Pasc011a

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Fecha: 20090412

Título: Que el fruto de la Pascua nos conduzca a buscar continuamente las senales de Cristo

Original en audio: 43 min. 12 seg.


Hermanos:

El mensaje inmenso de alegría que tiene la Pascua sólo puede servirnos si podemos conectarlo, si podemos unirlo con el misterio de la Cruz.

Cristo mismo, con una gran pedagogía, con una ternura muy profunda, quiso que en su Cuerpo, ya glorificado, permanecieran las principales señales de la Pasión, a saber: sus Llagas.

Cristo quiso que en su Cuerpo Glorioso quedaran las Llagas de la Cruz por una razón, o tal vez por dos. La primera, para que nosotros pudiéramos conectar, pudiéramos relacionar el misterio de la Cruz con el misterio de la gloria.

Y la segunda, no menos sino más importante, porque con esas Llagas, Cristo está implorando, en la gloria del cielo, la misericordia del Padre en favor de todos nosotros. La intercesión inagotable, la intercesión perenne de Cristo resucitado en el cielo consiste simplemente en eso, mostrar para siempre sus Llagas, exhibir para siempre las señales de un amor sin límites.

Nosotros también tenemos que aprender a relacionar la Cruz con la gloria, la tristeza con la alegría. Si hay una ciencia que es importante en esta vida, es aprender cómo se relacionan la noche con el día; tenemos que aprender la ciencia del amanecer, el amanecer, el alba, esa hora preciosa en que las tinieblas, muy a su pesar, tienen que retroceder porque llega el día nuevo.

Tenemos que aprender cómo se llega al día, tenemos que aprender cómo el dolor, con sus hebras tristes, puede tejer un paño de alegría, un paño de gozo, un paño de gloria.

Y el evangelio que la Iglesia escoge para nosotros en este día, en esta Eucaristía, que el Padre Omar llamaba "madre de todas las Eucaristías", este evangelio nos ayuda a conquistar esa ciencia, porque es la que más vamos a necesitar mientras estemos en esta tierra.

Es verdad que ya hoy nos gozamos en Cristo resucitado, le hemos dado aplausos de amor, hemos derramado lágrimas de gozo, y sin embargo sabemos que cuando salgamos por esas puertas, nos siguen esperando una cantidad de problemas, dolores, carencias; nuestros fracasos tal vez no entran a la Misa, pero sí que nos están esperando apenas salgamos de ella.

Nuestras enfermedades, las deudas que tenemos, el desempleo, la traición de los amigos, en fin, todo aquello que sigue siendo cruz, nos está esperando, tal vez con una sonrisa burlona, nos está esperando.

No me cuesta imaginar al demonio sonriendo por allá en alguna esquina, fuera, fuera, muy lejos de esta iglesia, pero esperándonos a cada uno de nosotros y diciéndonos, con ese sarcasmo propio de Satanás: "Con que mucha Resurrección, ¿no? Pero aquí te sigue esperando tu desempleo, tu tristeza, tu soledad, tu enfermedad".

"Aquí te sigue esperando la traición del amigo que más querías, la desaparición de tu hijo, el duelo en el que estabas; aquí están todos tus problemas, olvídate de esas ceremonias, olvídate de ese teatro, la vida real es triste, la vida real es dura, la vida real es opaca, la noche sigue reinando".

Eso es lo que querrá decirnos el demonio, apenas salgamos de esa puerta. Y por eso necesitamos, antes de salir por esa puerta, aprender la ciencia del día, cómo se conecta la noche con el día, cuál es la ciencia del amanecer.

Eso fue lo que aprendió María Magdalena, porque nos dice el evangelio de hoy: "El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro, cuando aún estaba oscuro" San Juan 20,1.

Ella fue al sepulcro, y fue al sepulcro cuando aún estaba oscuro. El sepulcro, imagen de la muerte, oscuridad, imagen de ese poder de las tinieblas; pero María Magdalena vio el proceso, lo mismo que aquellos Apóstoles, María Magdalena vivió el proceso, el cambio de la noche hacia la luz, el cambio de la noche hacia el día.

Y nosotros nos preguntamos cómo es eso posible. Porque tenemos que salir de esta Eucaristía no solamente gozosos, sino, escúchenme bien, tenemos que salir blindados en nuestro gozo.

