Pasion de Cristo 01

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Fecha: 20070405

Título: Conspiracion de dirigentes contra Jesus

Original en audio: 25 min. 6 seg.

San Mateo 26,1-5


Queremos emprender hoy, con renovado amor, la meditación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Es un camino de dolor, pero sobre todo, es un camino de amor; o mejor, es el camino en el que vamos a aprender qué significa verdaderamente amar.

La reflexión, la meditación sobre la Pasión de Cristo es uno de los ejercicios más antiguos, más saludables, más hermosos y más profundos que tenemos en la Santa Iglesia; es hermoso, porque es el espectáculo del amor más grande; y es saludable, porque trae el único remedio que podía cambiar, que podía transformar nuestro corazón retorcido.

En el espectáculo bellísimo, terrible y bello a la vez, de Cristo en su dolor, de Cristo en su obediencia, pero sobre todo de Cristo en su amor, ahí descubrimos cuán importantes somos para Dios, ahí descubrimos también qué cosa tan seria es el pecado, ahí descubrimos también cómo puede ser vencido ese pecado, y ahí descubrimos, finalmente, cuál es nuestra vocación más profunda, más radical: nuestra vocación es el cielo.

Cristo en la Cruz, no solamente restaura, sana nuestros corazones para que podamos vivir en esta tierra; Cristo en la Cruz, se prepara y nos prepara para el cielo; Y por eso, mis hermanos, en estas reflexiones sobre la Pasión de Cristo lo que podemos esperar es libertad y liberación.

Deseamos ser limpiados, deseamos ser liberados, deseamos ser purificados; y el baño saludable, el baño redentor de la Sangre de Cristo está para eso: vamos a ser lavados, y vamos a ser liberados y limpiados de nuestro pecado; y vamos a ser lavados, y purificados, y limpiados de nuestros temores.

Y vamos a ser liberados del poder de Satanás y del poder de la muerte; y vamos a ser liberados de nuestras malas costumbres, y vamos a ser liberados de las seducciones del mundo y de la carne.

¡Qué poder tan grande el que hay en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo! Poder que esficiente para cambiar de tal manera nuestras vidas. Por eso le damos este espacio, por eso vamos caminado con atención y sin prisa a través de los distintos eventos, a través de las distintas facetas.

Las palabras, los personajes, todo lo que sucedió alrededor de la Pasión de Cristo, todo nos importa, todo nos interesa, todo es valioso, todo, todo es valioso, porque Cristo en su Pasión se entregó completamente, para la gloria de Dios y para la salvación nuestra.

En el Credo decimos: "Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó, se hizo hombre, murió en la Cruz, resucitó"; todo aquello fue por nosotros y por nuestra salvación. Lo que hacemos, entonces, en esta meditación de la Pasión de Cristo, es apropiarnos, es recibir, abrazar a dos manos, ese regalo que ya Él nos concedió; ya el regalo está dado, hace falta que tú lo recibas.

Ya Cristo ganó para ti, en su Pasión, en su dolorosa Pasión, Cristo ganó para ti esos bienes de victoria sobre Satanás, de victoria sobre el pecado, de victoria sobre el mundo, de victoria sobre la carne, de victoria sobre la muerte; todas esas victorias, toda esa liberación, toda esa fuerza, toda esa gracia ya Cristo la ganó para ti con su dolorosa Pasión; ése es el regalo.

Pero ese regalo hay que recibirlo, y nosotros lo recibimos escuchando con fe la predicación de los Apóstoles, hoy presente en la Santa Iglesia.

Recibiendo la predicación de la Iglesia, en cuanto ella es precisamente la casa de la Palabra, en cuanto ella es la casa del testimonio de los Apóstoles; recibiendo esa predicación, acogiéndola en nuestro ser, en nuestro propio corazón, acogiéndola y estrechándola en nuestro ser, aprendemos a ejercer fe, en el regalo que Cristo nos ha dado.

Y entonces se cumple lo que San Pablo nos dijo: "Que si nosotros creemos en nuestro corazón que Cristo fue resucitado entre los muertos, si nosotros procalamamos con nuestros labios que Cristo ha sido resucitado de entre los muertos por nuestra salvación, si nosotros creemos y profesamos esa fe, entonces somos salvos" Carta a los Romanos 10,9.

Y es esa salvación la que Cristo nos ha regalado y es esa salvación la que el mundo necesita, es esa salvación la que la gente anda mendigando, anda buscando con ansiedad por todas partes, y no la encuentra.

