Padremisericordioso

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Contenido

EJERCICIOS SOBRE EL PADRE MISERICORDIOSO

Introducción


1. ¿Quién es nuestro Dios?2

2. La vida de la Trinidad es vida de amistad4

3. Espiritualidad trinitaria6

4. ¿Quién nos mostrará al Padre?8


5. El Evangelio de Lucas10

6. Dios es Padre12

7. Dios es Padre misericordioso14

8. Un Padre con corazón de madre16


9. Jesús: Hijo eterno del Padre18

10. Jesucristo: El Hombre Nuevo20

11. La humildad de Jesús22

12. Jesús único camino para ir al Padre24


13. El Espíritu Santo es una Persona Divina 26

14. El Espíritu del Padre y del Hijo26

15. Bautismo en el Espíritu Santo28

16. María y la Trinidad 30


17. Carta de identidad de Dios Padre 32

18. El Padre nos creó libres34

19. El amor del Padre permanece en nuestro corazón.36

20. Una parábola viviente38

21. De la humillación a la humildad40

22. Sanar la relación hijo padre42

23. Déjense reconciliar con Dios44

24. Reconciliación del hijo con su padre46

25. Volveré a la casa del Padre48

26. El padre corrió al encuentro de su hijo50

27. Un personaje mezquino52

28. La reacción del hijo mayor54


29. Juguete de sus propias pretensiones56

30. Un tercer hijo58

31. Nuestro encuentro con el Padre 60

32. El reconocimiento del Padre como Padre62


33. La fraternidad como exigencia de la paternidad divina64

34. Viviendo en el Padre66

35. Mi regreso al Padre: convertirme en el Padre.68

36. Venimos del Padre y a Él volvemos 70


37. El testamento del Padre72

38. Imitando al Padre 74

39. Abandono en el Padre 76

40. María y el Padre en el Nuevo Testamento80


INTRODUCCIÓN


Los presentes Ejercicios Espirituales tiene como personaje central la adorable Persona del Padre celestial, de quien procede toda familia, toda comunidad en el cielo y en la tierra. Ya Jesús en su tiempo nos hacia esta tremenda y sorprendente revelación, refiriéndose al Padre: “el mundo no te ha conocido” (Jn 17,25) y añadía, mostrándonos una aurora maravillosa, que podía convertirse en pleno medio día: “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero” (Jn 17,3).

Nuestro cometido es ir en busca de nuestro Padre, a quien de pronto no conocemos todavía, y hacer las indagaciones del caso para saber dónde está, dar con Él, encontrarnos con Él, dejarnos dar un abrazo, como el hijo pródigo y permanecer en su casa, disfrutando su compañía.


Quien nos puede dar noticia del Padre es Jesús, el Hijo amado, que ha tenido con El una relación maravillosa desde toda la eternidad. El mismo nos invitó a desear conocer al Padre, cuando nos dijo: “<em>nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar</em>” (Mt 11,27).


Oiremos a Jesús dándonos esa maravillosa noticia de que tenemos un Padre, que nos ama tanto que nos envía su propio Unigénito para que nos dé las más completas noticias suyas y nos cuente tanto algo de lo que sabe de El. Veremos varios textos donde Jesús nos cuenta maravillas del Padre y nos detendremos muy especialmente en la parábola del Padre, malamente llamada parábola del hijo pródigo, que Jesús emplea para darnos noticias completas del Padre y de su carácter maravilloso, lleno de misericordia para con sus hijos todos.


Tendremos 4 charlas por día. Hablaremos de nuestro hogar más allá de este mundo, de donde vinimos y a donde tenemos que regresar. Por eso, nos ocuparemos de Dios-Comunidad: Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Y nos detendremos especialmente en la Persona de nuestro Padre celestial. Para continuar con la parábola analizando todo su contenido: la persona del Padre, la persona del hijo menor y la persona del hijo mayor. Veremos quién es el hijo menor y quién es el mayor. Con ellos haremos una celebración del Perdón y reconciliación: con Dios y los hermanos. Nuestra Eucaristía de clausura será la Misa de Reconciliación I.


Metodología. Realizaremos los Ejercicios en silencio. Cuatro charlas en el día: tres reflexiones y la homilía. Exposición del Santísimo para el encuentro personal con nuestro Padre amantísimo que acompaña siempre a Jesús en el Sacramento del Amor. Tendremos tiempo para la oración personal

Donde nos encontraremos desde la Palabra con la persona maravillosa de nuestro querido Padre celestial.


Evaluación por escrito (anónima): lo que más ayudó; dificultades. Testimonio personal.

Compartir la Palabra en las Eucaristías (¿escoger la Palabra para cada día?)

QUIEN ES NUESTRO DIOS

(Hech 17, 22-34; Mt 15,16,17); Jn 14,1-31)


Les invito a revisar la imagen que tenemos de nuestro Dios. ¿Cómo es esa imagen? La mayoría de los cristianos nos hemos quedado con una imagen humana, más bien filosófica, como el UNO trascendente. Hemos dejado a un lado la imagen bíblica, la imagen trinitaria, la imagen que el mismo Dios nos ha revelado por Jesucristo. Y la hemos relegado porque nos parecía inalcanzable, sin consecuencias prácticas para la vida y, menos para la salvación. Por eso, en este trabajo abordaremos primero el tema de la unidad de Dios, de la Comunidad Trinitaria[1], para detenernos, después, en cada una de las Personas divinas, y de manera especial, en la adorable Persona del Padre. ¡Qué lindo que en estos días abandonemos la idea que nos hemos formado de Dios, y nos dejemos sorprender por el adorable Jesucristo para que nos pueda revelar su imagen de Dios! El es misericordia, amor, es como las entrañas maternas que se estremecen por nosotros. Entonces, y sólo entonces, nuestra visión de la vida cambiaría. Quiero iniciar recordando una experiencia del santo Cura de Ars. Un día se le presentó en la casa cural un hombre que quería discutir sobre Dios y expresarle unas dudas sobre El. El padre Vianney le pidió que, primero se arrodillara y confesara sus pecados. El hombre no quería aceptar, pues buscaba sobre Dios pruebas de razón, argumentos intelectuales. El cura de Ars se mantuvo firme en su pedido, hasta que el hombre convino y le pidió que lo confesara. Acabada la confesión de sus pecados, y habiendo recibido la absolución, el padre le dijo: ahora sí, veamos sus dudas sobre Dios. Nuestro hombre, agradecido, replicó que ya no tenía dudas. Todo estaba claro. Con su confesión había eliminado sus dudas y ahora estaba tranquilo con Dios. Ya lo dijo el mismo Jesús: “<em>Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios</em>” (Mt 5,8).

El misterio de Dios

Los cristianos creemos en la Revelación divina, que tiene como protagonistas a tres Personas divinas, iguales en todo y que viven en total comunión por su ser-amor y han querido establecer relaciones personales con el hombre. Jesucristo, Dios y Hombre, que se encarnó, nació de María Virgen y nos redimió, nos entregó la noticia completa sobre el verdadero Dios: Él es nuestro Padre y nos ama; marcando, así, nuestra vida con ese amor. Pero, no podemos pensar en el misterio del Padre sin pensar en el Hijo, en el ES, en la Santísima Trinidad. Jesucristo nos dejó consignada la revelación sobre el Dios verdadero, en varios momentos. Es especial el del capítulo 14 del Evangelio de san Juan. Allí, Jesús habla de las tres Personas que conforman la Trinidad o tri-unidad de Dios: del Padre, de Sí mismo y del Espíritu Consolador, que el Padre envía en nombre de Jesús. Nos habla de que esas Personas son COMUNIÓN personal en el amor, Dios-Comunión: “<em>Yo y el Padre somos UNO</em>”. Estas Personas Divinas se aman con amor infinito, formando “la mejor Comunidad”: se aman desde la eternidad siendo un solo Dios.


Comunión íntima

Este Dios Comunión, ha querido abrir su misterio de amor y hacer partícipes de él a todos los hombres. Por eso, nos creó “a su imagen y semejanza”, invitándonos así a la comunión personal con Él, con los demás hombres y con el mundo. Nuestra vocación es, por tanto, vivir la comunión. Para que podamos mejor lograrlo, los Tres han puesto su morada en nuestro corazón: “<em>vendremos a el y haremos nuestra morada en el</em>” (v. 23). Nuestra vida comenzó y terminará en la Trinidad, debemos vivir, por tanto, al estilo de la Trinidad. Para ello se nos ofrece el ES, para poder vivir la Comunión con Dios y con los hermanos: “<em>Que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti</em>” (Jn 17,21).

La Trinidad es Comunidad

Nos damos cuenta que el Dios de los cristianos, revelado por Cristo, no es un Dios solitario, sino un Dios-Amor, que vive en Comunión. Así aparece la Trinidad en la Biblia; esta es su dinámica. La comunión trinitaria es recíproca entrega y acogida de las Personas divinas. Cada una está <em>en </em>las otras sin confusión ni separación. Esto nos permite intuir el misterio de la vida íntima de Dios como un misterio infinito de Comunión, paradigma de nuestra comunión. En efecto, la Comunión Trinitaria no es estática o cerrada en sí misma. Uno de los últimos documentos papales, la Exhortación Apostólica “Vita Consecrata”, que estudia la VC y su misión en la Iglesia y en el mundo, aborda el misterio Trinitario, desde el dinamismo de la “comunión”. Es esta una visión más dinámica y existencial del misterio de Dios. La exhortación papal presenta la VC, a la luz de la Trinidad, como una señal de fraternidad, como una epifanía del amor de Dios-Comunión en el mundo.

Al reflexionar sobre la Trinidad como “comunión”, se nos presenta este misterio menos abstracto, sin que deje de ser incomprensible. A partir de esta visión más dinámica, se hace luz sobre la Trinidad, sobre la Iglesia y sobre la VC, que ha sido regalada a la Iglesia, para hacer presente entre los hombres el misterio del Dios vivo, que es “Comunión entre las Personas divinas”. De la misma manera, reflexionando sobre el ser de la vida fraterna estamos profundizando en el misterio de Dios Trinidad, que nos ha llamado a los religiosos, desde la eternidad, para ser epifanía de Dios.

Pero, la comunión en Dios, no es simplemente una estructura exterior, como pasa en la familia humana, sino que es la propia esencia más íntima de Dios. No es su aspecto parcial, sino su dimensión constitutiva, lo que hace a Dios. La Comunión es la manera de ser de Dios y la manera de nosotros realizarnos como religiosos.

En las raíces de la Trinidad

La Comunión entre las Personas divinas “se realiza” mediante la participación; sin ella no hay comunión. Entre ellas hay una participación infinita de conocimiento y amor, desde toda la eternidad. Cuando se afirma que “la Trinidad es un misterio inaccesible, se puede pensar que es muy distante de nuestra vida. Si así fuese, no sería el misterio principal de nuestra fe. Y gracias a Dios no es así. La Santísima Trinidad no es algo frío, abstracto, lejano. Al contrario, siendo amor infinito, es un misterio íntimo, próximo, sorprendentemente vital, generador de comunión y referencia obligatoria de toda comunión (de la Iglesia, de la humanidad, del cosmos)”.

Vivir en la Trinidad

Para vivir la Comunión, necesitamos estar con la Trinidad, contemplar la Trinidad, extasiarnos en su estilo de comunión y de unidad. “Dios es el Padre, el Hijo y el ES en una comunión recíproca. Ninguna de estas Personas es anterior, posterior, ni inferior a la otra. Cada Persona envuelve a las Otras. Son distintas no para vivir separadas, sino para unirse y poder entregarse Unas a las Otras. En el principio no existe la soledad, sino la Comunión de los Tres Únicos. El amor, la benevolencia y la entrega entre las Tres Divinas Personas existen a causa de la Comunión” (P. J.M. Guerrero). “Comunión recíproca entre las personas –que es amor fecundo y generoso- y amistad eterna, que es entrega total recíproca, no posesiva; participación recíproca y dinámica; diferencia en la unidad; son estas las tres grandes líneas que configuran la Vida Trinitaria y, al mismo tiempo, son origen y meta de toda comunión entre personas”.

La Vida Fraterna y el Misterio Trinitario

Nacimos como hijos de Dios en el seno de la Trinidad al ser bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Desde entonces, nuestra vida está marcada por la Trinidad de tal manera que no podemos comenzar y llevar adelante nada sino en el nombre y bajo el poder de Ellos. También, la VF es un reflejo de la Trinidad; “del Padre que quiere formar una sola familia humana; del Hijo que vino a realizar la fraternidad en un mundo dividido; del ES, que es vínculo de comunión y de unidad en la Iglesia y en ella suscita familias espirituales y comunidades fraternas”.

El Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, nos introduce en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, uniéndonos entre nosotros. Por eso, el primer fruto de la venida del Espíritu Santo es la koinonía, i. e. “la comunión” entre los creyentes: “Todos eran un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32). La dimensión de comunidad manifiesta la presencia del Espíritu, pues donde hay comunidad, allí está el ES. Y a su vez su presencia se concretiza en la comunión. La primera Comunidad de Jerusalén, fruto de la acción de la Trinidad, ha sido modelo “en el cual la Iglesia se inspira siempre que quiere revivir el fervor de los orígenes y refundar, i. e. retomar su camino en la historia con renovado fervor evangélico, viviendo el estilo de vida de unidad que viven las Personas en la Trinidad.


La VC, desde sus orígenes, se inspiró en la Comunidad de vida de los Apóstoles y de la primera comunidad de Jerusalén. Pero, su fuente originaria es la Comunión de vida de las Personas divinas: “<em>Nuestra Comunidad tiene su origen y modelo en la misma Trinidad</em>” (C 36). Ella es su modelo y su dinamismo unificador. En efecto, la Trinidad es, no solo origen de toda comunión, sino fuente única y ejemplar. Por eso, a Ella tenemos que llegar y en ella quedarnos, desde la contemplación, si queremos lograr una comprensión más completa y profunda de la comunión en Dios y una vivencia entre nosotros. Es por esto que “la VC tiene el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad” (VC 41).

La VR, misterio de comunión

La VR proviene de la Trinidad y está empapada, modelada en ese misterio de Comunión. De tal manera que no podemos entender la VR, sino en clave de comunión. Ella hunde sus raíces en el misterio trinitario, es su elemento central. Tenemos acceso al Padre en el Espíritu en Cristo, participando así de la naturaleza divina. La VR participa de la comunión Trinitaria y es obra prodigiosa de la Trinidad. Hasta ahora no se había prestado la atención debida a la noción de comunión, elemento central en la Trinidad. Y, “¿qué significa la palabra “comunión”? Fundamentalmente se trata de la koinonía del Padre, del Hijo en el Espíritu Santo. Esta comunión la obtiene la Iglesia en la Palabra de Dios y en los sacramentos. El bautismo es puerta y fundamento de esa comunión, y la Eucaristía es su fuente (cf. LG 11). Allí hay que ir a beber, a empaparse de comunión para poder vivirla con los hermanos. Y esto se hace desde la oración, desde la contemplación del misterio adorable de Dios-Trinidad, de Dios-Comunión, de Dios-Amor.


LA VIDA DE LA TRINIDAD ES VIDA DE AMISTAD

(Lc 10,21-22; Jn 14,5-17; 15, 1-17)


Les invito a reflexionar sobre la vida de amistad en la Trinidad, el más alto grado de comunión vivido entre personas. La Escritura nos ofrece material para nuestra profundización. La amistad es el sacramento primario de toda solidaridad entre personas. Por esto, entre las Personas divinas se vive la amistad. Más aún, ellas son la fuente de la amistad. Hay personas que viven juntas toda una vida y no llegan a ser amigos: padres que no han podido ser amigos de sus hijos; hermanos entre los cuales no ha podido florecer la amistad; religiosos que se han quedado en los inicios del amor, sin llegar a saborear la amistad. Pero, también hay encuentros entre personas, que se convierten en amistades muy hondas.

Para lograr el objetivo de nuestro tema, nos valdremos, de los Evangelios, donde Cristo nos regala la más maravillosa revelación de Dios. Las Personas divinas viven la amistad, porque viven el amor recíproco entre ellos, y lo viven en grado infinito. Es tal la intimidad entre ellos que, en palabras de Jesús, el que ha visto a Jesús ha visto al Padre y el que ve a Jesús, conoce al Espíritu Santo. Por eso dirá el Eclesiástico que el amigo es igual al amigo: “<em>el amigo es otro yo” (Eclco 6,11).</em> La amistad tiene su origen en el cielo y es regalo del cielo. Tiene su origen en el amor de las Personas divinas, porque: “<em>Dios es amor</em>”. Y la amistad es la cota más alta del amor vivido entre personas. Alguien decía que la amistad es transparencia de la presencia divina.


La Koinonía en Dios


Se ha utilizado la palabra “Koinonía” para expresar, al menos en parte, el misterio Trinitario. Esta palabra griega, utilizada en la Biblia, traduce “comunión”, otras veces “amistad”, “participación”, “condivisión”. Todos estos significados nos ayudan a captar mucho mejor el sentido que ella encierra. De todos modos, el vocablo posee un significado específico que habla de la vida divina. Los elementos fundamentales de este concepto teológico no provienen de la sociología, sino de la Escritura. Ella nos dice que Dios es koinonía: comunión en su misma esencia. Su ser es trinitario, esencialmente relacional. Un Dios no trinitario no sería koinonía en su mismo ser. Pensar en las Personas es pensar siempre en términos comunitarios. Por eso, la Trinidad es el modo de ser de Dios. El es comunión íntima. Por eso, en el principio no existe la soledad, sino el amor, la comunión.


La Trinidad comunidad de amistad

Lleguémonos a saborear un texto evangélico donde se descubre un amor especial, tierno, de amistad entrañable, una comunicación de especial intimidad entre las Tres Personas divinas. Dice así: “<em>Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado esas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar</em>” (Lc 10,21-22).


“Este texto revela el Misterio Trinitario como una comunicación y comunión” íntimas, de amistad. El Espíritu Santo estremece a Jesús con <em>un gozo íntimo</em>, que hace que se comunique con el Padre con afecto entrañable y tierno, con subida intimidad. Es este, tal vez, uno de los momentos de mayor intensidad en el Evangelio. Jesús se comunica con el Padre mediante un vocablo lleno de cariño y de ternura filial: “Abbá, Papá”. Se comunica entrañablemente, con seguridad e intimidad. Al llamar a Dios “Abbá”, Jesús está revelando esa relación especial de intimidad que tiene con Él, pues es su “Hijo amado”, como lo llama el Padre (cf. Mc 1,11; Mt 3,17; 17, 5; Lc 3,22). ¡Cuánta ternura en esas dos expresiones: “Abbá”, “Mi Hijo amado”. Llamándose tan familiarmente entre ellos, el Evangelio nos está descubriendo la ternura, la amistad íntima y tierna que viven las Personas divinas entre ellos.


Por otra parte, el término “conocer”, empleado por Jesús para expresar su relación con el Padre, nos ayuda a descubrir que la relación que viven las Personas divinas es de una altísima intimidad. En efecto, el “conocer” bíblico, es empleado por primera vez en la Biblia para expresar la relación íntima de Adán con su mujer. Dice así la Escritura: “<em>Adán </em>conoció<em> a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín</em>” (Gen 4,1). Se habla allí, por tanto, de una experiencia vital íntima, de la máxima intimidad de amor recíproco compartido, posible entre dos personas humanas. Claro está que la intimidad que viven las Personas divinas está mas allá del concepto de intimidad que nosotros manejamos. Está más allá de toda intimidad material. Por esto, este magnífico texto de Lucas revela un acento extraordinario de sin igual intimidad y ternura, de la comunicación y comunión entrañable y extraordinaria, que viven las Personas en el seno de la divinidad.


La amistad de las Personas divinas es en grado infinito


San Juan, en su Evangelio, presenta como en un crescendo, la relación comunicativa de amor que se da entre las Tres divinas Personas. Dialogando Jesús con sus discípulos, en ambiente de deliciosa intimidad, les hace revelaciones asombrosas sobre la relación de amistad que existe entre las tres Divinas Personas. Les dice: “<em>El que me ha visto a mí, ha visto al Padre!...¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? </em>Y, unos versículos más adelante, hablando del Espíritu Santo les dice: “<em>Yo pediré al Padre que les mande otro Defensor que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce. Ustedes le conocen, porque vive con ustedes y está con ustedes</em>” (Jn 14, 16-17). En este texto ha hecho Jesús dos extraordinarias afirmaciones: “El que ha visto a Jesús ha visto al Padre y el que ha visto a Jesús ha visto y conoce al Espíritu”. En efecto, el que está con ellos es Jesús, pues “<em>aún no había Espíritu, porque Jesús no había sido aún glorificado</em>” (Jn 7,39). Por eso, la teología afirma que el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y el Espíritu del Hijo. ¡Imposible llegar a una comunión y a una intimidad mayor que la que nos revela Jesús, existente en la Trinidad, y que es mucho más profundo y va más allá del concepto de intimidad conocido por nosotros. Es una amistad en grado infinito que no alcanzamos ni a imaginar.


Años más tarde, el mismo Juan expresa en su Evangelio, en una maravillosa síntesis de su reflexión teológica,

una idea, que pudo recibir de labios de Jesús y que nos habla, también, de la más subida intimidad existente entre las Personas divinas. Dice el evangelista: “E<em>n el principio</em> <em>existía la Palabra, y la Palabra estaba en la intimidad de Dios y la Palabra era Dios</em>” (Jn 1,1-2). El evangelista afirma que, desde el principio existe entre las Personas divinas una misteriosa y perfectísima relación de intimidad tal, de comunicación tan íntima que les hace UNO.

Estos diversos niveles de comunicación íntima en Dios los ha expresado la teología con los términos de naturaleza y persona. Con el término persona ha expresado la pluralidad o Trinidad de personas; con el término naturaleza ha expresado la unidad que existe entre ellos: son tres Personas distintas, pero iguales en todo. Ninguna es más que la otra, más o menos importante, más o menos santa, más o menos poderosa. Por eso, viven en el seno de la Trinidad, la más alta y perfectísima intimidad de amor, origen y modelo de toda comunicación, de toda amorosa comunión, de toda comunidad.


A la más perfecta amistad se llega por la más profunda comunicación


La persona es lo que es su comunicación y esta alcanza su plenitud cuando llega hasta la intimida, hasta la amistad, cumbre cimera del amor. Por lo mismo, a medida que la comunicación sea más perfecta, más perfecta será, también, la amistad. Al respecto afirma el documento Vida Fraterna en Comunidad: “Para ser amigos es necesario conocerse, y para conocerse es necesario comunicarse en forma cada vez más amplia y profunda” (VFC 29).<em> </em>Por eso, la amistad de las Personas divinas es en grado infinito por su insondable comunicación. El documento citado, avanza todavía más y dice: “La amistad nace de la comunicación de los bienes del Espíritu, una comunicación de la fe y en la fe, donde la amistad se hace tanto más fuerte cuanto más central y vital es lo que se comunica (VFC 32). Y en la Trinidad no solo se comunican los dones del Espíritu, sino que se comunica el mismo Espíritu, en tal intensidad, que el Espíritu del Padre es el Espíritu del Hijo. ¿Puede darse mayor comunicación, mayor intimidad?


Hemos sido creados a imagen de la Trinidad


Es por esto que Jesús, que venía de vivir la amistad en su vida divina, pudo decir a sus discípulos: “<em>ya no les llamo siervos sino amigos. Porque les he comunicado todo lo que he oído de mi Padre</em>” Por eso, el religioso, al recibir su vocación, ha sido llamado para la amistad. Ya desde el principio, desde antes de ser creado, ha sido preparado y diseñado para la amistad. Por lo tanto, al recibir su vocación, ha sido llamado para que desarrolle la comunicación con sus semejantes, hasta lograr el grado más alto del amor: la amistad. Ha sido llamado para ser confidente de Jesús, para ser amigo de cada una de las Personas divinas, para ser amigo entre los hombres.


ESPIRITUALIDAD TRINITARIA

( Gen 1,26-27; Hech 2, 1-47)


Les invito a reflexionar sobre la espiritualidad que surge de la vida Trinitaria de Dios, espiritualidad esencial y primera del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, creado para la comunión con Dios y con sus semejantes. Para que pudiera vivir la unidad, Dios le dotó: de sentidos, ellos le ayudan a comunicarse con el hombre y con el mundo material; de virtudes teologales o sentidos sobrenaturales: fe, esperanza y caridad, para que pudiera comunicarse con Dios y con el mundo sobrenatural. Ha sido estructurado para dar y recibir amor. Si esto no acontece en su vida, se frustrará en una de las necesidades fundamentales de su ser. Es por esto que: “La pobreza de comunicación debilita la persona, debilita la comunidad y convierte en extraño al hermano y en anónima la relación” (VFC 32).


Dios nos creó relacionales

Hablando de la creación del hombre y la mujer, dice la Escritura: “<em>a imagen de Dios los creó: </em><em>macho y hembra los creó</em>” (Gen 1,27): “ya desde el principio aparecen el hombre y la mujer “llamados a existir recíprocamente el uno para el otro” (MD 7). El mismo texto de la Escritura explica lo que quiere decir “a imagen de Dios”, al añadir inmediatamente: “macho y hembra los creó”. Por tanto, ser “imagen de Dios” es ser el uno para el otro, ser creados para el encuentro, para la comunión. Hay una fuerza interior en el hombre (varón y mujer), que lo lleva a comunicarse, a hacerse UNO con el otro, como en la Trinidad: “Que ellos sean UNO como nosotros somos UNO”(Jn 17, 22). El Vaticano II dice que Dios creó al hombre ser relacional, es decir, persona, capaz de conocer y amar, de entrar en relación vital con un tú. Esta capacidad de relacionarse la expresa con la comunicación, que le compromete a vivir en diálogo con el otro, para poder ser él mismo. Los fracasos en la vida del hombre, tienen su raíz en la <em>distorsión </em>de este impulso de su ser. Esa distorsión le llevó, inicialmente, a romper el diálogo con Dios y, posteriormente, con el hermano. Se tornó huidizo, destruyó la armonía (cf. Gen 3, 8-10). Pero el amor providente del Padre ha restaurado maravillosamente y en forma definitiva esa capacidad del hombre con la Encarnación de su Hijo, dejándonos la tarea de desarrollar en nosotros esa condición natural de comunicarnos hasta lograr la comunión.


Para esto se nos dio el don del Espíritu Santo: “<em>Yo les </em><em>he dado la gloria </em><em> que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y Tú en mí, para que sean perfectamente uno</em>” (Jn 17,22). El Espíritu Santo, <em>vínculo de amor,</em> principio de comunión entre el Padre y el Hijo, es entregado a los fieles para que sea en ellos principio de comunión con Dios y entre los hombres.


El Espíritu Santo don comunicador


Antes de subir al cielo, Jesús mandó a sus discípulos que aguardasen en Jerusalén el cumplimiento de la promesa del Padre: “<em>recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra</em>” (Hech 1,8). La expresión “serán mis testigos” significa que, una vez recibieran el Espíritu Santo, serían capaces de comunicar a Cristo desde un conocimiento experiencial, que les daría el mismo Espíritu Santo. El convierte, a quien le recibe, en un maravilloso comunicador. Hace que la comunicación se apodere de esa persona, como se apodera el fuego de un cañaveral. Así ha sucedido y sucederá siempre: Lucas dice que Jesús , antes de empezar su predicación, “lleno del Espíritu Santo, se dejó guiar por El” y “volvió a Galilea con el poder del Espíritu Santo y enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan” (Lc 4,1.14-15). María recibe el Espíritu Santo y, sale con prontitud hacia la montaña a comunicarse con Isabel; con la llegada de Jesús, portador del Espíritu Santo, a la casa de Zacarías: Isabel prorrumpe con gran voz (Lc 1,41); a Zacarías se le abre la boca, se desata su lengua y bendice a Dios (Lc 1,46); el niño saltó de júbilo en el vientre de Isabel, comunicando así su alegría por la presencia de Jesús y del Espíritu Santo (Lc 1,44); Pedro, después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, predica y “aquel día se les unen tres mil personas” (Hech 2,41); los demás apóstoles predican y los extranjeros “Cada uno les oía hablar en su propia lengua” (Hech 2, 6.8, 11) las maravillas de Dios; los primeros cristianos reciben el Espíritu Santo y empiezan a comunicar sus riquezas, a entregar a los hermanos todo cuanto poseen.


La catequesis más viva y eficaz sobre la comunicación que lleva a la comunión es la narración de la venida del Espíritu Santo sobre los primeros cristianos el día de Pentecostés. Allí todos reciben la capacidad de comunicarse y vivir la comunidad. En Jerusalén se produce el milagro de la comunicación que lleva a la unidad: “La multitud de los fieles tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común” (Hech 4,32). Evidentemente, esta unidad más que obra nuestra, es obra de Dios y la alcanzamos en cuanto estemos en Dios. Nosotros, como humanos que somos, no podemos entrar unos en otros como sucede con las Personas divinas. Pero Dios sí puede, y será nuestro amor recíproco y el estar unidos en Dios el que nos haga estar, en cierta manera, misteriosamente unidos los unos en los otros. Así lo expresa el Vaticano II: “El Señor sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad” (GS 24).

Espiritualidad de comunión

La unidad de Dios, no es conclusión de un raciocinio, es una verdad fundamental de nuestra fe, definida en diversos concilios ecuménicos. La vida de Dios es relacional y está descrita como Koinonia: la comunión personal que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, comunión que es incompatible con el individualismo. Porque el tejido de Dios Trinidad es la comunión.

Nosotros estamos llamados a vivir entre nosotros –a nuestro nivel y con nuestros límites- la misma dinámica trinitaria de comunión que viven las Personas en el seno de la Trinidad. No hemos recibido el don del ES solo para estar unidos cada uno con Dios, sino para reproducir, también, entre nosotros la dinámica de amor trinitario. Esta comunión entre nosotros, vivida a fondo, genera una presencia viva de Dios. Es por esto que la unidad de Dios orienta correctamente nuestra vida hacia la unidad con él y con los hermanos.


Como somos imagen de Dios, la unidad en Dios nos lleva a la unidad, a la construcción de una civilización del amor y del diálogo fraterno entre los hombres. Estamos llamados a reproducir entre nosotros el estilo de vida trinitaria que viven las personas divinas. Es este el sueño de Jesús para los suyos: “<em>Padre, que todos sean uno como Tú en mí y Yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado</em>” (Jn 17,21).


Desarrollar una espiritualidad comunitaria

El gran desafío a los cristianos, para ser fieles al designio de Dios, es hacer de la Iglesia, de las familias, de las mismas comunidades religiosas “casas y escuelas de comunión” (NMI 43). Para esto, dice Juan Pablo II, “hace falta promover una <em>espiritualidad de comunión, proponiéndola como </em>principio educativo en todos los lugares donde se forma al hombre y al cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades” (NMI 43). Necesitamos, por tanto, declarar la guerra a nuestro individualismo y abrir totalmente las puertas de nuestra vida a lo comunitario.

Quiero terminar esta reflexión exponiendo lo que pensaba sobre nuestros tiempos el teólogo odi Rahner, cuando en los años 60 hablaba de la “comunión fraterna en el Espíritu” como elemento peculiar y esencial de la espiritualidad del mañana. Así decía: “Me gustaría decir que los mayores [...] hemos sido espiritualmente individualistas, dada nuestra proveniencia y nuestra formación [...]. Si hay una experiencia del Espíritu, hecha en común, considerada comúnmente como tal, deseada y vivida, es claramente la experiencia del primer Pentecostés de la Iglesia, un acontecimiento que no consistió ciertamente en la reunión casual de un conjunto de místicos individualistas, sino en la experiencia del Espíritu hecha en comunidad. [...] ¿Porqué otras personas más jóvenes entre los cristianos y el clero no deberían en el futuro encontrar con mayor facilidad acceso a esta experiencia del Espíritu realizada en común? [...] Creo que en la espiritualidad del futuro, <em>la comunión espiritual fraterna</em>, la vida espiritual vivida en grupo desempeñará un papel más importante. Hay que caminar en esta dirección lenta pero decididamente” (<em>Problemas y perspectivas de Espiritualidad, </em>Sígueme, Salamanca 1986).


Podemos estar seguros que encontraremos las <em>fórmulas precisas </em> para nuestra vida espiritual. El Espíritu Santo nos las enseñará si somos dóciles, si aprendemos de Nuestra Madre María a acoger sus sugerencias. Acojamos las sorpresas del Espíritu con la certeza de que nos hallamos expuestos al viento del Espíritu, en una especie de plataforma móvil. Una de esas sorpresas consiste en que el religioso del Tercer Milenio será “místico”y de “comunión fraterna en el Espíritu”. El quiere transformar y guiar nuestros proyectos y programas maravillándonos con sus sorpresas.

QUIÉN NOS MOSTRARÁ AL PADRE


Les invito a que busquemos la persona que sepa darnos noticias del querido Padre celestial, que nos cuente de Él. Quien no ha conocido a su papá, y sabe que está vivo en alguna parte, le puede nacer el deseo irresistible de saber de él y, una vez haya sabido del lugar de su paradero, es de suponer que hará hasta lo imposible para conocerle, para estar con El y, ojalá, para recibir su afecto. Bien, este será el tema de nuestra reflexión, que haremos para llegar hasta nuestro Padre celestial, y saber de El con toda certeza.


Jesús el gran revelador del Padre


Los evangelios nos dicen que el conocimiento del Padre es privilegio por excelencia de Jesús: “<em>Yo conozco al Padre, porque vengo de El y Él es el que me ha enviado</em>” (Jn 7,29). Además, Él mismo nos ofrece el regalo de dárnoslo a conocer: “<em>nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” </em>(Mt 11,27). El mismo nos asegura que en el mundo solo Jesús de Nazaret conoce al Padre y, por lo tanto, sólo Él nos lo puede dar a conocer: “<em>a Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer</em>” (Jn 1,18).


El Himno de la perla


Un anciano rey envía a su hijo desde Oriente a Egipto para que recupere una perla preciosa, custodiada por la serpiente maligna. El oven salió gustoso para el largo viaje, provisto de todas las credenciales de su padre. Pero una vez allí, se dejó engañar: comió de los manjares egipcios y cayó en un profundo letargo, olvidándose de quién era y a que había venido. El padre, preocupado por su tardanza, le mandó un mensaje, en forma de una carta voladora en figura de águila. Cuando llegó junto al joven, la carta se transformó toda ella en una voz que le gritó: <em>“¡Levántate y despierta de tu sueño!</em> <em>¡Recuerda que eres hijo de reyes!</em> <em>¡Acu</em><em>érdate de la perla! </em>El joven despertó, cogió la carta, la besó y rompió sus sellos; reconoció que lo que decía la voz coincidía con lo que él mismo sentía en su corazón; luchó con la serpiente, invocando sobre ella el nombre de su padre, recuperó la perla y emprendió el viaje de regreso.


El himno de la perla es como una parábola, Nosotros salimos del Padre y a él tenemos que volver. Pero con frecuencia nos aclimatamos al mundo de tal forma, que olvidamos quiénes somos y a dónde vamos. La palabra de Jesús cumple el papel que tiene en el relato la carta del padre, con aquel grito que la resume toda: ¡Acuérdate de la perla!. Sí, acuérdate de quién eres hijo, acuérdate de que tienes un padre que espera tu regreso, acuérdate de esa perla que es tu Padre celestial. Jes´su es el encargado de hacer que es perla sea tuya.


Camino de encuentro con el Padre


Nuestro camino de encuentro con el Padre, lo haremos teniendo como guía a los sinópticos. Mateo y Lucas nos regalan una perla preciosa sobre el Padre: “<em>Jesús se llenó del Espíritu Santo y exclamó: ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”</em>(Lc 10,21-22; Mt 11,25-27).


Jesús nos habla del mutuo conocimiento que existe entre el Padre y el Hijo. Y al mismo tiempo nos habla de que solo los “pequeños”<em> </em>son admitidos por Jesús a la revelación del misterio inefable del Padre. Si queremos ser admitidos a la revelación del Padre, a que podamos recibir de Jesús esa perla preciosa, la condición es: hacernos pequeños. Un niño no tiene que hacer estudios para conocer a su padre. Le basta con escuchar la voz de la sangre, y a nosotros nos basta con escuchar la voz del Espíritu Santo. Jesús, el Hijo Unigénito del Padre, el hombre manso y humilde de corazón, tiene un amor especialísimo al Padre. Y lo revela a quienes caminan como Él por los senderos de la humildad y de la mansedumbre.


Al final de su vida Jesús, en un encuentro maravilloso, ora al Padre, diciendo: “<em>he dado a conocer tu nombre a los hombres</em>” (Jn 17,6).Y ese nombre sacratísimo es “Abbá”, “Padre”: Padre de Jesús y Padre nuestro. En el Sermón de la montaña, Jesús nos revela elementos esenciales del Padre: el cuidado providente y amoroso de del Padre hacia todos sus hijos (Mt 6, 25-34); en Lucas nos revela su bondad y misericordia con los pecadores y con los perdidos (Lc 15,1-32); la oración a nuestro Padre (Mt 6,5-15). La fe y la entrega a un Padre bueno es el tema de la predicación de Jesús en los sinópticos. Uno de los temas más característicos es la invitación de Jesús a que imitemos a nuestro Padre celestial: “<em>sean perfectos como el Padre celestial es perfecto</em>” (Mt 5,48). Y es que nuestro Padre es todo santo, fuente de toda santidad. Su paternidad y santidad están íntimamente unidas.


La garantía del Espíritu Santo


El Espíritu Santo es, también, garantía de nuestro ser de hijos de Dios. El manifiesta la plenitud de todos los bienes salvíficos que acompañan nuestro ser de Hijos del Padre. El Espíritu Santo verifica en nuestros corazones nuestra filiación: “<em>La prueba de que somos hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ‘¡Abba, Padre” </em>( Gal 4,6). El nos pone en contacto con el Padre, nos hace orar al Padre, desde lo más profundote nuestros corazones.


La misión del Espíritu Santo es de descubrirnos al Padre. Por eso es necesario encontrarnos con el Espíritu Santo para que nos descubra, nos presente al Padre. Pues: “<em>el Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios</em>” (Rm 8,16).


Al mismo tiempo, Él nos abre a una comprensión de Dios como Padre. El nos abre a esta dimensión fundamental de nuestra vida cristiana. Y suscita en nosotros una auténtica relación filial con el Padre, muy distinta de la relación como criaturas.


En un hogar la madre no se limita a traer los hijos al mundo; ella les ayuda a dar los primeros pasos y le enseña a balbucir las primeras palabras. De forma parecida, la vida del cristiano, recién nacido en las aguas bautismales por obra del Espíritu Santo, es una vida tierna que debe crecer y desarrollarse hasta llegar a la plenitud de Cristo. El actor de este desarrollo es el ES. Él, en efecto, protege los primeros pasos de la vida del neófito; le da a conocer su nueva condición y sus peculiares relaciones como hijo del Padre y hermano de Jesús y le enseña su realidad y a balbucir la palabra “Abbá, Padre”. Y así como la madre da a su hijo a conocer a su padre y le muestra a sus hermanos, con los que constituye una familia, de forma análoga el ES nos da a conocer, también, a Cristo, el Hermano mayor de la familia y a todos los hombres como auténticos hermanos e hijos del mismo Padre celestial.


No puede llamara Dios “Padre” quien no ha descubierto al hombre como hermano y tiene un comportamiento auténticamente fraterno con todo ser humano. Por lo tanto, el ES es Espíritu de familia, de acogida, de comprensión, de diálogo, de perdón, de solidaridad, de <em>amor</em>: El ES nos mueve a decir a Dios “<em>Abbá, </em>a tener relaciones filiales con el Padre, os descubre a los hombres como “hermanos” y nos mueve a tener un comportamiento auténticamente fraterno.


EVANGELIO DE SAN LUCAS.

Les invito a situarnos en el marco del evangelio que vamos a meditar durante los presentes Ejercicios. Es Lucas quien nos presenta la parábola de la misericordia del Padre. Por eso entraremos a dar algunas pinceladas sobre Lucas y su evangelio. Ya en su tiempo Dante Alighieri definía a Lucas como el “evangelista de la ternura de Dios”, de la mansedumbre de Cristo. Y ciertamente es así. Al hablarnos de Jesús nos lo presenta con el rostro de la ternura y de la misericordia del Padre, pues el que ve a Jesús ve al Padre.  


El Evangelio de Lucas, llamado: ”Evangelio de la misericordia”, se sitúa entre los años 80-90. Tiene un atractivo especial tanto por el rigor de su investigación como por su estructura y estilo literario, y por la perspectiva en que se coloca ante la figura de Jesús, imagen viva del Dios infinitamente misericordioso que busca amorosamente y acoge con una paciencia sin límites a los pecadores.


Datos interesantes.


El autor del tercer evangelio, no perteneció al grupo de los primeros apóstoles y discípulos. Ni siquiera era judío: había nacido en Antioquia y viviría en la provincia romana de Acaya, que, geográficamente, se sitúa al sur de Grecia. Fue compañero del apóstol Pablo (cf. Col 4,14; Flm 24; 2Tim 4,11). Es un cristiano culto y erudito, educado en ambientes helenistas, médico (Col 4,14), conoce bien la literatura de su época, y escribe en un griego culto.

Antes de poner por escrito su propio testimonio, investigó seriamente para contrastar los datos que él tenía, con los datos que le ofrecían otras fuentes que estaban ya funcionando entre los cristianos: no solamente con la tradición oral transmitida por los testigos oculares, sino también por el evangelio de Marcos, y por las colecciones de dichos y hechos de Jesús que corrían ya entre las comunidades cristianas (Lc 1,1-4).

<em>Estructura del evangelio</em>

           

El Evangelio de Lucas se divide en tres grandes apartados:


Anuncio del reino a todo Israel empezando por Galilea (4,14-9,50): Describe la actividad de Jesús en Galilea. A través de sus palabras y acciones el misterio de su persona se va desvelando a Israel. Aunque muchos lo rechazan, algunos deciden seguirlo como discípulos.


El gran viaje de Jesús a Jerusalén (9,51-19,28): Constituye el centro del evangelio. Encontramos una extensa catequesis sobre diversos aspectos de la vida cristiana. Jesús se dirige a sus discípulos en el camino que conduce a la cruz, preparándolos para que vivan y anuncien el evangelio después de la Pascua.


La narración de la Pasión y la Resurrección de Jesús (19,29-25-43): Contiene el relato de la pasión y resurrección de Jesús. Desde el punto de vista de Lucas, este es el momento central de la historia de la salvación: hacia él tiende el tiempo de Israel y de Jesús, y de él nace el tiempo de la Iglesia.

Estos tres grandes bloques van precedidos de dos fragmentos a modo de preludio: Los relatos de la infancia de Jesús (1,5-2,52), la predicación de Juan Bautista y las tentaciones de Jesús en el desierto (3.1-4,13). Son como un gran díptico en el que Lucas va colocando en paralelo la infancia y la primera actividad de Juan Bautista y de Jesús para destacar la superioridad de Jesús y el paso del tiempo de Israel (Juan) al tiempo de Jesús.

El rostro del Dios de la misericordia


Dijimos que Lucas es el evangelista de la ternura y de la misericordia de Dios. Es quien con más delicadeza nos presenta las entrañas del Padre: El es misericordia, el es Dios todo ternura. El capítulo 15, tal como dijimos más arriba, pertenece a la segunda sección, que es la parte central del evangelio de Lucas y la más extensa.


El cometido prioritario de esta segunda sección es enseñar a sus amigos las características del verdadero discípulo: la oración, el amor, la justicia, la misericordia, el perdón. El trozo 15,11-32 está más o menos, en la parte central de la segunda sección (9,51 – 19,27). Decimos que esta segunda sección describe las peculiaridades del discípulo, pero en la parte céntrica, se encuentra la <em>parábola del hijo pródigo</em> que nos explica la naturaleza más íntima del Dios de Jesús: la ternura y la misericordia. Durante su viaje a Jerusalén, Jesús enseña a sus discípulos a ser verdaderos discípulos, pero en el centro de su enseñanza coloca la más maravillosa descripción del rostro de Dios.