Porque lo primero que vamos a encontrar al salir de aquí es la sonrisa sarcástica de las tinieblas diciéndonos: "Con que mucha Semana Santa, ¿no? Pues mire que el mundo sigue igual, mire que sus deudas siguen igual, mire que su enfermedad sigue lo mismo, mire que usted sigue siendo esto y esto y lo otro".

Pero nosotros podemos aprender esta ciencia. Quien nos va a servir de guía es María Magdalena, pero también otro discípulo de cristo, al cual en el cuarto evangelio se le llama "el discípulo amado", ese discípulo amado la tradición de la Iglesia lo identifica con Juan el Evangelista.

A ver qué podemos aprender de juan el Evangelista. Lo primero está en ese verbo: "Él vio y creyó" San Juan 20,8, "kai éiden kai epísteusen", "y vio y creyó". San Juan 20,8.

La construcción del original griego nos enseña algo, nos enseña la simultaneidad y la causalidad que hay: "Vio y creyó" San Juan 20,8. Se dan como al mismo tiempo, y sin embargo, el ver es la causa del creer.

Sé que esto suena extraño a nuestros oídos; muchas veces hemos pensado que creer consiste no ver; creer, muchas veces pensamos, consiste en aceptarlo que no vemos. Pero el evangelio de hoy nos dice: "Vio y creyó" San Juan 20,8, ¿qué fue lo que vio?

Miremos nosotros con los ojos del evangelista, miremos con los ojos del discípulo amado, descubramos qué fue lo que él vio, para que también nosotros podamos creer lo que él creyó.

Si devolvemos un poco la película, si nos devolvemos hasta el Viernes Santo, descubrimos que Cristo, mientras estaba muriendo en la cruz, fue abandonado por sus Apóstoles.

Pero un momento, no por todos, hubo uno que permaneció, ése que permaneció, que tal vez no tenía cara de Apóstol, porque era demasiado joven ése era este mismo discípulo, era el discípulo amado.

Es decir, el discípulo que estuvo al lado de la Cruz fue el discípulo que primero pudo reconocer a Cristo. Esta es una pista muy interesante que no nos dejará perder.

El discípulo amado estuvo al pie de la Cruz, el discípulo amado escucho las palabras finales de Cristo; el discípulo amado recibió el tesoro magnífico, la Virgen Madre, a ese discípulo le dijo Cristo: "Ahí tienes a tu madre" San Juan 19,27.

El discípulo amado vio cómo se derramaba la Sangre del Cordero; el discípulo amado escuchó la oración de Cristo; el discípulo amado escuchó también ese grito misterioso que dio Cristo cuando murió.

Porque el Evangelista Marcos nos dice que "Cristo, dando un fuerte grito, expiró" San Marcos 15,37.

Y ese grito se llama un grito misterioso porque, según consta en la ciencia médica, cuando una persona tiene los brazos extendidos mucho tiempo, y usted puede hacer el experimento cuando quiera, después de unos cuantos minutos la respiración empieza a dificultarse.

La gran mayoría de los que eran crucificados, por ejemplo, por el Imperio Romano, morían asfixiados, y por tanto, completamente incapaces de hablar, muchísimo menos capaces de gritar.

Ese grito que selló el final de la Antigua Alianza, ese grito que inaugura el universo nuevo, ese grito que es el exorcismo definitivo contra Satanás, ese grito que declara rotos para siempre nuestros pecados, rota para siempre la cadena que nos apresaba, ese grito salió de los labios de Cristo moribundo, y ese grito lo oyó el discípulo amado.

Y después de ese grito, el terrible silencio, la tempestad, la oscuridad, el terremoto, el rasgarse la tela del Templo, y todas las demás señales que sabemos que se dieron en ese momento. Todo ello lo vio, no se lo inventó, lo vio; y después llegaron los soldados romanos, y querían asegurarse de que hubieran muerto verdaderamente esos crucificados.

Resulta que los dos ladrones crucificados a derecha e izquierda de Cristo, tuvieron que recibir un último acto de crueldad, dice la Escritura: "Les quebraban las piernas" San Juan 19,32.