Pero nosotros sabemos dónde está: está ahí en el Corazón Sagrado de Cristo, que para derramar sus gracias, se dejó perforar por esa lanza; ahí está ese tesoro que ya no está escondido, pero que de todas maneras sigue oculto para mucha gente, no está escondido porque Cristo en la Cruz es como un faro que a todas las naciones le cuenta el tamaño del amor de Dios.

No, Él ya no está escondido, Él está publicando ese amor; Él está publicando, manifestando esa gracia, pero en cierto modo está oculto, sigue oculto porque la gente mira la Cruz y no sabe qué significa, la gente mira al Crucificado y no sabe qué significa, la gente mira las Llagas de Cristo y no sabe qué significan.

Nosotros no queremos pasar por encima de esas Llagas, nosotros no queremos pasar por encima de ese dolor, nosotros no queremos pasar por encima de ese amor, no queremos saltarnos ese manantial de misericordia y de gracia; no queremos saltarlo, ¡no, nunca! ¡No queremos saltarnos ese manantial!

Queremos sumergirnos en sus aguas saludables para renovar ahí la gracia propia de nuestro bautismo, para poder recibir ahí la renovación que sólo Dios puede traer: "Ahora hago nuevas todas las cosas" Apocalipsis 21,5, dice Dios con voz solemne en el Libro del Apocalipsis.

Mis hermanos, hay una anticipación de esa renovación última, hay una anticipación que se concreta, que se realiza en el sacramento saludable del bautismo, que se renueva en el sacramento saludable de la confesión, y que se renueva cada vez que nosotros aceptamos esta gracia y nos dejamos vencer por el poder de ese amor que crea en nosotros, al mismo tiempo, arrepentimiento y gratitud; el desenlace natural de ese arrepentimiento y de esa gratitud es acudir a los sacramentos.

El que no sea bautizado, busque el camino de la gracia y del bautismo; el que ya es bautizado, pero se ha apartado de Dios, busque el camino de la gracia, busque el río de la gracia, busque el baño bendito de la Sangre de Cristo, especialmente a través de la confesión.

Estas son las riquezas que nos esperan, mis hermanos,estas son las riquezas de meditar en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Pero empecemos por el principio,porque de eso se trata en esta primera reflexión, y el principio no podía se más lúgubre: es la decisión de los principales de aquella nación, de los principales del pueblo, los sacerdotes y los ancianos, que llegan a una conclusión, conclusión tenebrosa, pero que no escapa al designio ni a los planes de Dios.

Nos dice el evangelio según San Mateo: "Los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo, se reunieron en el patio del sumo sacerdote llamado Caifás" San Mateo 26,3. ¡Oh, qué cosa!¡Oh, qué dolor! Es dolor, por supuesto, que Jesucristo, el Cordero inocente, sea llevado a los extremos de tortura, de oprobio y de muerte que vemos en su Pasión; es doloroso.

Pero es especialmente doloroso ver cómo se cumple lo que dijo el Evangelista Juan: "Él vino a los suyos, -Jesús vino a los suyos, el Hijo de Dios vino a los suyos-, y los suyos no le recibieron" San Juan 1,11; vino a su pueblo, para todos ha venido Cristo, pero en primer lugar vino para su pueblo, para el pueblo de la Antigua Alianza.

Para ese pueblo vino en primer lugar, para darle a ese pueblo el cumplimiento de las promesas, para mostrar a ese pueblo la realización plena de la Alianza que tenia sus orígenes siglos y siglos atrás en Abraham; viene Jesús, viene a ese pueblo a llevar a plenitud la Alianza con ese pueblo, y lamentablemente lo que encuentra es el rechazo. Es verdad que algunos le aceptaron.

¡Dios nos libre del odio o del rechazo al pueblo Judío! Ese es un crímen que no podemos cometer, ese es un crimen que no debe repetirse en este mundo, el odio a los judíos, el antisemitismo, no podemos caer en ese pecado, porque Dios mismo se ha declarado a favor del pueblo judío, se ha declarado en favor del pueblo de la Antigua Alianza.

Y San Pablo nos dice en su Carta a los Romanos capitulo once: "Los dones y la palabra de Dios son irrevocables" Carta a los Romanos 11,29; Dios ha llamado a su Alianza, ha llamado a amistad con Él a ese pueblo, y los dones de Dios son irrevocables, Dios no ha destruido su alianza con el pueblo judío.