Fijándonos bien en la parábola, vemos que el auténtico protagonista nos el <em>hijo pródigo</em>, sino el padre. Viendo como actúa el padre percibimos la manera de ser de Dios. Por eso, el objetivo de la parábola es hacernos descubrir la naturaleza íntima de Dios, de quien somos hijos: el es un Padre de ternura y de misericordia.


El episodio pertenece al género literario de las parábolas. Una parábola es un texto en que se confrontan elementos desiguales y se saca una conclusión. Así en la parábola del grano de mostaza (Lc 13,18-19) se comparan la pequeñez de la semilla con la magnitud del arbusto; en la levadura (Lc 13,20-21) se compara la pequeñez la insignificancia de la levadura que hace fermentar a una gran cantidad de masa. Nuestra parábola confronta la actitud tierna y misericordiosa del padre, con la actitud mezquina del hijo mayor y la traición del menor.


La parábola obliga a quien la escucha a darse cuenta de la enorme diferencia que ha entre las situaciones confrontadas, e inclinarse a favor de la mejor. Nuestra parábola compara la actitud del padre –ternura y misericordia- con las actitudes de los dos hijos –mezquindad y traición- y nos obliga a adherirnos a la del padre. La misericordia de Dios es infinitamente más poderosa que la fuerza del pecado y la estrechez de los hombres.


Diálogo de Jesús con sus discípulos


En el largo camino hacia Jerusalén, Jesús explica a sus amigos las cualidades que debe tener todo discípulo suyo, y en esta parábola les muestra la intimidad de Dios, que es Padre. Les muestra también que las respuestas de los hombres a los proyectos de Dios son bastante mediocres. Jesús no se contenta con presentar a Dios como un Padre de misericordia, sino que muestra la forma en que el Padre ejerce su ternura y misericordia. Los discípulos se alejarán del camino que Jesús les ha trazado y abandonarán los caminos del amor. Pero, a pesar del pecado de los hombres, Dios permanecerá siempre a la espera del retorno de sus hijos y, sin que ellos lo sepan, estará velando amorosamente el camino de su regreso.


Nuestra parábola está acompañada de otras dos, que la preceden, y que completan la figura del Padre y de Jesús, que siempre espera y perdona al pecador. La parábola de la <em>oveja perdida</em> (Lc 15, 1-7) que presenta a al Dios de la ternura yendo en busca de aquel discípulo que se ha salido del camino, se ha extraviado. Y la <em>dracma perdida </em>(Lc 15,8-10) que nos recuerda la preferencia del Dios de la misericordia por los pequeños y por los que se “pierden”. El <em>hijo pródigo </em>nos muestra a Dios Padre que acoge siempre, espera siempre y perdona siempre sin imponer condiciones.


DIOS ES PADRE 

(Mt 5,43-48; 6,9-15; 6, 24-34)


Quiero empezar esta reflexión compartiendo con ustedes una experiencia sobre la revelación de Dios como Padre. Estoy convencido que para descubrir a Dios como Padre hace falta una revelación. Así lo expresa el mismo Jesús: “<em>nadie conoce quien es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el hijo se lo quiera revelar”( Mt. 11, 27).</em> Hacía mucho tiempo sabía intelectualmente, por los estudios de teología, que Dios es Padre, más aún, que Dios es mi Padre. Pero hacer el descubrimiento, sentir que Dios es mi Padre, no fue cosa mía. Sucedió preparando esta misma charla hace muchos años. Como un regalo del Señor, caí enfermo. Durante mi enfermedad, un día tome la Biblia entre mis manos y empecé a leer al evangelista San Mateo. Posiblemente, San Mateo es el evangelista que mejor refleja la admirable pedagogía de Jesús al desvelar la condición paternal de Dios, respecto de los hombres. Las palabras de Jesús no solo llegaron a mi mente, sino que caldearon mí corazón; fueron fruto de un encuentro-experiencia, vivido en la fe y en amor. El Señor al hablar a alguien en su Palabra, no sólo le transmite cierta información, no sólo le comunica algo de sí mismo, revelándole su personalidad, sino que le hace entrar en una relación personal con él. Eso exactamente realizó en mí, haciéndome entrar en una nueva relación con él, en lo más profundo de mi ser me sentí hijo de mi Padre Dios. Sentí, que lo que revelaba Jesús a las gentes en el monte de las Bienaventuranzas, me lo estaba revelando a mí en aquellos momentos. La Palabra se había actualizado en mí.


Los cristianos, y hasta muchos sacerdotes y religiosos, invocan a Dios sin más, sin ninguna referencia personal. En efecto, la expresión tan generalizada “Dios mío” no se sabe qué contenido tiene. Ciertamente no es el Padre, ni Jesucristo, ni el Espíritu Santo. Es más bien un Dios impersonal, neutro. Obrando así la VC corre el riesgo de estar alimentar un simple respeto, lejano, hacia el Creador.


Recibiendo el regalo del Padre

No es difícil imaginar la emoción de los catecúmenos, en las primeras comunidades cristianas. Dios había sido para ellos un ser Supremo, lejano, vengador, especialmente si habían sido esclavos. Ahora, sin embargo, podían comprobar que, por el bautismo, eran de verdad hijos de Dios con toda propiedad. Por eso podían llamar con un gozo inusitado a Dios: ¡Padre! Cómo gozarían recitando por primera vez el “Padre Nuestro”. El bautismo había hecho cambiar de rumbo toda su existencia y su estilo de vivir.

Es este un reproche para los bautizados de hoy, para la mayoría de los cristianos. De pronto, hemos hecho consistir el bautismo en un pasaporte para entrar en el cielo, y nada más. Pero nada de sentirse de verdad hijo de Dios y hermano de los demás cristianos. Los cristianos, en general, no tienen trato alguno personal con Dios como Padre celestial.


Jesús revela al Padre

En mi lectura de San Mateo, empecé a leer, sin más, los capítulos 5, 6, 7. Fui descubriendo maravillas en trozos, que antes había leído sin darme cuenta. Mientras iba leyendo, ni corazón y todo mi ser se iba transformando, sintiendo en mí un calor, el Amor del Padre, algo parecido a los de Emaús: “¿ <em>No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”</em> (Lc 24,32). Desde entonces, aquellos 3 capítulos, ya no son para mí el “sermón de la montaña”, sino el sermón sobre el Padre. Descubrí la noticia más bella y más importante de mi vida: ¡Dios es mi Padre y me ama personalmente!


Fui sintiendo en mí, durante la lectura, un amor especial a mí Padre Dios. ¡qué felicidad ante ese regalo!, Cristo escogió esos momentos para revelarme su secreto íntimo, de familia, y hablarme del Padre, de su personalidad, de su carácter, de su modo de actuar, del cuidado y solicitud que él tiene permanentemente por sus hijos. Ha sido reservada a Jesús la plena revelación de la paternidad del Padre y ha sido reservada a él, el darlo a conocer a quien le plazca. Así lo expresa el mismo: “<em>nadie conoce quien es el Padre, sino aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”(</em> Lc 10,22).


De todos modos, el acontecimiento decisivo en el que la comunidad recibió el regalo de descubrir que Dios es Padre, en un sentido propio y riguroso, fue en la Pascua. En ella constató que el Dios del AT era el Padre de Jesús, porque lo resucitó de entre los muertos, por obra del ES, y lo constituyó “ Señor” y “Cristo”: “<em>Dios resucito a Jesús y le dio un nombre sobre todo nombre, paras que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre”</em>( Filp 2,9-11; Cf. Hch 2, 36). La relación de Jesús con Dios a quien con tanta confianza llamaba “ mi Padre” había sido confirmada por el sello de la resurrección.


El Padre de Los Cristianos


Quiero continuar compartiendo las experiencias que tuve en mí lectura de Mateo. El evangelista emplea, en los 3 capítulos, 17 veces la palabra Padre, descorriendo el velo y mostrándonos ese rostro amado. Les decía que Jesús quiso poner de relieve que Yaveh – Dios del AT es su “Padre”. Así lo entendieron los escribas y fariseos, por eso “<em>tomaron piedras para tirárselas” </em>(Jn 10,22-38). Les propondré algunos pasajes:


Mt 5, 43-48: Es el trozo más revolucionario del Evangelio. Muestra el corazón del Padre celestial, que no sabe de discriminaciones y ama gratuitamente a sus hijos. Con cuanta ternura nos habla Jesús del Padre: miren ese sol que fecunda igualmente los campos de los buenos y de los traidores, de los blasfemos, de los mentirosos, de los que le tratan mal. El hace caer su lluvia sobre las cosechas de los elegidos y de los no elegidos. El Padre ama, por eso siempre devuelve bien por mal. Hace salir bien del mal, da a manos llenas a aquel de quien recibe mal. Así es el corazón del Padre: ¡ experiméntalo! ¡déjense amar de él y lo irán conociendo!. Y su misma vida ira siendo otra, cambiarán totalmente. Por eso, los hijos del Padre no tienen enemigos, su único enemigo es el pecado, nunca el pecador. El ama por igual a todos, por eso ustedes amen a sus enemigos, pues si aman a los que los aman, ¿qué merito tienen?. Eso lo hacen los gentiles, hasta los malos aman a los que les hacen bien. Ustedes que son hijos del Padre, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Lo que interesa es la persona, pues todos somos hijos del mismo Padre.


Mt 6, 9-15: Nos entregó el Padre Nuestro como la oración perfecta que ha de brotar espontáneamente del corazón de los hijos del Padre. Jesús, al enseñarnos a orar, sorprendentemente dice que nos dirigimos a Dios llamándolo ¡Padre! Es esta la primera palabra que sale de los labios de Jesús y expresa lo más íntimo y querido que hay en su corazón. Es este el colmo de la revelación: El Padre de Jesús es, tambien mí Padre. Es para quedar mudos de asombro. Pienso en la cara que pondría aquella multitud, o por lo menos, aquellos que con corazón sencillo estaban abiertos a su Palabra y a la revelación que les estaba haciendo.


Dios es mí Padre, es decir, no es un dominador, un tirano, no es un juez rígido e implacable como nos lo quieren hacer ver algunos. ¡ El es nuestro Padre! Por eso, mí vida tiene que dejar de ser vida de esclavo, de hombre dominado pro el egoísmo, por mis instintos carnales, y empezar a ser vida de hijo de Dios. Cuando descubro que Dios es mí Padre, empiezo a tomar actitudes filiales y actitudes fraternas con los demás hombres, que no son extraños, sino mis hermanos. Que cambio el que se debe dar en mí ante esa maravillosa revelación. En las primeras comunidades cristianas, una de las claves más lindas de la evangelización era el momento de la entrega del “ Padre Nuestro” a los recién bautizados: de esclavos pasaban a ser hijos del Papá Dios. Se descorría un velo con el gran don del Bautismo: Eran hechos hijos de Dios. Era esta la gran revelación y el único regalo. Por eso, cuando se iba a rezar el Padre Nuestro, los catecúmenos salían de la iglesia. No podían rezar el Padre Nuestro, pues aún no eran hijos de Dios.


Mt 6, 25-34: Es una bellísima página, donde Jesús pone de relieve el valor de las cosas pequeñas, como le gusta al Padre celestial. Jesús nos regala aquí una pintura maravillosa del carácter del Padre y del cuidado tan especial que tiene de sus hijos, al tiempo que salen a relucir los sentimientos más íntimos y filiales de Jesús para con su Padre. Son sentimientos llenos de una ternura sin igual. Nos regala la más bella y delicada descripción de los sentimientos del Padre y de los cuidados que tiene para con sus hijos queridos. Nos dice Jesús: ¡ ah, si ustedes conocieran al Padre!, ¡ si se dieran cuenta del amor que el Padre les tiene!. Si el da de comer a las aves del cielo, si viste tan primorosamente a los lirios del campo, que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos, ¡ que no hará con ustedes, sus amados hijos!, ¡ como no se va a preocupar más de ustedes que son sus hijos del alma!. Miren... el Padre en una madre para con ustedes. No se apeguen a las cosas humanas, por maravillosas que les parezcan; valen ustedes más que todas ellas y nada de esas riquezas son tan valiosas cono lo son ustedes para el Padre. ¡déjense inundar por su amor!


DIOS ES PADRE MISERICORDIOSO

(Lc 15, 11-32; Mt 6,8; Rm 8,14-17; 2Cor 1,3)


Jesús nos ha revelado amorosamente el rostro auténtico del Padre. Sólo esta revelación nos ofrece la respuesta a la pregunta: ¿quién y cómo es el Padre Celestial? Les invito a reflexionar sobre cómo es el Padre. La novedad del evangelio consiste en la revelación de la persona del Padre: Jesús a esta persona divina le llama Padre. Pero, además, en sus enseñanzas nos revela que ese Padre es Padre misericordioso y es nuestro Padre. El Padre ofrece a sus hijos pecadores el perdón y la salvación. Su afecto paternal es más fuerte que el pecado de sus hijos. En la enseñanza de Jesús ese afecto paternal se describe de manera impresionante en la parábola del hijo pródigo o parábola del amor misericordioso del Padre (Lc 15,11-32). La parábola tiene como oyentes a dos grupos opuestos: de un lado, los publicanos y pecadores que se acercan a escuchar, y del otro, los fariseos y los maestros de la ley que se dedican a murmurar. Jesús responde con una parábola para enseñar la novedad misericordiosa del Padre, que alcanza al hijo pródigo como al hijo mayor, invitándolos a ambos a participar de la fiesta de la unidad y la reconciliación.

El rostro de Dios había sido desfigurado por los maestros y doctores, por el mismo peso de la ley, por el rigor de su cumplimiento impuesto por los fariseos. También los cristianos, por el pecado, hemos desfigurado el rostro de Dios, teniéndolo como un Dios duro, celoso de sí mismo y de sus cosas; como un gran rival, severo; como un impedimento para nuestra realización personal; como alguien que limita nuestra libertad, muy lejano de nosotros, pero que, al final, será nuestro juez implacable; como un tirano, que condena a los que le son infieles y da vida a los que le son fieles; como un gendarme vigilante, que se la pasa anotando nuestros pecados.


En el cuadro, que nos trae el evangelista de la misericordia, queda magníficamente resumido y pintado el verdadero rostro de Dios. La sorprendente revelación de Jesús fue la adorable persona del “Padre”. En labios de Jesús “Yahvé” y “Dios” ceden el paso al “Padre”. Más aún, en esta parábola Dios es un Padre misericordioso, que siempre nos espera lleno de amor, que nos ama mucho y nos perdona siempre. Este Padre tiene un corazón de madre: siempre perdona.


Qué quiso enseñar aquí Jesús

En la parábola Jesús quiere mostrarnos su nostalgia permanente por el Padre, los sentimientos íntimos que tiene para con su Padre. Esos sentimientos aparecen durante toda la parábola. Nos muestra así quién y cómo es el verdadero Dios: es un Padre infinitamente bueno, comprensivo, misericordioso. O como dirá la segunda carta a los Corintios: “<em>es un Padre lleno de ternura, Dios del que viene todo consuelo</em>” (2Cor 1,3). ¡Qué revelación tan honda del corazón del Padre, de su ternura, de su dulzura y bondad!


Cuando Jesús nos habla del hijo menor o del hijo mayor lo hace únicamente para describirnos el corazón del Padre celestial. El no quiso hablarnos de un muchacho que se arrepiente después de haber hecho las canalladas más grandes con su padre, o de un hijo que “siempre” ha sido fiel con su padre, sino de que quiso mostrarnos un Padre maravilloso, extraordinario, único, que se desvive por cada uno de sus hijos y espera que lleguen hasta él y se hundan en su corazón, porque ese es el sitio para cada uno de sus hijos amados. Utilizó el cuadro de este par de muchachos para que comprendiéramos mejor quién es el verdadero Dios: un padre lleno de una infinita misericordia para con cada uno de sus hijos, independientemente de cómo obren.


El amor del Padre por sus hijos

Tanto nos ama el Padre que ha hecho del corazón de cada uno de nosotros su cielo, su morada. Allí vive desde el día de nuestro bautismo y nunca nos abandonará, aunque nosotros, prefiriendo los placeres a su amor, le abandonemos. A Él no le interesa que sus hijos hayan cometido las más terribles injusticias y bellaquerías contra él. Su amor es más grande que nuestros pecados e ingratitudes, por grandes que parezcan. Ante su infinito amor, nuestros pecados son simples pajas fácilmente destruibles por el fuego de su amor. El está pendiente de sus hijos pecadores, atrayéndolos con su amor, hasta que regresen. Y una vez regresen, cambiará el corazón de sus hijos. Y los hará todavía más lindos y maravillosos, que antes de haberse alejado de El.


Cuando su criatura querida Adán le traicionó pecando, envolviendo en su pecado a todos los hombres y apostatando de lo más grande que le había dado, al crearlo “<em>a su imagen y semejanza</em>”, le recuperó en una forma más maravillosa aún haciéndole su hijo querido. Para ello: “<em>envió el Padre a su Hijo, nacido de mujer, y sometido a le ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, </em><em>para que pudieran recibir la filiación divina</em><em>. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a sus corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo sino hijo</em>” (Gal 4,4-6). Y así hará con cada uno de nosotros. Aunque nos olvidemos de que somos hijos suyos, el jamás nos olvida y estará pendiente de nosotros con su amor que siempre perdona, para recuperarnos y volvernos a su amor.


Aunque el hijo le falle a Dios y no le interese su filiación, el Padre <em>es fiel a su paternidad, es fiel al amor</em> que desde siempre ha sentido por su hijo. Esa fidelidad la expresa la parábola no solo con la inmediata prontitud en acoger al pródigo cuando regresa a casa, sin echarle en cara su mal comportamiento sino, de manera especial y más plenamente, con aquella alegría, con aquella celebración tan generosa, con aquella recuperación que hace de su hijo, sin que él se lo pida, pero que se lo exige el amor tan especial que le tiene.


Amor misericordioso

Por más que en la parábola no se encuentre la palabra “misericordia” , esta “es expresada allí de una manera particularmente límpida,... mediante la analogía que permite comprender más plenamente el misterio mismo de la misericordia en cuanto drama profundo, que se desarrolla entre el amor y prodigalidad del padre y el pecado del hijo” (DM 5).


“El amor se transforma en misericordia, cuando hay que superar la norma precisa y, a veces, demasiado estrecha, de la justicia” (DM 5). Aquel hijo, no solo había disipado la parte del patrimonio que le correspondía, sino que, además, <em>había tocado en lo más vivo y había ofendido a su padre </em>con su conducta. Y la respuesta del padre es abrirle los brazos y el corazón a ese hijo, a quien adora. Por más que sea perverso y sinvergüenza, ese hijo nunca deja de ser hijo de su Padre Dios.


El amor misericordioso del padre es expresado de una manera singularmente impregnada de amor. Al respecto nos dice la parábola, que cuando el padre divisó de lejos al hijo pródigo que regresaba a casa, “le salió al encuentro <em>conmovido</em>, le echó los brazos al cuello y le besó”. La misericordia tiene la forma interior del amor. Y quien es objeto de misericordia no se siente humillado, sino como hallado de nuevo y “revalorizado”. El amor misericordioso del Padre no se deja vencer por el mal, sino que “vence el mal con el bien” (Rm 12,21). Ni siquiera le deja pronunciar al hijo el discurso que tenía preparado y lo cubre totalmente con su amor misericordioso, llenándolo de abrazos , de besos, de infinita ternura.


Somos hijos del Padre misericordioso

Son muchos los cristianos que no conocen su condición de “hijos del Padre Dios”. Para la mayoría de ellos, la relación con Dios no pasa de un puro respeto a su Creador. ¡Nunca han descubierto el corazón del Padre! Y esto es más triste cuando esos cristianos son religiosos o sacerdotes que se mueven como simples funcionarios y han vivido sus votos como una carga más.


Los hombres necesitamos un “Padre”, necesitamos, por lo mismo, descubrir a Dios en su calidad de Padre. “Hoy lo tenemos todo, la ciencia lo puede todo, pero tenemos frío, porque nos falta un Padre. Cueste lo que cueste necesitamos descubrir a Dios como Padre, necesitamos recibir amorosamente el calor tierno del Padre. Sin Él los cristianos nos vamos enfriando cada día más”. Y descubrir al Padre es descubrir nuestra filiación, y especialmente que necesitamos ser misericordiosos como nuestro Padre. Vivir sin el Padre es emprender un camino que conduce hacia la nada.


Sólo quien conoce a Dios y le ama como a su Padre es capaz de <em>entender</em> <em> y gustar lo que es el perdón</em>, de otorgar el perdón y ser misericordioso con los demás. Cuando no hemos gozado de la presencia y el amor de un Padre, nuestro corazón no perdona y va acumulando odios, rencores contra los hermanos. Somos incapaces de perdonar, porque no hemos aprendido a perdonar; no hemos aprendido a perdonar porque no hemos tenido la experiencia de ser perdonados por nuestro Padre Dios.


He experimentado que cuando alguien tiene dificultades para amar, porque su corazón está herido y no acepta al otro, o porque siente disgusto, o hasta odios, pero quiere amar y se propone, con la ayuda de la gracia de Jesús lo puede hacer. Se siente, entonces, amado y puede, por lo mismo, amar y perdonar.


UN PADRE CON CORAZÓN DE MADRE 

(Lc 15,20;


Continamos nuestra reflexión sobre esta parábola, una de las más bellas y conmovedoras que brotaron de los labios de Jesús. Me gusta imaginar a los discípulos escuchando a Jesús esta hermosa historia, y mirar sus reacciones, los gestos de su rostro, medir el tamaño de su admiración. Estoy seguro de que les habrá impactado enormemente. Yo recuerdo que, cuando era todavía muy niño, me encantaba escucharla.

Ternura de madre

Las palabras que pintan el encuentro del hijo menor con sus padre son sumamente expresivas: “<em>Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó</em>” (Lc 15,20). Juan Pablo II dice que las palabras “echar los brazos al cuello” muestran la semblanza de una madre que acaricia al hijo y lo cubre de su calor maternal.

Muchos Santos Padres, teólogos, exegetas y autores espirituales han comentado este pasaje a lo largo de la historia, y han sacado de él abundantísimas lecciones para su propia vida y para enseñanza de los cristianos.

La vuelta del padre

Según su experiencia espiritual, Jesús nos entrega a un Dios, Padre de infinita bondad y misericordia, con características de madre, pues acoge a todos, buenos y malos, y manifiesta una misericordia ilimitada. Como el amor es incondicional, también lo es la misericordia. En eso la parábola del hijo pródigo es explícita. La novedad no reside en el hecho de que el hijo vuelva al padre, después de haber dilapidado todo y de llenarse de remordimientos y nostalgias. La novedad está en el hecho de que el padre se vuelva al hijo: al verlo en el recodo del camino, el padre corre a su encuentro, se le echa al cuello y lo cubre de besos y, sin reclamarle nada, le prepara una fiesta. Con eso Jesús quiso dejar claro: Dios es un Padre con corazón de madre, un padre materno que siempre se vuelve hacia sus hijos e hijas, por malévolos que sean, porque nunca se le salen del corazón.

Jesús denuncia la actitud del hijo bueno que quedó en casa, a la sombra del padre y que se niega a volver hacia su hermano. Para Jesús no basta que seamos buenos. Hace falta volverse siempre hacia el otro con amor y misericordia: tener entrañas de misericordia, de madre.

Si somos sinceros con nosotros mismos, tenemos que vernos retratados en la parábola. Casi siempre nos ponemos en el papel del hijo menor: el que se marcha de la casa del padre y, después de gastar toda la herencia y vivir disolutamente, vuelve al padre, con el alma hecha pedazos, a pedirle de rodillas perdón. Pero tal vez nunca nos hemos visto reflejados también en la figura del hijo mayor: el soberbio, frío e inmisericorde. El vive en la casa del padre, pero no lo ama; más parece un esclavo, un jornalero a la fuerza que un hijo.

Pero lo más hermoso de la historia es el comportamiento maravilloso del padre. No sólo no impide que el hijo menor se marche de casa, sino que le da, sin protestar, toda la herencia que le corresponde. En vez de amenazarlo y romper con él –como habría hecho cualquier padre de la tierra— vive esperando el retorno del hijo ingrato.

Por eso, lo espera y sube a la azotea de la casa todos los días a ver si su hijo regresa. ¡Qué locura de amor, de misericordia! Cuando lo ve venir, todavía a lo lejos, se lanza a correr desde la azotea de la casa, le sale al encuentro con los brazos abiertos, se echa a su cuello con inmensa ternura y lo cubre de besos.

Es admirable el inmenso poder de la ternura: destruye lo pasado, regenera, da nueva vida. El hijo aquel venía a la casa del padre con la intención de ser un esclavo más, y se ve elevado a la categoría de hijo predilecto, con plenos poderes, y restituida toda su dignidad. El amor de Dios es un amor sin límites, un amor infinito, una ternura que desborda las barreras de lo imaginable.

“Echando los brazos al cuello del hijo pródigo muestra la semblanza de una madre que acaricia al hijo y lo cubre de su calor”, dijo Juan Pablo II.


La misericordia del Padre

Era un hijo pródigo moderno, que marchó de casa, se malgastó lo que había recibido: dinero, salud, dignidad e hizo que se fuera a pique también el honor de la familia. Cayó en la droga, en los robos. De vez en cuando le rondaba la idea de volver a casa, de llevar una vida buena; pero no se decidía, pues pensaba que no sería bien recibido, o no se sentía capaz de llevar una vida ordenada.

 

Al final, cayó preso por sus delitos. Los padecimientos le hicieron madurar. Volvió a  recordar la felicidad que perdió y la posibilidad del perdón. Antes de salir en libertad, se decidió a escribir a sus padres: les pedía perdón por lo que había hecho; decía que si lo perdonaban y estaban dispuestos a acogerlo pusieran un pañuelo blanco en un manzano que había en el huerto, al lado de la vía del tren; que él al pasar el día que saliera de la prisión, si veía el pañuelo bajaría del tren y volvería a casa. Si no estaba, continuaría el viaje para nunca más volver.

El día que salió, cuando ya estaba llegando a su pueblo, no osaba mirar por la ventana del tren. Le contó todo a un compañero de prisión que salió con él, y le acompañaba en el viaje, y le dijo: "mira tú, yo no me atrevo" y cerró los ojos. Pensaba en aquel manzano al que subía de pequeño, y se imaginaba el pañuelo colgado al árbol –y se ponía contento- pero también pensaba: “¿y si no está?”  y se entristecía.

 

Iba diciendo al compañero: "-ya nos acercamos, está el pañuelo?". Y cuando llegaron frente a la casa, le dice el compañero: “¡abre los ojos y mira!”. Al abrirlos encontró que en el manzano no había un pañuelo, estaba lleno de pañuelos blancos, que su mismo padre se había subido y había ido colgando del manzano, que parecía un árbol de navidad, para decir a su hijo cuánto lo amaba.


Dios es Padre y Madre


El Papa Juan Pablo I dijo en una de sus homilías al mundo: "Dios es Padre, pero sobre todo, es Madre". No hay duda. Esta es la verdadera identidad del Padre, descrita por su mismo Hijo Jesucristo. Dios es un Padre con corazón de madre.

Él, en su naturaleza, reúne en forma eminente, cuanto de bueno, gozoso y benéfico hay en el hombre y en la mujer. De todos modos, al hablar de Dios como padre y como madre, hemos de caer en la cuenta de lo limitadas que son éstas y cualesquiera otras metáforas para expresar el amor y la misericordia de Dios y cómo no podemos absolutizar ninguna de ellas, sino más bien emplearlas complementariamente.


JESÚS: HIJO ETERNO DEL PADRE

(Mc 15,39; Gal 4,4-5; Jn 14, 1-14; 20,3)


En nuestra reflexión anterior vimos a Dios como Padre. Y, como no se puede pensar en el Padre sin el Hijo, entremos a ver al Hijo, engendrado desde la eternidad por el Padre: es Dios y hombre, enviado a redimir a los que estábamos bajo el yugo de la ley para que pudiésemos llegar a ser hijos adoptivos de Dios. Dice, al respecto, la carta a los Gálatas: “<em>Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibieran la condición de hijos adoptivos</em>” (Gal 4,4-5). El texto nos muestra el plan de redención dispuesto por el Padre y que se inició hace más de dos mil años en Belén, cuando Jesús, como hombre, nació de la Virgen María.

El Hijo eterno como el Padre y el ES

Tener la experiencia de Jesús es un regalo del ES. Así lo dice la carta a los Corintios: “<em>Nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’, si no es movido por el </em>ES” (1Cor 12,3). El ES nos hace percibir que Jesús resucitado vive, actúa poderosamente en c/u de nosotros por su Espíritu, hace que Jesús se convierta en la razón de ser de nuestra existencia, de tal modo que la vida no tiene sentido sin Él.


La intimidad de Jesús con el Padre y el ES

Jesús nos mostró al Padre como un misterio de ternura, llamándolo “Abbá”, mi Padre querido, porque era su Hijo. Nunca nadie había llamado a Dios “¡Papá!”. Es este un modo de hablar propio de Jesucristo, expresión de su conciencia de ser Hijo del Padre (Mt 11,27). Es la palabra con la que el niño pequeño se dirige a su padre. <em>Abba </em>no era nuevo en el vocabulario familiar, sí lo es en su aplicación a Dios.<em> </em>Y así era el trato de Jesús a su Padre, como un niño pequeño: con toda la ternura, cariño, confidencia, intimidad y abandono del más querido de los hijos con su Papá. ¡Cuánta entrega filial! Jesús siempre se siente Hijo. Y ese amor tan grande y tan íntimo entre el Padre y el Hijo se llama ES, corriente incesante que nace en el corazón del Padre hacia el Hijo y vuelve al Padre. Esta actitud del Hijo vuelto hacia el Padre la mantendrá en los años de su vida mortal.

Esta actitud filial, del Hijo vuelto hacia el Padre la mantendrá en los años de su vida mortal. Siempre se siente Hijo de su Padre. ¡Cómo nos enseña entrega filial! Y ese amor tan grande, tan expresivo, tan íntimo, sin igual e infinito con el Padre; es corriente incesante de amor que nace en el corazón del Padre hacia el Hijo y vuelve del Hijo hacia el Padre y se llama ES.

Buscando penetrar el misterio del Hijo, la Iglesia ha elaborado caminos de acceso que nos han conducido hasta Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Esos caminos son los dogmas, que nos han ayudado a profundizar el adorable misterio de Cristo. La Sagrada Escritura nos muestra en Jesús un amor fuera de serie, especialísimo, para con su Padre celestial. Y no es un amor simplemente afectivo, tierno. Es un amor dispuesto a entregar por su Padre amado hasta la propia vida. Por eso, al enseñarnos a orar, lo primero que aparece en sus labios es la palabra “Padre” y el ponerse a disposición de El para hacer siempre su voluntad sin apartarse lo más mínimo de ella. Eso mismo nos enseñó a hacerlo nosotros.


El secreto de Jesús

La revelación nos dice que Jesús es Hijo de Dios. El es verdadero Dios y verdadero hombre. En Él está la plenitud de la divinidad. Así lo expresa el cuarto Evangelio: “<em>en el principio la Palabra estaba junto a Dios y era Dios</em>” (Jn 1,1). A partir de aquí se explica la personalidad de Jesús y su actuación en el mundo. Él es el Dios encarnado, Dios con nosotros. Dios se hace visible y cercano en Él. El es la gloria de la humanidad y la gloria de Dios entre nosotros. El nos manifiesta a Dios y al hombre. El es nuestro Salvador: “<em>Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo, para que todo el que crea en él tenga vida eterna</em>” (Jn 3,16).


El Hijo aparece vuelto hacia el Padre

Al ser Jesús, imagen perfecta del Padre: “<em>el que me ha visto a mí ha visto al Padre</em>” (v. 9), se vuelve hacia Él en un acto de donación filial, de amor infinito. Este amor, abrazo del Hijo al Padre, es el Espíritu Santo, corriente incesante que nace en el corazón del Hijo y torna al Padre, devolviéndole cuanto le ha dado en el amor. En las divinas Personas todo es presencia y unidad en el amor. Son Ellos un misterio de unidad: “<em>El Padre y yo somos una sola cosas</em>” (Jn 10,30). Y esa “sola cosa” se llama Espíritu Santo. Es la perfecta unidad en la trinidad. Es por esto que la oración de Jesús nos revela su misterio más hondo. Vive en oración eterna, vuelto hacia el Padre en el Espíritu. Una corriente íntima arrastra a Jesús hacia el Padre. Por eso Jesús tenía que orar, derramar su ser de Hijo en una comunicación con su Padre constante, amorosa, llena de ternura. No tenía tiempo para comer y descansar, pero sí para retirarse a orar y así estar a solas con su Padre.

Jesús es oración al Padre

No se trata de que Jesús haya orado una o muchas veces: eso lo hacen los contemplativos. La oración de Jesús es más honda. Se comunica en gozo perfecto con su Padre por el Espíritu Santo. La oración de Jesús era la forma de mostrar su actitud filial: vivía en actitud orante, porque era Hijo, por eso pudo exclamar: “<em> el Padre está en mí y Yo estoy en el Padre</em>” (Jn 10, 38). Era un estado de comunión con el Padre, que como toda actitud existencial, necesitaba expresarse en actos. Por eso, cuando habla del Padre a sus discípulos o a las multitudes, les revela, no conceptos, sino algo mucho más cálido: su experiencia filial.

“Entre el Padre y el Hijo hay una corriente de comunicación permanente, ininterrumpida. Jesús dice: ¡Padre! Y el Padre le responde: ¡Hijo! Esto nos muestra que la <em>actitud filial</em> es lo más característico de la oración de Jesús. En esas sola palabra “<em>Padre</em>” radica todo el misterio santísimo de su vida y de su oración”.

Para Jesús, la oración es el momento soñado en que levanta las compuertas de su corazón, para que por el cauce de su oración fluya hacia el Padre esa corriente de adoración, alabanza, acción de gracias e intercesión. La oración brota espontánea de su condición filial, de su vida. Pero, Jesús no es sólo el Hijo para el Padre, es también el Hermano para los hermanos. Ha sido enviado al mundo con una misión: realizar la obra que el Padre le ha encomendado: “<em>anunciar la salvación a los pobres; la liberación a los oprimidos, y a los afligidos el consuelo</em>” (Lc 4, 18-19). Esta misión es la razón de su existencia humana. Para eso ha venido y para eso vive. Para anunciar a los hombres que Dios tiene rostro y corazón de Padre y, por eso, ha enviado a su Hijo para salvarnos.


Su misión le exige la oración

La oración viene a ser para Jesús exigencia de su misión. Ora para contrastar su voluntad con la del Padre, a fin de “hacer siempre lo que le agrada”. Esta necesidad es tan vital como lo es el alimento para sustentar su vida. Un día, cuando está ejercitando su misión reveladora y liberadora con la Samaritana, a sus discípulos, que le insisten a que coma, les responde: “<em>Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra</em>” (Jn 4,31-34).


La substancia de su oración


En la oración Jesús pone su voluntad a disposición del Padre para que Él marque su camino, como el carro se pone a disposición del conductor, como la nave se pone a disposición del capitán para que este rectifique, si es necesario, su curso, desviado por los vientos y las corrientes marinas. Jesús vive pendiente de su Padre en todo. Así aparece cuando ora y cuando enseña a orar.


Jesús enseña a orar


Su oración no es teoría, es vida, es un clima filial en el que sumerge su ser. Por eso, cuando uno de sus discípulos le pide que les enseñe a orar, la primera palabra que sale de sus labios es la palabra “Padre”. Tan espontánea como la llama del fuego, como el latido del corazón, como las demostraciones de amor de un alma enamorada. Jesús no improvisa. El vive y derrama por fuera lo que lleva dentro. Podríamos decir que los discípulos exprimieron el corazón de Jesús, empapado de sentimientos filiales como un esponja, y destiló la palabra “¡Padre!”. No hablan sus labios sino su corazón de Hijo. Era algo natural y espontáneo. El lo afirmó: “créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,11).


¡Cómo necesitamos sintonizar con esa actitud filial de Jesús! Necesitamos rescatar la onda evangélica de Jesús en nuestra oración, en nuestra vida. Necesitamos entrar al Evangelio y escuchar permanentemente al Hijo, sin prisas, amorosamente, en el silencio del monte, de la noche, lejos del ruido. Con la ingenuidad y la sencillez del niño. Repitiendo con honda ternura desde nuestro corazón filial: ¡Abbá, Padre!

JESUCRISTO: EL HOMBRE NUEVO

(1Cor 15, 45-50; Rm 5, 12-19;Ef 4, 26-32; Col 3, 9-11)


Les invito a que reflexionemos sobre Jesucristo, Hombre perfecto, más aún, como “Hombre nuevo”. Durante la vida terrena de Jesús, nadie pensó en poner en duda la realidad de la humanidad de Jesús. Eran muy 000conocidos su patria, su oficio, su madre, sus hermanos. Soportó el sufrimiento, la angustia, la tentación, la duda. Jesús fue un hombre perfecto. Pero el NT quiere mostrar la <em>novedad</em> de ese Hombre perfecto, al llamar a Cristo “Hombre nuevo”, “Nuevo Adán”, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado, pues este no pertenece a la esencia del hombre. Entremos, pues, a reflexionar en qué consiste ese “Hombre nuevo”.


San Pablo habla de Jesús como del “último Adán”, es decir “el hombre definitivo”, del cual el primer Adán era una especie de realización imperfecta. Así lo expresa la primera carta a los Corintios: “<em>Adán, el primer hombre, fue creado un ser viviente; el último Adán, como un como espíritu que da vida</em>” (1Cor 15, 45), <em> </em>Cristo es la revelación del hombre nuevo, “<em>creado según Dios en la justicia y en la santidad verdadera</em>” (Ef 4,26).


En qué consiste el hombre Nuevo


La “novedad” del hombre nuevo no es un añadido, no consiste en algún componente nuevo que tiene de más respecto al hombre anterior, sino que es algo esencial al hombre y consiste en la santidad, que no es una novedad accidental, que afecta simplemente al actuar del hombre, sino algo esencial que afecta a todo el ser del hombre. Cristo es el hombre nuevo, porque es el santo, el justo, el hombre a imagen de Dios. Un teólogo moderno dice que “los Padres expresaban esto mismo, distinguiendo en Gen 1,26 entre el concepto de “imagen” y el de “semejanza”. El hombre es por naturaleza o nacimiento “imagen” de Dios, pero se hace “a semejanza” suya sólo en el transcurso de su vida, mediante el esfuerzo por asemejarse a Dios por la obediencia. Por el hecho de que existimos, somos a imagen de Dios; pero por el hecho de obedecer nos hacemos también a semejanza suya, porque queremos lo que Él quiere. ‘En la obediencia se realiza la semejanza con Dios y no sólo el estar hechos a su imagen” (P. Raniero Cantalamesa).


El hombre justo, sin pecado fue el verdadero proyecto de Dios. El pecado nos es algo esencial en el hombre, es un añadido desfigurado al proyecto divino del hombre, un absurdo. Es sorprendente, dice un teólogo, cómo se ha llegado a considerar como lo más “humano” del hombre precisamente lo menos humano. Y trae un pensamiento de san Agustín, al respecto: “hasta tal punto ha llegado la perversión humana, que quien es vencido por la lujuria es considerado hombre, mientras que no se considera como tal a quien la vence. ¡No son hombres los que vencen el mal, y lo son, en cambio, los que son vencidos por él!”. “Humano” ha llegado a indicar más lo que tienen de común el hombre y los animales, que lo que lo distingue de ellos. Jesús es verdadero hombre, precisamente <em>porque</em> no tiene pecado. “asumió la condición de esclavo, pero sin contaminarse con el pecado; así enriqueció al hombre, pero sin disminuir a Dios”.


Obediencia y novedad


Como estamos llamados a dejar el hombre “viejo” y a “revestirnos” del Hombre Nuevo, necesitamos descubrir cuál es el rasgo esencial que distingue al Hombre Nuevo del “viejo”. La diferencia entre los dos tipos de humanidad está recogida por san Pablo en la antítesis desobediencia-obediencia: “<em>Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos</em>” (Rm 5,19).


Jesucristo, Hombre Nuevo, nada hace “por sí mismo” o “para sí mismo” y su gloria. Su alimento es hacer la voluntad del Padre. Lleva su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz. Vive en total y absoluta dependencia de Dios y en esta dependencia encuentra su fuerza, su alegría, su libertad y su “ser”: <em>cuando levante en alto al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que solo digo lo que el Padre me ha enseñado</em>” (Jn 8,28). Es como si dijera: “Yo soy el que soy”, porque “no hago nada por mi cuenta”, más aún “hago siempre lo que le agrada a Él” (Jn 8,29). El ser de Cristo, el Hombre Nuevo, radica en su sumisión al Padre. El “es el que es”, porque “obedece”. Y es que el ser del hombre se mide por su grado de dependencia de Dios, su Creador. Es aquí donde se realiza su vocación: ser “imagen y semejanza de Dios”.

Llamados a ser Hombres Nuevos


Hemos sido redimidos y estamos llamados a imitar a Cristo, a revestirnos del Hombre Nuevo, es decir, a vivirlo: “<em>ustedes deben despojarse de su vida pasada, del hombre viejo, corrompido por las concupiscencias engañosas; renuévense en su espíritu y en su mente y revístanse del hombre nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad verdadera</em>” (Ef 4,22-24). . En esto consiste nuestra santificación. Por eso, Jesús nos enseñó en su oración a pedirle diariamente al Padre: “<em>hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo</em>”. Parodiando a Pablo en su carta a los Corintios (1Cor 1,22-24), nosotros podemos decir: “El hombre de hoy busca la <em>libertad</em> y la independencia, nosotros predicamos a Cristo obediente hasta la muerte, potencia de Dios y <em>libertad de Dios</em>”.


Todos nosotros, como cristianos, estamos llamados a “revestirnos del hombre nuevo”, a vivirlo: <em>Deben despojarse de su vida pasada, del hombre viejo, corrompido por las concupiscencias engañosas, y renovarse en su espíritu y en su mente y revestirse del hombre nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad verdaderas” </em>(Ef 4, 22-24).


Nosotros no podemos imitar a Jesús en cuanto Dios, en sus milagros, pero podemos y debemos imitarle en cuanto “hombre nuevo”, hombre sin pecado. Necesitamos, por tanto, tomar muy en serio la invitación del Señor a abandonar el hombre viejo con sus concupiscencias. Abandonar el hombre viejo significa abandonar la propia voluntad, y revestirnos del Hombre Nuevo significa abrazar la voluntad de Dios. Cada vez que decidimos, aunque sea en cosas pequeñas, liberarnos de nuestra “voluntad de carne” y negarnos a nosotros mismos, damos un paso hacia Cristo, Hombre Nuevo, que “no buscó lo que le agradaba”. Es esta una especie de regla general para nuestra santificación. Aprendamos a repetir, también nosotros: “<em>no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado</em>” (Jn 5,30); “<em>he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado</em>” (Jn 6,38). La novedad del Hombre Nuevo se mide, como ya se ha visto, por su obediencia y conformidad con la voluntad de Dios.


Los religiosos y el hombre nuevo


El Vaticano II afirma que la VR pertenece al ser y a la santidad de la Iglesia (cf. LG 44). En un mundo de egoísmo, violencia y divisiones los religiosos testimonian, desde la fraternidad, que lo más importante es el ser y no el tener; que hay que dar primacía la persona sobre las cosas y estructuras y que hay que compartir las responsabilidades en la igualdad básica de los seres humanos.


En la fraternidad el amor al hermano debe ser <em>como</em> el del Hombre nuevo, Jesús: “<em>Les doy un mandamiento nuevo: ámense unos a otros como yo les he amado</em>” (Jn 13, 34-35). Cristo viene a establecer con claridad la fuente y la meta de la fraternidad cristiana. La fuente es el Padre de quien todo procede; el Hijo que se ha hecho nuestro hermano; el Espíritu Santo que nos transforma en hijos. Esta fraternidad tiene como meta la unidad trinitaria: “<em>Que todos sean uno como tu, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo en ellos y tú en mí... Para que el amor con que tú me amas esté en ellos y, también, yo esté en ellos</em>” (Jn 17,21.23.26).