Siento escalofrío al tener que explicarles, hermanos, qué quiere decir esto. Resulta que los crucificados,para tratar de respirar porque la posición, repito, es increíblemente incómoda, se apoyaban en sus pies, y trataban de levantar la cintura para que el diafragma tuviera espacio libre y algún aire pudiera entrar. Es un tormento inenarrable.

Los romanos, cuando ya una persona llevaba mucho tiempo crucificada y querían que ya se muriera, lo que hacían era destrozarle con una maza las rodillas, tiemblo al decir lo que esto significa, nada más apreciemos la crueldad de este imperio homicida, el Imperio Romano.

Al despedazarle las rodillas a esos pobres desgraciados, ya no podían apoyarse, se desgonzaba el cuerpo y morían asfixiados en unos pocos segundos o minutos. Eso hicieron con los dos ladrones que estaban a lado y lado de Cristo.

Con Cristo no tuvieron que hacerlo, porque Cristo había perdido demasiada sangre en la flagelación, estaba demasiado consumido y en un estado de deshidratación completa.

En esas circunstancias Cristo ya había muerto, y entonces el soldado no le rompió ningún hueso, pero tomando su lanza, este soldado que se llamaba Longuinos, y que se convirtió al Cristianismo y murió mártir por Cristo, valga la pena comentarlo, este soldado miró a Cristo que estaba muerto, tomó su lanza y le ensartó esa lanza en el pecho, y entonces salió agua y salió sangre, la última sangre, la sangre que declara roto el imperio del pecado.

Y salieron sangre y agua, y ahí estaban los ojos del discípulo, llorosos sin duda, pero enamorados de ese espectáculo dramático pero tan bello, porque no es otra cosa sino la contemplación de la clemencia misma de Dios en su manantial, en su fuente.

El discípulo amado vio cómo salían esa sangre y esa agua,y comprendió que algo, más allá de toda palabra humana estaba sucediendo ahí, y añade en el evangelio esto: "El que lo vio da testimonio, y su testimonio es fidedigno" San Juan 19,35.

Observa el verbo que utiliza: "El que lo vio" San Juan 19,35, de nuevo es importante ver, ver hasta el fondo, ver, no quedarse de lejos; hay detalles que sólo se pueden ver de cerca.

A veces el dolor, cuando lo ves de lejos, parece un monstruo, pero cuando lo ves de cerca descubres que, en ese dolor, Dios también está escribiendo una historia nueva, por lo menos eso fue lo que le sucedió al discípulo amado.

Ahí no terminó lo que el discípulo amado llegó a a ver en ese Viernes Santo. Después de la lanzada hubo que bajar a Cristo, lo cual es otro desastre para los ojos, es un dolor increíble para el corazón.

Aquí en esta Basílica escuchamos la descripción de cómo se hacía una crucifixión, los clavos nunca tenían menos de trece centímetros de largos, y el hecho mismo de sacar esos clavos significa terminar de destrozar lo que había quedado del brazo de la persona.

Le quitan los clavos y tienen que preparar el sepulcro aprisa porque el día sábado estaba a punto de empezar.

Recordemos, mis hermanos, que el día sábado, para los judíos, no empezaba a las doce de la noche; para los judíos, el final del día es cuando el sol se oculta, y por consiguiente, una vez que el sol se ha ocultado el viernes, desde ese instante ya es sábado, y ese sábado dura hasta que se oculte el sol el siguiente sábado, es decir, veinticuatro horas después.

¿Eso qué quiere decir? Eso quiere decir que tuvieron que prepararse. Cristo murió a las tres de la tarde, y estaba todo este proceso de exclavación, tuvieron que preparar el sepulcro a las carreras, eso explica por qué María Magdalena quería mejorar la condición del cadáver.

María Magdalena sabía que lo que se había hecho por Cristo era apenas mínimo, ¿y quién estaba ahí? ¿quién vio todo eso? El discípulo amado, el discípulo amado vio cómo envolvieron a Cristo en un sudario, además, resulta que los judíos tenían un modo particular de sepultar a sus muertos, supongo yo que esa práctica ya no existe en este tiempo.

Pero en esa época, al sepultar a los muertos, los envolvían en vendas, les echaban una cantidad descomunal de mirra y de sustancias aromáticas, cuando digo una cantidad muy grande es del orden de treinta, cuarenta kilos de mirra y perfumes.

