Pasion de Cristo 10

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20080102

Título: Jesus sana a un soldado

Original en audio: 16 min. 14 seg.

San Lucas 22, 47-53


Hola, amigos:

Nosotros vamos recorriendo la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y podemos decir que cada paso que da Jesús es una nueva enseñanza para nosotros.

Hoy, por ejemplo, nos detenemos en un detalle que puede parecer muy pequeño, muy sencillo, cuando Jesús sana a aquél soldado, esto sucede en el Huerto de los Olivos, en el Huerto de Getsemaní. Sabemos que Jesús lleva un tiempo predicando en Jerusalén, sabemos que mucha gente lo ha escuchado, pero no mucha gente lo ha visto de cerca.

Este es un dato que hay que tener en cuenta. Estamos en el siglo primero en Palestina, no estamos en el siglo veinte ni en el siglo veintiuno. En algunas de nuestras ciudades, para nosotros, el rostro de las personas que conocemos, el rostro de nuestros líderes es perfectamente identificable.

Nuestros obispos, nuestros pastores, nuestros predicadores, y también nuestros presidentes, gobernadores; también nuestros cantantes, artistas, son personas que conocemos muy bien, hemos visto muchas veces su imagen, su foto, hemos visto videos, los hemos visto en la televisión, es un rostro que podríamos reconocer con cierta facilidad.

En el tiempo de Nuestro Señor Jesucristo las cosas eran, por supuesto, bastante diferentes. En el tiempo de Cristo no existía ningún medio rápido, ningún medio ágil para difundir la imagen de una persona; un predicador como Cristo, un profeta que reunía multitudes, era alguien que la gente sólo veía de lejos.

La mayor parte de la gente no había estado cerca de Él. Y esta es la razón principal por la cual los sumos sacerdotes y los demás enemigos de Cristo, necesitaban una señal supremamente clara para poder identificar quién era ese tal Jesús.

Ellos necesitan agarrarlo de noche, porque durante el día estaba rodeado de la multitud y sabemos que la multitud creía, o parecía creer cada vez más en sus palabras, por consiguiente, si intentaban agarrarlo a la fuerza a plena luz del día, se podía formar una tremenda revuelta.

La única manera de atraparlo era bajo el manto de la noche, por eso buscan la oscuridad, por eso buscan lo secreto, y por eso necesitaban de un traidor, porque ellos necesitaban que alguien les condujera exactamente hasta la persona, una persona a la que ellos mismo nos conocían demasiado.

Aparentemente, Jesús tenía un aspecto común, un aspecto ordinario, el del común de las personas, la Carta a Los Filipenses nos dice que Cristo, a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo; y pasando como uno cualquiera, padeció la muerte, y muerte de Cruz Carta a los Filipense 2,6-8.

Esa característica de Cristo, ese modo de ser, como tan común, tan general hacía difícil identificarlo, por eso ellos necesitaban al traidor, alguien que les dijera en dónde, y que les dijera también cuál era la persona.

Eso explica también el gesto que utiliza Judas en la noche. Judas sabía que Jesús solía retirarse a ese huerto, a ese jardín, a esa colina de los Olivos; y sabía que iba a estar allí, que esa noche iba a estar allí.

Pero tenía que dar una señal que fuera suficientemente clara incluso en medio de la oscuridad, por eso se acerca tanto a Jesús y le da ese beso de saludo, que es también ese beso de traición.

En este contexto, la gente que iba a agarrar a Jesucristo, esa gente que estaba buscando al Señor, no sabía qué se iba a encontrar, lo que ellos podían esperar era una revuelta, ellos estaban esperando violencia, y la razón es que todos estos grupos mesiánicos eran grupos supremamente violentos, sobre todo en la defensa de su jefe, en la defensa de su líder.

Lo que ellos estaban esperando, es más o menos lo mismo que los Apóstoles decían en la Última Cena; recordamos que cada uno ofrecía: "Yo voy a dar mi vida por ti, Señor", y eso significa dar la vida luchando, peleando.

De hecho, sabemos que Pedro tenía un arma, y con esa arma intentó alguna cosa; este pescador se volvió soldado, por lo menos esa noche, para defender a su Líder, para defender a su Maestro.

Entonces, por eso los sumos sacerdotes, querían actuar sobre seguro, no querían correr un solo riesgo, van de noche, van en un grupo grande, van armados de espadas y palos, y van dispuestos a pelear con los discípulos del Señor.

Y el Señor, estaba dando la pelea, pero su pelea era distinta, su pelea era de oración, su pelea era contra el poder de las tinieblas, su pelea era arrancarnos a todos nosotros del dominio de Satanás.

Estaba dando esa pelea, estaba derramando ya su sangre, estaba, recordemos, sudando sangre por nosotros; y en esa circunstancia, en esa situación, invita a sus Discípulos a que lo acompañen a orar, pero ellos están con ese desinterés.,con esa apatía, con ese cansancio, con esa depresión, con esa distracción.

