Pasion de Cristo 12

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Meditaciones sobre la Pasion de Cristo (12)

Fecha: 20080808

Título: La negacion de Pedro

Original en audio: 19 min. 48 seg.

San Lucas 22, 47-53


Estamos haciendo el santo ejercicio de acompañar a Cristo en las horas de su Pasión, y lo llamamos un ejercicio porque así como las personas que van al gimnasio mejoran su salud y también adquieren esa belleza y esa figura que están buscando, así también nosotros queremos hacer este ejercicio espiritual porque necesitamos salud en nuestros corazones, porque necesitamos fortaleza y porque queremos ser bellos, con la belleza de Dios.

Dios no hace basura, lo que Dios hace es hermoso, y nosotros somos imagen suya, y por eso el corazón humano está llamado a reflejar la belleza, la hermosura que hay en el Creador.

Por supuesto, nuestros pecados han empobrecido y, en algunos casos, desfigurado esa imagen divina, y por eso precisamente necesitamos acercarnos a la Pasión de Cristo, porque es en la obra de la Redención donde nosotros recuperamos la salud, donde recuperamos la fuerza y donde encontramos también ese esplendor, esa belleza que Dios quiso para nosotros.

La Pasión de Cristo no es simplemente la historia de una muerte. Mucho mejor que eso, digamos que es la historia de cómo nosotros hemos recuperado la vida. Recordemos siempre lo que nos dice San Juan en su evangelio, cuando San Juan va a hablar del momento de la muerte de Cristo dice: “Entregó el espíritu” San Juan 19,30.

Es decir, para Juan la muerte de Jesús es dar vida, Jesús dio la vida, por supuesto, eso implicaba para Él una pérdida, pero en esa pérdida estaba también incluida la inmensa ganancia, nosotros somos suyos.

Las escenas de la Pasión, entonces, son como capítulos de un libro que nunca terminaremos de leer; las escenas de la Pasión son la descripción de cómo ama Dios, y por supuesto, aunque escribiéramos en cada rincón de este planeta Tierra otra página, jamás terminaríamos de describir el amor que hay en el corazón de Dios.

Ese amor, y esto es lo más admirable, no se detuvo frente a nuestra ingratitud, y así también mostró precisamente de qué tamaño era, porque cuando hay un fuego que es pequeño uno lo puede apagar con cualquier cosa, por ejemplo ,cuando hay una vela pequeña, basta con soplarla, y ya se apaga.

En cambio, cuando hay un incendio muy grande, a veces ni las máquinas más grandes logran sofocar esa llama, ese fuego.

Pues bien, el amor de Dios es un incendio colosal, es un incendio más grande que el Universo entero, y por consiguiente, nada podría apagar ese amor, ni siquiera la frialdad, ni siquiera la dureza, ni siquiera la crueldad o la mala disposición que muchas veces tiene nuestro corazón.

Yo creo que esto más que una teoría hay que verlo en la práctica, y eso es lo que nos muestra precisamente el pasaje de hoy.

El pasaje en el que queremos meditar está en el evangelio según San Lucas, capítulo 22, los versículos del 54 al 62. Démosle la Palabra a San Lucas, escuchemos con religiosa devoción, escuchemos con amor lo que Dios nos ha dicho con amor.

"Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: “Éste también estaba con él.” Pero él lo negó: “¡Mujer, no le conozco!” San Juan 22,54-57.

Poco después, otro viéndole dijo: “Tú también eres uno de ellos.” Pedro dijo: “¡Hombre, no lo soy!”. Pasada como una hora, otro aseguraba: “Cierto que éste también estaba con Él, pues además es galileo.” Le dijo Pedro: “Hombre, no sé de qué hablas” San Juan 22,58-59.

Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo. Y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: “Antes que cante hoy el gallo me habrás negado tres veces;” y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente" San Juan 22,60-62.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Por supuesto, lo primero que captura nuestra atención es ese cruce de miradas que describe San Lucas; siempre atento a los detalles que nos dejan ver el corazón de Cristo, Lucas aquí nos cuenta ese instante en que se cruzan los ojos de Cristo y los ojos de Pedro.

Y ese cruce de miradas produjo una fuente profusa de llanto. Dice el Evangelista que: "Pedro salió afuera, y rompió a llorar amargamente" San Juan 22,62. Algo se había roto dentro de Pedro. Y lo más hermoso, el mensaje más profundo de este pasaje, yo creo que lo alcanzamos, si nos preguntamos qué fue lo que se rompió.

Porque muchas veces el llanto, sobre todo cuando es un llanto así abundante, incontenible, es como una represa que ya no aguanta más, y que entonces se desborda y deja caer ese río de lágrimas. ¿Qué fue lo qué se rompió en ese momento?