Esas vendas perfumadas envolvían al cadáver,luego lo envolvían en lo que se llamaba ese sudario, y acostumbraban dos cosas: amarrar la mandíbula a la quijada superior, la amarraban con una venda alrededor de la cabeza y, en algunos casos, ponían una monedas sobre los ojos para que no se abrieran los párpados.

No utilizaban ataúdes; el cadáver, después de haberlo preparado de esta manera, lo dejaban en una especie de cama de piedra, en un recinto pequeño, y luego sellaban todo eso con una piedra grande, esa es la piedra que sellaba la entrada del sepulcro. No eran sepulcros cavando, sino eran sepulcros al nivel del suelo.

Pero todo ese proceso de echar esa mirra y perfumes tomaba mucho tiempo, como Cristo murió hacia las tres de la tarde, mientras fueron donde Pilato a pedirle el cuerpo, mientras Pilato autorizó, mientras bajaron a Cristo, mientras lo exclavaron, ya no quedaba tiempo, entonces hicieron lo mínimo, ¿y lo mínimo qué era? Lo mínimo es lo que se cuenta en el evangelio de hoy.

Aquí se habla de dos piezas de tela, dice aquí: "Vio las vendas en el suelo, y el sudario particular con que habían cubierto la cabeza" San Juan 20,6-7, ese sudario que servía como para amarrar, como para ajustar, de manera que la quijada inferior no se abriera.

Entonces a Cristo tuvieron que ponerlo en el sepulcro en tiempo muy limitado, en una prisa espantosa, y lo que hicieron fue envolverlo en esa venda y ponerle el sudario de la cabeza.

Y ya se acabó el tiempo, porque resulta que llegaba el sábado, y según la Ley de los judíos, el sábado no se puede hacer esa clase de trabajos, mucho menos estar en contacto con un muerto, eso lo prohíbe la Ley, como lo podemos ver en el libro del Deuteronomio.

Juan, el Evangelista, el discípulo amado había visto todo este proceso, había visto cómo habían acostado a Cristo y cómo había quedado esa tela, ese sudario de la cabeza, había visto cómo estaba todo dispuesto.

Pero él, lo mismo que las mujeres piadosas que estuvieron al pie de la Cruz, tuvo que retirarse pronto, y entre varios, probablemente con la ayuda de soldados romanos, movieron una piedra, una losa grande que tapaba la entrada del sepulcro.

Además, Pilato mismo mandó que estos soldados estuvieran ahí custodiando el sepulcro, porque según nos cuenta el Evangelista Mateo, las autoridades judías le advirtieron a Pilato: "Tienes que poner una guardia, no sea que se roben ecuerpo" San Mateo 27,64. Así quedaron las cosas.

De las personas que aparecen en el evangelio de hoy, el discípulo, el único discípulo que sabía cómo habían quedado todas las cosas, era Juan. Con esa premisa, volvamos a leer una parte del evangelio de hoy.

"Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos; pero el otro discípulo corría más que Pedro, -perfectamente explicable porque era mucho más joven-, se adelantó y llegó primero al sepulcro" San Juan 20,3-4.

Y sucedieron dos cosas: primero se asomó, y vio que había unas vendas, esto es extraño ya para él. Porque alguien que se roba un cadáver, no lo desnuda; si se hubieran robado el cadáver, se lo roban con vendas y con todo.

Él se asoma y ve unas vendas; pero por respeto a la autoridad de Pedro, a quien Cristo siempre consideró el primero entre los Apóstoles, este discípulo, este Juan, no entra todavía.

Llegó entonces Simón Pedro detrás de él, y entró en el sepulcro, vio las vendas en el suelo, y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte" San Juan 20,6-7.

Otra traducción posible dice: "Como desinflado, como plegado". Pedro vio eso, pero Pedro no sabía en qué estado habían quedado las cosas el Viernes Santo; Pedro no sabía cómo habían dejado el cadáver de Cristo; Pedro vio eso pero no pudo entender nada, no pudo asegurar nada y no pudo tampoco dar el paso hacia la fe.