Y a nosotros, como herederos espirituales de ese pueblo, no nos puede corresponder otra cosa sino agradecer a ese pueblo que haya traído la luz,porque eso se realizó, Jesús mismo lo dice en el evangelio de Juan: "La salvación viene de los judíos" San Juan 4,22, y así sucedió.

Porque Él mismo, Jesús mismo no nació de otro pueblo, sino del pueblo de la Antigua Alianza; Jesús es judío, y María es judía, y los Apóstoles judíos todos. Nosotros no podemos caer en el crímen del antisemitismo, no podemos caer en el crímen del odio a los judíos.

Y sin embargo, tampoco podemos negar que las autoridades de ese pueblo, en ese momento particular, vieron en Jesucristo una amenaza, vieron en Él un peligro, vieron en Él un estorbo, vieron en Él, finalmente, un enemigo.

Y como escuchamos en el evangelio según San Mateo: "Se resolvieron acabar con ése enemigo". Nos dice Mateo, capítulo veintiséis, versículo cuatro: "Tramaron entre ellos prender a Jesús con engaño, y matarle" San Mateo 26,4, y piensan entonces en su propia conveniencia: "No durante la fiesta, se dicen, para que no haya un tumulto en el pueblo" San Mateo 26,5.

Ellos quieren tener la situación bajo control, ellos quieren salir de ese hombre que les resulta tan estorboso, ellos quieren deshacerse de Él, pero no quieren destruir lo que han conseguido, no quieren destruir ese orden frágil, -lo podemos llamar-, que han conseguido, especialmente, con relación al Imperio Romano.

Es tiempo, entonces, de que nos preguntemos: ¿Por qué le detestan? ¿Por qué tanto rechazo? Sabemos bien que detrás de ese rechazo, finalmente lo que hay es la acción del poder de las tinieblas; sabemos que, finalmente, es el demonio el que está queriendo inspirar esos sentimientos de odio y de rechazo en los que obran así como enemigos de Cristo.

Sabemos que la causa final, la causa última de todo ese odio contra Cristo se encuentra en el poder de las tinieblas; eso lo tenemos claro.

Pero eso no nos exime de preguntarnos: ¿y por qué aquellos hombres se dejaron arrastrar por la inspiración malévola de Satanás, sobre todo si tenemos en cuenta que se trataba de los líderes, de la gente que conocía mejor la Palabra, de la gente que conocía mejor las promesas, de la gente mejor los profetas?

¿Por qué son ellos, -nos preguntamos-, por qué son los jefes, los líderes y los sumos sacerdotes los que detestan así a Jesús? ¿Por qué sucede eso? Y hay una respuesta: Jesús les resultaba un gran estorbo, porque ellos habían conseguido sus privilegios precisamente en esa gran distancia entre Dios y su pueblo.

Como Dios parecía tan lejano, como nos dice el Libro del profeta Daniel: "Ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta y ni nadie sabe hasta cuando" Daniel 3,38, como hay esa incertidumbre, entonces en ese vacío, ante ese Dios lejano, estos hombres han convertido la religión en su forma de vida.

Son ellos los administradores del Templo, son ellos los administradores de la relación compleja, sinuosa, tenebrosa, entre las autoridades romanas y el pueblo judío.

Ellos se han autonombrado como puentes entre ese Dios que les parece tan distante y entre ese Imperio que les parece tan antipático y el pueblo; ellos están ahí metidos, ellos son los que negocian con los romanos cómo manejar el tema del pueblo judío; y ellos son los que administran la interpretación de la Ley, y los que administran los ritos, y los que han convertido eso en su forma de vida.

Lo que realmente convenía a estos sumos sacerdotes y a estos líderes, lo que les convenía a ellos era ese Dios que estuviera bien lejano, ese Dios lejano era el que les servía a ellos, porque mientras ese Dios estuviera así lejano, entonces se podía seguir cobrando a la gente el "peaje" para tener una esperanza.

Ellos eran los que menjeaban el "peaje", ellos eran los que manejaban la "aduana", y la "aduana" significa: "Si quieres tener alguna esperanza de encontrarte con Dios, sigue mis enseñanzas, decian los escribas"; "y si quieres tener alguna esperanza de encontrarte con Dios, obedece la Ley y obedece las costumbres como nosotros enseñamos", decian los fariseos.

"Y si quieres tener una esperanza de encontrarte con Dios, entonces sigue las reglamentaciones que tenemos para el Templo", decian los sumos sacerdotes.