El hombre nuevo se manifiesta en la fraternidad y se hace presente como signo que atrae a los demás a la comunión de amor que existe en la Trinidad. Jesús y el amor trinitario son, por tanto, fuente y modelo; principio y término de la fraternidad a la que los religiosos hemos sido llamados como parte fundamental del proyecto de Dios en la historia.


Vivir según el Espíritu


Hombre nuevo y hombre viejo se corresponden con otras fórmulas de Pablo, como <em>vivir</em> “según la carne” o “según el Espíritu”. Opone dos maneras de vivir, que coexisten en cada uno de nosotros. Necesitamos, por tanto, despojarnos del hombre viejo, arruinado, sin esperanzas, esclavo de su egoísmo y al que sus pasiones van destruyendo y revestirnos del Hombre nuevo, que vive la vida del amor, de la fraternidad: “<em>caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo</em>” (Gal 5,19-26; cf. Ef 4, 22-32).


LA HUMILDAD DE JESÚS
(Mt 11,25-30; Mc 7, 24-30; Jn 13, 1-15; Filp 2,5-11)


Les invito a estudiar un poco la persona de Jesús y a detenernos en una de las características que le señalan como al Hijo de Dios, que “<em>se anonadó a sí mismo</em>” (Filp 2, 7), haciéndose hombre para conducir al hombre a la cima de la humildad que consiste en servir a Dios en los hombres, en humillarse por amor para glorificar a Dios salvando los hombres. No olvidemos que toda visión sobrenatural va siempre unida a la humildad. El humilde, que se considera poca cosa ante Dios, ve lo sobrenatural, ve a Jesús: “<em>has revelado estas cosas a los sencillos y a los pequeños</em>” (Mt 11,25); el que está pagado de su propia valía es incapaz de percibir lo sobrenatural, porque la humildad se opone a la soberbia: “<em>ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos</em>” (Mt 11,25). El humilde reconoce que ha recibido de Dios todo lo que es y tiene (1Cor 4,7); que él es nada sin Dios (Gal 6,3); que todo le viene de Dios y sólo en El lo puede todo (Jn 15,5).


La humildad de Jesús


La humildad bíblica tiene grados: primero es la modestia que se opone a la vanidad. A un nivel más profundo se halla la humildad que se opone a la soberbia. Humilde es, entonces, el que reconoce que ha recibido de Dios todo lo que tiene: “<em>¿qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido ¿porque te glorías como si no lo hubieras recibido? </em>(1Cor 4,7). El humilde reconoce que es nada sin Dios: “<em>nada puedo hacer sin Él</em>”. Pero, incomparablemente más profunda todavía es la humildad de Cristo, que se anonadó a sí mismo hasta morir en cruz por nuestra redención.


Jesús es el Mesías humilde, anunciado por los profetas: “<em>He aquí que viene tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un asno” </em>(Zac 9,9). Mateo aplica este pasaje a Jesús (21,1-4). En su vida, Él mismo se ha presentado humilde, en total dependencia de su Padre querido: vive plenamente el gozo de su relación con Él, en entera dependencia de El, sometido en todo momento a su Padre, Señor del universo. Sintamos lo más profundamente posible la oración de la total sujeción de Jesús a su Padre querido. Dice Jesús: “<em>En aquel momento, Jesús lleno del Espíritu Santo, exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos y a los pequeños. Sí, Padre, así ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré. </em>La humildad tiene como fin principal someternos a Dios. Es por eso que Jesús, que nos quiere siempre dependiendo del Padre como Él, recibiendo su amor, nos entregó su misma oración, el Padre nuestro, pidiéndonos, además, actuar como Él: “<em>aprendan de mí</em><em> a ser mansos y humildes de corazón</em>” (Mt 11, 25-30). Pero no podemos olvidar que para crecer en la humildad necesitamos la humillación. Fue este el camino que Jesús humilde recorrió del Padre a nosotros.


Camino de humillación


La carta a los Filipenses (2, 5-11) nos habla del camino que hace Jesús para venir del Padre a este mundo y lo llama <em>kénosis </em>–humillación-. La carta expone el esquema bíblico de la humillación de Jesús (6-8) seguido de su exaltación (9-11). Siendo Dios, no hizo alarde de su categoría de Dios, es decir, no hizo que lo tratasen como Dios, al contrario de Adán, que sin ser Dios, quiso ser como Dios, quiso ser tratado como Dios. Jesús optó por la humillación de la encarnación, “<em>se despojó de sí </em>mismo” (v. 7), haciéndose esclavo. En efecto, haciéndose hombre, tomó el camino de sumisión y obediencia. Por eso, el Jesús encarnado es el Jesús anonadado. Desde el primer instante de su existencia se hizo humilde y seguirá siendo humilde mientras sea hombre, mientras sea Hijo del Padre. El mismo nos entrega su retrato: “<em>soy manso y humilde de corazón</em>” (Mt 11,29).


El lavatorio de los pies


Existe una profunda afinidad entre el Cristo, de la carta a los Filipenses y el del relato del lavatorio de los pies (Jn 13,3-15). En los dos se nos invita a imitarlo. En Filipenses: “<em>tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo</em>” (v.5), luego habla del despojo de su condición de divina –<em>se despojó</em>- para asumir la “<em>condición de siervo</em>”; por su parte san Juan nos presenta a Jesús que, aún “<em>sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía</em>, <em> se despoja de sus vestiduras, se ciñe un delantal o toalla </em>–atuendo del siervo- <em>y se pone a lavar los pies a sus discípulos</em>” (v. 3-4). Y les dice a los suyos: <em>“les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho</em>” (v. 15). Podemos decir que el evangelista parece como traducir en imágenes plásticas y en gestos concretos lo que Filipenses nos dice de un modo general.

Jesús, en el lavatorio de los pies, ha querido resumir todo el sentido de su vida, para que quedara bien grabado en la memoria de sus discípulos. El gesto del lavatorio de los pies, puesto como conclusión de los evangelios, expresa que toda la vida de Jesús, desde el principio hasta el final, fue un servir a los hombres, porque Cristo “<em>había venido, no a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos</em>” (Mc 10, 45).


Llamados a ser y a vivir el estilo de Jesús


El ES, Espíritu de Jesús humilde, actúa eficazmente en aquellas personas que se le entregan sin condiciones y le piden que las conduzca siempre. Jesús, lleno en plenitud y ungido por el ES (Hech 10,38), se dejó conducir por Él durante toda su vida y fue el hombre manso y humilde por excelencia. María Santísima, “<em>la esclava del Señor</em>” y que solo quiere ser su sierva, cubierta por el ES, fue convertida en la Madre de su Hijo, nuestro Salvador. Nadie como ella ha imitado más perfectamente la humildad de Jesús, porque nadie como Ella ha calado tan hondamente en el conocimiento y el amor del Señor Jesús. El ES, igualmente, santificó a Juan el Bautista desde el vientre de su madre, y ¡qué humildad la de este hombre!: “<em>conviene que El crezca y que yo disminuya</em>! Lo mismo aconteció con los apóstoles y discípulos: recibieron el ES y se dejaron conducir por él, cambiando totalmente sus vidas, siendo elementos de unión y eficaces en su misión. El cristiano, que es otro Cristo, ha sido llamado a ser como Jesús. Los que se revisten de humildad en sus relaciones mutuas buscan los intereses de los otros. Si nos dejamos conducir por el Es la humildad vendrá a nosotros.

Es por esto, que Jesús presenta a los niños como modelos de sencillez y humildad: “<em>Si nos se hacen como los niños no entrarán en el Reino de los cielos</em>” (Mt 18, 1-4). Para ser como uno de esos pequeños, a quienes el Señor se revela, hay que aprender de Cristo, Maestro manso y humilde de corazón, hay que ser como Jesús en su relación con el Padre, un verdadero niño. Necesitamos humillarnos ate Dios en las pruebas y participar de las humillaciones de Cristo crucificado y sufriente.


La extranjera humilde


Quiero terminar esta reflexión sobre la humildad de Jesús trayendo el ejemplo de humildad de una pagana. Estaba Jesús en la costa mediterránea, en Tiro, cuando se le adelanta una mujer cananea, y se entabla un diálogo entre ella y Jesús. Aflora una tensión que se expresa con la metáfora de los “hijos” y los “perros”. La tensión se resuelve con la liberación de la hija de esta mujer cananea. Dice el relato: “<em>Habiendo oído hablar de él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, siro fenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija el demonio. El le dijo:’espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros. Pero ella le respondió: ‘sí, Señor, también los perritos comen bajo la mesa las migajas de los niños’. Él, entonces, le dijo: ‘por lo que has dicho, vete, que el demonio ha salido de tu hija’. Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio la había dejado” (Mc 7, 24-30). </em>


La mujer pagana se acercó a Jesús y, en su humildad, no se considera digna de nada. El diálogo entre Jesús y la mujer es de una belleza incomparable. Ella expuso su necesidad con gran fe y humildad. Lo que implora es una mínima atención del amor de Jesús, que Él distribuye en abundancia entre los hijos de Israel. Jesús, con aparente dureza, consigue afianzar la fe de la cananea y que aparezca su gran humildad. Es grande la fe y la humildad de esta mujer y por eso arranca de Jesús el milagro que estaba fuera de programa: “<em>No está bien coger el pan de los </em><em>hijos</em><em> y echárselo a los </em><em>perros</em><em>. Si, Señor, pero también los perros comen bajo la mesa las migajas que caen de la mesa de sus señores”. </em>Ante esta maravillosa confesión de humildad, Jesús no resistió y le dijo: “Por lo que has dicho, el demonio ha salido de tu hija. Es imposible que puedan estar al mismo tiempo la humildad y el demonio, por eso, según Jesús, en el mismo momento en que la mujer hizo su profesión de humildad, en ese mismo momento el demonio dejó a esa niña, porque él no puede estar donde ve humildad.

En cambio el demonio y el orgullo sí coexisten. Cuando en el cielo se entabla una batalla, según el Apocalipsis (12,7), el gran Luz Bella o Luzbel, por su orgullo se convierte en el mismo Satanás. El que era príncipe de la milicia celestial, por su orgullo, se convierte en el príncipe del infierno, en Satanás. Si Jesús es la misma humildad, Satanás es el orgullo hecho vida.

JESÚS UNICO CAMINO PARA IR EL PADRE


Vamos a iniciar una reflexión sobre el descubrimiento del Padre a través de su Hijo divino, como el único camino que nos lleva al Padre. En efecto, nadie ha conocido a Dios, sino el Hijo único. Y El nos lo ha dado a conocer.

Dios Padre se ha hecho visible

El Evangelio de san Juan nos cuenta varios momentos maravillosos de la revelación del Padre, hecha por el mismo Jesús. En diálogo con sus discípulos, llenos de una gran expectativa, al requerimiento de Felipe: “<em>¡Señor, muéstranos al Padre! </em>(Jn 14, 8), oyen de labios de Jesús la siguiente declaración: “<em>¡el que me ha visto a mí, ha visto al Padre!</em>” (Jn 14,10). Le duele a Jesús que Felipe y sus discípulos, después de tanto tiempo de convivencia y de tantas confidencias como les había hecho, no hayan siquiera llegado a intuir su relación íntima con su Padre. En Jesús se hace transparente el Padre.

Según esta revelación, viendo a Jesús se puede barruntar “algo” de esa relación íntima, inseparable de amor mutuo que existe y fluye entre el Padre y el Hijo y que los hace Uno. Por eso, a Felipe, a sus discípulos y a nosotros nos dice: “<em>créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí</em>” (Jn 14,11).

También Jesús, en diálogo con sus enemigos, que consideraban sus palabras como blasfemas, les argumenta diciendo: “<em>si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero, si las hago, aunque a mí no me crean, crean por las obras, y así sabrán y conocerán que el Padre está en mí y yo estoy en el Padre</em>” (Jn 10, 37-38). Y todo esto sucede por la fuerza de la unidad que hay entre los dos, afirmada por el mismo Jesús como argumento final para sus enemigos: “<em>El Padre y yo somos uno</em>” (Jn 10, 30). Dada esa unión tan íntima entre Jesús y el Padre, podemos decir que las palabras que pronuncia Jesús o la sobras que Él realiza, son también palabras y obras del Padre. Por eso puede decir Jesús: “<em>El Padre, que vive en mí, realiza su obra salvadora</em>”.

Para nosotros, desde la fe, Jesús es el único punto de encuentro donde el hombre puede tener acceso y encontrar en Él a Dios, al Padre. Por eso, decimos que Jesús es el único camino para conocer al Padre, para ir al Padre

El Padre vive en Jesús

En los sinópticos el Padre es alguien que ve en lo secreto, que conoce hasta los cabellos de nuestra cabeza, que escucha y perdona; alguien que cuida de nosotros. Pero su morada sigue estando “en el cielo”. Por eso, nuestra relación con Él, por intensa que sea, es una relación un tanto distante. La revelación de estos tres evangelistas es la del Padre como nuestro Padre.

Pero en la revelación que nos hace el cuarto evangelista el Padre no está en el cielo, está ante los discípulos que lo pueden “ver”, y honrar en persona. El Padre se ha hecho visible en Jesús. Hay, por tanto, una manera de ver al Padre, de encontrarnos con el Padre y esa manera tiene lugar por vez primera en Jesús. La revelación del Padre que nos hace el cuarto evangelista es sobre el Padre de Jesús. Podemos, por lo tanto, decir con Jesús, que el único camino para ir al Padre es Jesús: “<em>Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí</em>” (Jn 14,10).

Quien me ve a mí, ve al Padre

Ver al Padre no está reservado únicamente para quienes tuvieron la suerte de estar físicamente con Jesús. También hoy nosotros podemos acercarnos a Jesús, entrar en Él y hacerlo entrar en nosotros, en la Eucaristía. En la Eucaristía nos dice también Jesús: “<em>Quien me recibe a mí, recibe también a mi Padre</em>”. Por lo mismo, cuando recibimos a Jesús en la Eucaristía, podemos hacer nuestras las palabras de Cristo y decir en primera persona: “<em>Yo estoy en el Padre y el Padre están en mí</em>”. Esto claro está es por pura gracia. Y es que en la Eucaristía, a diferencia de los libros, no encontramos únicamente ideas o verdades sobre el Padre, sino que encontramos y nos encontramos con el mismo Padre! Y es que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una única e inseparable naturaleza divina, son Uno. Un Santo Padre dice al respecto: “Cristo está en el Padre en virtud de su divinidad, mientras que nosotros estamos en Cristo, en virtud de su nacimiento humano, y Él está en nosotros por la comunión sacramental… Así también nosotros llegamos a la unidad con el Padre. En efecto, Cristo está en el Padre connaturalmente, en cuanto ha sido engendrado por Él; pero, en cierta manera, también nosotros, a través de Cristo, estamos connaturalmente en el Padre. El vive en virtud del Padre y nosotros vivimos en virtud de su humanidad” (San Hilario de Poitiers).

Es en la comunión eucarística donde encuentran su más claro cumplimiento las palabras de Cristo: “Al que me ama… mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos nuestra morada en él” (Jn 14,25).

Al unirnos a Jesús nos unimos al Padre

Como el arroyo que viniendo hacia el río se introduce en él, desde ese momento ya no puede dejar de seguir al río en su camino hacia el mar, así el que se une a Jesús por la Eucaristía se une también al Padre que está en Jesús. Es por esto que la liturgia da un relieve especial a la presencia del Padre en la celebración eucarística. Así el canon de la Misa es un largo diálogo que la Iglesia entabla con el Padre. Comienza con las palabras: “Santo erres en verdad, Padre…” y termina con las palabras: “A ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”. Podemos decir, que la Iglesia hace memoria de Jesús al Padre para que el Padre, por amor a Él, se acuerde de nosotros, nos perdone y nos conceda sus bienes.

Una parábola pintada

En el célebre icono pintado por Andrés Rublev también el Padre con el ES está presente en la Eucaristía. Se le llama el icono de la Trinidad, pero es también de la Eucaristía. Las tres divinas Personas están en torno a un altar en el que hay una copa en cuyo interior aparece la figura de un cordero. Toda la Trinidad nos invita a la mesa eucarística donde se nos entrega a Cristo eucaristía. Hay una parte vacía al frente como para decirnos que también hay sitio para nosotros. Todos estamos invitados a entrar en el círculo místico, a participar de la unidad perfecta que se nos ofrece al recibir el Cuerpo eucarístico, a ser uno con ellos y como Ellos son uno.

En la parábola se nos entrega a tres Personas dialogando, no son solo dos: el Padre y el Hijo. El Padre nos enseña que un diálogo no se hace solamente entre dos, pues hay el peligro de que sea cerrado. El amor perfecto libera del asilamiento, del egoísmo entre dos. Por es, Dios es Trinidad. Siempre en el diálogo entre las dos Personas está presente una tercera, el ES, no como un invasor indeseable, sino como quien preserva el amor de la esclerosis del intimismo. En el amor siempre un tercero. Este confirma la identidad y el amor de los dos.

El Padre nos ayuda a ser personas, a sentirnos personas, a amarnos como personas, a aceptarnos como personas. Para ello nos ofrece a su Hijo y al ES. El Padre nos ayuda a aceptar nuestro propio yo, inconfundible, insustituible, como el núcleo responsable de lo que cada uno somos. Y nos muestra que el diálogo es fundamental para construir la comunidad. El inicia ese diálogo con el Hijo y con el ES, al que nos invita a entrar.


EL ESPÍRITU SANTO ES UNA PERSONA DIVINA

(Hech 19, 1-4; Jn 7, 38- ; Rm 8, 14-28)


Les invito a profundizar en el descubrimiento de la naturaleza del Espíritu Santo, conforme nos lo revelan Jesús y la Sagrada Escritura. Es claro que la revelación del Espíritu Santo, como la del Padre, nos viene directamente de Jesucristo. Sólo Él podía entregarla. Jesús prometió el ES y lo envió a su Iglesia. Por eso, lo reveló e ilustró a sus discípulos sobre él, en cuanto a su naturaleza y en cuanto a su misión en la Iglesia. Si fue fundamental para los apóstoles hacer claridad en punto tan esencial de la vida de la Iglesia, otro tanto lo es para nosotros, pues como ellos, somos hijos de Dios por el Espíritu Santo. Inicio esta reflexión con la experiencia de vida que nos trae el libro de los Hechos de los apóstoles. Al llegar san Pablo a Éfeso, encontró alg0unos discípulos y les preguntó: “<em>¿recibieron el ES cuando abrazaron la fe?</em>”. Tremenda sorpresa se debió llevar el apóstol ante la inesperada respuesta que le dieron: “<em>Ni siquiera hemos oído decir que exista el Espíritu Santo</em>” (Hech 19, 1-4).


Yo pienso que esta experiencia de los Efesios muestra, también, el lugar que el ES ocupa en la vida de muchos cristianos. Y es imposible ser cristiano sin conocer a esta Persona divina y, todavía menos, sin haberlo recibido. Jesús mismo le da el nombre por el que debe ser conocido e invocado por todos los cristianos. Se llama Espíritu Santo. Le da, también, los nombres de Paráclito o enviado y de Espíritu de la Verdad.


La Iglesia recoge con un amor especial la Revelación hecha por Cristo y así la define como de fe católica en varios Concilios. Así en el Concilio Constantinopolitano I definió: El Espíritu Santo es Señor y Fuente de vida, procede del Padre y con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado; habló por los profetas” . Por lo mismo, quien no admita esta verdad ni es ni puede llamarse cristiano.


Revelación del Espíritu Santo

Los hechos de los Apóstoles, definidos como el Evangelio del Espíritu Santo, muestran su revelación, su existencia y su acción. El evangelista Lucas hace un paralelismo entre Jesús y la Iglesia, al colocarlos bajo la acción y dirección del Espíritu Santo. Ya él nos había narrado en su Evangelio la concepción y el nacimiento de Jesús por la acción y el poder del ES, en la Encarnación; en los Hecho nos narra, igualmente, el nacimiento de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo, el día de Pentecostés. Y así como Jesús fue conducido por el Espíritu Santo y habló por medio de Él, la Iglesia está dirigida por el mismo Espíritu y anuncia la Buena Nueva con su poder. Porque, como dice Pablo VI: “no habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo” (EN 75).


El acontecimiento de Pentecostés

La venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María Santísima, narrada por san Lucas, destaca las tres figuras de la Trinidad y termina narrando la presencia del Espíritu Santo y compartiendo con nosotros aquella maravillosa síntesis: “<em>Todos quedaron llenos del Espíritu Santo</em>” (Hech 2, 4). Se trata del Amor Trinitario que fue derramado sobre los apóstoles, como el gran acontecimiento de ser anegados en un “baño de caridad”. En este día los apóstoles tuvieron la experiencia rebosante del amor de Dios. Este amor que recibieron se transformó en ellos en capacidad de amar. Pienso que ellos descubrieron, entonces, el secreto de Jesús cuando les hizo aquella maravillosa confidencia: “El Padre me ama y yo amo al Padre”. El Espíritu les da, también a ellos, “un corazón nuevo” para percibir a Dios, para recibir de El su amor y poder luego amar con el mismo amor a los demás como hermanos.


Experiencia del Espíritu Santo

El día de Pentecostés los apóstoles conocieron quién era el Espíritu Santo, porque lo recibieron y, desde entonces, vivieron con Él. Habían oído a Jesús hablar ardorosamente de El, pero en Pentecostés lo conocieron en su realidad, observaron su acción y experimentaron su poder. Ahora los Apóstoles conocen personalmente al Espíritu Santo, porque lo recibieron y viven su acción al ser transformados en sus vidas y, ahora sí, construir verdaderas comunidades por donde pasaban. Alegría y unión son frutos del Espíritu Santo.

La Persona del Espíritu Santo


Es importante darle toda la fuerza a la consideración del Espíritu Santo como Persona, pues por causa de los símbolos usados para designarlo, con frecuencia le hemos venido dando el tratamiento de una cosa, no de una persona.


Los cristianos hablamos del Espíritu Santo como de Intercesor, Consolador, Paráclito, Dulce Huésped; lo representamos como Fuerza divina, Fuego, Viento, Agua Viva, Viento, Amor, Luz celestial. Estas y otras expresiones parecidas, son solamente símbolos. Es como decir que, como el Espíritu Santo se apareció en forma de paloma, Él es una paloma, o que se “encarnó” en una paloma. Por eso, es preciso dejar bien claro que el Espíritu Santo es una Persona divina, una Persona queridísima. Para quien no lo conoce, baste decir que es igualito a Dios Padre y a Dios Hijo. Y todavía más, es UNO con ellos.


¿Y qué es una persona? Es lo mejor que existe en la naturaleza. Nada hay más noble, más digno, más amable y más importante que una persona. En Dios, las Personas son distintas y se definen como RELACIÓN. Él Espíritu Santo procede primariamente del Padre y del Hijo y, su naturaleza es divina como ellos: es un solo Dios con el Padre y el Hijo. Pero, por ser relación, se refiere eternamente al Padre y al Hijo y se distingue de ellos.

El Espíritu Santo, en Cristo, “se ha habituado a vivir con los hombres”, para hacer con ellos un solo cuerpo en Cristo y un solo Espíritu. El es la tercera Persona de la Trinidad y mantiene viva la memoria de Jesús.


El Espíritu Santo actúa en el corazón

En el AT se habla de la acción exterior del Espíritu Santo como de un soplo, el soplo de Dios que crea y da vida, que viene sobre algunos hombres dotándolos de poderes extraordinarios. Pero es con los profetas, especialmente con Jeremías y Ezequiel, cuando se pasa de esta perspectiva exterior y pública del Espíritu Santo a una perspectiva interior y personal, en que el Espíritu obra en el corazón de cada persona, como principio de una renovación interior que lo hace capaz de observar fielmente la ley de Dios. El capítulo octavo de la carta a los Romanos sobre la vida nueva en el Espíritu se sitúa en esta perspectiva interior.


San Pablo afirma que la ley antigua sólo da el conocimiento del pecado (Rm 3,20), pero no quita el pecado; no da la vida. La ley mosaica, siendo una norma exterior al hombre, no modifica su situación interior, no influye en su corazón. He aquí porqué el pecado de fondo que es el egoísmo no puede hacerse desaparecer por la observancia de la ley, sino sólo en cuanto se restablezca el estado de amistad entre Dios y el hombre. Esto lo ha logrado la redención realizada por Cristo. Jesús en la cruz ha arrancado de la humanidad el corazón de piedra. El ha absorbido nuestra muerte y nos ha dado su vida, es decir su amor al Padre, su obediencia, su relación con El, su Espíritu de hijo.


Los Apóstoles que, habían escuchado todo de Jesús, en el momento de la pasión no encuentran la fuerza de cumplir ningún mandamiento de Jesús. Pero, en Pentecostés el Espíritu Santo infundió en sus corazones el amor. Mientras no recibieron el Espíritu, no mostraron nada nuevo, noble, espiritual y mejor. Pero, cuando lo recibieron quedaron nuevos y abrazaron una vida nueva, fueron guías de los demás e hicieron arder la llama del amor de Cristo en sí mismos y en los otros.


También en todos nosotros, una vez viene el Espíritu Santo, nos transforma desde el interior, como hace el enamoramiento en las personas. El crea en el interior un dinamismo que lo lleva a hacer todo lo que Dios quiere, espontáneamente, sin tan siquiera pensar en ello, pues ha hecho propia la voluntad de Dios y ama todo lo que Dios ama. Vivir con el Espíritu es un vivir “enamorados” y actuar con facilidad y espontáneamente las cosas de Dios. “El que ama, corre, vuela, salta de gozo. El amor no siente el peso, ni le preocupa la fatiga, quisiera hacer más de lo que puede”. El Espíritu Santo ha transformado por dentro a quien le ha recibido con las debidas disposiciones.


EL ESPÍRITU DEL PADRE Y DEL HIJO

(Jn 3,5; 14,16-17.26; Rm 8,14-28)


Jesús nos entregó directamente la revelación del Espíritu Santo. Lo prometió a sus discípulos, revelando así su existencia y manifestándoles su naturaleza y misión. Él es una Persona divina, igual al Padre y al Hijo. En ese maravilloso sermón de la Cena Jesús amorosamente va descorriendo velos sobre su identidad y la de las otras Personas divinas. Al prometernos el ES, nos revela su existencia: “<em>Yo pediré al Padre, que os envíe otro Paráclito, el Espíritu de la Verdad</em> (Jn 14,16), “<em>que procede del Padre</em>” (Jn 15,26). Por ser el Espíritu de la Verdad procede, también, del Hijo, de Jesús. Por eso, ha dicho: “<em>El mundo no le ve ni le conoce.. ustedes le conocen porque vive con ustedes y está con ustedes</em>” (Jn 14,17.26). Les dice que el ES está con ellos, pues Jesús y Él son UNO. Para darnos una idea precisa sobre su naturaleza, afirma que el ES procede del Padre y del Hijo. No es exclusivo del Padre ni del Hijo, sino de los dos. Es de naturaleza divina como el Padre y como el Hijo, y uno con Ellos. Es la tercera Persona de la Trinidad que, como tal, procede del Padre y del Hijo.

El ES es comparado por Jesús con un río de Agua Viva, con una fuente que jamás se seca: “<em>Quien cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él</em>” (Jn 7,38-39). El da vida, hace crecer en la gracia, enseña y hace entender lo dicho por Jesús: “<em>El Espíritu Santo, el Paráclito que el Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho</em>” (Jn 14,26). El ES nos irá revelando la Escritura en el momento menos pensado. Hemos leído y repetido tantos textos de memoria, pero en cierto momento vemos claro lo que nunca antes habíamos visto así.


El ES nos revela a Jesús, nos lo hace conocer como Dios, como Salvador y como Señor de nuestra vida. . San Pablo asegura que nadie puede reconocer a Jesús como Cristo y Señor si no es por el ES: “<em>nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no es por el ES</em>” (1Cor 12,3). Cristo mismo lo había afirmado antes: “<em>cundo venga el Paráclito, que yo les enviaré de parte de mi Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí</em>” (Jn 15,26).


El Espíritu Santo es poder transformador

Los Hechos de los Apóstoles, definidos como el Evangelio del ES, describen su existencia y su acción transformadora. De hecho, los discípulos, en el día de Pentecostés, tuvieron una experiencia rebosante, conocieron al Espíritu Santo porque lo recibieron y fueron testigos de su acción transformadora en ellos mismos. Lucas, en su Evangelio y en los Hechos, respectivamente, hace un paralelismo entre Jesús y la Iglesia, entre la vida de Jesús y la vida de la Iglesia, al colocarlos a ambos bajo la acción y dirección del ES. Así como Jesús fue concebido por el Es en el momento de la Encarnación, la Iglesia también lo fue en el día de Pentecostés. Y como Jesús fue conducido por el Es y habló por medio de El, la Iglesia es dirigida por el mismo Espíritu y anuncia la Buena Nueva por medio de El. No hay Evangelización sin el ES.


Jesús deja parcialmente incompleta la obra de la Redención; será el Espíritu Santo quien la lleve a plenitud, interiorizándola en cada uno de nosotros y comprometiéndonos a participar activamente en ella: “<em>El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho</em>” (Jn 14,26). Por más que uno conozca intelectualmente la Escritura y haya penetrado el sentido literal, espiritual y místico, es el Espíritu Santo quien nos va revelando su sentido salvífico. Cuántas veces, al volver a leer un texto se nos da una nueva luz y percibimos algo que Dios nos dice en ese momento. El Espíritu Santo nos va introduciendo en la verdad completa.


De hecho, los discípulos, estando con Jesús, no entendieron muchas cosas: “<em>Algunos discípulos se preguntaban: qué querrá decir: dentro de poco ya no me verán...¿a qué se refiere? No entendemos lo que quiere decir</em>” (Jn 16,17-18) y, a pesar de haber visto milagros y señales (Mt 17,14-20), se escandalizaron ante la pasión (Mt 16,22), incluidos Pedro, Santiago y Juan, que estuvieron a su lado durante la Transfiguración y vieron su Gloria (Mt 17,1-8). Pero, recibido el bautismo del Espíritu Santo, se convirtieron en nuevas criaturas, en columnas de la Iglesia y en testigos de Jesús resucitado. Pedro, que había temblado ante una mujer (Mt 26,69-70), recibido el ES, se convierte en un predicador intrépido, sin temor a las autoridades judías: “<em>juzguen ustedes si tenemos que obedecer a ustedes, antes que a Dios</em>” (Hech 4,19). Ante la cruz le fallaron a Jesús y huyeron, pero el Espíritu cambió el corazón, les hizo comprender muchas cosas y los convirtió en testigos del Maestro, como les había prometido Jesús: “<em>recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo</em>” (Hech 1,8).


También a nosotros, en los momentos difíciles que hemos de enfrentar, el Espíritu Santo nos dará fuerza, valor y capacidad de ser fieles hasta el final. Como nuevo Abogado Él nos defenderá en las acusaciones y en la persecución. Así nos lo prometió Jesús: “<em>cuando les lleven ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo o con qué se defenderán o qué dirán, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que conviene decir</em>” (Lc 12,11-12). Con Él podremos ser testigos intrépidos y dar testimonio de Jesús sin desfallecer.


El Espíritu cambia nuestro corazón

El acontecimiento de Pentecostés marca definitivamente la nueva vida de los apóstoles. El Espíritu Santo, que es Amor, fue un baño de Caridad para ellos. En ese día ellos tuvieron una experiencia rebosante del amor de Dios. Muchos piensan que es imposible cambiar el corazón del hombre. Unos lo aceptan tal como es y prefieren tapar la mediocridad y el pecado. Otros, al contrario, se amargan contra todo y contra todos. Pero el Señor ha prometido cambiar el corazón: “<em>Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo</em>” (Ez 36,26). Por eso, los apóstoles recibieron en Pentecostés un “corazón nuevo” , un corazón capaz de dar amor. El amor que recibieron transformó su corazón y les dio una capacidad nueva para amar. Descubrieron el secreto de Jesús, cuando les hizo aquella maravillosa confidencia: “<em>el Padre me ama y yo amo al Padre</em>” (Jn 14,31).


La experiencia de los apóstoles ha demostrado que los hombres somos débiles e incapaces de observar los mandamientos, pero si el Señor mismo se revela y nos comunica su Espíritu, somos renovados profundamente, empezando a ser hombres nuevos, con corazón nuevo, viviendo una vida nueva. El Espíritu }santo renueva nuestra mentalidad y nuestras actitudes. El nos ha cambiado amándonos, atrayéndonos y dándonos su Espíritu. El corazón nuevo supone un giro de ciento ochenta grados, n giro radical en la historia de nuestra vida, como sucedió con los apóstoles después de Pentecostés.


Convertirse en pueblo nuevo


Necesitamos una nueva orientación para poder construir una nueva vida en nosotros, para que pueda llegar una nueva VR. La formación de comunidades renovadas y renovadoras exige ideales totalmente nuevos. Necesitamos ideas claras sobre lo que tenemos que ser hoy y que nos saquen de la mediocridad y de la vida fácil. Pero necesitamos salir de nuestras seguridades y abrirnos totalmente a la acción del Espíritu en nosotros, a su fuego abrasador que renueve nuestra energía vital, la conciencia de nuestros nuevos propósitos, y que nuestro cambio tenga impacto en la sociedad. Sin el ES la vida religiosa se vuelve más cuestionable cada día. Se requieren elementos espirituales e impacto social, cambio material y cambio espiritual.


Valor de una vida religiosa promovida por el Espíritu


Solo el Espíritu Santo nos provee de la intensidad espiritual que necesitamos para construir las obras que nuestro mundo necesita en el plano de la renovación a fondo de la juventud desviada, programas de espiritualidad que sacien el hambre de Espíritu en las gentes, en la sociedad. Hay urgencia de llevar el Reino de Dios allí donde menos se cumple la voluntad de Dios. No podemos aferrarnos a viejas formas frente a las nuevas necesidades. Si los religiosos permanecemos arraigados en la vertiente espiritual que nos comunica el Espíritu, la vida religiosa merece vivirse para nosotros y para la gente que nos necesita.


De ahí que, programas de formación que no enseñen la historia de la espiritualidad, que no abran al Espíritu Santo, que no enseñen el papel social y el <em>status</em> de sierva de la VR, que no enseñen la oración, la contemplación, y la reflexión espiritual en un mundo soberbiamente materialista, sólo dará lugar, en el mejor de los casos, a una infecunda multiplicación de personas raras, preocupadas únicamente por lo material y por lograr un status social.

BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO EL ESPÍRITU DE FILIACIÓN (Nereo p.99)

(Hech 1, 4-14; 2, 1-47; Jn 1, 33; Lc 4, 14-19; Rm 5,5)


Les invito a descubrir lo que quiere decir la expresión “Bautismo en el ES” y cuáles son los efectos en las personas que lo reciben bien dispuestas. Jesús mismo, quien emplea esa expresión, alertó a sus discípulos sobre la importancia del Espíritu Santo y la necesidad de recibirlo. Por eso, les mandó no salir de Jerusalén a la evangelización del mundo sin recibir antes la “Promesa del Padre”. Les dijo: “<em>Juan bautizó con agua, pero ustedes </em><em>serán bautizados en el ES</em><em> dentro de pocos días…recibirá la fuerza del ES cuando venga sobre ustedes, </em><em>serán mis testigos</em><em> en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra</em>” (Hech 1, 5-8).


Convertirse en testigos de Jesús

Para poder evangelizar necesitamos ser llenos del Espíritu Santo, porque es a través de nosotros que actúa Él. Por eso, lo más urgente que necesita la Iglesia es una nueva efusión del Espíritu, que es tanto como decir que necesita un ejército de hombres llenos del Espíritu. Pero el ES no es algo que pueda ser producido por nuestros propios esfuerzos, ni siquiera puede ser “merecido”, porque es puro don del Padre, para convertirnos en testigos.


Ser testigos de Jesús no se realiza mediante métodos humanos, o con vagos sentimientos; es el ES quien hace testigos de Jesús. Los mismos discípulos que estuvieron con Jesús, necesitaron el ES para ser testigos del Maestro. Los apóstoles tuvieron la ventaja de ser instruidos por el Salvador en persona, lo vieron morir, resucitar y subir al cielo; sin embargo, hasta que no fueron bautizados por el ES en Pentecostés, no mostraron nada nuevo. Pero cuando el Paráclito irrumpió en sus almas, quedaron nuevos y abrazaron una vida nueva, siendo guías de los demás y haciendo arder la llama del amor de Cristo en ellos mismos y en los otros. Sino se da una efusión del Espíritu seremos falsos testigos o, en el mejor de los casos, personas emprendedoras, pero no testigos de Jesús.


Después de la ascensión de Jesús al cielo los discípulos se fueron al Cenáculo y allí se prepararon con María y recibieron el Bautismo en el Espíritu y su fuerza, que los convirtió en <em>criaturas nuevas.</em> Del Espíritu sacaron los apóstoles la fuerza para ser, en medio del mundo, <em>testigos de Jesús resucitado</em>. Con el Espíritu estaban preparados para la evangelización del mundo pues, no hay evangelización alguna sin el ES. En efecto, “el ES es el agente principal de la evangelización” (EN 75). Antes de iniciar Jesús de Nazaret su predicación “<em>descendió sobre él el ES</em>” (Lc 3,22) en el momento del bautismo y fue “conducido por el ES”(Lc 4,1) para prepararse en el desierto y “con la fuerza del Espíritu Santo” (Lc 4,14) volvió a Galilea a inaugurar su predicación en Nazaret; entró en la sinagoga, donde expuso su programa de evangelización, diciendo: “<em>El Espíritu del Señor está sobre mí…</em>” (Lc 4, 17-19).


La Ley del Espíritu

El ES desciende sobre la Iglesia precisamente el día en que Israel recordaba el don de la ley, de la alianza, cincuenta días después de la Pascua, y salida de Egipto (cf. Ex 19,1-6). Por eso, dirá san Agustín: “Es un misterio grande y maravilloso: si os dais cuenta, en el día de Pentecostés ellos recibieron la ley escrita con el dedo de Dios y en ese mismo día de Pentecostés vino el Espíritu Santo”. Este hecho quiere decir que el ES es la ley nueva, que sella la nueva y eterna alianza. Esta Ley ya no queda escrita en tablas de piedra, sino en los corazones; ya no es una ley exterior, sino interior, es el Espíritu. Por eso, había dicho Ezequiel: “<em>os infundiré mi Espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que pongáis por obra mis mandamientos</em>” (Ez 36,27).


El Espíritu de Cristo


Cuando Cristo moría en la cruz dice el cuarto Evangelio: “<em>Después inclinó la cabeza y entregó el espíritu</em>” (Jn 19,30). Jesús, en la cruz, “<em>entregó el espíritu</em>”. Esto en el lenguaje de Juan, tiene dos significados: uno natural: se refiere la muerte física de Jesús: dio su último suspiro, murió; otro, místico y alude al ES, como don transmitido a los creyentes como consecuencia de la pasión glorificadora de Cristo: “entregó el Espíritu” a la Iglesia naciente. Jesús, en la cruz ha arrancado de toda la humanidad el corazón de piedra, o sea, todo el rencor, toda la enemistad y el resentimiento contra Dios, pues ha “crucificado al hombre viejo” y ha “destruido el cuerpo del pecado” (Rm 6,6). Ha absorbido nuestra muerte y, a cambio, nos ha dado su amor, su “Espíritu de hijo”. Todo esto lo expresa san Pablo llamando al Espíritu Santo “Espíritu de Cristo” (Rm 8,9) y diciendo que el Espíritu da vida “en Cristo Jesús” (Rm 8,2). El ES nos viene de Cristo y mantiene viva la memoria de Jesús, “da testimonio” de Él. El renueva todas las cosas. Cuando el ES viene y toma posesión de alguien, tiene lugar un cambio y esa persona pasa a ser una persona diferente. Así se vio en los discípulos de Jesús.


El Espíritu Santo es sanador


Desde el momento que nos posee el ES, algo maravilloso pasa en nuestra vida. Recibimos a Jesús como a nuestro Señor y Salvador y nos libera en nuestro cuerpo, en nuestra mente y en nuestro espíritu. El cambia nuestro corazón de piedra en corazón de carne, rompe los obstáculos y El mismo empieza a actuar en nosotros, a dirigir nuestras vidas, si así lo deseamos. Despierta en nosotros capacidades latentes para servir mejor a nuestros hermanos. Nos da las gracias necesarias para comprender un poco más los misterios de la Encarnación y Resurrección y nos da un hambre viva y nueva por la oración. Nos fuerza a dar testimonio con nuestra vida. Nos haced gritar a todo el mundo el nombre de Jesús, llenándonos de un amor especial por Jesús. Comenzamos a ser más y más como Cristo, ejemplo de entrega amorosa y de comunión con el Padre.


Crecer en el Espíritu

El Bautismo en el ES, es decir, nuestro Pentecostés, es solo el comienzo de una Vida Nueva. Seremos tentados como Jesús en el desierto, a donde había sido conducido por el ES. Pero, las tentaciones son una preciosa oportunidad para crecer en el fe y confianza en el Padre, en Jesús y en su Espíritu. Más aún, las tentaciones nos ayudan a salir fortalecidos y transformados, si sabemos aprovechar la oportunidad, sabiendo que el Padre está con nosotros en todo momento y que no permite que seamos tentados más de lo que podemos resistir.


La vida de Dios es dinámica en nosotros. Una vez poseídos por el Espíritu, deseamos compartir las maravillas que el Señor está haciendo en nosotros y en los demás. La vida nueva no se puede vivir a solas, nos lleva a vivir y a fortalecer la comunidad y queremos ser como Cristo con los hermanos. Empieza, para nosotros, a ser imprescindible la oración personal diaria, la oración comunitaria y empieza a gustar la oración de alabanza y de agradecimiento al Señor. Se hace necesario el alimento y meditación de la Palabra de Dios. También, Jesús, impulsado por el ES, dedicó muchas horas a la oración, hablando con el Padre con filial confianza e intimidad incomparable.


En contacto con la Palabra, ésta se irá haciendo carne en nosotros y lograremos que nuestra oración se convierta en vida cada día. Cristo Jesús es base fundamental de lo que vamos construyendo cada día en nuestras vidas y sentimos la necesidad de ayudar a otros.


La vida del Espíritu es dinámica


Una persona que ha recibido el bautismo en el Espíritu se puede comparar a un niño recién nacido, que por sí solo podría morir por falta de alimento y abrigo. Dios nos ha hecho de tal manera que dependemos unos de otros. Además, El se complace en manifestar su poder en comunidad. Es en la comunidad donde El derrama sus dones para el bien de la comunidad. El amor fraterno empieza a ser el signo visible de la presencia de Dios. Con ese amor vencemos las ataduras del enemigo, pues nos revestimos de las armaduras de Dios.


MARÍA Y LA TRINIDAD

(Hech 1,14; Gal 4, 4-5; Lc 1,42; Mt 1,16;


Les invito a iniciar una reflexión sobre María en relación con la Trinidad. María, maestra de espiritualidad, preside la escuela de los hombres y mujeres que se dejan cincelar por las manos del ES. Así como el nacimiento de la Iglesia estuvo precedido por la compañía, la intercesión y la enseñanza de María con la comunidad apostólica, de la misma manera Ella intercede hoy, nos acompaña y nos educa desde el cielo para que construyamos en unidad la Iglesia del nuevo milenio. María desde el cielo continúa su misión materna de crianza y educación de sus hijos, los miembros del Cuerpo de Cristo, cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina en las almas de sus hijos redimidos. Ella, maestra de espiritualidad, es nuestra guía como mujer experta en la vida de comunión con Dios, pues fue tabernáculo espléndido de la Trinidad.