En cambio, entró, ya no sólo se asomó, sino que entró el discípulo amado, entró Juan, vio, ahora se dio cuenta que todo estaba como lo habían dejado el viernes, todo: estaban las vendas, estaba el sudario, todo plegado, todo completo, pero no estaba el cadáver, no estaba Jesús.

Tú puedes imaginarte lo difícil que sería quitarle unas vendas a un cadáver, y luego volver a poner las vendas como enrolladas en el vacío sobre la roca. Juan se da cuenta de lo que ha sucedido, Juan recuerda que en Cesarea Filipo Cristo les había dicho: "El Hijo del hombre tiene que ser entregado a manos de los hombres, y lo van a matar, pero Él resucitará" San Marcos 8,31.

Y entonces las palabras de Cristo cobraron sentido, las palabras de Cristo iluminaron la penumbra de ese sepulcro, y el sepulcro vacío iluminó el sentido de las palabras de Jesús, "y el discípulo vio y creyo" San Juan 20,8.

Porque él había sido testigo de la Cruz, pudo ser testigo de la Resurrección; porque él sabía cómo había quedado el cadáver, por eso sabía qué era lo que había acontecido en el sepulcro: "Esto no es un robo de un cadáver, esto es el cumpliento de lo que el Señor nos dijo mientras vivía".

Y entonces "él vio y creyó" San Juan 20,8, y añade el texto: "Hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Él había de resucitar de entre los muertos" San Juan 20,9.

Hermanos, el discípulo amado pudo conectar el misterio de la Cruz y el misterio de la Resurrección; el hecho de que él estuvo en la hora de la Cruz, le permitió reconocer la hora de la Resurrección; el hecho de que él vio la agonía, le permite ver la victoria.

Este discípulo amado se convierte así en el primero entre los Doce en reconocer el misterio, en reconocer la verdad de la Resurrección. Este discípulo amado será el primero en dar el parte de victoria: "¡El Señor ha resucitado!"

Eso que él aprendió, eso lo necesitamos nosotros, porque nuestra vida sigue, y nuestra vida todavía tiene dolores, hay cuentas de cobro que te esperan junto a la mesita del teléfono allá en tu casa, ahora que vuelvas; ahora que vuelvas te esperan también lo medicamentos que tienes que tomar, porque de pronto estás enfermo.

Nuestra vida sigue y la cruz sigue, y tenemos que aprender a conectar la Cruz con la gloria. Y el discípulo amado nos ayuda, el discípulo amado nos enseña, ¿de qué modo? Tratemos de concretarlo en cinco puntos.

Estos cinco puntos, en memoria y honor de las cinco Llagas de Cristo, estos cinco puntos es lo que quisiera que cada uno de ustedes se llevara a su casa. Es lo primero que necesitamos ahora que celebramos la Pascua.

Porque nosotros, los que. por ejemplo, hoy estamos aquí en esta hermosa Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, nosotros que hemos celebrado la Semana Santa, nosotros hemos vivido el impacto glorioso, el impacto gozoso de la noticia.

Pero el mundo como tal, el mundo sigue haciedo sus negocios, sigue repartiendo su droga, su pornografía, su vicio, sus mentiras, y por eso nosotros tenemos que salir de aquí en aire de combate, blindado nuestro gozo, protegida nuestra fe, certeros en la esperanza, armados con la Palabra.

Porque el mundo no ha vivido la Semana Santa, nosotros la hemos vivido, pero el mundo no, así que tenemos que salir de aquí a luchar, tenemos que salir de aquí a hacer verdad lo que dijo la segunda lectura: "Hemos resucitado con Cristo, y tenemos que buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios" Carta a los Colosenses 3,1.

¿Cuáles son las lecciones que nos dan María Magdalena y que nos da Juan el Evangelista, las lecciones para conectar la Cruz con la gloria? La primera lección, sin duda alguna, es la de esta mujer, bendita mujer que fue liberada por Cristo, perdonada por Cristo, sanada por Cristo, amada por Cristo.

Bendita mujer que ha sido llamada "la Apóstol de los Apóstoles", porque fue ella la primera en dar la voz: "Se han llevado el cuerpo" San Juan 20,2, fue la primera en darse cuenta: "Aquí hay algo".

Fue a ella también a la que se le apareció Cristo, según otro relato que en otra ocasión podremos meditar.