Ese Dios que aparecía tan distante, les convenía a estas autoridades, a estos príncipes, a estos jefes; porque mientras Dios pareciera así tan lejano, entonces ellos podían tomar hasta cierto punto el lugar de la autoridad y decir que lo que valía era el estudio de la Ley, como lo hacian los escribas; o la observancia puntillosa, meticulosa, estricta, asfixiante de la Ley, como hacian los fariseos; o la política sinuosa, repugnante de los sumos Sacerdotes, que eran capaces de cambiar, incluso, lo que estaba estipulado en la misma Ley.

Te doy solamente un ejemplo: ¿en dónde dice, en la Ley de Moisés, que el sumo sacerdocio termina? ¿En dónde dice que la persona que es sumo sacerdote termina su cargo? No lo dice en ninguna parte.

Pero los sumos sacerdotes del tiempo de Cristo se habían inventado un sistema rotativo, de manera que cada uno de los que pertenecían a esa especie de “rosca” o "club", ellos se iban rotando, ellos se iban pasando ese cargo importantísimo, porque era el cargo de máxima autoridad en el Templo, y ahí estaba la sensibilidad del pueblo, y ahí era donde tenían el ojo puesto los romanos.

Ese cargo lo estaban rotando, y el que dirigía todo ese tinglado político y religioso, el que dirigía todo ese sistema y quién se podía casar con quién para que perteneciera o no perteneciera a las familias sacerdotales de esa "rosca", de ese "club", el que manejaba eso era Caifás. Entonces ellos eran los que tenían ese poder y eran ellos los que podían cobrar el "peaje".

Pero entonces aparece Jesús, anunciando este Dios compasivo, a este Dios amor, a este Dios que toca y sana, a este Dios al que se le puede llamar "Papá", a este Dios que no depende de la construcción grandiosa de un templo, a este Dios que muestra una predilección tan grande por los sencillos, y por los pecadores, y por los excluidos.

A este Dios que detesta estos círculos cerrados, asfixiantes, esas "roscas" de influencia, porque este Dios quiere quiere llegar a los más pequeños, a los más pobrecitos, a los más necesitados, allá quiere llegar.

Y en Jesús, este es el Dios que multiplica los panes, que sana a los leprosos para atraerlos; este es el Dios que no deja apedrear a la adúltera, sino que la convoca a misericordia y también a arrepentimiento para que vuelva.

Este es el Dios que atrae a todos, especialmente a los más pequeños; ese es el Dios que se manifiesta en Cristo, y ese Dios estorba mucho, porque ese Dios deshace las aspiraciones de poder humano, de vanidad, de codicia, que se habían adueñado de escribas, y de fariseos, y de sacerdotes.

Ellos sienten, que si el Dios de Jesús es el Dios verdadero, entonces no van a poder seguir cobrando su "peaje", es decir, no van a poder seguir cobrando esa "aduana", no van a poder seguir llenándose de dinero, y de influencias políticas, y de intrigas políticas, y de esa religión que ya no es religión sino política.

Toda su influencia estaba soportada por la idea de un Dios lejano, un Dios muy, muy lejano, y Jesús viene a mostrar un Dios muy, muy cercano, un Dios que se preocupa, un Dios que manifiesta su amor por el pequeño, por el pobre, por el pecador, por el samaritano, por el publicano, por el excluído.

Y ese Dios está demasiado cercano, y ese Dios regala demasiado, y entonces "¿cómo vamos a seguir cobrando, no solamente dinero, sino cómo vamos a seguir cobrando lo que nosotros queremos recibir de gloria, y de importancia, y de vanidad?"

Jesús, una vez disputando con estos judíos, les decía: "¿Ustedes cómo van a buscar la gloria de Dios, si buscan la gloria unos de otros?" San Juan 5,44.

Por supuesto, esta palabra fuerte no debe llevarnos a odiar al pueblo judío, tiene que llevarnos es a considerar cuál fue la falla específicamente de las autoridades judías; ¡eso es lo que tenemos que descubrir!

¡Y qué falla tan grave! Porque entonces ellos no vieron en Jesús su Salvador, sino su enemigo, su estorbo, y se resolvieron a acabar con Él. Lo que ellos no sabían, es que a través de esa acción, en ese renglón tan torcido, Dios iba a escribir un lenguaje derecho, y Dios iba a escribir su palabra más elocuente de misericordia.

Seguiremos meditando, mis hermanos, en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda del Espíritu Santo, seguiremos encontrando estos tesoros maravillosos, estos tesoros benditos de amor, de misericordia, de gracia y de paz.

Amén.