La Escritura nos muestra a María en total relación con la Trinidad. Al hablar de la Encarnación y la Redención dice que el Padre envió a su Hijo, nacido de mujer, para rescatar a los que estaban bajo la ley (Gal 4,4). La encarnación en el seno de María fue por obra del ES.


Preparación al Jubileo del 2000


El Papa Juan Pablo II, con ocasión del jubileo del año 2000, invitó a todos los católicos a una preparación de tres años con una estructura trinitaria. El primer año (1997) se centraba en la reflexión sobre Cristo, el segundo, en la Persona del ES, y el tercero tomando la Persona del Padre como punto focal de referencia. Invitó a contemplar en esos tres años la figura de María, relacionada con cada una de las tres Personas divinas. En efecto se descubre en María una vocación trinitaria: Hija predilecta de Dios Padre, Madre del Dios Hijo y Esposa del Espíritu Santo, pues concibió en su seno al Verbo por obra del Espíritu Santo. Iniciemos, pues, nuestra contemplación de María en relación con el misterio trinitario, ya que ella es Hija predilecta del Padre, Madre del Hijo de Dios encarnado y morada del Espíritu Santo (Cf. LG 53), que la santificó y purificó.


María, “Hija predilecta del Padre”

El Vaticano II llama a la Virgen María la “hija predilecta del Padre” (LG 53), y añade que en esto aventaja con mucho a todas las criaturas del cielo y de la tierra. Y es que Ella, como Virgen, supo abandonarse totalmente a la providencia del Padre. Es tan especial su filiación que la vive siempre en total abandono y entrega al Padre. Por eso, cuando el Padre le propuso ser la madre de su Hijo, Ella, asintiendo a su llamado a convertirse en madre del Redentor, le respondió con y obediencia total: “<em>Soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra</em>” (Lc 1,38).


Experiencia filial de María


San Pablo afirma que en Cristo el Padre “nos eligió antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser sus hijos” (Ef 1,4-5). María ha sido la primera en vivir esta experiencia filial. Su filiación la colocó en unión total con el Padre, llevando a cabo una situación espiritualmente paradójica. En efecto, en su Hijo Jesucristo, no solo era hija del Padre, sino también madre del Hijo. Ella vivía la paternidad de Dios al mismo tiempo como maternidad filial. Como su Hijo era todo del Padre y vuelto por completo al Padre, también María era toda del Padre y vuelta por completo al Padre, cumpliendo en todo su voluntad, como buena hija suya y como su sierva. Ella vivió su realidad filial correspondiendo de lleno al Padre en su servicio al Hijo y a sus hermanos. Confió todo su ser al poder del Padre.


Oración filial


La oración de María es oración filial. Esta característica aparece en el “magnificat”, que es un maravilloso himno dirigido al Padre de la misericordia por las maravillas que ha hecho en ella. Es un anticipo del que más tarde entonará Jesús: “<em>Te alabo, Padre, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelaste a los </em>sencillos” (Mt 11,15). Como perfecta orante, tiene como centro de su vida al Padre, de quien vive siempre pendiente y en quien encuentra la plenitud de su vida.


María, Madre del Hijo de Dios


La relación base de María con Jesús es su Maternidad. El Concilio de Éfeso, en el 431, dijo: “María es Madre de Dios”. En su maternidad divina se concentra el misterio de María. De Ella nació Jesús y Ella lo educó, cumpliendo un verdadero y peculiar peregrinaje de fe, desde el nacimiento a la resurrección y Pentecostés. Cuando reprende a Jesús por perderse en el templo, parece no haber comprendido aúna fondo la realidad profunda de su Hijo. La respuesta e su Hijo le obliga a “meditar” más a fondo su relación con él (Lc 2,19.51). Es la Nueva Eva asociada a Cristo, nuevo Adán. Todo lo que es María, lo es por ser Madre de Dios.


Madre de la Iglesia


Por ser Madre de Cristo es Madre de la Iglesia, es decir, Madre de la Cabeza y de los miembros. Por Ella hemos nacido a Dios. En el Calvario adquirió María oficialmente su nueva maternidad: la maternidad espiritual de los discípulos del Hijo.


María, “sagrario del Espíritu Santo”


María es Madre de Dios por obra del Espíritu Santo. Desde el momento en que María engendra a Jesús por obra del Espíritu la relación de María con el Espíritu Santo es de una trascendencia sublime. Ella se dejó envolver por el Espíritu, que la convirtió en Madre de Dios. Por eso: “María Santísima ha sido la única que mereció ser llamada Madre y Esposa de Dios(San Agustín).


En su alma y en su cuerpo, María es sagrario del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, sus entrañas purísimas son la nueva casa de Dios, que ha querido hacerse Hombre en ellas y habitar así entre nosotros. María es así el verdadero santuario del Espíritu Santo. Es sagrario vivo del Dios encarnado. Su apertura al Espíritu la constituye y la define: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,28). La encarnación de Jesús en el seno de María es el acontecimiento base de la singular relación entre el Espíritu Santo y al Santísima Virgen María.


La inhabitación del Espíritu Santo en María es superior a cualquier otra criatura. María ha sido convertida en una criatura completamente renovada y santificada por el Espíritu Santo. Por eso, nada tiene de extraño que “entre los Santos Padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo” (LG 56).


Experiencia de comunión con Dios


“En el misteriio de Cristo María está <em>presente</em> ya “antes de la creación del mundo” como aquella que el Padre “ha elegido” <em>como madre</em> de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad” (RM 8).


Esta estructura trinitaria de la existencia y del peregrinar terreno de María constituye la base de la espiritualidad mariana católica que es, antes que cualquier otra cosa, experiencia profunda de vida trinitaria. Y comporta un pleno abandono y confianza en la voluntad del Padre.

Al igual que María, nuestra madre en la fe (RM 12-19), la obediencia filial a nuestro Padre representa para nosotros, los cristianos, el inicio de nuestro itinerario hacia la plena comunión con Dios. Semejante obediencia es diálogo entre llamada de Dios y respuesta de la persona humana, entre lección y fidelidad, entre gracia y libertad.


Como el “sí” de María, el “sí” de todo cristiano al Padre significa confiar filialmente en su providencia, vivir en este horizonte de fe el propio presente y poner en manos del Padre nuestro propio futuro. En esta condición de abandono filial al Padre, nuestra vida se torna en un viaje seguro hacia nuestra meta final. ¿Qué importa, entonces, si el mar es tempestuoso, si la tierra tiembla, si el cielo está nublado, si la noche es oscura y fría, si no comprendemos todo, su los otros no nos aman, si nos sentimos solos? La fe nos dice que estamos

arropados por el amor del Padre que nos comprende y nos ama. Nuestra patria es Dios –Padre nuestro- rico en misericordia, que nos habla en la lengua del amor y de la misericordia. La espiritualidad mariana nos ayuda a vivir, con María y con su ayuda, esta realidad de amor filial a Dios, padre nuestro.

CARTA DE IDENTIDAD DEL PADRE

(Lc 15, 12-13; Ex 34,6; 1Jn 4, 8.16)


La parábola del “padre misericordioso”, es “la perla”, la reina de las parábolas de Jesús, indudablemente la más bella. Y es que Jesús entrega lo que ama con infinito amor y honda ternura. Charles Peguy dice de ella: “Esta es la palabra de Dios que ha llegado más lejos, la que ha tenido más éxito temporal y eterno. Es célebre, incluso, entre los impíos y ha encontrado en ellos un orificio de entrada y quizá es ella sola la que permanece clavada en el corazón del impío, como un clavo de ternura”.

Se lee y nunca se deja de admirar. Se la llama la parábola del hijo pródigo, pero esto no es exacto, pues el protagonista de la narración, el personaje central no es el hijo menor. La figura central de ese texto incomparable es la figura del padre. Con este cuadro quiso Jesús revelarnos la verdadera imagen de Dios. Por eso deberíamos llamar a esta parábola la “carta sobre la identidad de Dios” que el mismo Jesús, Hijo de Dios, nos entregó. Por eso hoy, ya no se habla de la parábola del hijo pródigo, sino de <em>la parábola del Padre misericordioso</em>. En efecto, en la lectura de la parábola “poco a poco va surgiendo el rostro misterioso de un Dios incomprensible para el puro razonamiento humano, pero verdaderamente fascinante”. La traducción ecuménica de la Biblia dice que el mensaje no se centra tanto en la conversión del hijo, cuanto en el amor y en la misericordia del Padre. De todos modos, la parábola, más que un resumen de la historia de cada uno de nosotros, es el retrato de nuestro Padre Celestial, hecho nada menos que por el mismo Jesús, el Hijo amado. Les invito a dejarse empapar de esta Palabra de Jesús y analizar la narración en todos sus pormenores. No nos puede eximir de hacerlo el que conozcamos la parábola desde nuestra niñez. Hay cosas que nunca acaban de comprenderse suficientemente. Necesitamos captar en profundidad las distintas posturas de los tres personajes y prestar una atención especial a sus sentimientos y a la relación que hay entre ellos.


Se hecha de menos, en la parábola, la madre de ese hogar y un tercer hijo. El espíritu de esos dos personajes se encuentra en la parábola, junto a los otros tres que forman ese hogar. Por lo que aparece en la parábola Jesús quería revelarnos al Padre y que nos encontráramos con un corazón que nos abraza, con un Padre-Dios misericordioso, que cubre nuestro corazón, nuestra vida con su infinita ternura, como lo haría la mejor de las madres. En realidad el padre que nos revela Jesús es padre y es madre: su amor, ternura, perdón, alegría nos lo muestra más madre que padre, o mejor, un padre con corazón de madre. Es el Dios de corazón misericordioso, celebrado a menudo en la Escritura con emotivas imágenes de ternura materna (cf. Is 43,1-3; 49, 15-16; 66,13; Os 11,1-8; Jer 31,3). Entre los hijos de ese Padre, hay en el relato, entre renglones, un tercer hijo, el que nunca se apartó de la casa del Padre, el hijo tierno, cumplidor, capaz de compartir con su Padre la tristeza y el gozo, el hijo que salió en busca del hermano ausente y volvió con él, trayéndolo sobre sus hombros, el hijo que ayudó a su Padre a preparar el festín y que salió, también, a convencer al hermano mayor. No es un sueño la existencia de este tercer hijo, conocemos su nombre. Se llama Jesús. El único hijo que de veras hace feliz al Padre. El es la verdadera oveja blanca de esa maravillosa familia.


Necesidad de ternura y de misericordia

La madre no aparece en la parábola, pero sí su espíritu. En efecto, la ternura, que se nos describe a través de todo el relato, es característica de la mujer y, en algunas literaturas, especialmente en Babilonia, se apropia a la mujer. Esta por su naturaleza ha sido creada para encarnar y manifestar la ternura-misericordia de Dios. Como la ternura es la actitud natural de la madre para con el hijo necesitado de ayuda; así, aplicada a Dios, significa su natural compasión por el pecador, su misericordia. Por eso, el Papa Juan Pablo I, acuñó la frase: “Dios es Padre, pero también es Madre”. Y alguien, repitiendo casi el mismo pensamiento del Papa, dijo que “Dios, queriendo estar en todas partes, creó a la madre y la dotó de ternura”. El padre de la parábola tiene un corazón de madre, un amor “entrañable”, cuajado de ternura, comprensión, compasión, indulgencia y perdón, como el de una madre hacia sus hijos.

Jesús era conocido en su medio, su madre también, pero Dios era casi desconocido Padre: entre los sacerdotes y fariseos pocos le conocen, pocos saben que El es el Padre y más pocos, todavía, han tenido la experiencia de ser hijos del Padre Dios. El mundo de entonces, como el nuestro, era inconsciente de ello. Especialmente, las personas son inconscientes de que tiene por Padre a Dios. Por eso, en el relato Jesús insiste más en revelar lo no conocido, el Padre y resaltar las actitudes de los hijos, el menor y el mayor, en relación con la persona del Padre. Nosotros nos detendremos a reflexionar en los dos hijos y en el padre: “<em>un hombre tenía dos hijos</em>” (v.11), y en las actitudes que Jesús quiere poner de relieve en los tres personajes de la parábola: el papá, el hijo menor y el hijo mayor.

Nuestra actual sociedad se torna cada vez más dura, fría e indiferente ante el ser humano. Los afanes van más por la importancia que se da a lo material, que por el interés por la persona y por la realización de una auténtica vida comunitaria desde unas relaciones interpersonales tiernas, que broten del amor. Cada día se va enrareciendo más el ambiente cálido entre las personas. Las relaciones son interesadas. En forma preocupante, el ambiente familiar está originando una convivencia carente de cariño, de delicadeza y, por consiguiente, de amor y ternura en el trato mutuo. En esta sociedad violenta, valores como la ternura y la misericordia son vocablos extraños y vivencias casi exóticas.

El Papa Juan Pablo II, en su encíclica “Dives in misericordia”, hace una apremiante llamada “ a la misericordia, de la que el hombre y el mundo contemporáneo tienen tanta necesidad” (DM 2). La ternura es algo tan especial en el ser humano que actualiza la presencia amorosa de Dios. Ella abre las puertas de la comprensión y es esa manera suave en la relación entre los padres, los hijos, los hermanos, los amigos y, en general, entre las personas. Pero nuestro mundo va siendo cada vez más violento, más duro, más difícil en la vida relacional.

La vida es una sucesión de momentos favorables y no favorables, en los que la ternura es clave para mitigar situaciones difíciles y circunstancias preocupantes que a diario se suceden. De manera especial, nuestra sociedad nos hace vivir casi carentes de cariño y de afecto, aún en el seno familiar. Y el intercambio de afecto es esencial en nuestras relaciones personales. Necesitamos una comunicación que no solo sea gratificante, sino que enriquezca el proceso de humanización entre familiares y no familiares. Desde este punto de vista la parábola de Jesús destila toda ella cariño, ternura, bondad y misericordia, por parte del padre de esa familia. La parábola quiere mostrarnos el estilo relacional, todo él caluroso, de nuestro Padre Dios.


Qué es la ternura

Según el diccionario, ternura es afecto, cariño, dulzura, amor, amistad. Palabras todas con significado de amor muy sensible, ligadas todas a la relación entre las personas. La afectividad del niño está unida a la primera sonrisa que el dirige a todo cuanto le recuerda el rostro de su madre; pues, la primera educadora y dadora de afectividad, de ternura es la madre. Hablar de ternura es pensar en la mujer, especialmente, en la madre. Pero, Jesús quiere descubrir al hombre que Dios es Padre con corazón de madre, todo ternura y que, como Padre nuestro, llena nuestra vida de la ternura y misericordia que estamos necesitando cada día más.


Dos clases de pecadores

Al reflexionar lo que sucede con los dos hijos en la parábola, estamos reflexionando, a la vez, en el padre. El relato de los hijos sirve únicamente para revelar el corazón del Padre. En ninguna otra parte había descrito Jesús al Padre celestial de una manera más viva e impactante como lo hace en la presente parábola.

El marco narrativo inicial de la parábola presenta a los escribas y fariseos escandalizándose porque el Maestro acoge a los pecadores y se sienta a la mesa para comer con ellos (Lc 15,2). Por ello, Jesús les cuenta esta parábola, que desarrolla en dos cuadros, donde describe las dos clases de pecadores de que hablan los dos primeros versículos del capítulo: “l<em>os publicanos y pecadores; y los fariseos y maestros de la </em>ley” (v. 1-2).Los primeros están personalizados en el hijo menor; los segundos, los fariseos, en el mayor, cumplidor, fiel y obediente a los mandatos del padre, pero carente de amor, de ternura, duro con el hermano menor e indiferente con el Padre. Las dos clases de pecadores son: los que están convencidos de que son pecadores y así son considerados por los demás; y los que están convencidos que no son pecadores, se creen justos, y no experimentan necesidad de conversión. Por eso, el hijo mayor, en cuanto a su conversión, nos deja en suspenso, como lo hicieron los fariseos y quienes son como ellos en todos los tiempos.

El corazón humano se ha endurecido

El pecado endurece el corazón humano y le hace romper con el hermano. Por eso, llega un momento en que el hijo menor dice a su padre: “<em>Dame la parte de la herencia que me corresponde</em>” (v. 12). Había gozado del amor y de los cuidados de su padre, pero ya no se interesa por él, se ha revelado contra él, sólo piensa en las cosas y en abandonar al padre, y de qué manera. Prácticamente le exigió al padre que le entregara la herencia, es decir, quería que su padre hubiese muerto. El Padre, que había amasado una fortuna copiosa para sus hijos, no logró impedir la partida del hijo menor, porque el hambre por el dinero, por las cosas, por los placeres se habían apoderado del corazón de aquel hijo ingrato y lo había endurecido. El amor abundante y generoso del Padre no había logrado penetrar en el corazón del hijo menor. Y eso mismo acontece hoy con nuestra sociedad. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo nos hemos ido dejado hipnotizar por el placer, por las cosas, por su posesión y hemos dejado endurecer y secar el corazón con las personas. Por eso, para muchos, Dios ya no interesa lo más mínimo y las otras personas, mucho menos. Más aún, confiarse a Dios aparece hoy como una debilidad.

EL PADRE NOS CREÓ LIBRES

(Lc 15,12-13; Salm 102, 1-4. 9-12; Apoc 3,20) 


Les invito a que nos detengamos con más esmero en la persona del padre. El primer gesto maravilloso del padre aparece cuando accede a la exigencia de su hijo menor: “<em>dame la parte de la herencia que me corresponde</em>”. <em>Y el padre repartió su bienes entre los dos hermanos</em>” (v. 12). Las palabras del menor son duras, como pedernal, ni siquiera le llama padre. El padre dio la herencia, de una vez, a los dos hijos y no se opuso a que el hijo menor se marchara. No podía obligarle a vivir junto a él contra su voluntad. No podía forzar su amor, coartar su libertad. Un hijo sin libertad es un esclavo. Por eso, no fue el padre quien convirtió en esclavo al hijo, sino este mismo quien quiso dejar de ser hijo y empezar a ser esclavo. Quien no se comporta como hijo se comporta como esclavo, pues somos hijos o esclavos (Gal 4-5).

De todos modos, entre la petición del hijo y la entrega que hizo el padre, tuvo que mediar un diálogo entre ellos. Y en este diálogo tuvo que haber mucha súplica por parte del padre. ¿Qué había pasado en el corazón de este hijo? Profundizando sobre lo que nos dice la Palabra, se ve que el hijo menor no quiere dejar penetrar por más tiempo en su corazón el amor de su padre, no quiere prestar atención a sus palabras, se ha dejado endurecer por la abundancia de cosas, el consumismo lo había deteriorado; el afán de poseer lo han hecho indiferente al amor del padre, del hermano, al amor de los suyos y ha preferido relacionarse únicamente con las cosas. En ese momento su padre significaba ya menos que nada. En efecto, la herencia se entregaba después de la muerte del padre. Pedir, por lo tanto, la herencia era como decirle al padre: ¡usted ha muerto para mí! Por eso, la petición de la herencia por parte del hijo es la mayor ofensa que podía hacer a su padre. ¿No nos sucede a nosotros algo parecido? Nos interesan más las cosas, su posesión que el amor de nuestro Padre Dios. Por eso, nuestro corazón se ha endurecido y, prácticamente, ya no nos interesa ni El ni su amor, ni el amor a los hermanos, las cosas nos han vuelto insensatos, es decir, sin Dios.


El amor de Dios pide una respuesta de amor, y esta tiene que ser libre, pues el amor es libre o no es amor. Lo único que puede hacer nuestro Padre Dios es suplicar y con una infinita ternura. El Padre, como en el Apocalipsis, espera pacientemente a la puerta de nuestro corazón, llamando con ilimitada ternura, pidiendo nuestro amor: “<em>Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre, cenaré con El y el conmigo</em>” (Apoc 3,20). El Padre, como en el Cantar de los Cantares, aparece llamando insistentemente a la puerta de nuestro corazón durante el día, durante toda la noche, y al día siguiente continúa ahí, cubierto de rocío, queriendo vencernos con su amor: “<em>Ábreme, hermana mía, amada mía, paloma mía, preciosa mía” </em>(Cant 5,2). Así, nuestro Padre suplica obstinadamente, insiste en su amor, asedia con su ternura, pero no nos obliga.


Quien no es hijo es esclavo

Ante el hijo lo único que queda es suplicar, lo contrario sería tratarlo como a un esclavo. Después del pecado, en todos nosotros hay un hijo y un esclavo y los dos tienden a sobresalir en nosotros: actuamos como hijos o actuamos como esclavos. Dios no puede obligarnos a amarle. El respeta nuestra libertad, y únicamente solicita, eso sí insistentemente, que le amemos exponiéndose a que le rechacemos. Hace falta libertad para amar a Dios y para rechazarlo. El no puede obligarnos a lo uno a lo otro. Aunque insistirá en que le amemos y estará dispuesto a recibirnos, por floja o interesada que sea nuestra respuesta de amor. Y, si decidimos marcharnos, El siempre estará esperándonos y, si regresamos, nos recibirá con los brazos abiertos, aunque volvamos a Él sólo por interés.


Por eso, el hijo menor insistió en no amar y así, una vez tuvo en sus manos todo lo que quería: “<em>juntó todos sus bienes, y unos días después se marchó a un país lejano</em>” (v.13), abandonando inmisericordemente a su padre. Este hijo renuncia a amar a su padre, pues así creía autoafirmarse. Hay dentro de el un foco de rebelión. Y es que el principio del tener, del poseer no es un principio de comunión, de armonía, sino de violencia, de rebelión. Ahora su centro vital no es el amor, sino el dinero; el padre ha quedado lejos de su corazón, de su vida. Por eso, se marcha lejos a vivir su vida, sin importarle ya la vida de su padre. Dejó de ser hijo para convertirse en esclavo. Qué contraste entre su modo ofensivo de actuar con su Padre y la delicadeza que ha mostrado su Padre para con él. Yo pienso que la parábola no habla de la madre de esa familia, porque el padre que allí aparece tiene para con sus hijos entrañas de madre, se comporta como una madre. En el Padre, que nos pinta Jesús, hay entrañas de padre y de madre. Ese Padre es todo una madre, es todo misericordia para con sus hijos. El hijo se aleja del padre, cuyo amor no ha entendido y cuya presencia se le hace ya pesada. Ignoramos a Dios con una facilidad inaudita. Nos alejamos de él por el pecado. La parábola nos habla de toda clase de ruptura de la alianza de amor, de toda pérdida de la gracia, de todo pecado con el que menospreciamos a Dios. También nuestra vida es una historia de equivocaciones, rebeldías, rechazos, alejamientos. Nos ha interesado más el pecado, cualquiera que sea, que nuestro Padre Dios, que su amor.

Despilfarra el amor de su Padre

Los detalles que utiliza Jesús en la parábola son maravillosos. Nos dice que “<em>n</em>o muchos días después, <em>reuniéndolo todo, el hijo menor se marchó a un país lejano y allí malgastó toda su fortuna viviendo como un libertino. Cuando ya había gastado todo, sobrevino en aquella región una gran carestía, y el muchacho comenzó a pasar necesidad. Tuvo que buscar trabajo con un habitante del lugar, que le envió a cuidar cerdos, y deseaba alimentarse con la comida que daban a los cerdos, pero nadie se las daba</em>” (v. 13-16).


“En esos versículos se esconde el drama de la dignidad perdida, la conciencia de la filiación echada a perder”. “Reuniéndolo todo” significa que no dejó nada en casa, nada que le urgiera a volver: llevándose todo, no le quedaba nada suyo por recoger. Prácticamente le estaba dando un adiós definitivo a su padre, a su hermano, a su casa y a todo lo demás. Su casa desde ahora empezará a ser “un país lejano”: lejos del padre, lo que quiere decir, lejos de Dios. Ahora, dejada la casa y lejos de su padre, solo le queda acabar con lo que tenía, y quedar en la esclavitud. El abandono del padre marca el principio de su perdición, su incapacidad de conservar los bienes que el padre le había confiado para mantener una vida digna de hijo. Empieza ahora una vida diferente, vida de esclavo. Ha entrado en una fase terminal.


Desde su nueva situación, necesariamente despilfarró en una país lejano toda su <em>herencia</em>, toda su riqueza. En tan pocas palabras quedan descritas las tristes consecuencias del pecado; del vacío que queda en el corazón del hombre cuando se ha alejado de Dios. Se nos describe la esclavitud a la que queda sometido el cristiano que, viviendo su libertad sin control, abandona a su Padre, terminando esclavo de un desconocido, cuidando un rebaño de cerdos, es decir, habiendo bajado a los más indigno, totalmente dominado por su pecado. El cristiano, abandonando a su Señor, pierde su dignidad y queda sometido a poderes que lo deterioran y lo hacen descender hasta límites insospechables. Y esto pasa por desperdiciar el amor generoso del Padre Dios.


El abuso lleva hasta la esclavitud

A la rapidez del abuso sigue, en la parábola, la desgracia. Pasar necesidad supone haber llegado al límite de los propios recursos, vivir sin ser dueño de la propia existencia. Se cree uno con todo el poder del mundo y no se interesa por nadie más. Cuando se llega a esto se ha llegado a ser esclavo de sí mismo. Pasar a ser esclavo de otros ya es camino echo. Ahora el muchacho ya no se descubre hijo, simplemente es un asalariado, aún si regresa a la casa paterna. Pero es más que un asalariado, ha descendido hasta convertirse en esclavo de su miseria, de su necesidad, pues ha sido esclavo de las cosas y placeres.

Descendió tanto, que la palabra añade que se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país que le mandó a cuidar cerdos. El hijo perdió su propia dignidad, se hizo conforme a su ídolo. ¡Qué cambio abismal, brutal! Esto hace mucho más clara la gravedad de su caída. Tuvo que vivir como pagano con los paganos. Quien no había querido ser hijo en la casa paterna, tuvo que admitir ser esclavo en casa de extraños: cambió al padre por un patrón, por ídolos. No quiso trabajar en casa, y aceptó vivir como porquerizo lejos de su padre. Cuidar cerdos era considerado por los judíos como una degradación, dada su impureza, era una ocupación maldita para los judíos.


El hijo menor somos nosotros

El hijo menor tiene tantos dobles y tantos doblajes. Cada uno de nosotros ha sido pintado por el mismo Jesús. No sé cuántos de nosotros nos encontremos retratados en ese muchacho. De todos modos, interesa resaltar el derroche de amor que ha tenido el Padre con nosotros y que continúa teniendo para con cada no de nosotros, sus hijos, tan poco interesados por nuestro Padre y por nuestros hermanos. Al Padre no le interesa hasta dónde hayamos descendido en nuestro alejamiento de El, de su amor. Simplemente somos sus hijos y eso basta para estar pendiente permanentemente de nosotros. El nos ama gratuitamente, sin ningún interés.

A nuestra sociedad hoy le pasa como al hijo menor. Ha querido independizarse de Dios, de la Iglesia. Cuánta carestía, cuánta violencia. En nombre de los grandes ideales se mata, se promueve la pobreza, la miseria. Hoy el hombre no quiere a Dios como Padre y busca dioses sustitutos: libertad, progreso, bienestar, poder. Se aleja de Dios y se convierte en esclavo de cosas.

EL AMOR DEL PADRE PERMANECE EN NUESTRO CORAZÓN

(Lc 15, 12-24;


Les invito a reflexionar la sobre la fuerza que tiene el amor para cambiar el corazón. El hijo menor se había marchado dejando una cruz pesadísima sobre los hombros de su padre. El abandono del padre marca el inicio de su perdición. Aún así, pienso que el hijo menor se había alejado de la casa, pero el amor de su padre le había seguido; restos de ese amor permanecían aún en el corazón del hijo. Ahora, sumido en la más terrible soledad, y saturado de una experiencia dolorosa, reflexiona, busca dentro de sí y descubre, entre cenizas, ese misterioso y mágico amor y se encuentra con el para así terminar regresando a la casa paterna. Aunque la motivación inicial fuese la búsqueda de su propio provecho, fue la añoranza del amor del Padre, fue el recuerdo de su amor por el que comenzó el retorno, el regreso a sí mismo y el reencuentro con su padre. El recuerdo del padre y de su amor señala el comienzo de la recuperación del hijo, que se hallaba perdido.


La parábola expresa este filón, diciendo: “<em>Entonces </em>recapacitó<em>, </em>volvió en sí<em> y dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!”(v. 17)</em>. “Recapacitó”. ¡Qué actitud tan preciosa había adquirido al lado de su padre! Ahora ella le ayuda a encontrarse con su padre en su corazón. No han sido sus pecados, los que le llevan nuevamente al padre, es ese maravilloso amor que vivió a su lado el que le hace descubrir que su padre ha sido incapaz de abandonarlo. Conoce a su padre y sabe de su amor tan grande. El recuerdo de la casa paterna y la seguridad en el amor del padre le hacen concebir esa maravillosa expresión: “<em>me levantaré iré a mi padre y le diré: he pecado contra el cielo y contra ti</em>” (v.19). Es esta la palanca que lo saca del fondo a donde había caído y le pone en camino hacia el padre. La libertad sin control, el dinero, la abundancia, algunas amistades nos debilitan y nos pueden llevar hasta la muerte, pero siempre está el amor de nuestro Padre Dios esperándonos para redimirnos. Solo hace falta decidirse, levantarse y ponerse en camino hacia la casa del Padre para recibir el don de su amor. Es este el regalo de la conversión que, aceptado amorosamente, nos hace decidirnos a regresar al Padre.


Veamos los tres hacia fuera que aparecen en la conversión del hijo menor, obra, claro está y no hace falta que lo diga la parábola, del amor, del Espíritu Santo. Aparecen tres aspectos bien diferenciados entre sí. El muchacho: 1° sintió necesidad, o hambre, como dicen otras traducciones; 2° recapacitó, entró dentro de sí, volvió en sí; 3° se puso en camino hacia el Padre.


Sintió necesidad, sintió hambre, es decir, siente en su interior el vacío, el tedio de la vida, el fracaso y la decepción por los placeres que ha vivido, la fuerte soledad que ha producido en su corazón esa abundancia de posesiones sin objetivos, en una palabra, la ausencia del amor, la falta del padre. El hambre le lleva a pensar en los bienes abundantes que hay en su casa, en la generosidad de su padre. El hambre le lleva a pensar en su padre amoroso. El hombre odificar, solitario, sin relaciones personales de amor, vive una trágica distancia de su verdad. Por eso, Dios viene corriendo a su encuentro y, el que estaba “en un país lejano”, el que estaba lejos, se dejó encontrar de su Padre Dios. En cambo los suyos, los de su casa no lo han recibido (cf. Jn 1,11).


Recapacitó, volvió en sí. Veo aquí el momento focal de su conversión. Es este el momento en que, empujado por la soledad, por la lejanía que vivía, por el vacío de amor que tenía, sintió necesidad de que alguien se preocupase por él; logró entrar dentro de sí y descubrir en su interior nostalgia de su padre, indicios de esa felicidad que no le habían proporcionado la abundancia de cosas, de placeres, de independencia. Se ha creado en su interior un vacío, dejado por los bienes perdidos. Este vacío, que hay en su corazón, favorece el deseo de entrar en sí mismo. Se había perdido en las cosas, abandonando las relaciones personales de amor, se había despersonalizado, no había amado a su padre, ni a su hermano.. Pero ahora, vuelve en sí mismo, entra en su interior. Es este el momento grande de la acción del Espíritu Santo en aquel corazón. El muchacho aprovechó ese momento y miró hacia dentro. Allí descubre, casi apagados, restos del amor de su padre; aún palpitan en su corazón residuos de ese prodigioso y extraordinario cariño y ternura paternales.

Notemos la magnífica expresión que hace entrar al muchacho dentro de sí y descubrir allí el gran amor de su Padre. Dice el texto que el hijo menor finalmente recapacitó. Quiere decir que hasta ese momento el muchacho había actuado con una superficialidad pavorosa que le llevó de ser hijo hasta convertirse en esclavo. La posesión indiscriminada de cosas nos impide detenernos, entrar en nuestro interior, descubrir que somos hijos, no nos deja revivir esos momentos fuertes de experiencia de Dios, de experiencia afectiva fraterna, que hemos experimentado en ciertos momentos altos de nuestra vida.

Finalmente recapacitó, entró dentro de sí; finalmente, sin ser poseído ya por las cosas, logró pensar; finalmente logró descubrir su condición de hijo; finalmente descubrió en un rincón de su corazón el amor que su padre había depositado allí; finalmente descubrió la calidad de padre que tenía y, sobre todo, el gran amor que le regalaba; finalmente descubre que, alejado del Padre, no existe más que la esclavitud; finalmente siente una fuerza extraordinaria que le hace lanzarse hacia su Padre, correr en su búsqueda, quiere ahora sí dejarse amar por él; finalmente se da cuenta que siendo su yo el centro de su vida se destruye; finalmente descubre la necesidad de libertad y esta se encuentra sólo al calor de su Padre, junto a el; finalmente descubrió en su corazón rescoldos del amor del padre, los revivió y así se lanzó a buscar el amor reconstructor de su padre.


Reconocer el fracaso significa renunciar a un nuevo intento de hacer la propia voluntad, de decidir según el propio yo, siguiendo los propios razonamientos. Por eso, al entrar en sí mismo como el hijo pródigo, se sienten los gemidos inefables del Espíritu que grita en nosotros: ¡Abbà, Padre! (Gal. 4,6).Cómo nos hace falta oírlos con más frecuencia.

Hoy vivimos momentos de esclavitud, de ausencia del Padre Dios en nuestro corazón. Nos encontramos con una especie de fase erminal de muchas aspiraciones del hombre que ha sido esclavizado por sus pasiones, por la avidez de dinero, de placer, de poder, de violencia, de secularización. Como el hijo pródigo, también nosotros nos hemos aturdido y perdido en nuestra esclavitud. Ojalá descubramos también, que nuestra relación con Dios no nos lleva a unan esclavitud sino que es nuestra liberación; ojalá descubramos que Dios es mi Padre auténtico, que vive para amarme, perdonarme y olvidar mis felonías con él; ojalá descubra que me ha estado esperando siempre para reconstruir mi vida con su amor.


La ilusión de entrar en sí mismo


Se puede entrar en sí mismo y no encontrarse con el Padre misericordioso, sino encontrarse solo. En esta situación se puede descubrir la propia imperfección, Es esta una apariencia de humildad, se hacen propósitos. Pero ahí se esconde una gran tentación: no salir de sí mismo, quedar amarrado en el propio modo de pensar. No se ha entrado en el amor, sino que se ha quedado encerrado en sí mismo, queriendo ser él mismo quien siga decidiendo, aunque sea la santidad. Es el Yo el que hace esos propósitos, queriendo seguir gobernando desde una aparente humildad. Entrar dentro de sí mismo, quiere decir entrar en el corazón y descubrir allí el amor, encontrarse ante un Padre misericordioso que nos mira con amor perenne y que quiere que le entreguemos nuestra voluntad para que sea El quien decida en nuestra vida. No es una conversión “ética”, sino “teológica”; no es estar hastiado por el mal sino ser tocado por Dios; no es una decisión personal simplemente, sino un don del encuentro con el Padre. Esto requiere dejarse amar sin tener ningún punto de apoyo en uno mismo. El Apoyo está en el Padre y es El quien nos mueve a regresar a El, a su amor.


Se puso en camino hacia el padre. Es esta la maravillosa conclusión a la que le llevó el pensamiento de su padre, la experiencia de su amor, motivado por la relación que había tenido viviendo a su lado. Logró discernir y darse cuenta que la felicidad, para la que había sido creado, no se la daban las cosas, los placeres, sino sólo el Padre con su amor. Acudir a otra criatura, cualquiera que fuese, lo único que haría sería conseguir la infelicidad o aplazar el logro de su felicidad. Es lo que había experimentado en su alejamiento del padre.

De todos modos, el hijo menor no ha llegado todavía al verdadero centro vital, al núcleo de su conversión. No ha llegado aún a reconocer al Padre, todavía es él quien da las soluciones y quien se las va a proponer al Padre. Le propondrá quedarse como siervo, pero apegado a su propio querer. Aún no ha descubierto su más profunda realidad de hijo, no se mueve todavía por el amor filial. Lo que le preocupa es la comida de la casa paterna, los criados, lo que le dirá el Padre. Todavía tiene puesta su mirada en él mismo, en sus necesidades; todavía el padre no le interesa como Padre, sino como aquel que le ayudará a salir de su miseria.


El hombre de hoy quiere quedarse como siervo, pero apegado a su propio querer, no ha descubierto la alegría de ser hijo de un Padre misericordioso, que le hace apiadarse, ser misericordioso, perdonar, destruir cualquier clase de violencia con los demás, que son sus hermanos. El hombre de hoy necesita descubrir y gustar la libertad de ser hijo de un Padre que es amor santo y fiel, necesita descubrir a Dios como su Padre, necesita sentirse amado como hijo,. Todavía piensa en un Dios que premia servicios y castiga a los desleales, pero no ha descubierto al Dios que ama gratuitamente, que perdona por puro amor, porque es Padre.

El hombre contemporáneo podrá decir: “me levantaré e iré a mi Padre”, si logra convencerse del encanto que se respira junto al Padre, de la libertad que se desprende de su amor, de su misericordia. Volverá al Padre si descubre la alegría de estar con los hermanos y la belleza de ser hijo de ese Padre misericordioso.

UNA PARÁBOLA VIVIENTE

(Lc 15,13-15; Gal 4,1-7; Jn 8, 31-42; Rm 7,14-24; Gen 1,27; 3,1-3)


Les invito a que profundicemos un poco más sobre las relaciones que pueden darse entre el hombre y Dios. Hagámoslo escuchando al Señor que nos habla desde la Sagrada Escritura. En al AT nos recuerda esa relación de familiaridad que existía entre Dios y su criatura y esa otra terrible relación de enemistad entre ellos que creó la desobediencia del hombre. También el mismo Jesús, en el NT, nos dirá, hablando con los judíos, que “<em>todo el que comete el pecado es un </em><em>esclavo</em><em> y no se queda en casa para siempre, mientras el </em><em>hijo</em><em> se queda para siempre</em>” (Jn 8,14). En ese mismo diálogo con los judíos, Jesús contrapone el esclavo, que ha perdido la libertad con el hijo, que es libre y permanece siempre libre. Así como la fe llevó a Abraham a fiarse de la Palabra, que libera de la esclavitud del pecado, de la misma manera les invito a vivir la Palabra que nos llevará a permanecer en el Hijo y ser siempre hijos. San Pablo hace un comentario al respecto y dice que no existe una vía intermedia en nuestra relación con Dios y que solo podemos vivir como hijos o como esclavos.


El libro del Génesis reporta las palabras que pronunció el Padre al crear al hombre: “<em>dijo Dios:</em> ‘<em>llenen la tierra y sométanla; manden en los peces del mar y en las aves del cielo y en todos los animales de la tierra</em>” (Gen 1,28). El hombre es creado por Dios para ser SEÑOR, para someter a toda criatura existente. La Biblia expresa esta verdad con las siguientes palabras: “<em>sometan la tierra</em>”.


El hombre se convierte en esclavo

En este mundo lleno de armonía donde el hombre dialogaba familiarmente con el Señor, hizo su aparición el seductor (Apoc 12,9; 20,2) simbolizado en la serpiente. Este persuadió al hombre, que engañado y seducido, desobedeció a Dios desorganizando así el proyecto de comunión realizado por Dios.


La primera pareja humana desobedeció a Dios. Creados para dominar como señores, al cometer el pecado rompen con Dios, con su señorío y se convierten en esclavos, entrando así la violencia en el mundo. Cambiaron al Dios verdadero por un falso dios, a quien prestan obediencia: “<em>conociendo a Dios no lo glorificaron como Dios sino que su necio corazón se oscureció y sirvieron a la criatura en vez del Creador</em>”<em> </em>(Rm 1,21-25). Ya no le interesó al hombre la comunión con Dios ni con sus semejantes y se convirtió en esclavo.


Parábola viviente

En el NT san Juan nos muestra a Jesús, empleando una parábola viva en un diálogo que tiene con los judíos. Esa parábola viva, sobre el hijo y el esclavo, contiene dos personajes: Jesús y los judíos que discuten con Él. Jesús es el Hijo y los sacerdotes y escribas son el esclavo, pues no quieren conocer la verdad, han perdido la libertad y son esclavos de la violencia y el odio contra Jesús. Sus corazones se han endurecido más que el pedernal y cada vez son más duros y ciegos con Jesús.


El escenario es el recinto del templo, más exactamente el patio llamado “atrio de las mujeres”. La ocasión es la fiesta de los Tabernáculos. Jesús sale allí al encuentro del hombre de toda época, también de la nuestra, con estas palabras: “<em>Conocerán la verdad, y la verdad les hará libres</em>” (Jn 8,32). Pero es la auténtica verdad la que hace libre, no con una libertad aparente, que limita al hombre y lo disminuye. La verdad nos hace libre del error de la falsedad, de la esclavitud del pecado, y de la corrupción eterna. El que no se sabe hijo de Dios desconoce su verdad más íntima y carece del señorío y dominio propios de todo hijo de Dios.


Repasemos una pequeña muestra de ese diálogo y entremos en la atmósfera interior que mueve a los judíos que hablan con Cristo: “<em>En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si ustedes permanecen en mi Palabra, serán en verdad discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres». Ellos le respondieron: «Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: serán libres?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo les da la libertad, serán realmente libres. Ya sé que ustedes son descendencia de Abraham; pero tratan de matarme, porque mi Palabra no prende en ustedes. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y ustedes hacen lo que han oído a su padre». Ellos le respondieron: «Nuestro padre es Abraham». Jesús les dice: «Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham. Pero tratan de matarme, a mí que les he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Ustedes hacen las obras de su padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios». Jesús les respondió: «Si Dios fuera su Padre, me amarían a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado</em>” (Jn 8,31-42).

Los judíos, que creían ser libres, estaban esclavizados por su violencia interior, por el odio contra Jesús. Algo parecido a lo que le sucedió al hermano de una amiga mía y que élla me comentó. Lo único que le pude decir cuando terminó el comentario sobre su hermano, que se había metido en la droga fue: ¡qué terrible es el pecado, cómo esclaviza al hombre! El hermano de mi amiga había sido antes un muchacho muy jovial y alegre, un poco difícil para el estudio, cosa que todos se lo perdonábamos; pero jamás creímos que podía llegar al extremo de esclavitud a que llegó: yacía tirado junto a un árbol, que era su vivienda, pues su padre le había echado de casa. En ese momento su hermana lloraba desconsolada apoyada sobre mi hombro. El joven no pudo liberarse de su terrible esclavitud y así al cabo de un año murió por una sobredosis; fue incapaz de salir de la droga a pesar de todas las ayudas. Y es que el pecado al hacernos esclavos, destruye en nosotros toda capacidad de superación. Y un pecado llama a otro pecado y así hasta que se hace imposible cualquier retirada del estado de esclavitud. Se cree libre, porque se puede hacer lo que quiera, pero el pecado domina a la persona. Las exigencias de una naturaleza herida por el pecado oprimen a la persona, sometida a las pasiones, se ha perdido la libertad.


El paradigma hijo-esclavo

Hablando en sentido teológico, ser hijo es una realidad muy difícil, porque el pecado ha dañado la verdad del hombre, desfigurando la imagen de Dios como Padre. Toda la Biblia es como un lento y dramático paso de la esclavitud a la libertad, de ser esclavos a ser hijos. Más aún, el hombre tiende permanentemente a crearse situaciones de esclavitud: en su propia manera de pensar, sus doctrinas, sus estructuras, sus reglas… Como si tuviésemos un miedo a ser hijos, a ser libres. El demonio del miedo le quiere mantener en la esclavitud. Veamos cómo lo explica la carta a los Hebreos: “<em>Así como los </em><em>hijos</em><em> participan de la carne y de la sangre, así también participó Él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud”</em> (<em> </em>Heb 2, 14-15).