¿Qué aprendemos de María Magdalena? Aprendemos la necesidad de buscar a Jesús, y buscarlo con prisa. Es verdad que Cristo está presente, Cristo glorioso y resucitado está presente. El Padre Provincial que predicaba anoche en la Vigilia Pascual nos lo decía, con voz recia.

Él hizo una catequesis hermosa con diez palabras, y si no me falla la memoria, la última y más importante quizás de las palabras, era la palabra "presencia". Es verdad, Cristo está presente; pero cuando yo llego a mi vida cotidiana, pues no lo veo.

¿Entonces qué tengo que hacer? Una posibilidad es renunciar, seguir mi vida doblegado por las obligaciones los problemas. La otra posibilidad es buscar afanosamente a Cristo. La vida de nosotros, comunidad que ha nacido de la Pascua, la vida nuestra, mis hermanos, no es la serena posesión, como el que tiene un CDT, como el que tiene un título valor.

"Yo tengo un título valor que dice que Cristo resucitó, con eso tengo, ya me puedo llevar una vida descansada y vivir de la renta". ¡Nada de eso! ¡Ningún cristiano puede vivir de la renta! ¡Ningún cristiano puede vivir del pasado: "Ya Cristo resucitó, ya no me preocupo".

Mientras estamos en esta vida, repito, hay combate; y mientras estamos en esta vida, la actitud afanosa, amorosa, no con el afán de la desesperación, ni de la intranquilidad, sino con el afán y con la prisa que da el amor.

El cristiano es uno que está siempre buscando las señales de Jesús, es uno que encuentra el rastro perfumado del Amado en todas partes, eso es experimentar la Resurrección, y eso es aprender a conectar la noche con el día.

Tenemos que salir de aquí, hermanos, con una actitud de buscar a Jesús, dónde están las señales de Jesús, ciertamente esas señales existen, existen aquí,por ejemplo,en la Palabra, existen aquí sobre el altar, en la Eucaristía, existen aquí y aquí y aquí, en los pobres, Él dijo: "Cada vez que hicisteis esto a mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis" San Mateo 25,40.

Pertenecer a la comunidad del Resucitado es buscar perennemente, continuamente al Resucitado, ¿y dónde está? Él mismo nos ha contado: está en su Palabra, nos aguarda en la hora de la oración, nos aguarda en el misterio eucarístico y los demás sacramentos, se manifiesta a veces también en el misterio de presidencia y capitalidad que tiene el sacerdote dentro de la Iglesia, está en los pobres.

Vivir en la comunidad del Resucitado no es quedarse uno tranquilo diciendo: "Ya Cristo resucitó, ¿ya de qué me afano?" ¡Nada de eso! La lección de María Magdalena ,y es la primera para nosotros, la búsqueda amorosa de Jesús.

Segundo punto: el discípulo amado estuvo junto a la Cruz. La Cruz, la Cruz sigue siendo importante para nosotros, esa imagen bellísisma, que nos ha presidido en la procesión, tiene su hermosa cruz, el Resucitado muestra la Cruz, el Resucitado muestra las Llagas de la Cruz, el Resucitado muestra el pecho que se abrió en la Cruz.

La Cruz sigue siendo importante, ¿cuál Cruz? "¡Ay, mis cruces! Que yo sufro mucho, que a mí me pasan tantas cosas, yo por qué seré tan de malas", no. La Cruz de Cristo, la contemplación y el recuerdo de la cruz de Cristo.

Antes de empezar este ejercicio tontarrón de la autocompasión, "ay cómo sufro yo, pobrecito yo", antes de empezar en eso, que tu ejercicio sea volverte hacia la Cruz de Cristo, mira a la Cruz de tu Salvado como un libro que jamás terminarás de leer.

Así nos lo enseñó Santa Catalina de Siena, ella decía que las Llagas de Cristo eran como los comienzos de capítulos en ese libro infinito.

Piensa tú que la Cruz de Cristo es un misterio infinito, fue el recuerdo del Viernes Santo lo que le dio ojos al domingo de la Pascua, fue el recuerdo de lo sucedido ese viernes lo que hizo que el discípulo reconociera a Cristo ese domingo, por eso la meditación de la Cruz.

