque hoy hemos aprendido que tú dijiste la pura verdad: sin ti, Jesús, nada podemos hacer.

Gloria la Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Amén.