Verse en la parábola de los dos hijos

En el itinerario hijo-esclavo se encuentra también el itinerario de nuestra historia. Si nos fijamos en la primera evangelización podremos apreciar que el cristianismo entró en nuestras vidas con gran entusiasmo: vivimos como hijos. Pero poco a poco fue entrando en nuestra vida la cultura dominante del bienestar, de la autonomía, de la independencia, de la racionalidad, de la libertad –libertinaje-, de la afirmación del hombre teórica y práctica, poco a poco fuimos alejando a Dios de nuestra vida y empezamos tomar un camino independiente de Dios: el camino del esclavo. Y este camino necesariamente nos está llevando, como al hijo menor, a alejamientos extremos, a humillantes esclavitudes. Ojalá nos demos cuenta que hemos tomado una dirección equivocada, que hemos equivocado la meta. Y pasemos así a vivir el camino del hijo, que nos mostró Jesús con su vida de sumisión amorosa al Padre bendito.


Vivimos momentos de fase erminal de muchas aspiraciones. Veo esta fase como un período de maduración. Y así como tras un período de afirmación de Dios ha venido otro de secularización, de la misma manera, si nosotros mismo lo buscamos, puede venir un nuevo período de afirmación de Dios. Un gran pecado puede convertirse en una más consciente con El. Parece inevitable que tengamos que pasar por humillaciones profundas para poder reconocer que el punto de partida era equivocado, que nuestra idea de un Dios duro, severo, limitador, rival del hombre, no era la del verdadero Dios, que es un Padre todo amor.


El estilo de vida del Hijo es el Hombre Nuevo: protagonizado por Jesús de Nazaret, fuente de vida fraterna con predominio del amor, del culto a Dios como Padre (Col 3, 1–16). Se vive como verdaderos hermanos, sin ningún interés particular (cf Lc 6, 27–35). EL HIJO vive las “obras del espíritu”: amor, alegría, paz, generosidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia” (Gal 5, 22–23 ) .

El estilo de vida del esclavo es el Hombre viejo: Protagonizado por Adán pecador, por el pecado. Predomina el egoísmo sobre el amor, el propio interés sobre el de los demás, el culto de los ídolos sobre el culto al verdadero Dios. EL ESCLAVO es creador de división, rivalidad, lucha, provocación, enemistades, disputas, celos, iras, litigios, divisiones, partidismos, envidias, homicidios, borracheras, comilonas ( Gal 5, 19–21).

DE LA HUMILLACIÓN A LA HUMILDAD
(Lc 15,14-15;


“<em>Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a su finca a cuidar puercos</em>”.


La parábola, nos lleva a reflexionar sobre las humillaciones que tuvo que aceptar el hijo menor, sin quererlas, pero que le llevaron a descubrir en su interior la realidad del amor, la experiencia que había vivido cuando estaba cerca de su padre y la necesidad de regresar donde él. Mientras estuvo en su casa estuvo amado y sostenido por su padre, pero cuando, lleno de orgullo y de dinero, determinó vivir su propia vida y se alejó de su padre, su vida se fue desmoronando poco a poco. Despilfarrada su herencia, ya no tuvo medios para poder conseguir el sustento y así tuvo que aceptar una cantidad de humillaciones para conseguirlo, sin poder lograrlo. La carestía y la necesidad eran tan grandes que este pobre muchacho quiso alimentarse de lo que comen los cerdos.


El hombre quiere ser dueño del mundo


La parábola nos muestra aquí lo paradójico que es el pecado. Adán soñó con ser como el Dios que le había creado y terminó también hambriento, tan semejante a los cerdos queriendo comer lo mismo que ellos. Eva tomó del fruto del árbol, destruyendo los dones que había recibido; así también, el hijo menor tomó la parte de la herencia que le correspondía, y descendió tanto que ahora quiere tener cerca a alguien que le dé al menos las algarrobas que comen los cerdos. Adán, Eva, el hijo menor y quienes se entregan a los ídolos son transformados como ellos. El ídolo vuelve semejantes a quienes lo adoran. El hijo menor se dejó seducir por el orgullo, la avaricia y la independencia y estos ídolos lo humillaron, destruyéndolo y llevándolo hasta los cerdos. Allí logró descubrir su realidad y sentir su gran humillación.


Comenzó a pasar necesidad


Nuestro muchacho llegó siendo hijo, pero empezó a degradarse, a bajar, hasta que se dio cuenta que había llegado hasta el fondo y comenzó a padecer necesidad. Había llegado hasta el envilecimiento, a estar en tierra extranjera sin en quién o qué apoyarse pues su dinero, su poder, su engreimiento se le habían terminado. Solo ha quedado su vaciedad, antes cuando se sentía hijo se parecía a su padre, ahora ni siquiera se siente como un trabajador, simplemente es un cuidador de cerdos y ha descendido tanto, que hasta quiere saciarse de la comida de ellos, pero ni eso le dejan. Es entonces cuando siente la profundidad de su aislamiento, la soledad más honda en que estaba sumido: ni familia, ni amigos, ni conocidos, ni libertinos, ni comida. Comprendió hasta dónde le llevaría la opción que había tomado y se dio cuanta que un paso más en la dirección que llevaba le destruiría. Todo esto le ayudó a buscar ayuda, a sentirse pobre, humilde, necesitado.


La humillación hace comprobar la situación degradante a que se llega cuando uno sigue su propio arbitrio, sus propios intereses y caprichos. La miseria que ahora vive, la necesidad que siente de todo, el tener que aceptar un trabajo degradante, el tener que estar sujeto a patronos inmisericordes, el sentirse obligado a obedecer, a hacer cosas contra su misma conciencia, todo este cúmulo de humillaciones le ayudaron a sentirse humilde, y necesitado. Sólo entonces hace dentro de sí su confesión humilde: “<em>he pecado contra el cielo y contra ti</em>”. A la humildad no se llega con voluntarismo, con ascesis. La humildad es una virtud y, como todas las virtudes, tiene una dinámica interna que no depende solo de la voluntad de la persona.


Las humillaciones de la vida


Cuántos desánimos, cuántas horas de tristeza por culpa de las humillaciones que se nos van presentando en el camino de cada día mientras vivimos en este mundo. Humillación es, también, el disgusto que se siente cuando algo o alguien tuerce nuestros planes y proyectos que nos habíamos trazado.


De todos modos, en la vida, las humillaciones son necesarias para nuestra formación. En efecto, sin humillaciones ni contrariedades no hay forja de hombres, de varones fuertes y firmes para poder afrontar con éxito y sin traumas las dificultades que, con el correr de los años, se van presentando en nuestra vida. No nos conviene caminar por senderos alfombrados sólo de rosas y sin espinas.

No es bueno, ni nos conviene obtener, sin nuestro esfuerzo, dineros gratis, herencias que se ponen enteramente a nuestra disposición.


Al hombre lo miden los obstáculos, las dificultades, las humillaciones, los trabajos, las contrariedades, las oposiciones, los contratiempos, los conflictos, las molestias, las mismas obligaciones. Nos conviene tener problemas para resolver y humillaciones para sufrir.


Por eso, nos conviene aceptar las humillaciones y contrariedades. Es saludable no acongojarse por ellas, aunque las sintamos. Intentar convertir la humillación en algo positivo, sabiendo que ellas nos ayudan a fortalecernos, a encontrar a Dios y con Él la humildad. Pues nuestra vida espiritual, nuestra vida de fe y de oración se fortalecen con todos esos obstáculos exteriores, que nos vienen desde fuera.


Cuando al músico y compositor Johannes Brahms fue abucheado y humillado al terminar la segunda ejecución pública de su concierto para piano y orquesta número 1, le escribió así a un amigo: “Creo que nada mejor podría haberme ocurrido. Ello me ha obligado a poner más empeño en el trabajo y me ha estimulado para seguir adelante”.


Queramos o no, los fracasos, las humillaciones, las contrariedades, las derrotas, el dolor, el sufrimiento son la sustancia de la vida y la raíz de toda personalidad. Un proverbio japonés dice al respecto: “Hasta el polvo, cuando se amontona, se convierte en montaña”.


Las humillaciones, las contrariedades han formado a cantidad de personas, que posteriormente han conseguido, desde la humildad, paz, serenidad, triunfo e incluso la santidad.


La prueba del fuego


Me encontré una fábula maravillosa que nos ayudará a asimilar todavía mejor lo que venimos diciendo. Se las comparto como la recibí. Cuentan que un humilde vaso de arcilla se encontraba junto a una soberbia copa de oro.


Esta dijo al vaso de arcilla: “eres muy frágil; mira y envidia mi solidez de oro”. El humilde vaso de arcilla contestó: “en las fiestas tú apareces como una sólida copa; pero en la prueba de fuego ¡cuál de nosotros resistirá mas?


Una persona que pasaba por allí, para probar lo que acaba de oír, colocó el vaso de arcilla y la copa de oro en las llamas de un horno encendido. Y vio con sus propios ojos que el humilde vaso de arcilla se endurecía más y se hacía más resistente. Vio también cómo la soberbia copa de oro se iba derritiendo poco a poco.


Quien afirma su vida en la soberbia, que da el dinero y en el poder; quien busca la felicidad en las fatuidades de las fiestas, de las cosas externas; quien se olvida de su dimensión interior y de la vida espiritual… al llegar la prueba de fuego, la prueba del sufrimiento, de las contrariedades, de las humillaciones su pretendida consistencia se derrumba, se derrite, desaparece y la persona antes orgullosa de sus cosas cae en la amargura del engaño y se hunde en el propio vacío interior.


No ocurre así en la persona espiritual, en el segador de Jesús, manso y humilde corazón, que sabe que para resurgir de la prueba del fuego es necesaria la humildad, la esperanza que engendra fortaleza, y hacer la voluntad de Dios.


Por desgracia el hombre se deja morder por el aguijón de la humillación y si no la sabe asimilar pierde la paz, la felicidad y hasta su propia seguridad, pues una humillación más llevada produce decaimiento y, lo que es pero, tristeza y desesperanza, y hace que nuestro amor propio excesivo nos lleve a la desconfianza y a una permanente infidelidad. Por eso, necesitamos prender a recibir las humillaciones con agradecimiento y alegría interior, como venidas de las manos de Dios. A acogerla como camino de perfección, a imitación de Jesús que nos dijo: “Aprendan de mí a ser mansos y humildes de corazón y hallarán reposo y paz para sus almas” (Mt 11,29).


SANAR LA RELACIÓN HIJO PADRE

Les invito a reflexionar sobre un aspecto poco desarrollado de la parábola. Es un aspecto muy actual en nuestra sociedad posmoderna, la sociedad del divorcio. En general no se ha hecho hincapié en las relaciones que se están dando entre padres e hijos. Se ha destacado el significado espiritual de la parábola; vale la pena resaltar este aspecto, muy actual. La parábola es la historia de una reconciliación entre padre e hijo, que habían roto sus relaciones. Sabemos cuán vital es la reconciliación entre ellos para el logro de su felicidad.

Quién sabe por qué la literatura, el arte, el espectáculo, la publicidad se aprovechan sólo de una relación humana: la de fondo erótico entre el hombre y la mujer, entre esposo y esposa. Parece como si no existiera otra en la vida. Publicidad y espectáculo no hacen más que preparar en mil salsas este plato. En cambio dejan inexplorada otra relación humana igualmente universal y vital, otra de las grandes fuentes de gozo de la vida: la relación padre-hijo, el gozo de la paternidad.

Pero si se ahonda con serenidad y objetividad en el corazón del hombre se descubre que, en la mayoría de los casos, una relación intensa, permanente y serena con los hijos es, para un hombre adulto y maduro, no menos interesante y satisfactoria, que la relación con la mujer. Sabemos cuán importante es tal relación también para el hijo o la hija y el vacío tremendo que deja la carencia de ella o su ruptura.

Igual que el cáncer ataca habitualmente los órganos más delicados en el hombre y en la mujer, así el poder destructor del pecado y del mal ataca los ganglios más vitales de la existencia humana. No hay nada que sea sometido al abuso, a la explotación y a la violencia como la relación hombre-mujer, y no hay nada que esté tan expuesto a la deformación como la relación padre-hijo: autoritarismo, paternalismo, rebelión, rechazo, incomunicación.

No hay que generalizar. Existen casos de relaciones bellísimas entre padre e hijo. Sabemos sin embargo que hay también, y más numerosos, casos negativos. En el profeta Isaías se lee esta exclamación de Dios: “<em>Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí</em>” (Is 1,2). Creo que muchos padres hoy en día saben, por experiencia, qué quieren decir estas palabras.

El sufrimiento es recíproco; no es como en la parábola, donde la culpa es toda y sólo del hijo. Hay padres cuyo sufrimiento más profundo en la vida es ser rechazados o directamente despreciados por los hijos. Y hay hijos cuyo más profundo y no confesado sufrimiento es sentirse incomprendidos, no estimados o francamente rechazados por el padre.

La iniciativa de una gran reconciliación entre padres e hijos y la necesidad de una sanación profunda de esas relaciones hace parte de la nueva evangelización, que mira a la creación y refuerzo de la vida fraterna. Se sabe cuánto puede influir, positiva o negativamente, la relación con el padre terreno en la relación con el Padre de los cielos y por lo tanto en la misma vida cristiana. Cuando nació el precursor, Juan Bautista, el ángel dijo que una de sus tareas era “<em>hacer volver los corazones de los padres a los hijos y los corazones de los hijos hacia los padres</em>” (Lc 1, 17). Una tarea hoy más actual que nunca.


Sanación para adultos

Debido al pecado y a la falta de orden en nuestra sociedad, millones de personas han crecido en familias en las cuales no ha habido un padre o una madre adecuados. Este hecho tiene consecuencias desastrosas, puesto que la familia es el único lugar en el cual una persona puede alcanzar su máximo desarrollo.

Haciéndole frente a la realidad

Para poder ser sanadas, las personas adultas que provienen de una familia disfuncional, se deben enfrentar las siguientes realidades: l. Necesito sanación. Los efectos de haber crecido en una familia disfuncional no se pueden negar. No pasarán ni el tiempo los sanará. No desaparecerán por sí solos, aunque quizás emerjan en otras formas menos directas. 2. No me puedo sanar a mí mismo. Ni siquiera las oraciones individuales lograrán la sanación total, si Jesús nos ha dado la oportunidad de recibir esa sanación a través de otras personas. Necesitamos a otros miembros del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12: 21). 3. Jesús con certeza me sanará, si le permito hacerlo a su modo. Solamente Jesús puede lograr lo imposible, sanando, inclusive del peor abuso.

Disfuncionalidad debido a la ausencia o a los abusos: En lo que concierne a la sanación de las familias disfuncionales, es de utilidad el hacer una distinción entre la disfuncionalidad debido a la ausencia o el abuso. (En algunos casos estas dos causas están entrelazadas.) Puede que la familia sea una víctima de las circunstancias y la ausencia del padre o de la madre sea algo sobre lo cual éste o ésta no tenga ningún control. Cuando una persona no recibe el amor, la atención y los cuidados de uno de sus padres debido a la muerte, el trabajo o el divorcio, es necesario el perdón, aspecto importante de cualquier sanación, incluyendo la de las familias disfuncionales. (Ver Eclesiástico 28:3.)

El perdón y la misericordia: Cuando se trata de disfuncionalidad debido al abuso, es absolutamente necesario que el hijo o la hija le perdone todo a su padre o a su madre abusiva; incluyendo el incesto, la violación, el alcoholismo, las golpizas, la manipulación emocional, los insultos y el abandono total. Humanamente es imposible perdonar a los padres, pero el Señor hará lo imposible. Y ese perdón no será simplemente un control de la hostilidad sino un perdón auténtico. Por la gracia milagrosa de Dios, el niño o la niña abusada podrá abrazar, amar y honrar a sus padres disfuncionales. (Ver Lucas 15:20.) El que ha sido abusado podrá perdonar con afecto y misericordia. Los cristianos, por la fe, pueden entregar sus problemas al Señor (1 Pedro 5: 7). Esto les libera para poder tener misericordia con el padre o la madre que le ha herido. La misericordia es la cualidad esencial para el perdón; es darle a alguien que nos ha dañado, algo mucho mejor de lo que merece. ¿Merecía acaso el hijo pródigo los regalos que recibió de su padre, tales como el anillo, los zapatos y la túnica? ¿Por qué había de ser matado el ternero en honor de él? (Lucas 15: 23) La misericordia es la clave al perdón, y el perdón es la clave a la sanación de las familias disfuncionales.

Extienda su mano al padre o la madre disfuncional: En lo que concierne a la disfuncionalidad debido a la ausencia o el abuso, el adulto debe de tratar de mejorar la relación con sus padres visitándoles, escribiéndoles o llamándolos. A menudo esto no se hace porque el contacto con los padres podría prohibirse por considerársele una amenaza y cualquier mejora en la relación podría ser muy mínima. Pero hasta una breve conversación, una postal de cumpleaños o un pequeño regalo, puede ser una ocasión de gran sanación. Si el padre o la madre abusiva ya ha muerto, la persona deberá pedirle a Jesús que sane esa relación.

Esperanza y sanación en Cristo: Es imposible a través del poder humano, sanar a los adultos que provienen de familias disfuncionales. Pero por el poder de Jesús, las víctimas de las familias disfuncionales pueden sanarse por completo e inclusive rápidamente. No tomará años esa sanación sino días, para que Jesús haga lo imposible. Inclusive, el Señor sacará bienes para los que le aman, de su pasado disfuncional. (Romanos 8: 28.) Por lo tanto, los millones de familias disfuncionales de nuestra sociedad, presentan una oportunidad para una evangelización que les lleve a Jesucristo. El nombre de Jesús es el único nombre mediante el cual se pueden sanar y salvar las familias disfuncionales. (Ver Hechos 4:12.) Jesús es la única esperanza de las familias disfuncionales y de todos sus miembros; y es la única que ellos realmente necesitan.


DÉJENSE RECONCILIAR CON DIOS

Y entrando en sí mismo dijo:’cuántos jornaleros en la casa de mi Padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantare, me pondré en camino” (Lc 15, 17-18).

Les invito a iniciar una reflexión sobre el corazón humano como principio de reconciliación, capaz de realizar un proceso de regreso, si es tocado por el mismo Señor, dador de este inestimable don. En el corazón del hijo menor ha quedado el recuerdo del amor que un día el padre depositó en él. Reconciliarse con el Padre significa reconocer el amor recibido de Él y que hoy no funciona, reconocer que algo no ha estado bien en las relaciones con Él en el pasado. Significa además que hay un interés en restablecer las relaciones con Él ahora y en el futuro. Los dos hijos de la parábola, en las relaciones con su padre y en sus mutuas relaciones, tienen que romper con los últimos años de vida, para poder entrar en el futuro con la recobrada dignidad de hijos. El menor se dejó encontrar por el padre, cambió su estilo de vida e hizo de la casa paterna su nueva y definitiva morada. De la misma manera nuestra reconciliación con Dios mira a la vida que nos queda para hacer el bien, y se proyecta sobre todo hacia la otra vida. Me reconcilio ahora, pero los efectos tienen que prolongarse en el futuro; sin esta eficacia hacia el futuro, reconciliarse no deja de ser una palabra bonita, pero hueca, sin repercusiones eficientes, y por consiguiente una auténtica frustración.

Significado

La palabra griega traducida por reconciliación significa etimológicamente cambio desde el otro. Reconciliarse quiere decir, por tanto, cambiar a partir del otro, en nuestro caso, a partir del Padre. Es el padre de la parábola lucana quien atrae con su amor y reconcilia consigo al hijo menor, haciéndole sentir el amor de que le había colmado antes de su ida de la casa, y después abrazándole y besándole, logrando de esta manera que el hijo se reconcilie, también, consigo mismo. También el padre toma la iniciativa de reconciliar al hermano mayor con el menor, pasando por encima del pasado y valorando debidamente el arrepentimiento del corazón. De la misma manera, Dios reconciliaba consigo al mundo en Cristo, sin tener en cuenta los pecados de los hombres, y nos hacía depositarios del mensaje de la reconciliación: <em>¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre. </em><em>Me levantaré</em>. Desde ya acepta el perdón del padre, se decide a romper con su vida de miseria y decide regresar donde su Padre e reiniciar nuevamente la vida de amor con El que ya había vivido. El amor del Padre no se ha apagado en el hijo menor. Todavía está escondido entre las cenizas de su vida desorganizada.

Camino arduo

Reconciliarse es hermoso, pero es un camino trabajoso y difícil. Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas hechos, dejar caminos trillados, abrir nuevas brechas. En definitiva, salir de nuestra comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir día tras día en la ruta nueva que Dios nos va trazando, ruta de donación y amor desinteresados. Reconciliarse con Dios, reconciliarse con los demás, implica estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejarlo sin miramientos, por más que nos siga siendo atractivo. Para reconciliarse de verdad con Dios y con el hermano, no basta acudir al sacramento de la reconciliación, recibir el perdón de Dios y… ¡santas pascuas! Esto es sólo el comienzo. Sigue el trabajo diario y constante por arrancar del alma las causas profundas, a veces muy ocultas, del distanciamiento, de la desavenencia y de la lejanía de Dios, y cualquier signo de ellos en nuestra conducta. Ahora viene la labor tenaz por conquistar nuestro corazón y nuestra vida para el amor, la concordia, la armonía filial para con Dios y fraternas para con los hombres. Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.

La persona humana como principio de reconciliación

En el corazón de Cristo, “el hombre perfecto”, se ha producido la reconciliación de los hijos con el Padre. Así lo afirma Juan Pablo II: “La cruz colocada sobre el Calvario, donde Cristo tiene su último diálogo con el Padre, emerge del núcleo mismo de aquel amor, del que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, ha sido gratificado según el eterno designio divino. Dios no permanece solamente en estrecha vinculación con el mundo, en cuanto Creador y fuente última de la existencia. Él es además Padre: con el hombre está unido por un vínculo más profundo aún que el de Creador. Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la vida misma de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Cuando el ser humano escucha esta voz del corazón y desde lo más profundo de su libertad decide seguirla, encuentra el camino de regreso a la comunión con Dios. Por eso, “la parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre –Dios- que ofrece al hijo aún antes de volver a Él el don de la reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la historia de la familia humana.

Me parece que este texto representa una clave para comprender la dimensión personal de la reconciliación. Nos muestra a dos hermanos, dos criaturas objetivamente amadas por sí mismas. El primero, lacerado en su conciencia por el pecado, deja sin embargo que Dios se revele como el Padre que se alegra y hace fiesta porque “el que estaba muerto” ha vuelto a la vida. Su actitud contrita hace justicia al proyecto originario del Creador. El segundo, en cambio, ha vivido siempre en la compañía del Padre, en su casa. Pero en lugar de revelar la gloria de quien lo ha puesto en la existencia y la infinita gratuidad de su acto creador, quiere justificarse a sí mismo, desde una conciencia que le reprocha a Dios no considerar suficientemente el valor de su propio mérito. Confunde la experiencia de Dios con la de sí mismo; el amor, con la autocomplacencia. Ambos hermanos representan una cara del pecado. Pero mientras en uno el corazón se agita por el presentimiento de que Dios es más grande que su pecado, en el otro Dios es ponderado según la avaricia espiritual de quien se justifica a sí mismo.

El joven aventurero, después de haber caído tan hondo, toma conciencia de estar lejos de la casa del padre y del falso encanto de su viaje por tierra extranjera. Siente que ha perdido su condición de hijo por su actitud egoísta, vence el miedo de acercarse a su Padre y prepara su confesión: “Pequé contra el cielo y contra ti” (Lc 15,18). Sin duda que Jesús en esta parábola nos quiso entregar el rostro misericordioso de su Padre.

Cada rasgo de la personalidad de ese padre tiene una proyección de bondad, de ternura, de cercanía. Después de leer esta parábola puede uno acercarse al misterio del amor de Dios que entregó a su Hijo por nosotros: “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8).

Por eso cuando se acerca el hijo perdido, lo ve de lejos y se emociona. Corre a acogerlo, lo abraza y lo besa efusivamente, lo integra a la vida de la casa y celebra el regreso con alegría, haciendo una gran fiesta. También atiende al hijo mayor que quiere complicar las cosas y le suplica que entre a compartir el regocijo del retorno de su hermano, que no se quede afuera, pues lo que él quiere es ver a sus hijos reunidos y compartiendo juntos el calor del hogar. Da un perdón incondicional.

Jesús nos muestra a su Padre y nos dice: Este es mi Padre, así actúa, así es Él. Un Padre rico en misericordia por ser el Dios del Amor. Un Padre, que quiere a sus hijos libres para vivir en el amor, que sabe esperar, que se estremece ante nuestra miseria, que se compadece de nuestras desgracias, que está siempre dispuesto a la reconciliación y al perdón porque para Él nunca dejamos de ser sus hijos y que cuando regresamos a Él su corazón se llena de gozo: “Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15, 7). El perdón para el Padre Dios es un nuevo nacimiento: “Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo por la gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2, 4-6).


= La RECONCILIACIÓN DEL HIJO CON EL PADRE =

Partiendo del tema anterior les propongo tratar el tema sobre la reconciliación de los hijos con su padre. La reconciliación entre padre e hijo es un asunto de vital importancia en nuestro tiempo. Hablaremos sobre la necesidad de que padres e hijos compongan su relación y de algunas sugerencias útiles sobre cómo podemos realizar esta sanación intergeneracional.

Cuando imaginamos a nuestros propios hijos e hijas ya crecidos y haciéndose camino en la vida, esperamos que continuarán siendo nuestros amigos, y que seguiremos compartiendo calidez y placer con ellos hasta el final de nuestra vida. Aun que no parece una esperanza exagerada, el pasado nos dice que las cosas no han ido bien, particularmente con los hijos adultos. Algunos terapeutas y escritores sugieren hoy en día que, si queremos tener paz espiritual y buenas relaciones intergeneracionales, tendremos primero que arreglar las cosas con nuestros padres. A muchas personas no les resulta alentador “olvidar el pasado”. La idea de lograr una seria honestidad con nuestro padre parece abrumadora. La próxima vez que estés con un grupo de hombres y quieras explorar la profundidad de las aguas, pregúntales cómo se llevan con su padre. He aquí unos resultados.

Realidad actual

En Australia, alrededor del 30 por ciento de hombres raras veces hablan con su padre. “Está en el pasado”, “No tiene sentido”, “Es una pérdida de tiempo”. Padre e hijo están prácticamente separados. Otro 30 por ciento aún ven a su padre pero ambos mantienen una relación hostil, punzante. Estos hombres podrían decir que están cerca de su padre, pero cada intercambio es negativo, lleno de descalificaciones, como dos osos que se arañan. Las mujeres que los aman observan con desolación y ven los resultados en orgullos heridos y residuos de tensión. Otro 30 por ciento, los “hombres buenos”, tiene una cierta amistad con su padre; se visitan, pero raras veces hablan de algo más profundo que la cortadora del césped; se da una curiosa mezcla de gran aburrimiento y el anhelo de algo que nunca sucede. El 10 por ciento de los hombres tiene una relación verdaderamente significativa con su padre. Para ellos, el padre es un aliado, una fuente de apoyo emocional. Cuando se ven abrumados de problemas, hablan con su padre. Esta clase de relación es rara en las familias modernas, y debería ser la norma. Las mujeres también tienen diferencias con su padre, y a veces con su madre, aunque en menor grado. Ocasionalmente, también los hermanos y las hermanas se han separado. Es posible, cuando hay amor, sanar estas rupturas, y es importante para nuestra felicidad el que lo hagamos.

Recuperando la comunicación

Recuperar la comunicación con el padre, la madre u otro miembro de la familia, y hacerlo en forma segura, requiere verdadero cuidado. Es lo que hemos aprendido de muchas personas que han emprendido ese viaje. Las buenas conversaciones no ocurren como en las películas: vienen poco a poco y necesitan espacio para digerir lo que se está diciendo. El padre, en particular, responde mejor haciendo algo junto con su hijo. La actividad compartida relaja a los hombres y reduce la intensidad de una confrontación directa.

Un hombre recuerda haber escrito una carta en la que le decía a su padre que él había sido crítico y negativo a lo largo de toda su niñez, y que deseaba poder escuchar algún elogio; escribió que lo amaba pero que no se sentía en absoluto cerca de él. El padre respondió diciendo, “Si eso es lo que sientes, obviamente no hay lugar para mí en tu vida. No te molestaré nunca más”. El hijo escribió de nuevo y dijo: encontrémonos y trabajemos en ello. El nacimiento de un varoncito había sido el disparador de todo este episodio, y a ambos les interesaba arreglar las cosas.

La buena comunicación raras veces tiene lugar en grupos, especialmente en grupos familiares. Cuando toda la familia está reunida, los viejos patrones suelen tomar control y abrumar las buenas intenciones individuales. Ocasionalmente, dos hermanos o hermanas pueden confrontar a un padre o una madre si están del mismo lado y la tarea es difícil. Es conveniente que ni la pareja ni los hijos estén presentes en ese momento; de lo contrario, el padre sentirá que debe guardar las apariencias.

Es difícil hacer este trabajo si se es muy joven -digamos, menor de 30 años-. Se debe alcanzar cierto grado de independencia emocional, y también de humildad que no es común entre personas jóvenes. Si dependes material o emocionalmente de tus padres, difícilmente podrás darte el lujo de hurgar en el hormiguero. Si sufriste abuso o descuido en tu niñez, si has intentado suicidarte o estás bajo cuidado psiquiátrico, primero concéntrate en recuperarte y conseguir apoyo, ya que de esta forma el encuentro con tu padre será más beneficioso.

Yo también debo hacerlo

Todas las personas deben hacer este trabajo. Esta tarea con el padre podría ser el ritual más importante de la mitad de tu vida, el paso final hacia una adultez completa. Conforme esta necesidad llega a la mentalidad colectiva, podemos imaginar a millones de padres y madres mayores esperando, con preocupación, por la conversación –al igual que, como adolescentes, esperamos la plática sobre el sexo- Y talvez esperen con mucha anticipación, ya que, al fin y al cabo, una clase de “libreta de calificaciones” sobre el final de la niñez casi siempre redime a todo el mundo.

Mucho pesar le espera a la persona más joven que piense que podrá juzgar el desempeño de su padre sin un autoanálisis. Seguramente habrá cóleras, dolores y heridas que querrás declarar, pero empieza con el compromiso de comprender la historia de la experiencia de la otra persona. Disponte a escuchar en qué difieren sus recuerdos de los tuyos y por qué actuó como lo hizo.

Podrías temer algún daño físico o emocional, ya sea en ti o en tu padre. Si éste es el caso, podrías empezar sólo con cuestiones pequeñas. Si te percatas de que estás perdiendo el hilo del asunto, sal a caminar un poco o llama a una persona de confianza antes de continuar la conversación. La primera vez que quise hablar con mis padres acerca de algunos aspectos de mi niñez, me sentí profundamente atemorizado. Mi pareja me ayudó con dos cuestiones. La primera fue preguntarme qué sería lo peor que podía ocurrir. Respondí que una separación total, lo cual no era probable. Y dado que mis padres y yo nos habíamos distanciado bastante, yo tenía poco qué perder y mucho por ganar. La segunda cuestión consistía en mantener un ojo puesto en la meta, y recordar que la meta de esto era llegar a un mejor lugar, tener un resultado en que ambas partes ganaran algo.

Las recompensas

Lo que al final se obtiene es perspectiva – el más glorioso de los dones mentales. Una vez que los resentimientos han sido eliminados, lo que a menudo queda es una profunda apreciación hacia nuestro padre y nuestra madre, aun por el mero cuidado físico que nos dieron. Otra razón importante para arreglar las cosas con él y ella es que se lo debemos. Muchas personas mayores se van a la tumba sintiendo que le fallaron a otro ser humano, precisamente por estas brechas intergeneracionales. Saben que no les gustan a sus hijos o hijas, que no tienen su respeto, y esto les provoca gran amargura y tristeza.

Un hombre me escribió, cuando fue a despedirse de su padre. Dice: “Permanecimos sentados, las tres últimas semanas de su vida, en un espléndido silencio, pero en total entendimiento. Sólo me hablaba para decirme que no era muy bueno para conversar. Lo más increíble fue que, hacia el final, tuve que ayudarlo a ir al baño, y en esos momentos nos tomábamos de la mano, en una forma en que yo nunca le he tomado la mano a nadie. Creo que comprenderás cuando digo que se invirtieron los papeles de padre/hijo. Aun ahora, mientras escribo, me invade esta sensación de bienestar”.



VOLVERÉ A CASA DE MI PADRE
(Lc 15,18;


Y entrando en sí mismo dijo:’cuántos jornaleros en la casa de mi Padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino, <em>volveré a casa de mi padre</em> y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros’ Se puso en camino y marchó a casa de su padre” (Lc 15, 17-20).


Les invito a iniciar una reflexión sobre la “Casa del Padre”, expresión del hijo menor. Esta reflexión nos hace pensar en la casa del padre del hijo menor, y nos llevará, también, a descubrir que la Casa del Padre es la mansión donde reposa nuestro Padre celestial, es el deseo de Dios que impulsa a todo hombre a regresar a él cuando se ha alejado. La Casa del Padre es un símbolo de Dios, un camino de ida y vuelta desde Dios hasta Dios. La fe nos promete la recuperación del paraíso mediante la conversión o la vuelta a nuestro Dios y Señor.


La casa del padre


Esta expresión está cargada, en general, de un hondo sentido afectivo, de recuerdos maravillosos, de espíritu de familia; está llena de los más grandes sentimientos que concentran la parte afectiva del hombre hacia los suyos, hacia su hogar. La casa del padre o la casa paterna es ese sitio, que concentra nuestros afectos, y donde el cielo adquiere un tono y un sentido muy especial, donde el sol pinta de tintes maravillosos esos predios familiares, donde la planicie vive alfombrada de gramales esmeraldinos, regados por riachuelos cuyo paso llena de músicas celestiales los oídos, donde las praderas están ornadas de flores multicolores, y donde hasta el mismo horizonte tiene tonalidades que nunca se esfuman de nuestra vida y de nuestro recuerdo. Sí, la casa paterna está llena de todo el afecto que alimenta lo más rico de los predios familiares. Desde este sentido, la vida del hijo menor tuvo tres fases: primeramente el hijo menor vivía en su casa, que era la casa del padre; después se marchó de la casa; luego volvió a la casa de su padre. La casa le recordaba al padre y su amor indecible por él. En la parábola solamente se contemplen dos fases en relación con la casa del padre: su vida de pecado y su conversión.


Pero la expresión “la Casa del Padre” tiene, sobre todo, un sentido bíblico, es una expresión bíblica y está henchida de una riqueza infinita que llega, también, a lo más profundo del corazón cargado de nostalgias y añoranzas celestiales, como lo expresó el sin igual Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón estará inquieto mientras no descanse en Ti”.


La Casa del Padre


En el AT es normal hablar de “casa”, “tienda”, “palacio” o “morada de Dios”. En un sentido la casa de Dios es el cielo, en otro es el templo de Jerusalén. Cierta vez, el patriarca Jacob, al despertar del sueño donde vio una escalera apoyada en la tierra, y cuya cima tocaba el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar por ella, y a Yhaveh que le dijo: “Yo soy el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy a ti y a tu descendencia, exclamó: “<em>este lugar es la casa de Dios y la puerta del cielo</em>” (Gen 28,17). Esta misma idea se ha proyectado hacia el futuro y ha tenido múltiples resonancias en expresiones como “la patria eterna”, “la casa eterna”, “las moradas celestiales”, “el hogar del cielo”. De todos modos, en el NT Jesús es mucho más explícito y habla de la casa paterna que ya no es solo el cielo o un lugar situado en esta tierra. Hablando a sus discípulos, despertó en ellos nostalgia del Padre celestial, cuando les dijo que se marchaba para prepararles una morada junto al Padre: “<em>en la casa de mi Padre hay muchas estancias</em>” (Jn 14,2). Cuando el redactor del cuarto Evangelio habla de “la casa de mi Padre” está queriendo visualizar de algún modo, la representación espacial del Reino de la Vida y del Amor, lugar cuidadosamente preparado, donde cada uno encontrará en Dios su plena posibilidad de amor, la felicidad acomodada a su propia capacidad. Algo así como si en un esfuerzo de imaginación intentara describir el cielo con la imagen de una casona grande, donde hay sitio para todos los hijos, pues la Casa del Padre es la casa de todos sus hijos.


Todavía son más importantes los textos en que no solo se dice que Dios tiene una casa, sino que Él mismo es una casa. Y no una casa normal y corriente, sino una casa bien abastecida, segura e inexpugnable. Pablo dice que hay una casa “que no ha sido construida por mano de hombres” y que nos espera en los cielos (2Cor 5,1). Son los textos en que a Dios se le llama “refugio”, “alcázar contra el enemigo”. Por eso, el hombre puede ya en esta vida “hacer del Altísimo su refugio” (Sal 91,9)


La imagen de Dios-Casa sugiere intimidad, seguridad, protección, alegría, y así es como se representa la felicidad del cielo: como una gran familia reunida, no solo en la Casa del Padre, sino en esa casa que es el Padre y toda la Trinidad divina. Por eso, en un momento de gozo especial podemos exclamar, pensando en el cielo: “<em>Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor</em>” (Sal 122,1). De la Casa, que es el Padre, hemos salido y a Él estamos regresando.


La casa del Padre nos habla del Padre


Cuando el hijo menor pensaba en regresar a la casa del padre, estaba pensando no propiamente en su casa sino en la persona del padre, en regresar su padre. Así lo clarificó, cuando preparó el discurso que iba a pronunciar ante el Padre: “<em>¡Me pondré en camino, volveré a casa de mi Padre y le diré: ¡Padre, he pecado contra el cielo y contra ti</em>! (Lc 11, 18).


Por eso, el regreso del hijo pródigo culmina felizmente en el encuentro con el padre, en brazos del padre. Nuestra vida en la tierra tiene que ser un encuentro con nuestro Padre Dios. Y cuando nos hemos alejado de El, es urgente el regreso. El nos atrae permanentemente. Alejados del Padre, crece en nosotros la nostalgia de su presencia, de su compañía, de volver a su amor, a sus brazos, de estar nuevamente con Él y ojalá para siempre. Él es el sentido último de nuestra vida. Así lo afirma el apóstol: “<em>Para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede el universo y hacia quien caminamos</em>” (1Cor 8,6).


Esta es la respuesta más clara y segura que pueda darse a la pregunta ¿de dónde venimos, hacia dónde vamos? Venimos del Padre y vamos hacia el Padre, pues nuestro ser es de hijos suyos. Bajo esta luz, nuestra existencia se presenta como un camino de regreso al Padre.


Una encuesta


Un párroco repartió entre sus feligreses unas papeletas con esta única pregunta: ¿cuál es para un creyente la mejor noticia? Las respuestas fueron, unas: estar ciertos de la salvación eterna; otras, Dios es mi Padre. Sin duda la respuesta es la segunda: Dios es mi Padre. La certeza de que somos hijos de Dios es mucho más importante que la certeza de ir al cielo. Qué importa salvarnos, sabiendo con certeza que Dios no es nuestro Padre? El gran don de Dios no es que Él nos conceda la vida eterna, sino que nos haya hecho sus hijos. La vida en el cielo, el disfrute de la casa paterna es una simple consecuencia. Así lo expresa el Apóstol: “<em>si somos hijos, somos también herederos</em>” (Rm 8,17; Gal 4,7). La herencia, o sea, la vida eterna, la salvación es lo de menos. ¿De qué serviría una dicha eterna, infinita, si al llegar al cielo nos percatásemos de que no somos hijos del Padre Dios? ¿Qué clase de felicidad podría compensarnos con la decepción de encontrar allí que no somos hijos de Dios?


Nuestro origen


Lo importante no es saber que Él es nuestro Padre, que somos sus hijos, sino tener conciencia de ello, tener la experiencia, habernos descubierto como sus hijos. Una corriente íntima nos arrastra hacia el Padre como hacia nuestro origen y meta. Hemos venido del Padre y regresamos al Padre. Sabemos, por el evangelio de san Juan, que esa era la forma en que Jesús, nuestro querido hermano, describía su aventura terrena: “<em>salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo el mundo y me voy al Padre</em>” (Jn 16,28). Por eso, nuestra felicidad eterna, nuestra vida eterna está en consonancia con nuestra naturaleza de hijos suyos. Nosotros, como Cristo, podemos decir con verdad: “<em>yo vivo por el Padre</em>” (Jn 6,57). Cuánta necesidad tenemos de sentirnos hijos, de estar con nuestro Padre, de escucharlo, de identificarnos con Él haciendo su voluntad.


Jesús nos enseña cómo ser hijos: Él tenía una relación íntima, filial, una comunicación constante, amorosa y tierna con su Padre. Sentía la necesidad imperiosa de estar con Él, Era Hijo y se sentía Hijo, vivía como Hijo y buscaba permanentemente al Padre. Por eso su obsesión por los parajes solitarios, por las noches silenciosas, por el desierto. Tenía que orar, porque sentía una necesidad vital de comunicación constante, amorosa, llena de ternura con su Padre. Este es el camino que nos señaló a los otros hijos del Padre.

EL PADRE CORRIÓ AL ENCUENTRO DEL HIJO

(Lc 15, 20- 24;


Les propongo reflexionar unos momentos en la última parte del primer cuadro de la parábola para descubrir, desde los detalles en que Jesús quiere insistir, el amor del Padre y su verdadera personalidad, pintada por Jesús. Para ello, veamos, ojalá desde una contemplación amorosa, al padre corriendo con la premura de su amor al encuentro de su hijo. Dice Jesús que el hijo se levantó y se fue donde su padre<em> </em>y:<em> </em>“<em>cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, se echó a su cuello y le cubrió efusivamente de besos</em>” (v.20). Sólo el abrazo y el beso del Padre han conseguido desbaratar los proyectos del hijo arrepentido y su modo de pensar, y le hacen entregarse al amor del Padre, abandonarse en él, cambiar totalmente su modo de ser en relación con su padre.


Este trozo y todo lo que viene se centran en la figura del Padre, que ya no desaparecerá del relato. Es este el núcleo de la revelación sobre el Padre Dios, que Jesús ha querido regalarnos.


“El hombre contemporáneo no volverá a Dios, a una vida sana y recta, si se le sigue señalando con el dedo, reprochándole sus fallos. Al contrario podemos sentir más apremiante que nunca la llamada del amor del Padre, si cubrimos al pecador con esa carga de amor con la que Cristo ama al pecador y con la que el Padre cubrió a su hijo amado, que estaba perdido.


El sentimiento del Padre precede a la expresión del arrepentimiento del hijo.


El relato quiere resaltar la actitud del Padre, su compasión, su amor desproporcionado, su calurosa y desmesurada acogida del hijo perdido. Y esto mucho antes de que el hijo le pidiese personalmente el perdón. Nos dice que el padre, esperó a su hijo con dignidad, sentado en su aposento, sino que: “<em>estando aún lejos, cuando su padre lo vio, fue corriendo a su encuentro</em>”. Hay una conmoción interior en el Padre que sorprende y que le hace realizar, también, acciones sorprendentes: correr hacia el hijo y, nada mas encontrarlo, echársele al cuello, abrazarle y darle ese beso que desbarata en el hijo su modo anterior de ser, de pensar y de actuar; y todo esto antes de que pronunciara palabra alguna. El Padre, por su infinito amor, ha sido el más interesado en la conversión del hijo y en su total recuperación. Más aún, ha sido el amor del padre el que ha realizado el regreso del hijo. El relato quiere resaltar la actitud del padre, su compasión, su calurosa y sobrada acogida del hijo perdido. Aparece aquí la fidelidad del padre a su amor, a su hijo, expresada de una manera singularmente impregnada de ternura. Se ve al padre obrando ciertamente a impulsos de un afecto profundo.


El comportamiento del padre expresa su perdón abundante, aún antes de ser pedido: el abrazo y el beso anteceden a la petición de perdón y a la confesión de la culpa. El beso en la cara se da entre iguales; al darlo el padre, reconoce al recién llegado como hijo y no como siervo. Aún antes de que el hijo expresara su intención de estar en la casa como un asalariado, la acogida paterna le restituye a la condición de hijo. Más aún, para el padre aquel muchacho perdido en ningún momento había dejado de ser su hijo.