No quites la Cruz de tu casa, no la quites, la de Cristo, la de Cristo, la de Cristo. Mira una y otra vez, por ejemplo, con los misterios dolorosos del Santo Rosario.

¿Sabes una cosa? En Pascua hay que seguir rezando esos misterios dolorosos, ¿y sabes por qué? Porque todo lo que en ese momento era dolor, traición, todo eso se convierte en manifestación de amor cuando lo miramos desde el ángulo de Cristo.

Entonces ese es el segundo punto: No te olvides de la Cruz, no te olvides de la Cruz de Cristo, vuelve siempre a ese misterio, y encontrarás ahí.

Tercer punto: Nos dice el final del evangelio de hoy: "Hasta entonces no habían entendido la Escritura" San Juan 20,9. Necesitamos la familiaridad con la Escritura, necesitamnos, como dice el Apóstol San Pablo en otro texto, "estar revestidos con la coraza de la fe, sabiendo que la espada es la Palabra de Dios" Carta a los Efesios 6,17.

Necesitamos Palabra de Dios, y la Palabra de Dios tenemos que aprender a conectarla con nuestras necesidades, por ejemplo, el libro de los Salmos nos va a ayudar muchas veces, cuando tenemos enemigos, cuando tenemos problemas, cuando tenemos enfermedad.

La Escritura es ese hilo de oro que te enseña cómo se pasa de antes de la Cruz a después del sepulcro.

Nosotros los católicos tenemos mucho de qué corregirnos en este campo, por ejemplo, al venir a la santa Misa, jamás salgas de la iglesia sin llevar en tu mente dos o tres frases bien memorizadas; que tu mente, que tu memoria se vuelva una bodega llena de los tesoros de la Palabra de Dios, o si quieres describirlo con una comparación tomada de la milicia, mira a tu memoria y mira a a tu corazón como el arsenal.

Los soldados tienen un arsenal, el lugar donde están las armas. Pues ya te dije que la vida cristiana será combate, entonces necesitas tu arsenal; pero el arsenal no lo preparan los soldados en dos horas, el arsenal dura años preparándose; mientras está bien dotado un batallón, mientras está bien dotado un ejército, eso toma tiempo.

Tú tiene que dotar tu arsenal, para que cuando venga el enemigo, y te lance sus dardos mortíferos, y quiera aplastar tu fe, y quiera burlarse de ti, tú tienes tu arsenal, y tú tomas los dardos de la Palabra divina, como hizo Cristo en la hora de las tentaciones en el desierto: el demonio lo atacaba y Cristo contraatacaba con la Palabra.

Necesitas tu arsenal. Pobre católico el que no conozca bien su Biblia, pobre católico el que no tenga arsenal, porque vivirá con mucha devoción la Semana Santa, y luego llegará a la vida cotidiana, y en la vida cotidiana el diablo sacará su sonrisa asquerosa, hedionda, y se burlará de la fe tuya.

Y si tú no tienes un arsenal para responderle al demonio, entonces vas a empezar a sentir: "Ay, sí, esa fe que me enseñó mi abuelita no sirve de nada, esa fe que me enseñaron mis papás no sirve de nada".

Y esto le ha pasado a jóvenes chiquinquireños, que aquí, a los pies de la virgen, aprendieron a rezar, y luego van a una universidad, en Bogotá, en Bucaramanga, donde sea, van a una universidad y luego vuelve aquí, y ya no creen en nada, ¿por qué pasa eso? Porque esos gallardos jóvenes chiquinquireños, esa hermosas jóvenes chiquinquireñas, cuando se fueron de aquí, se fueron sin arsenal, no tenían cómo defenderse.

Y un desgraciado profesor en una universidad de Bogotá, se les burla de la fe y de la virgen, y ya ellos se achican: ".Ay, no, ya no creo, ya no creo, ahora me volví agnóstico, ahora me volví ateo", "-¿por qué te volviste ateo?" "-Porque es que allá un profesor me dijo que Dios no existe y que la Iglesia es una porquería, entonces yo ya le creo es al profesor".

Y le dice uno a ese criaturo o a esa criatura: "Oiga usted, a ver cómo hago para no darle tres cachetadas, pero le voy a hacer sólo esta pregunta: ¿Usted sí se preocupó alguna vez en la vida de tener un arsenal de la Palabra de Dios para defenderse?" "-No, yo no sabía eso porque como a mí nunca me dijeron eso". "-Pues hoy te lo estoy diciendo: necesitas el arsenal de la Palabra divina", y este es el tercer consejo.