Y lo más hermoso es recordar que la Biblia nos habla muchas veces de eso que se rompe en el corazón humano. Ese momento, es un momento sublime. Por supuesto que hay mucha tristeza en el hecho de que Cristo fuera traicionado, eso es muy triste, ¿cierto? En sí mismo es muy triste, ¿cómo así que Cristo fue traicionado? Ésa es una mala noticia, pero también es buena noticia.

Si pensamos en el caso de la negación de Pedro, y específicamente si pensamos en qué fue lo que se quebrantó. Porque ya la Biblia nos ha hablado en otros pasajes de ese quebrantamiento, y los frutos de ese quebrantamiento son muy buenos; por supuesto que la traición es algo repugnante y triste, pero el fruto que salió de este momento tan triste, ese fruto no es triste, sino es muy alegre.

Recordemos lo que dice el gran Salmo del arrepentimiento, el Salmo 51: “Crea en mi un corazón puro Salmo 51,12, dice, pero también dice: "Un corazón contrito y humillado" Salmo 51,19, y si nos vamos a la raíz de la palabra contrito, contrito es resquebrajado, roto.

David, en el Salmo 51, le pide a Dios que le dé un nuevo corazón, porque el otro se le rompió; y en la escena esta del evangelio lo que estamos viendo es que a Pedro se le rompió el corazón, se le reventó el corazón.

"Un corazón contrito y humillado Tú no lo desprecias"Salmo 51,19, dice David; Dios no desprecia el corazón que se quebranta, y por supuesto que al quebrantarse el corazón como una represa, viene mucho llanto.

En algunos grupos de oración y en el ambiente de la Renovación Carismática se habla mucho de ese quebrantamiento, el nombre técnico que eso tiene en teología es: contrición. Es un dolor de amor. Dolor de amor por haber ofendido a Dios. Dolor de amor por haber perdido tanto tiempo.

Así lloraba de amor San Agustín, por ejemplo. Lloraba; en el libro de "Las Confesiones", dice San Agustín: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva". San Agustín siente que le ha robado a Dios una parte sustanciosa de la vida que Dios mismo le había dado.

Sabemos que la conversión de San Agustín sucedió un poco después de sus treinta años de edad, y él siente que le ha robado demasiado a Dios, y le duele eso; siente que ha perdido la vía, ha perdido el camino.

Entonces la contrición es un dolor de amor por haber rechazado a Dios, por haber rechazado su plan, y por consiguiente, por haberse extraviado uno. La contrición produce ese quebrantamiento, que muchas veces va acompañado de lágrimas, y en ese quebrantamiento suceden cosas maravillosas.

Pero no perdamos de vista una cosa: resulta que los traidores fueron muchos; uno siempre habla de Judas como el traidor de Jesús, pero los traidores fueron muchos, aquí vemos que Pedro fue también un traidor; no hay que cambiar la palabra, porque esa es la palabra castiza en ese caso: Pedro fue un traidor.

Pero la Biblia nos dice que Judas entró en desesperación y que buscó su propia muerte, se suicidó.

Mientras que Pedro, sabemos quién llegó a ser: testigo de Cristo, hasta el extremo del martirio; ambos son traidores, Pedro y Judas.

Sin embargo, el milagro de la contrición, por lo menos hasta donde cuentan los textos explícitamente, porque hasta ahí podemos hablar, el milagro de la contrición se da en Pedro, y parece que no se da en Judas, claro, nosotros anhelamos que se haya podido dar en el último instante, se le haya podido dar esa gracia espacialísima, incluso a Judas Iscariote.

Uno, en el corazón, no puede sino desear eso, ¿cierto? Que Judas en el último aliento de su vida haya podido abrirse al amor de Cristo, pero sería únicamente una especulación, un deseo de nosotros. No lo sabemos, simplemente.

En cambio, en el caso de Pedro, sí sabemos que se da esta contrición, y aquí hay algo muy interesante. Pedro y Judas en el fondo cometieron un pecado muy similar de traición, pero vemos la conversión de Pedro, mientras que la de Judas no la vemos, tal vez se dio, pero no la vemos.

En todo caso, sí vemos que hay una tremenda diferencia y la diferencia la hace la mirada de Cristo. Es la mirada de Jesús la que le parte el corazón a uno, es esa mirada, es esa mirada de Jesús, la mirada de un amor inocente, genuino, transparente, luminoso, intenso. Es esa mirada, la que se apodera del corazón de uno. Es esa mirada la que hace que caigan por tierra todas las disculpas tontas que uno vive dándose.