Antes de todo asomo de conversión siempre hay un Dios Padre conmovido, un Padre que, aún estando lejos su hijo, le atrae con su amor y, por eso, presiente que en cualquier momento ese hijo viene ya de regreso. El amor no conoce lejanías. Estos sentimientos, que le hacen conmoverse tan hondamente, nos muestran el aspecto materno de nuestro Dios, nos muestran a la madre que hay en el corazón de nuestro Padre Dios. Su amor es de madre y le hace totalmente vulnerable y siempre disponible a recibir al hijo perdido, al hijo calavera. No podemos callarnos ante Dios que corre hacia nosotros para entregarnos su amor. También él, como el padre de la parábola, se lanza hacia nosotros con los brazos extendidos, aunque no lo merezcamos, aunque no lo esperemos. Sólo hace falta que nosotros abramos el corazón, que tengamos deseos, aunque no sean tan precisos, de regresar a sus brazos. El Dios de Jesucristo es un Padre lleno de amor que nos espera y, porque nos ama mucho, nos perdona siempre.

Ese amor desconcertante de nuestro Padre Dios se consuma en lo íntimo de nuestro corazón, donde el Padre nos hace hombres nuevos, nos reafirma como sus hijos. Con su sello amoroso: su abrazo, sus besos, su ternura infinita nos hace descubrirle como nuestro único verdadero Padre, nos desarma y cambian nuestro corazón. Empezando por aquella primera donde se oye al Padre preguntando por su hijo del alma: “Adán, ¿dónde estás?, todas las páginas de la Biblia nos hablan de la carrera del Padre detrás de sus hijos. Se dice que es el hombre el que busca a Dios. Pero nuestra parábola da la vuelta a ese disco y nos revela que es Dios el que busca al hombre y el que lo atrae hacia Él con amor. Para ello solo usa la misericordia, el regalo de un amor puro y gratuito. ¡Cómo brilla el sol cuando el hijo atisba a su Padre que presuroso corre a su encuentro! ¡Como se le abre en flor la vida cuando el padre se le echa al cuello para besarlo! Al Padre nole interesa lo que hayas sido; él es amor y ternura y quiere llenarte de ellos.

Un Perdón extraordinario

El perdón dado por el padre es un perdón al que el hombre no está habituado; da su perdón al hijo, aún antes de ser pedido, antes de escuchar las palabras ensayadas: “<em>Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. No merezco llamarme hijo tuyo</em>” (v. 21). Después del abrazo y el beso del padre, la confesión del hijo resultaba superflua. Y es que, la confesión solo es posible si nos mueve el verdadero arrepentimiento, que llega al corazón y hace que el pecador no entre simplemente en un juego de autocastigos, de autocensuras, sino que es una experiencia de auténtica humildad, que hace que el pecador tenga hambre del abrazo del padre a quien ha ofendido. El arrepentimiento no es un juego psicológico que mantiene al hombre en la situación de quien se equivoca y tiene que estar admitiendo sus faltas ante Dios. Por eso, el hijo, a pesar de su intención de presentarse como siervo, no consigue decirlo al padre, porque este se anticipa con su amor. En el fondo, el hijo ya no pensaba en su filiación sino simplemente en quedarse como siervo. El hijo se había preparado para una fría recepción: su intención era llegar a ser asalariado; el padre, con su actitud le dice que tiene que llegar a más, en vez de jornalero debe volver a sentirse verdadero hijo.


Vestido como corresponde a un hijo

Al contrario del hijo, que ensayó su discurso, el padre no dice una palabra al hijo, sino que inmediatamente llama a los habitantes de la casa y les dice: “¡<em>¡Rápido!</em> <em>Traigan en seguida el mejor </em><em>vestido</em><em> y pónganselo; pónganle, también, </em><em>anillo</em><em> en la mano y </em><em>sandalias</em><em> en los pies. Tomen el </em><em>ternero cebado</em><em>, mátenlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta” (v. 22-24)</em>.

En Oriente no se acostumbraban las condecoraciones: si el rey quería distinguir a uno de sus dignatarios, le regalaba un vestido lujoso. El Evangelio habla del vestido nupcial, significando el nuevo estado en que ha de entrar el invitado, la gracia que el Señor nos regala, marcándonos con el signo de su vida, de la salvación, recobrando nuestra condición de hijos amados del Padre celestial. El anillo, que el padre pone el dedo del hijo, no es un simple objeto de adorno, es símbolo de la autoridad que el padre participa nuevamente a su hijo, es el anillo de la filiación. Ese anillo, que en la antigüedad llevaba el sello del poder, es signo del amor del Padre, que deja la marca de su amor en nuestro corazón. Las sandalias eran símbolo de ser un hombre libre, eran símbolo de nobleza; el hijo había dejado de ser esclavo. Andar calzado indicaba libertad y dominio. El hijo no debía andar por casa ni como esclavo ni como convidado; debía ser reconocido como señor. El perdón del padre le ha devuelto a su dignidad de hijo. El ternero cebado y la fiesta son imagen del banquete mesiánico, de la abundancia de la misericordia y de la gracia del Señor. Es imagen del banquete Eucarístico que el Padre ha preparado, entregando a su Hijo divino al sacrificio, para recuperación del pecador. Donde existía el pecado ahora abunda la misericordia, la gracia, la fiesta. Ahora el esclavo vuelve a ser hijo. Es el gran signo de que el Padre nos devuelve nuestro ser de hijos, nos reviste nuevamente con su paternidad y empieza la fiesta, los cantos los saludos, las bienvenidas; todo habla del amor infinito del Padre. Es esa la auténtica espiritualidad: ver el gesto del Padre en todo, oír la narración del amor que susurra en nuestro corazón el ES.


Quien se deja alcanzar por el amor del Padre, es recuperado de nuevo a la vida amorosa del Padre. Aunque haya descendido lo más hondo, pero se deja alcanzar por ese amor, vuelve de los abismos del olvido a la vida perenne del amor indestructible del Padre celestial. El hijo menor vuelve a casa resucitado de su pecado, no gracias a su valor, sino al amor entrañable del Padre. Abandonémonos a la alegría de aquel que “<em>se le echó al cuello, lo abrazó y le besó</em>”. Es la verdad del amor que acoge al que regresa, porque ha sido alcanzado por el amor del Padre. Sintamos cómo el Padre se nos echa al cuello, nos abraza y nos llena de besos.

El hombre de hoy tiene miedo de resaltar demasiado la bondad y la misericordia de Dios. Insiste en señalar su justicia y su severidad, temiendo, quizás, que si pone excesivamente el acento en el amor de Dios, el hombre no sentirá la urgencia de una vida mejor, más recta, distinta. En cambio Jesús nos enseña que el hombre cambia su vida y se convierte al bien cuando se descubre amado a pesar de ser un pecador. En efecto, quien se sabe amado puede comprender su pecado y encontrar en el amor del otro la fuerza para cambiar de camino.


UN PERSONAJE MEZQUINO

(Lc 15, 25-27; Gn 4,2; Sap 2,24)


Les invito a reflexionar con especial atención sobre el segundo cuadro de la parábola. En ella no hay una solo detalle que no tenga un significado querido por Jesús. Veamos la historia del hijo mayor, contada por Jesús ante dos clases de interlocutores: los pecadores y publicanos y los fariseos, escribas y sacerdotes. En este hijo, Jesús quiere hacer un pintura del espíritu que anima a los dirigentes judíos: los fariseos, los escribas, y una cantidad de personas de ayer, de hoy y de siempre, que marginan y rechazan a los que creen malos. Al describir al hijo mayor Jesús quiere descubrirnos un espíritu que se esconde bajo capa de religiosidad y de cumplimiento estricto de normas y deberes. Ya había dicho el relato que “<em>el padre repartió su bienes entre los dos</em>”. Al hijo mayor le interesó muy poco que su padre, también a él, diese la herencia, que sólo se da cuando el padre muere. Con eso le estaba reclamando que el padre había muerto, también, para él. Pero el mayor no entendió el lenguaje del padre al repartir la herencia a los dos hermanos y continuó viviendo lejano del Padre, a pesar de estar con Él. Al respecto, es interesante anotar que, en labios del hijo mayor, refiriéndose a su padre, no se encuentra, ni una vez, la palabra “padre”, sí un tú totalmente despectivo.


La silla vacía

Dice el relato: “<em>El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y el baile</em>” (v. 25). Inicia diciendo que el hijo mayor no se encuentra en la casa, su silla allí continúa vacía. Por eso tiene que dar la explicación de su ausencia: se encontraba trabajando en el campo. Aparece así este muchacho como un trabajador incansable, que trabaja todo el día, un perfecto cumplidor de su deber. Algo parecido sucede con la persona que tiene del Padre celestial una imagen de Dios contratista. El debe respetar lo que en la ley ha quedado estipulado. Todo se reduce a un sistema de correspondencia, de sueldo. El hombre cumple los mandamientos de Dios y Él le otorga la debida recompensa, se dedica a hacer cosas, apostolados. No se tiene la relación de un hijo con su padre, sino de una trabajador con su patrón. Esto explica que en una mente legalista no quepa que a un pecador se le conceda un perdón gratuito. Este hijo es modelo de tantos que cumplen escrupulosamente la ley y que mantienen con Dios relaciones de estricta legalidad, casi mercenarias. Este muchacho es representante de una religiosidad ritual, árida, interesada, jamás una mentalidad de hijo.


El ganado del padre

La parábola habla del ternero cebado, dando la idea de que el padre era rico en ganado. Y entre el ganado que debía tener en la finca el padre no podían faltar los camellos. En efecto, el padre de la parábola aparece como un patriarca y la Biblia hace aparecer el camello como un animal que tiene un lugar privilegiado en el ganado de los Patriarcas. Así, del Padre de la fe dice: “Abrahán recibió ovejas, bueyes, asnos, servidores y sirvientas, burras y camellos” (Gn 12,16). Los camellos son numerosos en la historia de Isaac. Cuando Rebeca salió al encuentro de su futuro esposo lo hizo en camello: “una tarde Isaac, estaba meditando en el campo, levantó la vista y vio que los camellos llegaban. Rebeca levantó también la vista y vio a Isaac y descendió de su camello” (Gn 24, 63-64). Cuando el patriarca Jacob regresó a su país: “se levantó e hizo montar en camellos a sus mujeres”. El Profeta Isaías, describiendo la restauración de Jerusalén, exclama: “Serás cubierta de camellos que cargarán oro e incienso y publicarán las alabanzas a Dios” (Is 60,6).

El camello era tan cotizado por los Patriarcas, pues se le comparaba a la oración y su ritmo al ritmo de la oración. “Como el camello es indispensable a quien quiera atravesar el desierto; así la oración lo es también para el que quiere caminar hacia el jardín del Edén. El camello lleva a su amo a pesar de las áridas extensiones, como la oración nos conduce con fuerzas a través de todas las dificultades y pruebas existentes. Hasta en su comportamiento habitual, el camello es un signo de oración; cuando después de su ruda jornada de trabajo, puede darse algún reposo, le gusta ponerse de rodillas como un humilde servidor. Y cuando se de la oración de los orientales”.

Un gran trabajador

“<em>Estaba en el </em>campo”: en la parábola el trabajo acapara todo el tiempo del hijo mayor, sin que haya momentos para estar con el padre, con el hermano menor, para alimentar su afecto con él, dialogar sobre los amigos. Pienso que, según este estilo de vida, si al anochecer, o durante la cena el padre y el muchacho mayor querían compartir, hablarían de las labores realizadas durante el día, de la próxima cosecha, de la conveniencia de cambiar o talar algunos olivos, algunos viñedos, de arrancar algunas higueras, muy frondosas, pero de escaso fruto. Hablarían de los rebaños de camellos, que sacarían a la venta, para lograr jugosas ganancias, en fin, de las muchas cosas que piden la atención del dueño de la hacienda. Aparte de los comentarios técnicos de un agricultor, al mayor no le interesaba mucho comentar lo personal, sus sentimientos, que mantenía bien ocultos en lo más recóndito de su corazón. Si de pronto, el padre ponía el tema del hijo que partió para tierras lejanas, enseguida el mayor cambiaría de conversación. El hijo mayor estaba cerca de los negocios, pero bien lejos del hermano y de su padre. Algunos exegetas dicen que trabajar “en el campo” es trabajar lejos del padre, fuera de casa. Y San Jerónimo añade que trabajar “fuera de casa” significa “sudar en las obras terrenas, lejos de la gracia del ES, ajeno a los designios del Padre”. El hijo mayor, por tanto, permanecía lejos del Padre y, por eso, su silla tenía que estar vacía en el banquete donde se estaba celebrando la unidad de la familia.<em> </em>

En la parábola se advierte, además, un contraste entre la atmósfera de fiesta que hay en la casa por el regreso del más pequeño de la familia y la atmósfera que vive el hijo mayor en su interior. Es un contraste llamativo: fiesta, alegría, por un lado y pesadumbre, disgusto, rechazo por otro. Se presiente que la música, la fiesta son para él sinfonías de pesadumbre, de tormento, de celos que nublan todo su ser. En vez de mover su corazón al gozo por la recuperación de su hermano, aquella música le retuerce las entrañas y alimenta en él, mas bien, una rivalidad interior. Su corazón aparece endurecido; hay en él una actitud negativa hacia su padre y hacia el que, más adelante, en vez de llamar “mi hermano”, designará despectivamente como “<em>ese hijo tuyo, que se gastó tu dinero con prostitutas</em>”. ¡Qué lejano se encuentra ese corazón del padre y del hermano!

Es por eso que el muchacho, en vez de acudir al padre, más bien se acercó a uno de los criados, a preguntar lo que pasaba. ¿porqué no se acercó a su padre? Lo más normal hubiese sido buscar a su padre, preguntar y compartir con él lo que estaba sucediendo. Pero, por “<em>estar en el campo</em>”, lejano de su padre, entretenido en tantas otras cosas, entre negocios, al regresar del campo su primera actividad no podía ser buscar a su padre, compartir con él, acompañarle. Ya desde aquí empieza a notarse la lejanía que vivía con su padre. Sabe que su padre está destrozado desde que se marchó el pequeño; desde entonces no había en casa más que lamentos y ahora escucha música, fiesta. No se le ocurre pensar en el regreso de su hermano. Además, ha preferido compartir con el criado, antes que con el padre, los acontecimientos que han envuelto la vida de su hermano, a quien no quiere reconocer. El criado le dijo: “<em>Tu hermano ha regresado y tu padre ha mandado matar el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo</em>”(v. 27). Esta última frase cae como una pedrada sobre el hijo mayor. Si el padre estaba lejano en su vida, con mayor razón el hermano. Esa frase hace aparecer en el mayor mundos desconocidos, hace despertar en él fieras dormidas en su interior. Entre esas fieras aparece una muy terrible, llamada envidia, que se opone a todo lo que signifique amor. El envidioso no sabe lo que significa amar y no le interesa dejarse amar. En el fondo, ni siquiera se ama a sí mismo. Y con su actitud acrecienta el cáncer que lo destruirá completamente.


Hacia fuera hay en el corazón del hermano mayor para que, al ver el amor, no se alegre sino que se entristezca, para que en vez de regocijarse por el regreso del hermano deje endurecer su corazón, se torne severo con su padre y cruel y despiadado con el hermano? La envidia es una fuerza terriblemente destructora. Ella está muy ligada a la raíz del pecado, pues por ella ha entrado el pecado en el mundo: “la envidia del diablo introdujo la muerte en el mundo, y la experimentan los que toman su partido” (Sap 2,24). Hay una lógica que impide amar, y que muestra una vida esquizofrénica, una vida donde no hay asomos de coherencia, sino una rotura abismal entre el interior y el exterior la persona envidiosa. Por un lado va lo que aparece y por otro, totalmente opuesto lo que piensa y vive en el interior. Personas así de incoherentes son incapaces de amar. Fue por envidia que se cometió el primer homicidio en el mundo, fue por envidia que los presuntos sabios y el poder religioso entregaron a Cristo a la muerte. Esos hombres envidiosos se habían endurecido y se habían vuelto incapaces de amar.

Cuando aún no hemos experimentado a Dios como a nuestro Padre, es imposible que lleguemos a descubrir al otro como hermano. Algo de esto sucede en nuestro mundo moderno. Dios está muy lejano en nuestras vidas, solo ha llegado a ser en nosotros una simple idea, por lo mismo, los demás no pueden ser nuestros hermanos y nuestra vida no puede convertirse en la experiencia calurosa de una vida de familia, de una vida de fraternidad entre nosotros.

El hermano menor, de hambriento, sucio, andrajoso y desilusionado, ha pasado a ser un hombre digno, ha reconocido a su padre y se ha reconocido a sí mismo como hijo; de libertino y disoluto se ha convertido en un redimido, en un hijo que ha aceptado en su vida la misericordia del Padre. Con el abrazo y el beso que ha recibido, después de su villanía, ha conocido de verdad a su padre. Pero el hijo mayor no quiere saber nada de esta recuperación, de esta fiesta de la unidad. Además de mezquino, aparece como un “disociador”, porque no quiere entrar a la fiesta del padre, que ha recuperado al hijo perdido, no quiere tomar parte en la alegría que debería ser, también suya, porque se ha recobrado al hermano sano y salvo. Hace tiempos ha perdido su relación vital padre-hijo-hermano. Trabajar por los demás no es suficiente cuando el corazón permanece de piedra y no aflora en él la capacidad de amar al otro.

LA REACCIÓN DEL HIJO MAYOR

(Lc 15, 28-30; )


El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Su padre salió a suplicarle” (Lc 15,28).


Les propongo que iniciemos una reflexión sobre la reacción del hijo mayor ante la fiesta que el Padre celebra, invitando a todos los de su casa, por la resurrección del hijo menor. Posteriormente podremos personalizar las reacciones del hijo mayor, pues en nuestra vida todos tenemos actitudes de los dos hijos. De todos modos, la pintura que hace Jesús del hijo mayor, es la de un fariseo clásico. Pienso que, cuando Jesús describe el modo de ser del hijo mayor, está describiendo, también, las actitudes de muchos religiosos y sacerdotes y de algunos hombres y mujeres “piadosos”, con actitudes más del hijo “fiel”, que del hijo menor. Imploremos, por tanto, la luz del Espíritu para que logremos descubrir si en nosotros se encuentran esas actitudes ocultas, disimuladas, que pueden estar obstruyendo nuestra relación con Dios y nuestra vida de relación amorosa y delicada con los hermanos.

Los dos hijos de la parábola son dos prototipos de la humanidad que se reproducen con celeridad. Muestras de ambos se van repitiendo a través de la Biblia, y en la vida de toda sociedad, también, de la nuestra. Pensemos en Caín y Abel, Esaú y Jacob, José y sus hermanos, en el hijo mayor y el hijo menor, en el fariseo y el publicano, en los dos crucificados a lado y lado de Jesús. En el AT esos prototipos tienen nombre; en el NT, aparecen sin nombre. Para que cada quien los descubra personalizados en sí mismo, en algunas de sus actitudes y así le ponga nombre propio a cada uno de los diferentes prototipos. Todos, hombres y mujeres, quién más, quién menos, vivimos las actitudes del hijo “pródigo” y/o las actitudes del hijo “fiel”. También a sacerdotes y religiosos nos resulta familiar la confesión del fariseo de la parábola del evangelista Lucas: “gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres: ladrones, adúlteros, injustos” (Lc 18,11); confesión semejante a la del hijo “fiel” de nuestra parábola, que se expresó en términos parecidos: “<em>no he desobedecido jamás tus órdenes, ni he malgastado tu patrimonio con prostitutas</em>”.

Una clave de vida espiritual para el cristiano, como termómetro de la propia fe, está en saber descubrir en el hermano el bien, en otorgar el perdón que él nos exige. La alegría que se experimenta por el bien del otro es un indicador infalible de la fe, del amor personal. El Padre celestial siente más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión. Pero el hijo mayor no quiere aceptar que su hermano se haya convertido, que su hermano se salve. Por eso no entiende el porqué de la fiesta que el padre de la parábola ofrece en honor de su hijo que ha regresado.


Dos modos contrapuestos de actuar

Reflexionemos comparando los siguientes dos textos de nuestro relato: “<em>El hijo mayor se enfadó y no quiso entrar</em>” (v. 28); “<em>el padre, entonces, salió a suplicarle</em>” (v. 28). Aparecen aquí dos situaciones antagónicas, por la actitud que anima al padre y al hermano mayor. El hijo, cerrado, porque es incapaz de amar, y el padre, abierto por su corazón rebosante de amor. Surgen así una cantidad de modos de actuar que muestra la parábola en los dos personajes.


Con la primera frase “<em>se enfadó y no quería entrar</em>”, además de su terquedad y cerrazón, se nos descubren mundos, hasta el momento, inexplorados en el hijo fiel y cumplidor, y talvez ni siquiera conocidos por él mismo. La información del criado hizo estallar la ira del hijo mayor, y ¡qué clase de ira! No quería recibir a su hermano. Reacciona con rabia donde el padre había expresado compasión y alegría. ¿Qué hay en ese muchacho que le hace explotar en esa forma tan refinada de desamor? Se trata de un corazón que no ha dejado penetrar el amor, y, por lo mismo, no ha podido entrar todavía en la lógica de la misericordia. Ha brotado una fiera, que hasta entonces vivía agazapada en su interior, pero que ante un estímulo poderoso ha salido al exterior, sembrando destrucción, matando en su corazón a su hermano. La envidia se ha despertado en el corazón del mayor, y le ha hecho explotar en una forma desacostumbrada. Ha matado necesariamente la alegría, ha hecho aparecer sentimientos hostiles de aversión, venganza, destrucción. Ha hecho a ese corazón nulo para el amor, la alegría. Por eso es incapaz de participar del gozo que ha causado el regreso a casa del hijo perdido. Según su mismo testimonio: <em>nunca ha podido celebrar una fiesta con sus amigos</em>.

El menor, de disoluto y perverso, ha pasado a ser redimido, se ha convertido y su padre ha celebrado una gran fiesta en su honor. ¡No puede ser! ¡Esto es una injusticia! ¡Yo acabo con ese hermano! Por eso, se enfada y no quiere entrar a la fiesta, no quiere tomar parte en la alegría que debería ser también suya por haber recuperado al hermano sano y salvo. No le interesa para nada la relación amorosa con su hermano: la envidia ha realizado esa destrucción. Ha matado a su hermano y otro tanto quiere que haga el padre. Para él ha muerto ya el hermano menor y en vez de fiesta, por haberle recobrado vivo, quiere celebrar los funerales. El hijo mayor está encarcelado en sí mismo, no llega a ver más allá del horizonte de su propio yo, de sus propios esquemas egoístas. Está recluido en su yo, y no quiere abrirse al amor, menos al perdón.

Por una mezcla de envidia, celos, resentimiento, desamor, no puede entrar en la casa familiar. Se ha empecinado en su modo de juzgar al hermano. Su pasión le lleva desde una susceptibilidad enfermiza y unos celos morbosos, hasta una testarudez que le impide ver más allá de sus propias ideas falseadas. Y a pesar de esto se cree fiel.

Jesús está describiendo, también, en el hijo mayor la hipocresía de los fariseos. Es esta la acusación más insistente que Cristo lanzó contra los fariseos. Sólo en el capítulo 23 de san Mateo Jesús repite ocho veces “fariseos hipócritas”. Por eso, nos dice a todos: “guárdense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lc 12,1). Y es que a los fariseos lo único que les importa es la apariencia, el aspecto exterior. Aunque su corazón esté corrompido, lo único que les interesa es lavarse escrupulosamente las manos, apareciendo amantes de la limpieza. No importa que su interior esté lleno de podredumbre, con tal que su fachada, su exterior aparezca luciente, brillante. Les interesa la ostentación, mantener una reputación social aunque no corresponda a la verdad. En frase de san Juan de Ávila, “Tienen el cuerpo de rodillas y el alma tiesa”. Pero es terrible, pues el fariseo no se contenta con representar ese papel hipócrita ante los hombres, sino que lo hace también ante Dios. En cambio los sentimientos del padre son de perdón, jamás de venganza; son de amor, jamás de odio; son de vida, jamás de muerte.

Morir a nosotros mismos y resucitar a una vida fraterna no es fácil, pero es absolutamente necesario para ser discípulo de Jesús. No es un aspecto opcional o secundario, sino condición indispensable de todo cristiano. No podemos cumplir el Mandamiento Nuevo: “<em>amar a los demás como Jesús</em>”, a menos que hagamos morir en nosotros mismos el “yo”, nuestro egoísmo.

Los cristianos estamos llamados a entregar el amor más grande que se puede tener: “dar la vida por el amigo”. Esto forzosamente significa morir a nosotros mismos. Por eso, Jesús nos presenta el morir a nosotros mismos, como un requisito necesario si queremos ser sus discípulos.

Necesito, por tanto, desde la humildad, aprender a salir de mi mismo, de mis propios esquemas, liberarme de mis propias ideas egoístas, y encaminarme hacia el otro, orientarme radicalmente hacia Dios, hacia el hermano, hacia el amor. Tengo que dejar de vivir solamente para mí y mis deseos; llegar a ser una nueva criatura, con un corazón nuevo, con una nueva manera de pensar y de actuar, con un nuevo espíritu, con una nueva capacidad de amar. El hijo mayor, encarcelado en sí mismo, no llega a ver más allá del horizonte de su propio yo, de sus propios esquemas egoístas.


Salir de sí mismo


En la segunda frase dice que “<em>entonces, el padre salió a suplicarle</em>”<em>. </em>Aparece nuevamente la actitud amorosa del padre. Así como había salido al encuentro del hijo menor, de la misma manera sale ahora al encuentro de su hijo mayor. Es el estilo amoroso, acucioso del padre. Es un gesto extraordinario con el hijo mayor, intentando hasta lo imposible por atraer al hijo y hacerlo salir de su cerrazón El amor le hace estar abierto a sus hijos, a pesar de las faltas que tengan, a pesar de las rebeldías, a pesar de la dureza de sus corazones. Y para él no hay hijo bueno ni hijo malo, simplemente son sus hijos.

Sorprende la respuesta del hijo mayor al padre que, suplicante, le invita a entrar al banquete: “<em>Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. Pero ahora que regresa ese hijo tuyo, que ha gastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el ternero cebado</em>” (v.29-30).

Aparece primero la actitud amorosa del padre. Así como había salido al encuentro del hijo menor, de la misma manera sale al encuentro de su hijo mayor. Es el estilo amoroso, acucioso del padre.

Los dos versículos, en boca del hermano mayor, se refieren a él y a su hermano. Aparecen allí dos polos opuestos de una conducta religiosa. Con qué facilidad el mayor se compara con el pequeño, llamándolo libertino y teniéndose él como un intachable, como el que nunca ha cometido una falta. Se presenta como modelo de amplia, excesiva obediencia. ¡Hace ya tantos años…! Esa obediencia es fidelidad o ¿es tan sólo algo exterior, cumplimiento de un contrato laboral? ¿Ha sido obediencia a su padre o simplemente al patrón? Notamos un corazón endurecido para el amor que se queda en la contemplación de sí mismo, de su justicia y de su propia perfección.

Cuando creía ser justo al condenar al hermano, no pasaba de ser un simple justiciero. Y es que hay una mentalidad, una lógica que dificulta el conocimiento de Dios, que impide amar. Y es odiar al hermano, no querer otorgarle el perdón. No se puede amar a Dios y al mismo tiempo querer mal al hermano, no querer otorgarle e perdón.

JUGUETE DE SUS PROPIAS PRETENSIONES

(Lc 15, 29-31; Rm 12, 9-21;


“El le contestó:’hace ya muchos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás una orden tuya y nunca me has dado un cabrito. Pero ahora que vuelve ese hijo tuyo que se ha gastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el ternero cebado” (v.29-30).


Les invito a iniciar una reflexionar sobre la descripción que hace Jesús de los fariseos y maestros de la ley, que alardeaban de su propia justicia y despreciaban a los demás; que pensaban que la salvación se consigue con el propio esfuerzo, con méritos propios. Lo que allí se describe resulta un tanto duro y recalca aún más la misericordia de Dios para con los pecadores. Las parábolas con las que responde Jesús a los fariseos son introducidas con la expresión: “Entonces Jesús les dijo” y siguen las tres parábolas que cierran como con broche de oro con la última y, en esta, con la última parte, objeto de nuestra presente reflexión, donde Jesús, en la persona del hijo mayor, está describiendo la actitud habitual de algunas personas. Interesa descubrir esos modos que el Señor denuncia, especialmente en las clases dirigentes: escribas, fariseos y doctores de la Ley, ayer; sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos, hoy. Detengámonos a examinar algunas virtudes y defectos de este muchacho para que nos miremos en ese espejo y reconozcamos nuestra propia realidad en el..


Las virtudes del hijo mayor


Este muchacho, como el fariseo del capítulo 18 de Lucas, llama él mismo la atención sobre la virtudes que posee: no he desobedecido jamás ninguna de tus órdenes, no he malgastado tu patrimonio con prostitutas, no soy como ese hijo tuyo y especialmente tengo una gran capacidad de laboriosidad. Pero al final él mismo va demostrando que esas virtudes son simple perfección legal y por lo tanto pura apariencia, exterioridad y que en el fondo no existen ellas como virtudes, pues desde su perfección legal, se compara, juzga, condena y desprecia al hermano. Se ha formado una falsa imagen de sí mismo. Sus presuntas virtudes dejaron su interior duro, agresivo, en desamor y vacío de preocupación e interés por el otro. Habla en términos de justicia, derechos, deberes, premios y castigos. En el fondo se da gracias a sí mismo y exige a Dios por el bien que ha hecho. Su obediencia es simplemente externa y servil: “<em>hace ya tantos años que te sirvo sin desobedecer jamás ninguna de tus órdenes</em>”. Para este muchacho es primero el sometimiento a la ley que el amor a su padre y a su hermano; pero, al mismo tiempo su obediencia es un índice de su degradación espiritual: “<em>él se enfadó y no quería entrar”</em>. Lo que podría parecer fidelidad era tan solo cumplimiento de un contrato laboral tácito: <em>hace ya tantos años que te sirvo; </em>cumple disciplinadamente, pero con ánimo interesado y mercenario: <em>no me has dado ni un cabrito</em>. Su mismo sentido de la justicia no tiene en cuenta el bien del otro, sino que lo lleva a buscar la revancha, a rebajar al otro, a que sea destruido por fuerza de la misma justicia. No es justo que el hijo pecador sea tratado lo mismo que el hijo fiel. Por eso, cuando vio el recibimiento que se le hacía a su hermano se sintió agraviado.


Los defectos


Pienso que los defectos de nuestro personaje son bien notorios. Mención especial merece la actitud que el hijo mayor manifiesta hacia su hermano. Siente envidia por el recibimiento fabuloso, entusiasta que el padre ha organizado para recibir al hijo menor. Siente envidia porque para el menor, el ternero cebado; para mí, ni siquiera un cabrito. Siente envidia porque se considera menos amado por su padre. No estima el amor del padre, pero sí aprecia que es menos amado, pues no ha tenido tantos festejos.


Nunca me has dado un cabrito


No sabemos cuando se inició en la envidia, pero de tiempo se había dejado llevar de la pobreza de amor para con su hermano. Su mismo orgullo, ridículo, le había lanzado a una pobrísima exhibición de méritos y le cerró todas las puertas que le conducían hasta su hermano y su padre. Con su orgullo terminó cerrando y trancado por dentro la puerta del amor, de la fraternidad. La aversión hacia su hermano se convirtió en resentimiento inconsiderado. Su codicia maduró hasta llegar a una avaricia grotesca. De adulto regresó hasta convertirse en un simple adolescente: “<em>se enfadó y no quería entrar”</em>. Aparece ya en él una susceptibilidad enfermiza, unos celos y una justicia morbosa, con deseos de revancha, típicamente farisaica.


Incapaz de vivir la alegría


De una manera especial llama la atención hasta dónde había llegado su falta de aptitud para vivir la alegría. Su susceptibilidad le ha llevado hasta hacerlo incapaz de vivir alegre, y así incapaz de participar en el júbilo que ha causado a todos el regreso del hermano a casa. Por loo que deja entrever la parábola parece que este muchacho nunca sintió alegría por vivir en casa, fue una experiencia que nunca pudo disfrutar. La casa pudo ser para él como una pensión con derecho al alojamiento y a la manutención.


Hasta tanto llegó esa incapacidad de disfrutar la compañía de los más cercanos, que era incapaz de celebrar una fiesta, aunque fuese propia. Y yendo más al fondo, se había hecho incapaz de tener amigos. Sus relaciones en él resultaban de baja calidad. Lo único que había podido desarrollar era una gran astucia que le hacía capaz de intrigas, de urdir trampas mortales, pero aparecía como inofensivo.


Su relación con el hermano


El pecado principal de este muchacho es que no amaba a su hermano. Habla de <em>ese hijo tuyo</em>, porque ha renegado ya de él, ni siquiera lo reconoce como hermano. Todas las frases que pronuncia referidas a él demuestran desafecto. Si no se alegra por su regreso, es lo más seguro que no sintió tristeza por su partida. Y esto hace pensar que esa actitud de falta de afecto era antigua y, talvez crónica. ¿No podemos, de pronto, afirmar que el hijo menor se tuvo que marchar de casa porque no podía soportar la convivencia fría o talvez de oposición de su hermano mayor? Talvez su mismo hermano lo empujó a abandonar el hogar.


Su relación con el padre


La relación de este muchacho con su padre no era precisamente de afecto, sino algo muy distinto, una relación más bien de carácter laboral, contractual. Su frase “<em>hace ya muchos años que te sirvo</em>” nos dice que su amor al padre lo entendía como una deuda del padre para con él, nunca como un dar sin pedir nada a cambio. El hijo mayor no amaba a su hermano, y tampoco a su padre. Y es que el amor a Dios y el amor fraterno se hallan indisolublemente ligados, mejor son uno solo y mismo. De tal manera que un amor a Dios desprovisto de amor al prójimo no sería un amor deficiente, incompleto, sino pura y simplemente falso. A este respecto afirma san Juan: “<em>si alguien dice: ‘yo amor a Dios’ y odia a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve</em>” (1Jn 4,20). El amor fraterno hace visible y verificable el amor a Dios. Es la única prueba eficaz. Si no existiese esta prueba , sería engañar y engañarse.


A la vista de la sequedad y dureza, del rigor, de la incapacidad afectiva del hijo mayor, pensamos inmediatamente en esas personas, quizá no tanto culpables cuanto desdichadas, que creen amar a Dios porque no aman a nadie más. Qué situación tan terrible la del hombre que dice amar a Dios y no ama a su hermano. Con esto diciendo que es incapaz de amar a nadie.


Saber disfrutar del amor del padre

La expresión del padre: “tú siempre estás conmigo” (v.31) habla de la riqueza que se encuentra en la presencia y amor del padre, que no tiene comparación con las riquezas materiales, por abundantes que sean. Estar siempre con el padre vale más que todas las riquezas de la finca, de las posesiones. Estar siempre comunicado con el padre compensa todos los trabajos y todas las riquezas. Convivir con el Padre nos recuerda la vida de la gracia de Dios, la vida eterna. Si creemos que Dios es nuestro Padre, si creemos que la gracia representa un anticipo de la gloria eterna, nos sentiremos suficientemente pagados en esta vida con la presencia de Dios, con su compañía permanente.

Cuando no estamos en esa tónica sólo experimentamos las penalidades del trabajo y no el gozo de saber para quién estamos trabajando. Y cuando esto nos pasa estamos viviendo el pecado del hijo mayor y somos víctimas de su misma desgracia.

El muchacho mayor era un hijo laborioso, cumplidor, diligente. Era muy consciente de su méritos y valimientos y así esperaba una retribución por ellos, una retribución en justicia. Y la justicia consiste en darle a cada cual lo que se merece: tratar igualmente a los iguales y desigualmente a los desiguales. Este era el razonamiento del hijo mayor y, por lo tanto, nos es justo para él que el pecador sea tratado lo mismo que quien es fiel. Por eso, cuando el mayor vio el recibimiento que se dispensaba a su hermano, lógicamente se sintió agraviado.

UN TERCER HIJO EN LA PARÁBOLA

(Lc 15,4-7; Mt 18,12-14; Jn 10, 1-15; Ez 34,1-31; Jer 23,1-3)


Les invito a reflexionar sobre los dos hijos de la parábola para ver si de pronto, además de ellos, hay un tercer hijo en ese hogar. De los dos que nos muestra la parábola: uno no había sabido guardar su alma; el otro no había sabido entregar su corazón; ambos han contristado a su padre; ambos han sido duros con él; ambos han ignorado su bondad. El uno por su desobediencia, el otro a pesar de su obediencia. ¿A cuál nos gustaría parecernos? ¿Al dilapidador? ¿al calculador? Todos nos vemos obligados a convenir en que somos el uno o el otro, o talvez, el uno y el otro. Pero mirando atentamente resulta que encontramos un tercer Hijo muy especial. Este tercer hijo lo podemos descubrir entre renglones en la parábola.


Jesús en la parábola nos está revelando la figura del Padre celestial, que tiene un Hijo sumamente querido y muy especial. Lo testimonió el mismo Padre en el monte de la Transfiguración. Dice el evangelista que se formó una nube que cubrió a Jesús y a quienes estaban con Él, y vino una voz desde la nube, que dijo, refiriéndose a Jesús: “Este es mi Hijo amado, escúchenle” (Mc 9,7). En nuestra parábola, mirando con más atención, se descubre entre renglones la figura de un tercer hijo: el que nunca se apartó de la casa del Padre, el hijo tierno, cumplidor, capaz de compartir con su Padre la tristeza y el gozo, el hijo que salió en busca del hermano ausente y volvió con él, trayéndolo sobre sus hombros, el hijo que ayudó a su Padre a preparar el festín y que salió, también, a convencer al hermano mayor. No es un sueño la existencia de este tercer hijo, y el mismo Padre nos lo mostró y casi nos dio su nombre, lo conocemos y se llama Jesús. Este es el único hijo que de veras hace feliz al Padre. El es la verdadera oveja blanca de esa maravillosa familia.


Dos clases de pecadores

Leyendo con atención los dos primeros versículos de nuestra parábola encontramos una pintura completa de toda la realidad humana marcada por el pecado. Jesús, conocedor a fondo del corazón humano es quien la describe. Jesús divide la realidad humana en “publicanos y pecadores que se acercaban a Jesús” y en “fariseos y escribas que murmuraban”. La naturaleza humana quedó infeccionada por el pecado de Adán y Eva. Es por esto que el mundo de las personas está dividido en dos clases de pecadores: el de los comúnmente considerados como pecadores, o sea, los que se dejan llevar por las pasiones de la carne, por la fornicación, la impureza, el libertinaje, los que se enfadan, odian, riñen, roban, matan, se embriagan, se drogan, hacen el mal. Estos conocen la terrible noche del mal, la profunda humillación que el pecado provoca en el hombre, la desilusión, pues el fruto del pecado no es el esperado, sino un veneno que nos deja un gusto amargo y la vida hecha pedazos. Estos son pecadores, pero son humildes.


El otro grupo de pecadores es el de los que están convencidos de que no son pecadores, se creen justos y, por lo tanto, no experimentan en su corazón necesidad de conversión. La verdad es que han hecho del propio egoísmo un ídolo con etiqueta religiosa. No hay peor cerrazón que la del hombre que sigue su propia voluntad convencido de que está siguiendo la de Dios. Estas personas han dejado endurecer su corazón, que se ha llenado de soberbia, de envidia, de amargura, de resentimiento y viven faltos de alegría. Tiene una dureza tal de juicio que no aceptan que un pecador pueda convertirse y ser santo. Se enceguece su menta de tal manera que les impide reconocer el bien que hacen los demás, como les pasó a los fariseos y escribas con Jesús. Así son esas personas que, al principio del capítulo 15 de san Lucas acusan a Cristo de recibir a los pecadores y comer con ellos. Son pecadores, pero no se creen tales, porque están llenos de soberbia.


Jesús, que como nadie conoce el corazón humano, pintó admirablemente en el hijo mayor y el hijo menor esas dos clases de pecadores que existen en el mundo. Magistralmente repitió y completó el mismo cuadro más simplificado y la misma realidad en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14), que presenta también dos tipos humanos contrapuestos, dos tipos de pecadores: humilde y arrepentido uno y engreído y endurecido el otro. Dos ejemplares de pecadores, unos de corazón humilde y otros de corazón soberbio, arrogantes, endurecidos por la soberbia. Los primeros, considerados pecadores públicos, los segundos considerados meticulosos cumplidores de la ley. Los primeros piden humildemente perdón a Dios y recién el don de la conversión y su justificación, los segundos, jactándose de lo bueno que han hecho, no son capaces de reconocer sus pecados, no se sienten pecadores como los demás, no piden perdón y, por lo mismo, no reciben el regalo de la conversión. Todos podemos vernos retratado en estas dos pinturas del pecado hechas por Jesús.


Un tercer hijo

Al describirnos la parábola del Padre misericordioso, Jesús hizo una descripción maravillosa del sacramento de la Reconciliación, donde el penitente es el hijo pródigo arrepentido que va a confesar su pecado ante su padre, que representa al Padre celestial. Pero la reconciliación no se puede realizar sin Jesucristo. Fue él el que nos reconcilió con el Padre. Así lo afirma san Pablo en su segunda carta a los Corintios: “<em>Por tanto, el que está con Cristo, es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene del Padre, que </em><em>nos reconcilió consi</em><em>go por Cristo</em><em> y nos confió el ministerio de la reconciliación</em>” (2Cor 5,17-18). Desde nuestra parábola, el Sacramento de la reconciliación es el sacramento del Padre así como la Eucaristía es el sacramento del Hijo y la Confirmación es el Sacramento del Espíritu Santo.

La palabra griega traducida por reconciliación significa etimológicamente cambio desde otro. Reconciliarse, por tanto, quiere decir, cambiar a partir de otro, en nuestro caso, a partir de Jesucristo. Por eso Pablo nos repite: “<em>déjense reconciliar por Dios</em>” (2Cor 5,21). Es Dios quien nos reconcilia consigo mismo. El Padre bueno de nuestra parábola reconcilia al hijo menor abrazándole y besándole, y logrando de esta manera que el hijo se reconcilie consigo mismo. Pero es el padre quien toma la iniciativa de reconciliar al hermano mayor con el padre y con su hermano menor, pasando por encima del pasado y valorando el arrepentimiento del corazón. Pablo tiene mucho cuidado en clarificar que es el Padre el que reconcilia al mundo en Cristo. Por tanto, al reconciliar el Padre al hijo menor, hace presente a su tercer Hijo, Jesucristo y en el reconcilia al mundo pecador. Es el tercer Hijo el que trae nuevamente la felicidad a los hijos del Padre y el que reconstruye el hogar del Padre celestial.

Estilo de vida de este Hijo

Analizamos ya el estilo de vida de los otros dos hijos, veamos el del tercer Hijo. En la misma respuesta que Jesús da a los escribas y fariseos ha colocado otras dos parábolas que completan las así llamadas “Parábolas de la misericordia”. Una de ellas es la de la oveja perdida que nos muestra el estilo con el tercer Hijo, Jesús trata a sus ovejas, especialmente a las más difíciles, los pecadores. Este tercer Hijo se especializó en amar con predilección a los más necesitados, y esto le produce una alegría sin igual. Y ese estilo Jesús lo ha copiado de su Padre celestial. Él es el Buen Pastor, que cuando echa de menos la oveja que se le ha perdido, la busca con afán por entre zarzales y despeñaderos y, una vez la encuentra, la pone sobre sus hombros, y lleno de cariño la lleva a su Padre, es decir, toma la naturaleza humana, cargando él mismo con nuestros pecados y lo regresa al redil, es decir al amor de su Padre.