Todas esas palabras para tratar de describir lo que estaban viviendo los Discípulos, que se quedaban ausentes del tremendo drama que vivía su Maestro y Señor.

Entonces Jesús los regaña, les dice: "Cómo es que estáis dormidos, levantaos y orad para que no caigáis en tentación" San Lucas 22,46. Y aquí vamos con el evangelio según San Lucas, vamos a leer los versículos 47 a 53, del Capítulo 22.

“Todavía estaba hablando Jesús, cuando se presentó un grupo, y el llamado Judas uno de los doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: !Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre? San Lucas 47,48.

"Viendo los que estaban con Él lo que iba a suceder, dijeron: Señor, ¿herimos a espada? Y uno de ellos hirió al siervo del sumo sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: "Dejad. Basta ya". Y tocando la oreja, le curó" San Lucas 22,49-51.

"Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia y ancianos que habían venido contra Ël: ¿Cómo contra un salteador habéis salido con espadas y palos? Estando yo todos los días en el templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.” San Lucas 22,52-53. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Qué escena dramática, tanto los que van a prender a Jesús como los que pretenden defenderlo, en este caso, Pedro, que corta la oreja de este soldado, unos y otros estaban fiándose del poder de las armas, del poder de las espadas.

Jesús, incluso en esas circunstancias de tremenda angustia, da un testimonio diferente, su poder es otro; su poder no es el de la revancha, ni el de la venganza; su poder no es el de la traición y el de la violencia; su poder no es el de la espada; su poder está ahí en mostrar en revelar la verdad, incluso en plena noche.

Sacar la verdad, "porque la verdad os hará libres" San Juan 8,32, ése es el poder de Cristo, mostrar la verdad, la realidad de lo que está sucediendo; desnudar los corazones y traer a plena luz lo que otros están haciendo, eso es el poder de Cristo. Y también es poder de Cristo: curar, sanar.

Podemos imaginarnos, en ese acto tan sencillo pero tan tremendamente elocuente, cuando Él cura la oreja de su enemigo; podemos imaginarnos el absoluto desconcierto de los que iban llenos de ferocidad y llenos de violencia; y ven que este hombre no sólo no contra ataca, sino que sana, ama, perdona.

Y podemos imaginarnos la sorpresa, quizás la decepción de los discípulos, cuando ven que su propia lucha queda desautorizada.

Ellos estaban esperando la orden para atacar, y la orden que reciben, no con palabras sino con el ejemplo de Cristo, es la orden de perdonar, reciben el encargo de amar, reciben el encargo de mostrar que hay algo más fuerte que las armas, y es esta misericordia que muestra Nuestro Señor.

En realidad el combate si se dio, en realidad Cristo ya estaba combatiendo, en realidad su plegaria ya era batalla. Y esa sangre que mojaba su ropa, mostraba lo arduo del combate. Ya la batalla se estaba dando, pero era una batalla diferente.

Era la batalla de la luz, contra la tiniebla; la batalla de la verdad, contra la mentira; la batalla de la terquedad de Dios, contra la terquedad humana.

Porque si nosotros, los hombres, somos tercos en darle la espalda a Dios, tercos en huir de sus planes, tercos en volvernos sordos a su Palabra, tercos en la dureza; Dios muestra, a través de Jesucristo, que Él es terco en la compasión, Él es absurdamente terco en el perdón.

Como el papá aquél de la parábola del hijo pródigo, la obstinación de Dios termina triunfando; la obstinación de este papá que otea el horizonte aguardando al hijo, amando al hijo, este papá que no deja de ser papá, este Dios que no deja de ser Dios; este Jesús que no deja de ser lo que significa su nombre: Salvador.

Si Él ha sido enviado a salvar, eso es lo que sabe hacer, eso es lo que puede hacer, eso es lo que quiere hacer, y eso es lo que hace.

De manera que con ese gesto tan sencillo, Cristo está mostrando de qué lado está la victoria, está mostrando que su corazón no se ha dejado contaminar de venganza, no se ha dejado contaminar de odio, no se ha dejado contaminar de esa ira perversa, con la que uno no solamente quiere defender los propios intereses, sino sobre todo quiere aplastar al enemigo.

Esa clase de ira que no es santa, esa ira no existe en el corazón de Cristo, o sea, que en el fondo, lo que está mostrando el Señor, es que dentro de Él hay algo mucho más fuerte que toda esa multitud que le ataca.

Dentro de Él hay un amor, hay una pureza, hay una inocencia, hay una verdad, hay una gracia que es mayor que todo lo que a Él le rodea.

Y esto es maravilloso, porque así comprendemos de quién nos estamos fiando, así conocemos mejor quién es nuestro Líder, quién es nuestro salvador, quién es Nuestro Señor.