Necesitamos un cuarto consejo, y ese cuarto consejo es: suplicar ojos. En la Biblia se cuenta la historia de un hombre presuntuoso, arrogante sin medida, era un brujo, brujo de no sé qué religión, se llamaba Balaán, y en su arrogancia este hombre decía: "Yo soy el hombre de los ojos perfectos" Números 24,3.

¡Ah caray!, ¡el hombre de los ojos perfectos! Nosotros los cristianos somos mucho más humildes, o debemos serlo; ninguno de nosotros presuma de tener ojos perfectos, todos necesitamos colirio, como dice el libro del Apocalipsis, necesitamos el colirio de la fe: "Enséñame, Señor, a mirar esta tragedia en que vivo, esta enfermedad por la que paso;enséñame a mirar este dolor,mirarlo como tú lo miras".

Eso no se da automáticamente; hay personas que tienen esa gracia, la mayor parte de nosotros no la tenemos, pero podemos suplicarla. Necesitamos ojos, ojos, para poder mirar lo bueno y lo malo, para poder mira lo próspero y lo adverso, para que cuando llegue lo adverso, no nos deseperemos; y para cuando llegue lo próspero, no nos llenemos de petulancia y nos olvidemos de Dios.

Necesitamos ojos, para cuando nos llegan los triunfos y los aplausos, que eso no nos envanezca; necesitamos ojos, para que cuando veamos fierras terribles que nos atacan, nuestro corazón no tiemble. Hay que pedirle a Dios ojos.

María Magdalena tenía esa clase de ojos, ella salió en la noche, ella en la noche, guiada por el amor, guiada por unos ojos que estaban llenos de amor, pudo encontrar el lugar donde estuvo Cristo, y desde ahí pudo encontrase con el Cristo Vivo. Necesitamos ojos.

Y lo último, mis hermanos, para conectar la Cruz con la gloria: el Señor tenía que resucitar de entre los muertos. El Apóstol San Pablo, hablando de la resurrección nuestra, dice:"Nadie puede explicar cómo se pasa de la muerte a la vida" 1 Corintios 15,35-53, nadie; nadie puede explicar cómo de una semilla sale una espiga.

si a uno le mostraran una semilla de una mata que uno no conoce, y le dijeran: "Mira, esta es una mata nueva que se encontró en Australia. Aquí te presento la semilla, ahora dime cómo es la flor de esta semilla". Ninguno de nosotros puede saberlo. Así nos advierte San Pablo: "Nadie puede explicar la resurrección" 1 Corintios 15,35-53.

Luego finalmente hay un punto, en el cual, la única amanera de ver es confiar, la única manera de ver es hacer lo que hizo ese muchacho en la multiplicación de los panes, cuando había cinco mil que tenían hambre, y el muchacho sólo tenía cinco panes, y Jesús le dijo: "Oye,dame esos panes", y le muchacho se los dio. Pero él sabia, "pero, ¿qué es esto para tanta gente?, pero si Él lo dice, pues ahí se lo doy".

¿Qué quiero decir con esto? Que la manera suprema de entender, es no querer entenderlo todo; la manera suprema de ver, es saber que hay cosas que están más allá de nuestra vista; la manera suprema de amar, es no pretender adueñarnos de nada, de eso hablan los grandes místicos, y de esto deberíamos conversar también en otro día, pero por ahora quedémonos ahí.

Quedémonos con esa conexión, quedémonos con ese camino que va desde la noche hacia el día. quedémonos con ese camino, que bien podemos llamar el camino de la luz.

Si en la Semana Santa que estamos concluyendo celebramos el camino de la Cruz, hoy tenemos que celebrar el camino de la luz, y tenemos que salir, como Cristo, tenemos que salir por las calles como este Cristo nos enseñó, recorriendo chiquinquirá.

Tenemos que salir por las calles, sin temor, con el rostro descubierto, con la Cruz bien en alto, proclamando que hay un amor más grande, y que la vida, la vida, mis hermanos, es más fuerte que la muerte.

Amén.