Tiene entrañas de misericordia

Este tercer hijo encarna en sí y personifica la misericordia. No solo cura nuestras enfermedades con sus milagros, no solo nos libera de nuestros muchos y gravísimos pecados, cargando con la debilidad de nuestras pasiones y con el suplicio de la cruz –como si Él mereciera, cuando en realidad estaba inmune de toda culpa-, con lo que salda nuestra deuda, sino que nos enseña también, con abundancia de doctrina, a imitarlo en su benignidad condescendiente y en su perfecta caridad para con todos.

Por esto afirmaba: <em>no son los enfermos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos</em>. Y decía también que el había venido a buscar a la oveja perdida. Y que había sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Asimismo, insinúa de una manera velada, con la parábola de la dracma perdida, que él ha venido a restablecer en el hombre la imagen divina, cubierta por el estiércol de los vicios. Y también: <em>habrá mas alegría en el cielo en el cielo por una pecador que se arrepiente”. </em>

Cuando encuentra a la oveja que se había perdido de las otras, errante por los montes y colinas, por los zarzales y despeñaderos, la devuelve al redil de su Padre, no a golpes y con amenazas ni agotándola de fatiga, sino que, lleno de compasión, la carga sobre sus hombros y la vuelve a la comunidad con las demás.

El mismo nos invita: “<em>vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo les daré descanso”. </em>Y si nos fe desfallecidos nos dice<em>: “Tomen mi yugo sobre ustedes, porque mi yugo es llevadero y mi carga es ligera</em>”.<em> </em>


NUESTRO ENCUENTRO CON EL PADRE

(Lc 15, 17-24; Gen 46,28-30; Ef 1, 3-14; Mc 10, 17-22)


“<em>El hijo le dijo: Padre, pequé contra el cielo y contra Ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo</em>” (v. 21)


Les invito a iniciar una reflexión sobre cómo encontrarnos con el Padre para poder estar con él todo el tiempo, pues en esto consiste nuestra verdadera felicidad. El mismo Padre, invitándonos a estar con Jesús, nos muestra el camino para encontrarnos con el Padre, cuando nos dice en el monte: “Este es mi Hijo, el Amado, escúchenlo” (Mt 17, 5). Según la carta a los Efesios, Dios nos creó para ser hijos en el Hijo, por lo tanto necesitamos encontrarnos con nuestro Padre, conocerlo, amarlo, estar con Él, dejarnos amar por el. En esto está la plenitud y felicidad del hombre. Así lo dice el mismo Jesús: “<em>Esta es la vida eterna </em><em>que te conozcan a ti</em><em>, único Dios verdadero, y al que tu ha enviado, Jesucristo</em>” (Jn 17, 3).


El hijo menor decide el regreso


Entrando en la parábola lucana, descubrimos a un hijo menor, “arrepentido y humilde”, que decide regresar a su casa, pero piensa quedarse en ella no como hijo sino como siervo, apegado a su propia voluntad: “<em>Iré a mi padre y le diré: ‘no soy digno de llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros</em>” (v. 18). Ser siervo implica menos compromiso y podrá, cuando se presente una nueva ocasión, cambiar a su patrón y marcharse con sus nuevas pertenencias. Esto no es regresar a su padre, sino regresar a la hacienda, regresar a las comodidades de que carece. Con esto está demostrando que aún no se siente hijo. Su conversión no es total. Es el gran problema del hombre de esta sociedad del bienestar, que ha ido perdiendo su ser de persona dejándose cosificar y necesita con urgencia recibir la revelación de ser hijo de su Padre-Dios. Así lo dice el Apóstol: “<em>también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo</em>” (Rm 8,23). Este muchacho, como el hombre de hoy, necesita descubrir y gustar la libertad de ser hijo de un Padre misericordioso, de un Padre que es amor santo y fiel.


Camino hacia el reencuentro


La lejanía era la morada que el hijo menor había escogido en su deseo de afirmar su personalidad, de vivir al fin independiente y sentirse haciendo su propia voluntad. Pero esa lejanía, esa independencia lleva al hombre y su vida en un declive cada vez más en bajada, cada vez más lejos del Padre y qué difícil salir de ese abismo. Es por eso que cuando se pone en camino hacia el padre, no está del todo convertido, y piensa únicamente en los jornaleros de su padre que “<em>tienen pan en abundancia”</em> mientras que él se muere de hambre (v. 17). La Palabra dice que “<em>aún estaba lejos</em>” (v.20). Ese “<em>lejos</em>” dice todo lo que la Escritura quiere expresar refiriéndose al pecado, a la falta de una verdadera y total conversión en el hijo, al descubrimiento verdadero del amor de su Padre. Esto era lo que el hijo daba de sí. Y es que la conversión es regalo de Dios, no logro nuestro.


El Padre sale a nuestro encuentro


Dice la parábola que “<em>estando todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente</em>” (v. 20). El amor no conoce lejanías. La mirada de amor del padre penetra las profundidades de la noche. Al abandono de la casa por parte del hijo menor, siguió la respuesta del padre, que dejó también su casa corriendo en busca de su hijo perdido, buscando hacerle sentir todo el estremecimiento del corazón paterno herido por su amor a el. Le fue siguiendo con esa mirada, salida de las entrañas que tiemblan conmovidas, semejantes al amor que tiembla y hace palpitar el útero de la madre ante el hijo que aparece. Lo expresa tiernamente el Profeta cuando dice: “<em>Acaso olvida una mujer a su niño? Pues aunque ella se olvidase, yo no te olvido. </em><em>Te tengo tatuado en las palmas de mi mano</em>” (Is 49,15-16) y por eso, nunca se olvida, pues nunca deja de ser Padre. Pero, además, la mirada de nuestro Padre es purificadora, cura como el aceite, abrasa, ablanda, conmueve al venir acompañada con su beso.


Al abandono de la casa por parte del hijo menor, siguió la respuesta del padre, que dejó también su casa para correr en busca de su hijito perdido, alcanzarlo y abrazarlo con todo el estremecimiento del corazón paterno herido por el amor a su hijito amado.


¡Qué lindo! El Padre siempre llega hasta las lejanías más remotas como cuando bajó al jardín del Edén preguntando a su querido hijo: “<em>Adán, ¿dónde estás?</em>” (Gen 3,9). Todas las páginas de la Biblia nos hablan de la carrera del Padre detrás de sus hijos extraviados, sin temer los zarzales y los despeñaderos donde se han metido, para encontrar al hijo de sus entrañas. Y pensamos que es el hombre quien busca a Dios, cuando es el amor del Padre que lo lanza en busca de su hijo. Esta parábola, salida del corazón de Jesús, da la vuelta a esa interpretación y nos revela que es Dios Padre el que busca, el que corre detrás de su hijo, el hombre, y el que lo atrae hacia él con su amor. Cuando el hombre está pensando en regresar, es el Padre quien lo está cubriendo con su amor. Y no usa la fuerza de argumentos convincentes, sino solo su mirada tierna, amorosa y misericordiosa, envuelta en amor puro y eterno.


El Padre se le echó al cuello para abrazarlo


El hombre siente la urgencia de vivir una vida nueva, distinta, más recta, de cambiar su mentalidad, de convertirse al bien, no cuando se ve reñido, reprochado o castigado, sino cuando se descubre amado a pesar de ser malo, a pesar de ser un pecador. Descubre todo su pecado cuando se ve intensamente amado, cuando recibe el emocionado abrazo de alguien que le ama. El amor hace cambiar hasta al más duro y empedernido.


Es esto lo experimentó el hijo menor cuando recibió los abrazos y los besos de su padre. No logró pronunciar el discurso que había preparado en la soledad, cuando era siervo de un extranjero y se había dedicado a guardar cerdos. Al verse invadido por el amor de su padre, se descubre a sí mismo con una luz completamente nueva.

Cuando tuvo el encuentro amoroso con su Padre, cuando se le echó al cuello para entregarle todo su amor, cuando ese Padre querido logró darle la ternura y amor que tenía en su corazón, entonces le hizo cambiar radicalmente su mentalidad. Es el amor el que cambia a cualquier persona, el que modifica su mente, sus sentimientos, su voluntad, su misma identidad.


Hemos llegado al punto focal de la parábola. El encuentro amoroso del Padre con su hijo amado. Estamos tocando, también, el fondo, el punto central de la historia de la salvación: “<em>Tanto amó Dios al mundo que el dio a su Hijo unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna</em> (Jn 3,16). El Padre, mediante el sacrificio de su Hijo, salva a la humanidad, amando al hombre herido mortalmente. El amor loco del Padre se realiza totalmente cuando ve a su oveja herida, extraviada, y la estrecha contra su corazón, colocándola en sus brazos amorosos y devolviéndole la posibilidad de vivir de nuevo el amor, la novedad. La persona, tocada de manera tan viva, tan directa por el amor, deja la mentalidad del hombre viejo y empieza a pensar como hombre nuevo, a entrar en la novedad del amor: el Amor le ha “<em>revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador</em>” (Col 3,10). Ha sido convertido en <em>hombre nuevo</em>, re-creado en Cristo, imagen de Dios y vuelve así a encontrar la rectitud anterior y el verdadero conocimiento de su Señor. La experiencia del abrazo ha destruido en el hijo menor su condición “<em>de hombre viejo, que se corrompe siguiendo la seducción de sus concupiscencias, renovando el espíritu de su mente</em>” (Ef 4, 22-24).


El hijo exclamó: ¡Padre!

En su encuentro el hijo lo único que alcanzó a exclamar fue ¡Padre! En los abrazos y besos de su padre, recibió esa descarga de amor que cambió totalmente su vida. ¡Qué lindo que nos dejemos llenar del amor que el Espíritu de nuestro Padre, el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones! Este amor es sobre todo un principio interior de vida nueva que el Padre nos regala en abundancia, es un principio de resurrección a la vida nueva del amor, de la comunión con los hermanos. El amor es una dinámica irresistible de cambio y de conversión, que desemboca en la unión, en la comunión. Cuando el padre se echa al cuello de su hijo para abrazarlo con todo el temblor de sus entrañas, eso hace que el hijo se eche a su vez al cuello del padre, se deje llenar de sus besos y se deje transformar por su ternura.

Según esta parábola, amar quiere decir abandonar la propia casa, salir en busca del ausente para habitar con él. No es de extrañar que Jesús, Buen Pastor, me siga amorosamente con su amor, con su mirada y se deje llamar “amigo de pecadores” (Lc 7,34). Me ha seguido con su amor para alcanzarme y cenar conmigo y, con su presencia, hacer de mi corazón su casa, su mesa donde cenar permanentemente conmigo: “<em>Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, cenaré con él y él conmigo</em>” (Apoc. 3,20).


EL RECONOCIMIENTO DEL PADRE
Lc 15, 20;


“Su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente” (v. 20).

Les invito a extasiarse ante la imagen más reveladora y desconcertante del Padre-Dios, entregada por el mismo Jesús en la parábola que estamos analizando. El que el padre se adelante para recibir al hijo calavera no es lo más lógico ni lo más pedagógico en el proceder humano. Sería como tratar al desertor como si viniera de haber cumplido una misión heroica. De la misma manera, perdonarle sin llamarle la atención, sin hacerle comprender la magnitud de su falta no cabe en una sana pedagogía. Para nosotros, es necesario advertirle y exigirle el propósito de la enmienda y la promesa de que no vuelva repetir su mala conducta. Pero veamos cómo, en el proceder de Dios, del amor, todo sucedió exactamente al revés.


Momento del encuentro


Nos encontramos en el momento más alto de la parábola: es un espectáculo emocionante, enternecedor. El hijo menor tomó el camino que le conducía a la casa paterna y, cuando el padre le divisó de lejos, salió a su encuentro, más aún “<em>salió corriendo</em>”. Qué estampa más conmovedora: un anciano padre, que corre con los brazos abiertos hacia su hijo. Pero el espectáculo sube el clima de la emoción al contemplar cómo ese anciano se lanzó hacia el amado de su corazón. Dice la parábola que: “<em>abrazó y cubrió de besos a su hijo del alma</em>”. El hijo empezó a hablar, pero no pudo continuar: los abrazos, los besos, la ternura de su padre se lo impidieron. Ni una sola reconvención, ni siquiera un ademán o un gesto que diera a entender cuánto le había hecho sufrir la conducta de su hijo. Más aún, es tal entusiasmo del padre por el regreso del hijo, que en ese recibimiento entusiasta hay por parte del padre una especie de reconocimiento. Le agradece a su hijo que haya vuelto, que haya tenido la delicadeza y la generosidad de volver donde su padre. Eso quiere decir la fiesta que hizo celebrar en honor de su hijo. La conducta del padre contradice nuestra lógica y se opone a nuestros modos ordinarios de actuar.


Nuestro modo pedagógico de actuar


Para nosotros Dios es misericordioso, está siempre dispuesto a perdonar todos nuestros pecados, pero es necesario hacer antes el propósito de no seguir en las mismas, de devolver lo que se ha robado o si es una mujer sorprendida en adulterio, prometer no volver a pecar, abandonar la vida de pecado que se lleva. Así se pensaba antes y así se continúa pensando hoy. Como que hasta nosotros mismos nos resistimos a aceptar ese modo de perdón absoluto, tal como fue practicado por el padre del hijo pródigo. Y con este modo de pensar ofrecemos resistencia al evangelio, al ofrecimiento de una salvación eternamente gratuita, a dejarnos salvar sin merecerlo.


Amor desmesurado del Padre


Al recibir esa clase de amor y de perdón que le entregó su Padre, el hijo pródigo conoce a su Padre. En verdad, antes no lo conocía. De la misma manera, ¿qué idea tenemos nosotros de Dios? Somos hijos pródigos que nunca acabamos de comprender cuando decimos que “Dios es amor”. El amor de Dios, el amor de nuestro queridísimo Padre es un amor desmedido, un amor sin límite, sin medida, desmesurado y así es el perdón. Esa exageración, tal como se puso de manifiesto en el recibimiento otorgado por el padre a su hijo, es lo que supera nuestra comprensión y nuestras expectativas. Así es el amor de nuestro Padre-Dios. Lo único que corresponde a nosotros es dejar que Él nos ame, dejarnos amar de nuestro queridísimo Padre. Permitirle al Espíritu Santo, el Espíritu del Padre, que nos llene de su amor. Colaborarle para que nuestro pecado se quede en un “país lejano”, bien lejano. No podemos menos de reconocer nuestra incapacidad para salir de él. Necesitamos orar al Señor como san Agustín: “Si tú no me haces volver a Ti, no podré volver”. El corazón del hijo, ante el amor inconmensurable de su padre, empieza ser colmado de amor.


Encuentro del amor misericordioso y el amor contrito


Sabemos que la vida humana es social y que ser “persona” implica apertura a las otras personas, comunicarse con ellas. Por eso, la conversión de una persona tiene carácter dialogal, es apertura al Otro. Es apertura del amor que se arrepiente al amor misericordioso que llama al arrepentimiento. Es el encuentro del amor contrito con el Amor Misericordioso, del pecador con su Padre. Dios hace oír su voz amorosa en el corazón de su hijo pródigo. Le invita a volver a casa. Por eso una vez que el hijo siente en su corazón la voz de su Padre, prepara las palabras del encuentro. Desde ese momento se ha iniciado un diálogo de amor recíproco. El encuentro se hace posible porque el alma del pródigo se mantiene “abierta” al amor, en situación de oír la voz amorosa del Padre-Dios.


El “hijo mayor” es “cerrado”


Esto no sucedió con el hijo mayor que se “cerró” al padre, a su amor, y por eso no pudo convertirse. Anque estaba con su Padre, no pudo encontrarse con Él. Esto nos dice que existe el pecador “cerrado”, de corazón duro, incapacitado para comunicarse con Dios. Esta cerrazón es una atmósfera insana, oscura, sin salida, sin interlocutor. En esta clase de pecador, semejante al “hijo mayor”, solo hay soledad de conciencia y conciencia de soledad. Podemos pensar en Judas Iscariote: en vez de abrir su alma, se encerró en sí mismo, no quiso atender al llamado de amor, a la mirada amorosa de su amigo Jesús. Por eso, se marchó a un paraje solitario, se encerró en la soledad y se quitó la vida. Al recapacitar sobre su pecado, sintió pesadumbre, pero se encerró en sí mismo, en la oscuridad. No esperó en nada, ni en nadie. En cambio Pedro, en su triple pecado, se sintió abrumado por su culpa, pero estaba “abierto”, capaz de recibir un llamamiento, de responder. En el patio de la casa de Caifás sus ojos se cruzaron con la mirada de Jesús, que le miró amorosamente. Su alma respondió a esa mirada, llena de amor, la sintió. Inmediatamente las lágrimas brotaron de sus ojos asombrados al sentirse amado tan desinteresadamente, tan infinitamente. Así entablo el diálogo amoroso con el Amado de su corazón, diálogo que se reanudó en aquella tarde maravillosa a la orilla del lago: “<em>Simón, ¿me amas? Tú sabes, Señor, que te amo</em>” (Jn 21,15-17)<em>.</em>

En este sentido, es tan sentida y amorosa la confesión que le hizo Santa Teresa de Liseux a su hermana Paulina. Le dijo: “Podría creerse que si tengo tanta confianza en Dios es porque no he pecado. Diga muy claramente que, aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, yo seguiría teniendo la misma confianza”.

Por eso, la diferencia decisiva entre dos pecadores no consiste en el mayor o menor número de pecados, sino en su mayor o menor confianza en el perdón, en ser “abierto” o “cerrado” al Padre-Dios.


Ensayemos un encuentro amoroso con el Padre


Es este el momento más propicio para tener cada uno de nosotros un encuentro amoroso con nuestro amadísimo Padre celestial. Ese encuentro tiene lugar en lo más profundo de nuestro corazón y puede marcar nuestra vida para siempre. Porque son los encuentros profundos los que cambian la vida en profundidad; los encuentros superficiales solo nos rozan superficialmente y nos dejan los mismos, sin cambiar. Les invito a iniciar el encuentro con el Padre desde una oración amorosa, intensa, donde se confundan los límites de nuestro amor con el amor del Padre. En este encuentro de alta temperatura nuestro amor tiene que fundirse con el suyo. Él amándonos y nosotros dejándonos amar por El. Vendrá un silencio amorosamente adorador, exponente de nuestra intimidad amorosa con Él. La comunión surgirá de la intimidad que nace del diálogo amoroso con mi Padre, de sentirme su hijo amado y decírselo en forma igualmente amorosa.


La oración genera comunión amorosa en el seno de la Comunidad divina y entre los hombres. Es la misma experiencia que tuvo Jesús: “<em>que todos sean uno, como Tú, padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado</em>” (Jn 17,21).


Toma el bordón y peregrina hacia adentro, en busca de tu Padre, allí mana la fuente limpia de la vida. Un fabuloso tesoro nos espera, merece todos nuestros esfuerzos. Escucha amorosa, silenciosamente a Jesús que te dice: “<em>Entra en tu aposento, cierra la puerta, y ora a tu Padre que está allí, en lo secreto</em>” (Mt 6,6). Tu corazón es la morada del Padre, del Hijo y del ES. Jesús mismo lo aseguró: “<em>Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él</em>” (Jn 14,23). Mira amorosamente a tu Padre y dile: Padre mío, te amo, te adoro y te bendigo porque las olas del mar de tu ternura irrumpieron en mi vida. Tu amor hacia mí es Jesús: me lo enviaste para redimirme. Se que eres Amor, perdón, comprensión y seguridad para mí. Tus pies han caminado por los mundos y los siglos detrás de mí y me tienes tatuado en la palma de tu mano. Destruye las murallas de mi egoísmo y que yo pueda ser transparencia, ternura y acogida para mis hermanos. Bendito seas, mi Padre querido.

Ver en “La oración intercambio de amor con Dios, Uno y Trino”, p.36ss.

LA FRATERNIDAD COMO EXIGENCIA DE LA PATERNIDAD DIVINA
Mt 5,43-48 ; 1 n 4,7-21 ; 5 1 ; L  18,10-14)


Les invito a iniciar una reflexión que puede ayudarnos mucho en nuestras relaciones personales con nuestros hermanos. Este tema surge de nuestra reflexión sobre el Padre. En efecto al encontrarnos con nuestro Padre, descubrimos también a los otros hijos suyos, a nuestros hermanos. Fue lo que no quiso aceptar el hermano mayor: pues no quiso aceptar a su padre, que hacía fiesta por su hermano menor y, no aceptando al padre, rechazó totalmente al otro hijo de su padre. Iniciaremos haciendo un paralelo entre el hijo mayor y el menor de nuestra parábola con el fariseo y el publicano de la parábola de Lc 18, 9-14.


Dos tipos clásicos


Jesús ofrece la “parábola de los dos hijos” como respuesta a la actitud adoptada contra él por los fariseos, que le censuraban por acoger a publicanos y pecadores. En otro lugar el evangelista Lucas nos muestra la escena del fariseo que alardeaba de ser justo y despreciaba a los demás y un pobre publicano que se veía como un gran pecador. Son las mismas actitudes del hijo mayor y el menor. El publicano se reconoce pecador como el “hijo menor”, y el fariseo hace una con confesión orgullosa semejante a la del “hijo mayor”, que aparece como un fariseo clásico, tanto en sus defectos como en sus virtudes.


Las virtudes de las que se precia el fariseo son ciertas, pero están corrompidas por un orgullo desastroso, que las destruye como tales. El da gracias a Dios con autosuficiencia, por sus méritos propios, no por creer que debe algo a Dios. Por eso Dios no las reconoce como tales: son virtudes en apariencia, al exterior, no al interior. De ahí que el fariseo y el hijo mayor muestran hacia fuera el marco que su orgullo previamente ha fijado. Los dos son de corazón duro, donde no cabe el amor por nadie: ni por el publicano ni por el hijo menor. El orgullo ha endurecido terriblemente esos corazones y por eso no llega la conversión pues, según san Agustín, la conversión exige tres cosas: “La primera, humildad; la segunda, humildad; y la tercera, humildad”. En el corazón endurecido del hijo mayor no cabe el amor al padre y tampoco el amor al hermano.


Característica de nuestro mundo son el desamor, la agresividad, la competitividad, el culto a la propia imagen. Hay que ser el primero, hay que mostrarse y aparentar cueste lo que cueste y pésele a quien le pese. Para estar en le primer lugar se hace necesario rebajar a los demás. Es esta casi la necesidad de una autodefensa.


“Ese hijo tuyo”


El hijo mayor rechazó a su padre; por lo mismo, ya no consideró hermano suyo al hijo menor. Es la conclusión de la frase despectiva que pronunció ante su padre: “<em>ahora que ha venido ese hijo tuyo</em>” (v.30). Queda, pues, bien claro el antagonismo irreductible, la ruptura del hijo mayor con el menor, la ruptura del fariseo con el publicano. ¡Qué terrible! Esta separación del padre llevó al hijo mayor a separarse definitivamente de su hermano. El orgullo nefasto le fue endureciendo cada vez más el corazón.


La enseñanza de Jesús en el sermón del Monte


Cuando Jesús, en su discurso del Monte (Cap 5-7), propone el programa de vida a los que quieren ser sus discípulos, les habla mucho del Padre, más aún, les hace la revelación del Padre. De las 17 veces que emplea la palabra “Padre”, una es Padre suyo (Mt 7,21) y las otras 16 es Padre de sus discípulos. Y les dice que tienen que ser como el Padre, que es Amor y ama por igual a todos ellos, a justos e injustos, a buenos y a malos, y que a todos da el don del Espíritu Santo. La fraternidad es por lo tanto una exigencia de la paternidad divina. En efecto, no podemos decirle a Dios “Padre nuestro” si no tenemos un amor profundo a todos los hermanos. Es por esto que, el hijo mayor, el hijo “fiel”, que permaneció en la casa, nunca llamó a su Padre: “padre”; y nunca le dijo a su hermano “hermano”, sino “ese hijo tuyo”.

Si descubrimos al Padre, tenemos que comportarnos entre nosotros como hermanos, empezando ciertamente por quien está más cercano a mí, con el cual convivo todos los días. Sin olvidar que tengo otros hermanos a quienes tengo que cuidar, a quienes tengo que amar con un amor como el de mi Hermano mayor Cristo; con un amor como el del Padre celestial, que es bueno con todos, y bendecir a los que nos maldicen y orar por los que nos persiguen y calumnian.

Identificarse progresivamente con el Padre


Nuestra parábola es el canto de Jesús a la misericordia divina. Una misericordia infinita, ilimitada, inagotable, insondable. Supera todos los pecados posibles e imaginables. Pero está sujeta a una condición: “<em>Si ustedes no perdonan de corazón, tampoco el Padre les perdonará sus pecados</em>”. (Mt 6,15). Por eso, nos insistió: “<em>Sean misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso</em>” (Lc 6,36). No podemos contentarnos con nuestro estilo de perdonar a cuenta gotas. El perdón que recibimos de Dios es incondicional. Por eso, el nuestro debe ser de la misma calidad.


Aprender a perdonar


¿Porqué quiso el Señor que el perdón figurase en la oración que él mismo nos enseñó? Él, que conoce nuestra condición humana, sabe que somos difíciles para perdonar, por el orgullo que anida en nosotros. Por eso, siendo incapaces de perdonar por nosotros mismos, nos dijo que debíamos pedir al Señor este regalo. De las siete peticiones del Padre nuestro esta es la única que recalcó, que necesitó una mayor insistencia suya. Es la única que repite el Señor en el Sermón del Monte: “<em>Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden</em>”. El Señor mismo explica a renglón seguido estas palabras la decir: “<em>Si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre les perdonará; pero, si ustedes no perdonan, tampoco el Padre les perdonará a ustedes</em>” (Mt 6,14). El Señor ha dejado en nuestras manos la señal del perdón: “Si ustedes perdonan, el Padre les perdonará; si no perdonan, tampoco el Padre les perdona”.


El Señor, para formar en el amor a sus discípulos, les enseñaba constantemente que aprendieran a perdonar, que no se cansaran de hacerlo, perdonar siempre: setenta veces siete; que estuvieran en todo momento disponibles para la reconciliación. Y para poder perdonar así, como el Señor, debemos ser misericordiosos como Él. El amor al hermano, la fraternidad, nos enseña a otorgar permanentemente el perdón.


La misericordia mutua de unos para con otros, de perdonarnos recíprocamente es indispensable para vivir la vida fraterna, la vida del Espíritu, la vida de comunión. San Agustín dice: “somos vasos de barro que recíprocamente se producen roces”. Para un grupo comunitario, el perdón es lo que el aceite para un motor. El perdón, al igual que el lubricante, reduce los “roces y remueve las pequeñas herrumbres en cuanto aparecen.


El hijo mayor, que no se abrió al padre, no quiso perdonar a su hermano. Es lo que nos quiere hacer comprender la parábola con la negativa de este a entrar al banquete, ofrecido por el padre en honor de su hijo menor. Se niega a tomar una actitud de misericordia y perdón, semejante a la del padre. En el contraste se nos coloca ante la actitud misericordiosa del padre para imitarla. Es el Padre nuestro ideal de vida, nuestro modelo de identificación. Tenemos que procurar una identificación con Él cada vez mayor, progresiva, íntima, amorosa. Pues nuestra vocación consiste en ser como el Padre: “<em>Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto</em>” (Mt 5,48). Nuestra vida consiste en asimilar la compasión del Padre, su generosidad en nuestra relación con el prójimo, ser misericordiosos como Él.


Como el hijo mayor, según lo mandado por Jesús, no quiso reconciliarse con su hermano, por eso no puedo participar del banquete: “<em>Si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano. Luego sí vuelve a presentar tu ofrenda</em>” (Mt 5,23-24).

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La misericordia mutua de unos para con otros, de perdonarnos recíprocamente es indispensable para vivir la vida fraterna, la vida del Espíritu, la vida de comunión. San Agustín dice: “somos vasos de barro que recíprocamente se producen roces”. Para un grupo comunitario, el perdón es lo que el aceite para un motor. El perdón, al igual que el lubricante, reduce los “roces y remueve las pequeñas herrumbres en cuanto aparecen.

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Quiero terminar dejando para nuestra reflexión unos versículos del salmo 133. Es un salmo corto que canta la belleza de vivir juntos como hermanos, la belleza de la unión fraterna. Dice: “¡Oh que bueno, qué dulce vivir los hermanos unidos! Es como el aceite que baja por la barba de Aarón” (v. 1-2). Los Padres de la Iglesia decían que nuestro Aarón es nuestro Sumo sacerdote, Cristo, que es la “cabeza”. La misericordia es el aceite que baja de esa cabeza y se extiende por el cuerpo, que somos todos, que es la Iglesia. Allí donde se vive de esa manera, en un clima de perdón y de concordia, “el Señor mandará la bendición, la vida para siempre”

VIVIENDO EN EL PADRE
(Lc 3, 22; Jn 17, 21; Jer 31, 31-34; Ez 36,26,28; Hech 2,1-47)


Les invito a iniciar una reflexión sobre cómo entramos a vivir la vida del Padre y nuestra participación en ella. Es una reflexión que nos ayudará a vivir mejor nuestra vida de hijos junto con nuestro Padre del cielo. Iniciamos nuestra vida de hijos del Padre con la recepción del sacramento del Bautismo. No podemos tener miedo a insistir en la bondad y misericordia de nuestro Padre Dios. En efecto, cambiamos de mentalidad, de forma de proceder y fácilmente nos convertimos, cuando nos descubrimos amados por el Padre a pesar de ser pecadores. Desde el día de nuestro Bautismo los divinos Tres han puesto su morada en nuestro corazón. Hace falta acudir permanentemente y, ojalá, todos los días a estar con ellos, a saludarlos, a comunicarnos y a dejarnos llenar de su amor.


Inicio de la vida con el Padre


El Padre es quien nos hace sentir su voz, llamándonos sus hijos para que nos sintamos así y obremos como tales. En efecto, al salir de la sagrada fuente somos hechos cristianos, es decir, hijos del Padre Dios. En ese momento cada bautizado vuelve a escuchar la voz del Padre, que un día fue oída a orillas del río Jordán: “<em>Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco</em>” (Lc 3,22). Por amor del Padre somos asociados y unidos estrechamente con Jesús mediante el Bautismo.


El Bautismo inicia en el creyente una vida de hijo del Padre Dios. De hijo de pecado, es transformado, y es acogido en la <em>familia divina </em>como <em>hijo de Dios</em>. Esa gracia, que poco pensamos en ella, es fruto de la misericordia del Padre para con nosotros.


El mismo Espíritu Santo, que recibimos en el santo Bautismo, nos asegura que somos hijos de Dios (Rm 8, 16). Dejamos de ser esclavos del pecado, de Satanás y hemos sido hecho hijos del Padre para siempre. Y así como el Espíritu del Hijo grita Abbà, nosotros también lo podemos hacer. La palabra que Jesús pronunció en su lengua original, en arameo, esta joya que la primera comunidad cristiana nos conservó sin traducirla, el mismo Espíritu del Hijo la pronuncia en nuestro corazón y hace que podamos pronunciarla profundamente conmovidos. Y esta subidísima palabra revela la esencia misma de nuestra relación con el Padre.


Después de nuestro Bautismo tenemos que reproducir en nosotros los rasgos, la imagen de su Hijo, ser conformes a su voluntad. Todo lo anterior se puede realizar porque hemos recibido el Espíritu Santo que nos hace permanentemente hijos, para que nos sintamos así y obremos como tales.


La alegría de saberse hijo de Dios


Hay una alegría especial que tiene que suscitarse en el corazón de todo creyente al saberse amado por el Padre, que no dudó en sacrificar a su Hijo Jesucristo, para salvarlo. Es maravilloso tomar el siguiente texto como si fuera una piscina climatizada y hundirse en él dejándose saturar. Dice: “<em>Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna</em>” (Jn 3,16).


Es particularmente importante que todos los cristianos seamos conscientes de la <em>extraordinaria dignidad</em> que nos ha sido otorgada mediante el Bautismo, cuyas aguas regeneran al hombre y a la mujer otorgándoles la dignidad de <em>hijos de Dios</em>, viniendo a ser de este modo <em>hermanos de Cristo</em>, llegando a alcanzar una unión con Él como la que Él tiene con el Padre. Unión que se produce gracias al Espíritu Santo. Por eso, la unión fraterna es reflejo maravilloso y misteriosa participación en la vida íntima del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, como viene expuesto en la parábola de la “<em>vid y los sarmientos</em>” (cf. Jn 15, 5; 17,21).


Si eol Espíritu permanentemente grita en nosotros ¡Abbà! ¡Padre! Esta misma es nuestra misión y nuestro gozo permanente, poder pronunciar en todo momento con El la misma palabra “Padre!”. Cuando esto hacemos podemos percibir todavía mejor la presencia del Espíritu Santo, que une el “Yo” del Padre, con el “Yo” del Hijo para que lleguemos a ser el “nosotros” de la comunidad trinitaria, en la que somos unidos, de hecho por el Espíritu Santo. Es este el verdadero ser de hijos, poder vivir entre todos nosotros, hijos del Padre, una vida de hermanos, la vida de la comunidad.

El corazón nuevo


El Espíritu de Cristo, al venir al creyente, a través del Bautismo, de los otros sacramentos, de la Palabra y de los demás medios a su disposición, en la medida en la que es acogido y secundado, es decir, en la medida en que obedecemos a su mociones, es capaz de cambiar en nuestro interior lo que nosotros solos somos incapaces de cambiar. Si el hombre por el pecado tenía clavado en el fondo de su corazón un “sordo rencor contra Dios”, ahora el Espíritu nos atestigua que el Padre le es verdaderamente favorable y benigno y, en su amor, no se ha reservado ni a su propio Hijo. El Espíritu lleva al corazón del hombre el amor de Dios y lo llena de Dios, de amor (cf. Rm 5,5). De esta forma, el amor del Padre viene a ser la vida nueva del creyente.


El Espíritu hace nuevo el corazón


Quiero proponer a su reflexión un proceso un poco amplio, pero que nos ayuda a entender mejor la novedad que hace en nuestro interior el Espíritu Santo, haciendo nuevo nuestro corazón. Es un proceso que se inicia con el profeta Jeremías, se aclara un poco con Ezequiel y llega a su plenitud en Pentecostés. Dice así el Profeta Jeremías: “<em>Esta será la alianza que yo pactaré con la casa de Israel en aquellos días: pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (</em>Jer 31,33). El profeta habla, en su profecía reina, de una Alianza nueva que hará el Señor con su pueblo. La alianza anterior había sido violado permanentemente por el pueblo, la nueva no será ya más violada.


Veinte años más tarde profetiza Ezequiel y hace, con su profecía, la mejor exégesis del texto de Jeremías, hablándonos de que el Espíritu Santo cambiará el “corazón de piedra” de su pueblo, por un “corazón de carne”, con un corazón que ame. Este es el texto del profeta Ezequiel: “<em>Os daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un corazón nuevo. Infundiré mi Espíritu dentro de ustedes</em> <em>y haré que se comporten según mis preceptos</em>” (Ez 36,25-27). En vez de hablar de “ley” –término que podía ser mal entendido, pues una ley es exterior al hombre-, habla de “espíritu”; mostrando así que la “ley” de que habla Jeremías, es el “espíritu de Dios”, principio interior que capacita para vivir una vida nueva de comunicación con Dios y con los hombres, cambiando el corazón del hombre para que produzca frutos de santidad.


El cumplimiento de la profecía de Jeremías, precisada por Ezequiel, tiene lugar en Pentecostés, según Lucas, con la efusión del Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Pentecostés conmemoraba el momento en el cual, 50 días después de la salida de Egipto, Yaveh había dado a su pueblo en el monte Sinaí el don de la Ley, estableciendo con ellos la primera alianza. En el nuevo Pentecostés, acontecimiento que tiene lugar 50 días después de la Pascua de la Resurrección del Señor, es dado a los creyentes el Espíritu Santo, el Espíritu de la Nueva y definitiva alianza. Rsumiendo, la Nueva Alianza es para Jeremías una Ley interior, para Ezequiel es espíritu, para Lucas es el Espíritu Santo, dado en Pentecostés.


Juan Pablo II, en la Veritatis splendor, 45, citando a santo Tomás, dice que “la Nueva Alianza es el Espíritu Santo”. El cambia realmente la situación del hombre. Y el Espíritu Santo nos da la capacidad y la fuerza de vivir el mandamiento del Amor, es decir, de vivir permanentemente la vida de hijos del Padre. El amor, que ya existía como precepto en el Antiguo Testamento, se convierte en vida interior de los creyentes por el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo. Por es dirá la carta a los Romanos: “<em>el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado</em>” (Rm 5,5). El Espíritu Santo ha hecho su ingreso en el corazón de los creyentes, capacitándonos así nuevamente para comunicarse con Dios llamándolo “Padre”, hasta lograr la comunión con Dios y con los hermanos.

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El Espíritu Santo nos hace comunidad


El Espíritu Santo a quienes nos ha hecho hijos del Padre, nos hace vivir vida de hermanos, vida de fraternidad, vida de comunidad. Así aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando nos describe la comunión que han alcanzado algunos creyentes después de recibir el Espíritu Santo. Detengámonos en dos pasajes clásicos. Primero: “<em>todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común</em>”. Este pasaje sigue la efusión del ES narrada en 2,4; segundo: “<em>la multitud de los creyentes no tenían sino un solo corazón y una sola alma</em>” (4, 32). Este pasaje sigue a la efusión narrada en 4,31. Solo los hijos del Padre se dejan guiar por el Espíritu Santo y producen frutos de fraternidad, de comunión relacional entre ellos.


MI REGRESO AL PADRE

(Lc 15,18-20; Jn 20, 17; Mt 28,10; Jn 3,16)


Les invito a estudiar un tema que nos ayudará a comprender y mejor, todavía, a hundirnos experiencialmente, en la bondad y misericordia del Padre Celestial. A descubrir el camino para llega al Padre, parecido al que hace el hijo en su retorno al padre, y que éste recibe incondicionalmente a su hijo que le había traicionado tan villanamente. Nuestro tema nos lleva a ser concientes de la presencia amorosa de nuestro Padre, a dejarnos amar, a recibir el amor permanente del Padre y a vivirlo gozosamente. Para lograr entrar en una verdadera asimilación del tema necesitamos “hundirnos” en de la Palabra, o mejor dejarnos sumergir en ella por el mismo Padre, como lo hacemos en una piscina que nos dejamos hundir por nuestro mismo peso, para que el agua nos empape y nos penetre como la esponja se deja colmar, se deja saturar del agua en la que está inmersa, del agua que la anega. Esa piscina climatizada es la Palabra que quiere llevarnos hasta el Padre y hundirnos en Él: “<em>Me levantaré e iré a mi Padre…y, levantándose, partió hacia su Padre</em>” (Lc 15, 18-20). Hundámonos de cabeza en esta Palabra para que impregne y cale todo nuestro ser, para que se apodere totalmente de nuestro corazón.


Tengamos cuidado, eso sí, de que en nuestro trabajo no nos vaya a suceder lo que dice el Padre Raniero Cantalamesa, predicador del Papa, hablando de la diferencia que existe entre un actor y un creyente, diferencia que es esencial. El actor se mete en el personaje y será tanto mejor actor cuanto mejor lo represente al vivo; pero en la realidad seguirá siendo lo que era antes; no se propone imitar en la vida lo que representa en el escenario. Hasta tal punto es así, que los mismos actores pueden representar en una película a Jesucristo o a la Virgen María y en la siguiente, a un delincuente o a una adúltera. En cambio el creyente se mete en la Palabra con fidelidad, es decir, para vivirla, para dejar moldear su vida por la Palabra. Nuestro trabajo no es para quedarnos con unas ideas, sino para tomar un camino de conversión, de cambio de vida.


Camino de regreso


Viendo lo sucedido con el hijo menor, advertimos que cuando la lucha por la sobrevivencia ocupa toda la existencia, paulatinamente el ser humano se aleja de su dimensión humana, se degrada, tiende a animalizarse. Pues, el hombre ha sido dotado de algo más que de simples fuerzas para producir: tiene una vocación mucho más alta que la de un simple animal de trabajo. Es lo que le ocurrió al hijo menor que quedándose solo en las cosas se degradó, hasta tal punto que vivía con los cerdos, queriendo, también, saciarse con lo que ellos comían. Pero llegado a ese punto de degradación logró salir de allí, por el recuerdo del amor de su padre.


El camino de conversión, que hace el hijo menor en su regreso al padre nos ayuda en el logro del objetivo de nuestra reflexión. La necesidad material, a la que llegó el muchacho, le empujó a regresar a su padre. De todos modos esa necesidad fue la ocasión, no la causa de su arrepentimiento. Por las palabras que pronuncia más adelante se ve claro que su arrepentimiento es auténtico, y no un oportunismo o un simple cálculo humano. Aunque esté motivado por la necesidad y por el hambre, le mueve una causa mucho más profunda: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (v.18). No mira lo que ha hecho mal a sus propios ojos, sino lo que está mal “a los ojos de su Padre”. Vemos, por tanto, que además de la necesidad, hay en este muchacho el recuerdo de su relación con el padre, la nostalgia del amor que había recibido de él. Las dos cosas lo hacen decidirse a dar una nueva dirección a su vida. De todos modos, él mismo comprendió que el pecado de fondo había sido el de haber perdido el amor de su padre, el de no haberlo entendido, el de su ingratitud para con él. Por eso su confesión empieza por su ofensa al padre, no por cuántas veces había pecado con prostitutas.

Núcleo de la conversión al Padre

De todos modos, la clave de la conversión del hijo está expresada por el relato en las siguientes palabras: “<em>entrando en sí mismo, dijo</em>”(v.17) y a continuación: “<em>Me levantaré e iré a mi </em>padre” (v. 18). Cuando un pecador se ha alejado de Dios, se ha alejado también de sí mismo, se ha alienado. Para volver al Padre, tiene primero que regresar, volver a entrar en sí mismo, darse cuenta de los errores cometidos y, luego, descubrir el amor que el Padre le ha entregado, volver al Padre. Es esto lo que hizo el muchacho: entra en sí mismo. Se descubre que en el fondo de la vida de este muchacho y de todos nosotros, a pesar de nuestros pecados hay una experiencia fortísima de amor de nuestro Padre Dios. Experiencia que queda casi ahogada por los pecados que vamos cometiendo, por los errores, por las villanías que repetimos contra nuestro Padre, por amar y buscar más las cosas que su amor. De todos modos, aunque sea entre cenizas todavía se conserva en nosotros ese amor, el primer amor, que un día estuvo muy vivo, aunque ahora se halle entre rescoldos.


Este es la aventura y el proceso de regreso del muchacho y de todo pecador, en el momento decisivo. Atraído irresistiblemente, movido por ese amor del Padre brota desde dentro la decisión: “<em>me levantaré y volveré a mi Padre</em>”(v.18). Todo se decide en este momento, regalo del mismo Padre; lo que viene después sólo es una consecuencia, un poner por obra lo que se ha decidido. Es este el instante del amor, el instante en que ha ocurrido la conversión, la decisión del cambio de dirección de la vida. Es el momento del encuentro consigo mismo y con Dios; ha llegado el don de la conversión.


Este proceso interior lleva a la persona a entrar dentro de sí, a meditar a fondo en la vida que ha vivido hasta el momento, a descubrir su traición, y a encontrarse con ese amor maravilloso del Padre que lo ha hecho hijo para siempre. Con el sufrimiento y la necesidad se inicia este proceso de conversión. A pesar de que en nuestra vida haya una cantidad de pecados, hay también, muy bien guardada en el fondo de esa vida, la experiencia del amor del Padre. Este amor es el que nos hace entrar en el corazón y reconocer los propios errores. Ese amor nunca se destruirá, pues somos hijos del Padre para siempre. Así lo dice san Agustín: “<em>Nos hiciste, Señor, para Ti y </em><em>nuestro corazón siempre estará inquieto</em><em> mientras no descanse en Ti</em>”.