Porque yo tengo que decir abiertamente una cosa, mis hermanos, hoy el Señor con este pasaje del evangelio de Lucas, yo creo que nos invita a tomar una opción: yo voy a pasar mi vida justificándome, o voy a permitirle a Dios que Él me justifique.

Esto se ve clarísimo en la Carta a Los Romanos, especialmente en el Capítulo quinto, San Pablo nos habla de lo que significa la justificación, es decir, ser transformados y declarados justos por Dios, porque Él nos transforma, porque Él, con su Palabra, con su gracia nos cambia, esa es la justificación; es una declaración y es una realidad que Dios hace acontecer en nosotros, eso es ser justificados por Dios.

La justificación sucede precisamente en virtud de la Sangre de Cristo, en virtud de la mirada de Cristo, en virtud del amor de Cristo sucede la justificación.

La justificación no es otra cosa sino ese desbordamiento de amor de Cristo, que hace que frente a todas las acusaciones de Satanás en contra nuestra, y frente a todas las miserias que tiene la vida nuestra por el pecado, Jesús diga: "Todo eso es cierto, pero yo he recubierto con mi sangre esas heridas".

"Yo he recubierto y penetrado con la fuerza de mi amor esa vida, y por eso hoy la presento en pie, ante el tribunal de los cielos"; esa es la justificación. Y por eso la escogencia que hay que hacer en ese pasaje de Pedro es: "¿Voy a seguir justificándome yo?"

¿Ustedes no se dan cuenta, mis hermanos, que a uno se le va la vida disculpándose con todo el mundo, buscando culpables afuera?" "Es que fue mi esposo, es que fue mi esposa, es que es el gobierno que tenemos, es que es la injusticia social, es que son los ricos, los pobres, el norte, el sur, el comunismo, el capitalismo".

Vivimos buscando culpas y explicaciones y disculpas afuera, y resulta que, cuando Pedro rompe a llorar amargamente, no está buscando ninguna disculpa, porque ha encontrado su culpa.

Ese es el momento precioso de la contrición, cuando uno no busca ninguna disculpa, cuando uno no busca ninguna explicación, cuando uno no busca justificarse uno, sino que se arroja a los pies de Jesús, para decirle: "No sé qué decir a mi favor, no tengo nada qué decir a mi favor".

En el fondo, esto estaba ya en el Salmo de David: "En el juicio tendrás razón" Salmo 51,6, dice David; "no tengo nada que decir a mi favor, como la mujer adúltera, cuando esta mujer está frente a Cristo, ¿ella qué podía decir a su favor frente a Cristo? ¡Nada!

Es la virtud del silencio de contrición, abro mi boca solamente para decir: "Soy culpable, ¡misericordia! ¡misericordia! Nada puedo decir a mi favor", y arrojarse a los pies de Cristo. Lavar, por las lágrimas de la pecadora, lavar los pies del Señor, es lo único que uno puede hacer, y en ese acto de arrojarse a los pies de Cristo, uno está tomando la mejor decisión de toda su existencia.

Porque el que se arroja a los pies de Cristo, el que se arroja en las manos de Cristo, en los brazos de Cristo, se arroja al poder que lo puede justificar, que lo puede reconstruir, y que lo puede salvar para siempre.

De manera que el pasaje de hoy es una historia muy triste, pero con un final muy feliz. Miremos esas lágrimas de Pedro, a través de esas lágrimas miremos las lágrimas de Jesús. A mí me parece, mis hermanos, que Jesús también estaba llorando.

Las lágrimas de Jesús sacaron las lágrimas de Pedro, así como el corazón abierto de Jesús hace que uno abra el corazón; y así como la Sangre de Jesús hace que uno, si toma en serio ese sacrificio, diga: "Yo también quiero llegar hasta la sangre, como lo hicieron los mártires, hasta que se vea mi sangre; si se vio la Sangre del Amor que me ha amado, que se vea mi sangre entonces".

¡Es maravilloso, Jesucristo es maravilloso, el poder de su sangre, el poder de su corazón, el poder de su mirada, el poder de sus lágrimas!

Alabemos al Señor por ese amor que no tiene fronteras, que no tiene límite; alabemos el Señor por la honestidad de Pedro, y Pedro somos todos; alabemos al Señor, y pidámosle la gracia de una conversión así, una conversión total.

Un llanto, un llanto como ése, un llanto que sea como derretirse, volverse cera suavecita que Dios puede rehacer, que puede reconstruir, que puede modelar, según su voluntad y según su corazón.

Que Dios nos conceda una santa vida y una santa muerte.

Amén.