El don del Padre a la humanidad


El gran designio del Padre, que dominó toda la obra de la creación y de la redención, consistía en hacernos sus hijos, en elevarnos a la filiación divina, mediante la participación en la filiación de su Hijo divino. Este designio se llevó a cabo por el sacrificio redentor de Jesús. “<em>Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, ¡pues lo somos</em>!” (1Jn 3,1). Al hacernos sus hijos adoptivos en Cristo, el Padre asumió una nueva relación de paternidad con nosotros. No solo nos decimos sino que somos en realidad hijos de nuestro Padre Dios.


Es tan especial esta paternidad que Jesús resucitado ya nos dice: “<em>Me voy a mi Padre y </em><em>vuestro Padre</em>” (Jn 20,17). Esta paternidad nos hace hermanos de Jesús, el Unigénito del Padre. Por eso, el mismo Jesús, después de la resurrección, nos llama sus hermanos. Así lo confirmó en su aparición a las santas mujeres: “<em>Vayan y anuncien a </em><em>mis hermanos</em><em> que vayan a Galilea: allí me verán</em>” (Mt 28, 10).


Como nos damos cuenta, las primeras palabras de Jesús resucitado encierran el anuncio del regalo de la nueva paternidad asumida por el Padre respecto a todos los redimidos. Es este el gran regalo que hace Jesús a los redimidos, como consecuencia de su resurrección. Nos comunica su propia riqueza, su intimidad con el Padre. Les comunica que, a partir de la resurrección, el Padre suyo es, también, el Padre de todos ellos. Casi con una especie de impaciencia se apresura a darles a conocer ese don a sus apóstoles, incluso antes de encontrarse con ellos. Jesús, que sabe en su justo valor lo que es la paternidad del Padre, se sentía feliz de hacer que sus discípulos así lo apreciasen. Jesús no pudo hacernos un regalo más generoso y mas grande que el don de su propio Padre a sus redimidos, para que en adelante fuera también nuestro querido Padre. Es este el fruto más hermoso del sacrificio redentor, fruto sumamente deseado por el miso Padre.


Es verdad que ya por la creación, el Padre muestra un amor paternal por los seres que hace existir con su poder soberano. Pero este amor se manifiesta en el más alto grado cuando el Padre entrega a su Hijo único por la salvación y la restauración del hombre: “<em>Tanto amó el Padre al mundo, que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él, no perezca sino que tenga vida eterna</em>” (Jn 3, 16). Su corazón de Padre puede prodigarse entonces plenamente; se trata de la nueva paternidad que se deriva de la resurrección de Jesucristo. Cuando el Padre recoge el fruto de la resurrección, recoge al mismo tiempo la fecundidad del don generoso que hizo de su Hijo. Se trata, por tanto, de una paternidad nueva, prevista y deseada ya desde el origen, que transforma el horizonte de la vida humana como consecuencia de la resurrección.


Necesitamos descubrir o volver a nuestro Padre Dios, a su amor, a la inmensidad de este amor. Como sus hijos debemos vivir de su amor, mostrar la generosidad de este amor, amando a todos, aún a los enemigos, pues también son sus hijos. Y esto, porque así se comporta el Padre, “<em>que hace salir su solo sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos</em>” (Mt 5,45).


VENIMOS DEL PADRE Y A ÉL VOLVEMOS

(Jn 16, 26-28:


Estos últimos momentos de nuestra reflexión vamos a emplearlos meditando sobre un tema maravilloso, que nos llena de esperanza. Y es sobre nuestro ingreso y nuestro fin en este mundo. Cuando alguien me pregunta de dónde soy, yo le contesto: vine del cielo y al cielo regreso. Pero es mucho mejor decir, vine del Padre y regreso al Padre. Esto mismo decía Jesús: “<em>Salí del Padre y vine al mundo, de nuevo dejo el mundo y regreso al Padre</em>” (Jn 16,28). Esta sola frase resume el misterio de su Persona. En efecto, dice la Palabra que “<em>El Verbo estaba junto a Dios</em>” (Jn 1, 1). Pues existía antes de todas las cosas. Y existía junto al Padre, es decir, tiene una relación de intimidad con Él, tan grande que tiene la misma naturaleza con El. <em>Salí del Padre:</em> es el misterio de su Encarnación, la Palabra se hizo carne; <em>ahora vuelvo al Padre</em>: resucitado y glorioso lleva los trofeos de su victoria: el pecado destruido, la muerte vencida, la vieja ley de Moisés superada, deja a los hombres los sacramentos, su Iglesia, la salvación.


El hijo pródigo regresa al padre


Nuestra vida en la tierra es un camino de regreso a Dios. Tenemos la misma vocación de nuestro hermano mayor Jesús: “<em>salí del Padre y regreso al Padre</em>”. Es lo que le pasó al hijo menor de la parábola: se fue de su casa, de su padre, pero felizmente regresó a su casa, se encontró con su padre, que le devolvió su plena dignidad de hijo: “<em>el padre dijo a los criados: traigan enseguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan</em>” (Lc 15, 22). <em> </em>


La escena del encuentro del muchacho con su padre es todo un ritual solemne, íntimo. Todos los detalles están cargados de simbolismo. Las sandalias eran una prerrogativa de los hombres libres; el anillo significaba la transmisión de los poderes; el vestido era signo de la propia dignidad., la vestidura de la salvación. Ya todo estaba nuevamente rehecho. Había recobrado la dignidad perdida de hijo. Su padre le había otorgado el perdón y le había dado un recibimiento amoroso, tierno. Era nuevamente hijo con todos los derechos. Hay toda una reconstrucción a todos los niveles. Vuelve a ser hijo. Ahora está lleno de gratitud, ya no le interesan las cosas, sino solo su padre. Ni se da cuenta del banquete que están celebrando por la alegría y enajenamiento de estar nuevamente, definitivamente con su padre.


Y es que el perdón del padre es mayor que todo, es anegarse en su amor, sin pensar en castigos, en pérdida de herencias, en fiestas y en regalos, o en otras cosas, aunque sean maravillosa. El perdón significa más que cualquier otro don. Significa volver a gozar de la presencia y compañía de su padre. El perdón del Padre es anegarse en su amor. Con el perdón que recibe siente el infinito amor de su padre. Ahora se siente como si el mundo comenzase de nuevo para Él y todo por su Padre, por su amor expresado en ese perdón tan incondicional.


Regresar al Padre es perdonar


El perdón es la otra cara del amor. El Señor nos perdona porque nos ama. El Padre, océano infinito de amor y de misericordia, nos ha llenado con su perdón, para que aprendamos así a perdonar, a ser como Él. El perdona sin límites, perdona siempre, porque ama. Esta misma misión confió a los suyos, como regalo de su resurrección: “<em>Jesús les dijo otra vez: como el Padre me envió, también los envío yo. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos</em>” (Jn 20, 21-23). El Padre, porque es amor misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente y le pide perdón de su pecado. Recibir su perdón es volver a los brazos amorosos de nuestro Padre celestial, es recibir su afecto, sus besos, su amor infinitamente reconstructor.


En el <em>discurso de la comunidad: </em>capítulo 18 del Evangelio de Mateo<em>, </em>donde el Señor da instrucciones a sus discípulos acerca de las actitudes necesarias para vivir una vida comunitaria, el amor se llama perdón y que aquí nuyitener que hablar de la comunión entre los hermanos, del amor entre los miembros que forman una comunidad, habla de la comprensión, de la misericordia y del perdón de las ofensas que ha de presidir las relaciones de los cristianos entre sí. El perdón es el gran signo del amor. En vez de hablar en este discurso del amor incondicional necesario para construir la comunidad, se habla del perdón sin límites fruto de un amor sin límites. Termina el capítulo narrando la parábola del hombre que no quiso amar a su compañero ni dejarse amar por él, es decir, que no quiso otorgar el perdón. En la comunidad amar es aprender a perdonar, hacer la escuela para aprender a otorgar el perdón, para dar en cada momento, si fuese necesario, el perdón. Por eso habla de la actitud de perdón continuo y de corazón, de otorgar un perdón incondicional todas las veces que sea necesario: “setenta veces siete” (Mt 18,21-22), es decir, perdonar siempre. Y a continuación el Señor, hablando del amor y del perdón, ilustra su respuesta a Pedro con una parábola de tremendo dramatismo y dureza. Pone el ejemplo del siervo que tiene una doble medida, pide el perdón y lo obtiene, pero no quiso perdonar a un siervo, compañero suyo (Mt 16, 21-35). El Padre, grande en misericordia, nos ha perdonado gratuitamente nuestras deudas, cada día nos perdona, cuando vamos arrepentidos a su presencia. La convivencia comunitaria crea roces, ofensas, daños. De pronto no nos han ofendido, sino que somos suspicaces o muy sensibles. Y nos cuesta perdonar, y más bien queremos vengarnos, ser inflexibluyicazremos que Dios nos perdone siempre, pero yo no perdono siempre. Lo que yo hago a los demás nunca es tan grave, siempre tiene excusas. Lo que los otros me hacen a mí siempre es grave, imperdonable, sin excusas.


Perdonamos porque amamos


Nos alejamos del Padre cuando rompemos con los hermanos, cuando se enfrían nuestras relaciones con ellos, cuando nos tornamos indiferentes, duros, falsos, rigurosos, ofensivos, injuriosos. Alejado de Dios, al hombre le cuesta perdonar, le es muy difícil perdonar. Por inclinación natural el hombre tiende a la venganza, al “ojo por ojo y diente por diente”. Así lo muestra el canto de Lamec: Si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete” (Gen 4,24), tiende espontáneamente a la violencia, no al perdón. Para poder perdonar necesita regresar al Padre, recibir de Él su insuperable amor: amor a Dios y amor a los hombres, tener un corazón misericordioso, como lo inculcaba Jesús a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como el Padre celestial, su Padre, es misericordioso” (Lc 6,36). Es tan importante, saber perdonar, tener misericordia, que Jesucristo lo elevó a una bienaventuranza, a una cualidad de la vida cristiana que santifica y que lleva al cielo: “bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7).


Nuestro regreso al Padre significa amar como nuestro Padre ama; ser buenos como nuestro Padre es bueno; ser misericordiosos como el Padre es misericordioso; ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. Para este regreso, necesitamos matricularnos de por vida en la escuela del amor de Jesús y a su lado aprender lo que significa dejarnos llenar de la presencia y del amor del Padre, amar a los hermanos en nuesuyiones diarias. El Padre nos llena de su amor y su misericordia: de tal modo nos amó el Padre que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). La prueba del amor del Padre y de su perdón es la entrega que nos hace de su Hijo, como expiación de nuestras ofensas inferidas a El. Entregó al Hijo para salvar al esclavo, al pecador. Sí, en verdad su amor, su misericordia y su compasión para con nosotros son infinitos.


Una de las primeras comunidades cristianas, la de los efesios, cuando se exhortaban a vivir la vida nueva en Cristo, es decir la vida del Resucitado, se decían unos a otros: “sean más bien unos para con otros bondadosos, compasivos, y perdónense los unos a los otros, como Dio s los ha perdonado en Cristo” (Ef 4,32).


Es tan especial el perdón del Señor que no solo ha perdonado nuestros pecados con su muerte redentora sino que, estando en el tormento, clavado en la cruz, suplicó a favor nuestro con infinita ternura a su Padre: “Padre,, perdónales, ellos no saben lo que hacen” (Lc 23,34). En verdad así obran los verdaderos hijos del Padre celestial: se esfuerzan en vivir el ejemplo del hermano mayor.


El perdón que damos nos hace vivir en el amor, nos hace vivir como hijos, nos hace vivir permanentemente en presencia y en compañía con nuestro Padre Dios. Así nos lo recuerda san Juan: “Dios es amor y el que ama permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). Ya en la tierra regresamos, estamos con el Padre cuando, perdonamos, cuando amamos. El amor nos asegura que amamos, y el amor nos asegura la presencia del Padre. Por eso, siempre que entregamos amor a un hermano estamos en compañía con el Padre Dios.


EL TESTAMENTO DEL PADRE (Lc 15, 31-32. 22-24).

Hemos llegado al final de la parábola del Padre misericordioso, donde Jesús nos ha entregado una imagen fiel y viva del Padre y de su manera de ser y de actuar. El mensaje que en este momento nos entrega como testamento tiene que ver con los dos hijos, con toda la humanidad. Es la gratuidad de la misericordia del Padre con todos sus hijos, pero que acoge gratuitamente a los más débiles. Es la misericordia del Padre frente a la miseria del hombre. El Padre tiene fe en el hombre, en esos hombres despreciados y marginados y en su conversión, en su recuperación y superación. La dimensión en que el Padre vive esa misericordia es la alegría que, además, comparte con todos: “Alégrense conmigo” (Lc 15,6.9); “convenía celebrar una fiesta y alegrarse” (Lc 15, 31-32). Uno de los rasgos sobresalientes de nuestro Padre es la alegría que Él siente en la conversión del pecador, así lo expresa en las parábolas de la misericordia. Es interesante ver que el Padre siente más gozo en el pecador que se convierte, pero no dice que el pecador sea más querido que los demás hijos del Padre, pues si los hombres, que son malos, aman a todos sus hijos, cuánto más el Padre ama a todos, pues son sus hijos.

Magnitud de la misericordia

El evangelista nos muestra el corazón misericordioso del Padre visto a través de Cristo, en las tres parábolas de la oveja perdida (Lc 15,3-7), la moneda extraviada (Lc 15,8-10), y el hijo pródigo(Lc 15, 11-32). En esta parábola el Padre ejercita su misericordia con los dos hijos, de modo diferente.

El hijo menor comprende que no puede volver a la casa paterna con su vergüenza y su suciedad. Se da cuenta de que es indigno de llamarse hijo. Pero, ¡qué acogida la que recibe! El padre sale, corre a su encuentro, se echa a su cuello y le cubre de besos, después de hacer todo lo necesario para hacerle grato su regreso al hogar. Mientras la casa está de fiesta, llega el hijo mayor; oye la música, pregunta que ocurre y se entera del retorno de su hermano. Entonces, indignado, rehúsa entrar. El padre mismo, lleno de misericordia, sale y le ruega que pase. Pero el hijo mayor rechaza la invitación., porque se cree justo. ¡Con cuánta paciencia y misericordia responde el padre a los vehementes reproches de su hijo mayor! Le dice: “Te he dado grandes bendiciones, todas son tuyas, hijo mío; todo lo mío es tuyo. Pero mi amor necesita que mi casa se llene de uyiendo en ella a miserables pecadores perdidos, pero arrepentidos, y que reconozcan que todo lo deben a mi grac“a”. "Así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento” (v.7).

Viendo los motivos para la conversión que tuvo el hijo menor, conversión que se produjo bajo la presión de necesidades vitales, nos ayudan a descubrir la magnitud de la gratuidad del perdón paterno. Pero el momento en que ese amor paterno alcanza el vértice es cuando entra en escena el hermano mayor. A este, duro, inflexible, lo aborda el padre con su misericordia y le dice: “tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo”. Y vuelca sobre el su misericordia, para que él a su vez la ejercite con su hermano. Del primer hijo no aparece que hubiera podido ejercitar su misericordia con el hermano mayor; el mayor no quiso ejercerla y se negó a recibirlo en casa; pero el tercer hijo de la parábola sí ejerció la misericordia.

Cristo, espejo de misericordia

El tercer hijo, Jesús, es la suprema misericordia del Padre. El encarnó en sí la doctrina que predicaba y que había fotografiado en sus parábolas. En efecto, Jesús fue espejo de misericordia en su encarnación y durante toda su vida. Él empezó a obrar y luego a enseñar, mostrando su misericordia tanto en sus obras como en sus palabras; se compadece de toda miseria tanto física como moral; ama y busca a los pecadores (Lc 5,31; en sus parábolas nos describe su corazón y el corazón de su Padre llenos de misericordia.

Exigencia del testamento

La misericordia del Padre es su gran exigencia para nosotros. Jesús quiere que nosotros seamos “misericordiosos como es misericordioso nuestro Padre del cielo” (Lc 6,36). Misericordiosos en nuestros juicios (Mt 7,3); misericordiosos en las palabras (Mt 5,22); misericordiosos en nuestra sobras; misericordiosos con el enemigo (Lc 11,4); misericordiosos para obtener misericordia (M 25, 31-46).

Quiero terminar con dos testimonios que nos hablan de la misericordia del padre, de los padres y nos ayudan a dejarnos llenar nosotros de la misericordia del Padre para ejercitarla con nuestros hermanos mayores y menores.

La misericordia hoy

La misericordia del Padre la vemos actualizada hoy en la siguiente historia de un hijo pródigo moderno. Este se marchó de casa, se malgastó todo lo que había recibido, no sólo el dinero, sino también la salud, e hizo que se fuera a pique también el honor de la familia. Cayó en la droga y en los robos. De vez en cuando le rondaba la idea de volver a casa, de llevar una vida buena, pero le faltaba voluntad, pensando en que no sería bien recibido y, además, porque no se sentía capaz de llevar una vida ordenada, le faltaba voluntad.

Cayó en prisión por los delitos que cometió. Los padecimientos que allá probó le hicieron madurar. Volvió a recordar la felicidad que perdió abandonando a sus padres y la posibilidad del perdón. Poco antes de salir en libertad, se decidió a escribir a sus padres: les pedía perdón por todo lo que había hecho; y les decía que si lo perdonaban, que si estaban dispuestos a acogerlo, pusieran un pañuelo blanco en el manzano que había en el huerto, al lado de la vía de tren; que él al pasar el día que saliera de la prisión, si veía el pañuelo bajaría del tren y volvería a casa; si no lo veía, continuaría el viaje para nunca más volver.

El día que salió, se vino con un compañero de prisión que salió con él y le acompañaba en el viaje. Cuado el tren estaba llegando a su pueblo, a la casa de sus padres, no osaba mirar por la ventana. Le dijo a su compañero: “mira tú, yo no me atrevo” y cerró los ojos. Pensaba en aquel manzano, al que subía de pequeño, y se ponía contento, imaginando el pañuelo colgado en el árbol; pero, también se ponía triste pensando: “¿y si no está?

Entonces dijo a su compañ“ro: "ya nos acercamos: ves el pañuelo, está el pañ”elo?". En ese momento le dice el compañero: “No está un pañuelo colgado, abre los ojos y... ¡mira!”. Y al abrirlos se encontró que no había un pañuelo, sino que el manzano estaba lleno de pañuelos blancos, que sus padres habían colgado del manzano, y que parecía un árbol de navidad, queriendo así decir a su hijo cuán inmenso era el perdón que le otorgaban. Así es el perdón auténtico.

Es esta una historia repetida desde que el mundo es mundo, bien resumida en el perdón que l padre dio a su hijo y que Rembrant pintó. En el cuadro resalta la figura del Padre que abraza el hijo que vuelve, desvalido y hambriento; el padre lo abraza con dos manos, una de ho–bre -que hace fuerza sobre el hijo, apretándolo sobre su pecho- y la otra de mujer –afectuosa y dulce, acariciando al hijo que ha regresado-. Y es que el Padre es padre y madre al mismo tiempo.

Imagen del Padre

Cristo nos entrega una nueva imagen bíblica del Padre, distinta de la de los escribas y fariseos. Esta se podría sintetizar diciendo que El Padre es aquel que ama y perdona. Cuando ama y perdona, Dios se muestra de modo especial como Padre. Y así también, el hombre manifestará su condición de hijo de Dios cuando actúe de igual manera con los demás hombres. El prójimo se convierte así en sacramento de Dios para el hombre, en posibilidad de materializar el amor a Dios, de adherir a Cristo presente en los hermanos.

Especialmente a través de las parábolas de la misericordia, Jesús somete a una revisión total la idea que los judíos se hacían de Dios y de su justicia. Estas actúan como transmisoras del “escándalo del amor desinteresado” que el Reino inaugura. Jesús anuncia la noticia del Dios bueno, que perdona y da generosamente, que ofrece permanentemente habitar en su casa. Un Padre misericordioso, que ama gratuitamente –escándalo para quienes tenían una exaltación del mérito, del esfuerzo en el cumplimiento de la ley-, que ama a los pecadores, a quienes “no cumplen la ley”. Un Padre que sólo pide que crean en su misericordia y se conviertan, que vuelvan a su casa. Y que pide el arrepentimiento como condición para perdonar y amar. Tal como aparece en Lc. 15, 11-31, un Padre que ama con un amor que el otro no merece. En Jesús, vemos un Padre que viene a buscar lo que está perdido, que tiene la iniciativa en el proceso de conversión. Que pone primero el ofrecimiento del perdón liberador que la obra humana de penitencia.


IMITANDO AL PADRE

Les invito ahora a iniciar una reflexión sobre la imitación del Padre, pues Jesús nos lo entregó para que fuéramos como Él. Esta es su invitación a todos en el SM: “sean perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Y san Pedro, igualmente, nos exhorta: “El que les llamó es santo; también ustedes sean santos como Él en toda su conducta” (1Ped 1,15). Es necesario que hagamos nuestra esta apremiante invitación de Cristo y su vicario. Terminados los presentes ejercicios, es necesario que reiniciemos nuestro camino de bautizados. Y vivir el Bautismo es vivir la santidad. Pues, este sacramento es una verdadera entrada en la santidad del Padre. En efecto, descubierto el regalo del Padre, estamos urgidos de responder a la llamada a la santidad, para caminar como hijos queridos de nuestro Padre en este compromiso: “Esta es la voluntad de Dios: su santificación” (1Tes 4,3).

Sería un contrasentido, descubrir al Padre y continuar viviendo una vida mediocre, superficial. Los hijos del Padre estamos llamados a ser santos en cualquiera de los estados de vida, pues todos son caminos aptos para la santidad.

Qué es la santidad

Esta palabra viene del latín sánctitas, santidad. Viene de la voz semítica Qodes, cosa santa, santidad, derivada a su vez de una raíz que significa “cortar, separar”, hace pensar en separar de lo profano.

El término hebreo qadosh (santo) del AT es mucho más rico. No es simplemente lo no profano, sino que es la revelación de Dios mismo: Él es qados –santo-. Es este un concepto sumamente positivo que indica “plenitud”: “nada se le puede añadir ni quitar” (Sir 42,21). Define la santidad en su misma fuente: Dios, de quien deriva la santidad, que más que un atributo es su esencia, su naturaleza misma. Yahveh es el tres veces santo: “qados, qados, qados” (Is 6,3). Su santidad exige que, también, el hombre sea santificado, separado de lo profano, purificado del pecado. Insiste en una idea ritualista. Por eso, algunas personas piensan que ser santo es acudir a los sacramentos, insistir en el cumplimiento de unas leyes. Algunos salmos manifiestan algo más. Así se preguntan: “¿quién puede subir al monte del Señor? El hombre de manos inocentes y puro corazón” (Salm 24,4). De todos modos persiste la idea de que la santidad está fuera del hombre, en una pureza ritual, en la observancia de ciertos preceptos. Para el AT la santidad de Dios es inaccesible al hombre: aparece como un poder aterrador y misterioso, capaz de aniquilar a quien se acerque (1Sam 6,19-20), así, el hombre no puede ver a Dios y quedar vivo (Ex 33,18-23); también aparece como un poder que bendice a quienes reciben el arca donde Él reside (2Sam 6,7-11).

En el NT, Jesucristo es el “santo de Dios” (Jn 6,69). Él es Santo por su filiación divina y por la presencia del ES en Él. Su santidad es idéntica a la de Dios, su Padre santo (Jn 17,11). Esta santidad le hace amar a los suyos hasta comunicarles el ES, la gloria recibida de su Padre: “Yo me santifico…para que ello sean santificados” (Jn 17,19-24).

Los sacrificios del AT sólo purificaban exteriormente; el sacrificio de Cristo santifica de verdad a los creyentes y les comunica la santidad. Por la fe y por el bautismo los cristianos participan de la vida de Cristo resucitado. Son santos en Cristo por la presencia en ellos del ES, agente principal de la santificación del cristiano: “a todos los que anima el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14-17), que es en sí la fuente de la santidad divina. Pentecostés, manifestación del ES, dio origen a la concepción neotestamentaria de la santidad.

Por eso, se llama santos a los cristianos, y se les convoca a “ser santos e irreprochables ante Dios por el amor” (Ef 1,4). Aquí la santidad ya no es un hecho ritual o legal, sino moral, no reside en las manos sino en el corazón; no es algo que se decide fuera, sino dentro del hombre y se resume en el amor. La santidad ya no está en los lugares, en los objetos o leyes, sino en una persona: Jesucristo. Y ser santo consiste, por lo tanto, no en realizar unos ritos, una liturgia, sino en estar unido a Jesucristo, pues en Él llega a nosotros la santidad de Dios. El es el “santo de los santos” (Jn 6.69). Por el ES el cristiano participa de la misma santidad divina, que exige romper con el pecado y con las costumbres paganas, “obrar según la santidad que proviene de Dios y no según la prudencia carnal” (2Cor 1,12; Ef 4,30-5,1; Rm 6,19; Tit 3,4-7). La vida santa es la base de toda la tradición ascética cristiana; ella no reposa en una ley exterior, sino en que el cristiano “alcanzado por Cristo”,”participe en sus sufrimientos y en su muerte para llegar a su resurrección” (Flp 3,10-14).

El camino hacia la santidad

Como hijos del Padre estamos llamados a la santidad, porque nuestro Padre es santo, como lo recuerda la Virgen en su himno: “su nombre es santo” (Lc 1, 49). Por el Bautismo hemos sido hechos hijos de Dios, santos, colocados en el camino de la santidad y por eso recibimos en la Iglesia las gracias necesarias que proceden de los méritos de Jesucristo. Todos: sacerdotes, religiosos o laicos deben responder libremente a esas gracias para lograr la santidad.

La santidad se nos comunica de dos maneras: por apropiación y por imitación. La más importante es la primera que se nos da por la fe y por los sacramentos: “Han sido lavados, han sido santificados, han sido justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios” (1Cor 6,11). Según esto, la santidad es don, gracia y obra de la Trinidad. Junto a este medio fundamental que es la fe y los sacramentos, están también la imitación, las obras, el esfuerzo personal. No como independiente y distinto del primero, sino como único medio apropiado para manifestar nuestra fe, traduciéndola en hechos. Y es que las obras buenas, sin la fe, no son obras “buenas”, y la fe sin obras buenas no es verdadera fe. Es una fe muerta. No nos salvamos por las buenas obras, pero tampoco nos salvaremos sin las buenas obras.

El Concilio en el capítulo V de la LG, sobre la Vocación universal a la santidad, pone de relieve estos dos aspectos de la santidad, el objetivo y el subjetivo, fundamentados en la fe y en las obras. Dice así: “Los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en Cristo nuestro Señor, no por sus propios méritos, sino por designio y gracia. El bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos. Por eso deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron” (LG 40). La obra de la fe no se agota en el bautismo, sino que se renueva en los demás sacramentos. La santidad es, por tanto, don y obra de la Trinidad, pero requiere nuestra colaboración, nuestro esfuerzo personal para vivir en gracia. La fe que se nos regala la traducimos sen obras. Somos santos y tenemos que ser santos. Hemos sido santificados y tenemos que santificarnos. Es don de la Trinidad y esfuerzo nuestro.

La vida según el Espíritu

La santidad está minuciosamente organizada y elaborada por el Espíritu, con la condición de que nosotros la acojamos, colaboremos con El. Si lo seguimos, obramos el amor, si no colaboramos con El obramos desde nuestro egoísmo. Por eso, el dilema es: el egoísmo o el amor, expresado en otras palabras: “procedan según el Espíritu y no den satisfacción a las apetencias de la carne” (Gal 5, 16).

Para Pablo hay un dilema que no se puede evadir: o la carne o el Espíritu. La santidad nos hace seguir al Espíritu, viviendo así los rasgos de Cristo. Para esto, es decisivo superar la carne, que no es sensualidad sino egoísmo, oposición al Espíritu. Las obras del egoísmo son: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, ambición, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, comilonas y cosas semejantes” (Gal 5, 19-21).

Seguir el Espíritu nos lleva a dejar nuestros intereses, nuestros cálculos, nuestras costumbres, y seguir lo que nos hace decir sí al Señor, a los otros. Esto nos abre un horizonte positivo, que construye la santidad y cuyas obras son: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí” (Gal 5, 22-23).

El amor, que es don, oblatividad, nos hace superar el egoísmo y vivir la alegría que nos da la santidad. Esta alegría no es de diversión, sino la alegría de quien, obedeciendo al Espíritu, se hace don para los otros al estilo de Cristo, el santo de los santos.

EL ABANDONO EN EL PADRE


Les invito a reflexionar en un tema que constituye hoy una espiritualidad maravillosa. Es el tema sobre el abandono, vivido por Jesús en su relación con el Padre. De tal manera se abandonó en Él que su voluntad es la del Padre y su alimento es hacer la voluntad de su querido Padre celestial. El Santo Abandono es el acto más perfecto de amor a Dios que un alma pueda producir. El que da a Dios su voluntad se da así mismo y lo da todo. Es esta la manera más noble, más perfecta y más pura de amar. Si el abandono perfecciona las virtudes, perfecciona también la unión del alma con Dios.

Como nuestra reflexión es sobre el abandono en el Padre, les invito a mantener nuestra mirada fija en el símbolo con que se pinta al Padre: un triángulo y en el centro un ojo, que representa a Dios Padre. El ojo es símbolo de Dios que cuida del hombre. Este ojo nos habla de una gran verdad: Dios nos ve, nos está cuidando en todo momento, nos está amando y vela por nosotros: “Tú me sondeas y me conoces” (Salm 139, 1). Su mirada sobre nosotros es una presencia, un cuidado y un amor permanente. Si el hombre intenta huir de Dios, el Señor le sigue con su amor; nos ama, y en ningún momento deja de amarnos, a pesar de nuestro desamor.

Naturaleza: el abandono consiste en una amorosa, entera y entrañable sumisión y concordia de nuestra voluntad con la voluntad amorosa del Padre en todo cuanto disponga o permita de nosotros. Hacemos de su voluntad nuestra voluntad: mi comida es hacer la voluntad del que me a enviado” (Jn 4,34). Cuando es perfecta como en Cristo se le conoce como Santo abandono.

El abandono en las manos del Señor exige el sufrimiento, que es llevado con amor y con la confianza de que Dios nos esta purificando, para unirnos a Él. Esta unión con Él no puede darse si no nos desprendemos de nosotros mismos, si no curamos nuestro orgullo y no obedecemos a Él con espíritu dócil y con decisión firme de hacer su voluntad, de abandonarnos a su querer para que Él pueda gobernar nuestra vida.

En el huerto

Jesús, nos enseña el abandono y entrega a la voluntad del Padre, en los momentos de sufrimiento y de dolor en su entrega en le huerto de los olivos. En Getsemaní ha alcanzado una cumbre el abandono de Jesús en su Padre, salvando a la humanidad. Allí conoció el mundo el poder del amor sin límites (cf. Jn 13,1), del amor que consiste en dar la vida por los amigos (cf. Jn 15,13). Jesús, en el Huerto de los Olivos, solo, ante el Padre, has renovado la entrega a su voluntad.

San Ambrosio dice, “el que tiene por su porción a Dios, no debe tener otro cuidado que el de aplicarse a él, y todo cuanto se emplea en otra cosa es un robo que se hace al servicio y culto que se le debe.”  El abandono tiene su fundamento en el amor. Jesús mismo alimenta nuestra entrega incondicional al Padre.

Excelencia: lo que constituye la excelencia del santo abandono es la incomparable eficacia que posee para remover todos los obstáculos que impiden la acción de la gracia, para hacer practicar con perfección las más excelsas virtudes y para establecer el reinado absoluto de Dios en nuestra vida. El Santo abandono es el que, después de todo nuestro crecimiento en la vida de virtud, acabará de purificar y de despegar nuestra alma para dirigirla completamente a Dios. 

En presencia del Padre

Talvez, la página cumbre del abandono nos ha sido regalada por el evangelista san Juan. Es el capítulo 17 de su evangelio. Una página marcada por una emotividad conmovida y al mismo tiempo dramática. Las palabras que Jesús pronuncia son sencillas y, saliendo del corazón del Hijo, van directamente hasta el corazón del Padre en una total sumisión. En esta oración de Jesús hay una entrega incondicional de Jesús a su Padre.


En esta oración Jesús, afianzado en su amor infinito al Padre, se ofrece, en total abandono, como víctima al Padre intercediendo por los que Él le ha confiado. La actitud de abandono de Jesús es como la de un niño con su padre. La misma que él nos había pedido: “Si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt 18,3).

El valor de lo “pequeño”

Jesús nos entrega un secreto para nuestro crecimiento espiritual, cuando nos dice: “si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt. 18,3). Él no está invitando a sus discípulos a vivir de manera infantil, eternamente incapaces de tomar una responsabilidad. Habla de convertirse en niños. Nuestros niños nos han enseñado el valor del ser pequeño del que habla el Evangelio. Es el sentido del abandono confiado al Padre que en los niños se manifiesta con claridad como la serenidad y la alegría de su vida.

Aprender de los niños

Los niños son una “escuela” de sencillez, de humildad, de su misión, de solidaridad con el papá. Nos enseñan a escuchar, a someternos al padre. La proximidad a los niños nos lleva a comprender y respetar al otro y a responder a sus necesidades.

Si es verdad que los niños tienen que aprender muchas cosas, también es verdad que tienen muchas cosas que enseñar. Nos enseñan el valor de la confianza, del abandono confiado en los demás. Nos enseñan a no esconder la propia debilidad. De alguna manera aprendemos de ellos a comprender cómo cada persona necesita de las demás, no sólo para crecer, sino también para ser más feliz. Mirando las vidas difíciles de nuestros niños y adolescentes, hemos aprendido, también, a reconocer los males de la sociedad.

Nuestra relación con los niños se ha caracterizado siempre por el respeto hacia ellos. Aún cuando se trate de niños considerados difíciles, excluidos de la escuela, despreciados muchas veces porque son incapaces de expresarse bien, la Comunidad ha visto siempre en ellos las potencialidades de una vida que todavía tenía que crecer y que necesitaba la confianza de los otros. Por esto la defensa de la vida de los más pequeños, una vida muchas veces poco respetada, ha sido un compromiso constante de nuestra acción.


Hacerse como un niño es una condición que Jesús presenta como indispensable para alcanzar el recto camino que lleva al destino trascendente. El niño es presentado como ideal, como maestro existencial del hombre, que siempre deberá fidelidad a esa límpida etapa inicial de su vida, aun no contaminada por los miedos y los apegos, los resentimientos y los prejuicios de una adultez devaluada. Por eso la frescura y la espontaneidad, la alegría y la capacidad de vivir el momento presente, extrayéndole todo el gozo posible, la actitud de asombro y de admiración frente a todo lo bello del universo son lecciones magistrales que dan los niños a los adultos distraídos.


Se requiere una actitud de discípulo para acercarse a los niños. Es difícil no caer en las actitudes de juez, de doctor sabelotodo, de superioridad aplastante, de burla ridiculizante, de impaciencia exigente, de susceptibilidad condenatoria,


Hacerse significa trabajar sobre si mismos no tanto para adquirir más de lo que se tiene sino para quitar todo lo que sobra. No se trata de hacer un complicado reglamento adulto inspirado en el modelo infantil sino intuír una actitud que dice sí a la verdad, al amor y a la vida y decide, aquí y ahora, ser feliz compartiéndolo todo. Todos estamos hechos para entrar. Sólo se excluye el que no decidió vivir eso que parece carencia y es plenitud: la infancia espiritual de todos los llamados a ser hijos, para siempre, en la alegría de Dios…


MARÍA Y EL PADRE EN EL NUEVO TESTAMENTO

Les invito a reflexionar sobre el papel de María en nuestro caminar hacia el Padre. El quiso la presencia de María en la historia de la salvación. En efecto, cuando decidió enviar a su Hijo al mundo, señaló que viniera naciendo de María: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos” (Gal 4,4). El Padre dispuso que María lo comunicara a toda la humanidad. Por tanto, María se encuentra en la encrucijada de los dos caminos: el que va desde el Padre a la humanidad como madre que da a todos a su Hijo, el Salvador; y el que los hombres deben recorrer para ir al Padre.

María ha tenido con el Padre del cielo una relación única, que nace del mismo título de “Madre de Dios”. Pues Jesús es “Hijo de Dios y de María”, como decía san Ignacio de Antioquia. Por su Hijo Jesús, Ella ha sido colocada al lado del Padre. Solo ella puede decir a Jesús, lo mismo que le dijo el Padre: “Este es mi Hijo amado” (Mt 3,17). Repasemos algunos episodios del Evangelio donde se nos muestra a María en una relación especial con el Padre.

En las bodas de Caná

María vivió en la tierra llena del Espíritu, y con la mirada fija en Jesús y en el Padre celestial. Su deseo más intenso consiste en hacer que las miradas de todos converjan en esa misma dirección. Quiere promover una mirada de fe y de esperanza en el Salvador que nos envió el Padre. Ella fue modelo de esa mirada de fe y esperanza sobre todo cuando, en la tempestad de la pasión de su Hijo, conservó en su corazón una fe total en él y en el Padre.

Con esta mirada de fe y de esperanza, María impulsa a la Iglesia y a los creyentes a cumplir siempre la voluntad del Padre, que nos ha manifestado Cristo. Las palabras que dirigió a los sirvientes, en las bodas de Caná: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5) las dirige también hoy a nosotros. Es una exhortación a entrar en el nuevo período de la historia con la decisión de realizar todo lo que Cristo dijo en el Evangelio en nombre del Padre y actualmente nos sugiere mediante el Espíritu Santo, que habita en nosotros. Si hacemos lo que nos dice Cristo, el presente milenio podrá asumir un nuevo rostro, más evangélico y más auténticamente cristiano, y responder así a la aspiración más profunda de María.

Las palabras: “Hagan lo que él os diga”, señalándonos a Cristo, nos remiten también al Padre, hacia el que nos encaminamos. Coinciden con la voz del Padre que resonó en el monte de la Transfiguración: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo” (Mt 17, 5). Este mismo Padre, con la palabra de Cristo y la luz del Espíritu Santo, nos llama, nos guía y nos espera. Nuestra santidad consiste en hacer todo lo que el Padre nos dice. Acompañados y sostenidos por María, recibimos el nuevo milenio de manos del Padre y nos comprometemos a corresponder a su gracia con entrega humilde y generosa.

Jesús perdido y hallado en el templo

Otro episodio nos lo entrega el evangelista Lucas: la presentación de Jesús en el templo. Este episodio arroja luz sobre el inicio de la relación de Jesús con el Padre celestial. Jesús revela la conciencia de su misión, confiriendo a este segundo «ingreso» en la «casa del Padre» el significado de una entrega completa a Dios, su Padre. En este pasaje, Jesús afirma que asume como norma de su comportamiento su pertenencia al Padre, y no los vínculos familiares terrenos.

Según el relato de Lucas, María y José vuelven a Jerusalén y, al encontrar a Jesús en el templo, su madre le pregunta: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2, 48). La respuesta de Jesús es densa de significado: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). En la respuesta a su madre angustiada, el Hijo revela enseguida el motivo de su comportamiento. María había dicho: “Tu padre”, designando a José; Jesús responde: “Mi Padre”, refiriéndose al Padre celestial. Jesús quiere dejar claro que él debe ocuparse de todo lo que atañe al Padre y a su designio. Desea reafirmar que sólo la voluntad del Padre es para él norma que vincula su obediencia. María y José no entienden el contenido de su respuesta, ni el modo como reacciona a su preocupación de padres. Por eso, el evangelista comenta: “Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio” (Lc 2, 50).

Con esta actitud, Jesús quiere revelar los aspectos misteriosos de su intimidad con el Padre, aspectos que María intuye, pero sin saberlos relacionar con la prueba que estaba atravesando. Las palabras de Lucas nos permiten conocer cómo vivió María en lo más profundo de su alma este episodio revelador del Padre celestial. El evangelista añade que María «conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2, 51). La madre de Jesús vincula los acontecimientos de la pérdida de Jesús y de la revelación del Padre, al misterio de su Hijo, tal como se le reveló en la Anunciación, y ahonda en ellos en el silencio de la contemplación, ofreciendo su colaboración con el espíritu de un renovado “fiat”. Dándose cuenta del misterio de Jesús, en íntima relación con el Padre celestial, comienza el primer eslabón de una cadena de acontecimientos que llevará a María a superar progresivamente el papel natural que le correspondía por su maternidad, para ponerse al servicio de la misión de su Hijo divino. En el templo de Jerusalén, en este preludio de su misión salvifica, Jesús asocia a su Madre a sí, ya no será solamente la madre que lo engendró, sino la Mujer que, con su obediencia cooperó al plan del Padre en el misterio de la Redención. De este modo, María, conservando en su corazón un evento tan rico de significado, llega a una nueva dimensión de su cooperación en la salvación.

Relación de María con el Padre

Con el fiat de la Anunciación, María se convierte en la verdadera morada del Señor. Y esto por designio gratuito del Padre, a cuya llamada responde María con su fe, entregándose como la “esclava del Señor” (Lc 1,38.48), único titulo que María se atribuye por sí misma. El titulo esclava del Señor significa obediencia al Padre y aceptación de su plan de redención a través de la encarnación del Hijo. María entra libre y activamente en su papel de madre del Mesías. Su vocación es el servicio al Padre y al Hijo. En efecto, acepta con fe una situación humanamente incomprensible para los hombres desde el momento que el fruto de sus entrañas es totalmente obra del Espíritu de Dios que ha bajado sobre ella. Isabel, que había experimentado la incredulidad de Zacarías, que se quedó mudo, elogia la fe de María: “¡Dichosa la que ha creído, pues se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor!” (Lc 1,45). Efectivamente, María tiene la firme esperanza de que nada es imposible para Dios, que, lo mismo que concilió en Isabel la esterilidad y la maternidad del precursor, puede también conciliar en ella la virginidad y la maternidad del redentor. Con esto María realizó un acto de fe no sólo personal, sino corporativo, en nombre también del nuevo Israel, que es la iglesia de Cristo.

Lo que Israel no consiguió llevar a su cumplimiento debido a su incredulidad y a su desobediencia, lo lleva a cabo María por su fe y su obediencia al Padre. Lo mismo que el antiguo Israel comenzó con el acto de fe de Abrahán, así el nuevo Israel comienza con el acto de fe de María, esclava del Señor. Esta expresión subraya la disponibilidad para cumplir la voluntad del Padre en concreto. En efecto, el Padre quiso que la encarnación del Hijo estuviera precedida de la aceptación de la madre, de manera que lo mismo que la primera mujer en el orden de la creación contribuyó a la ruina y a la muerte, así esta primera mujer en el orden de la redención contribuyera a la vida. La misión de esta sierva —lo mismo que la del siervo del Señor—será oscura y dolorosa. El camino que el Padre le ha trazado al Hijo, lo ha trazado también para María, su madre. Y María, lo mismo que el Hijo, se abandona obediente a la voluntad del Padre.

Es con nuestra obediencia al Padre al estilo de María, esclava del Padre, como viviremos nuestro ser de hijos obedientes al Padre. María con su estilo, su obediencia, su entrega nos ha enseñado el modo de obrar de quienes se sienten hijos del Padre: obediencia amorosa y total al Padre.


EL ESPÍRITU DE FILIACIÓN


Al unirnos en la realidad de la filiación adoptiva, es necesario pensar en el ES, pues sin él es imposible la filiación adoptiva. Les invito, por tanto, a iniciar esta reflexión sobre el ES como Espíritu de filiación. El ES es inseparable del Padre, y del Hijo, pues los Tres son el único Dios. Y sólo por la acción del ES podemos captar, comprender y vivir nuestra filiación.

El Espíritu nos hace hijos




  1. Se pueden consultar sobre la Trinidad: Boff Leonardo, La Santísima Trinidad es la mejor comunidad, Paulinas, Madrid, 1990; Rovira Belloso, José M., Vivir en comunión; Secretariado Trinitario, Salamanca, 1993; Rovira Belloso J.M, El Dios cristiano, Secretariado Trinitario, Salamanca, 1992.