Pablo 20 siglos después - 06
Original en audio
Fecha: 20090129
Título: La conversion y la cultura
Original en audio: 37 min. 58 seg.
Muy bien, estamos con los límites de Occidente y uno de ellos, que es muy claro en las emisoras de Latinoamérica, es la conversión vista como superación de vicios. Los grupos protestantes, bueno, digamos sectas, en Latinoamérica utilizan mucho la radio, y también ahora más la televisión los movimientos de tipo evangélico.
Y en su difusión el dar testimonios, el contar las historias de conversiones, es muy importante. Las conversiones siguen un esquema bastante repetitivo: “yo era borracho”, o “yo era ladrón”, o “yo vivía en depresión”.
Las conversiones de hombres sobre todo son muy típicas, todos o borrachos o drogadictos o las dos cosas, o mujeriegos o personas que traen en su vida resentimientos, por ejemplo, por abuso sexual de la niñez.
Es decir que hay una serie de lacras sociales que se repiten mucho y que son como la fuente incesante de conversiones, especialmente para estos grupos. Esas lacras tienen que ver fundamentalmente con el juego, el alcohol, la droga, el sexo, y un poco algunas otras cosas, pero sobre todo esas.
Eso le puede hacer creer a uno que la fe cristiana es fundamentalmente un modo, es un recurso para salir de esos vicios, para salir de esas cadenas, y también puede dar la idea de que donde no existan esa clase de problemas la fe cristiana tampoco se necesita.
A esto es a lo que nos vamos a referir en este momento. Como la mentalidad occidental se concentra tanto en el sujeto frente al objeto, el Yo que tiene el control de su vida, el Yo que tiene el control de sus recursos, de su pensamiento, el Yo que es dueño de sí mismo y dispone de sí y hasta cierto punto vive para sí.
Ese Yo, así con una Y mayúscula, pues eso implica que la conversión finalmente corresponde a la experiencia de salir de ese Yo que encadena, salir de esa idolatría de ese Yo.
Muchos protestantes, -por lo menos en mi país-, describen la conversión como: “Tú te quitas del centro de tu vida, tú te quitas del trono en el que tú mismo te has puesto y le permites, le otorgas ese trono a Jesucristo; convertirse es darle el trono de tu vida, el centro de tu vida a Jesucristo, sales de ahí tú, para que sea Él el que reine en tu vida”. Ese es como el lenguaje común dentro de este estilo de conversión.
Pero resulta que hay una especie de paralelo entre el mensaje del pecado y el mensaje de la gracia. Juan Pablo II decía que estas dos nociones van en paralelo. Por ejemplo, si se pierde la noción del pecado, se pierde la noción de la gracia, y creo que esa es una intuición muy correcta.
En efecto, donde no aparece pecado, tampoco aparece la necesidad de la salvación, tampoco aparece el Salvador, tampoco aparece redención, tampoco aparece Iglesia, tampoco aparece nada.
Ayer comentabais algunos, sobre cómo, por ejemplo, aquí existe el tema de lo que es pecado y lo que es delito. Entonces, si la persona no siente que está cometiendo un delito, tampoco siente que está cometiendo un pecado.
Y si la persona no siente que está cometiendo un pecado, tampoco termina de ver cuál es el propósito de pasarse a otra religión, aceptar un determinado credo, ir a unas reuniones, que para él serán eso, unas reuniones, unos ritos como sería, por ejemplo, la Misa.
Es decir, estas dos nociones están unidas, la noción de pecado y la noción de gracia. Podemos decir que se relacionan como el hambre se relaciona con el alimento. Una persona sin hambre no entiende ni el gusto de comer ni la necesidad de comer.
Entonces, lo primero es crear el hambre, pero el hambre se crea sola. Entonces lo primero no es crear el hambre, lo primero es hacer descubrir el hambre.
En cierto sentido la evangelización tendría que ser eso: ayudarle a la persona a descubrir su hambre profunda, para que luego descubra, en Cristo, el Alimento que sacia esa hambre. Si no hay el descubrimiento del hambre, tampoco hay el descubrimiento del alimento.
Esto puede resultar un poco difícil cuando uno viene de Occidente, porque uno está acostumbrado a unos cuantos perfiles de “hambre”. Hay unos amigos que aprecio muchísimo, ello son un pequeño, bueno, no tan pequeño-, movimiento apostólico, que trabaja con inmigrantes en California, la mayor parte de ellos, por supuesto, mexicanos y centroamericanos.
Y estos amigos organizan lo que ellos llaman “cruzadas”, cruzadas de evangelización, muy al estilo carismático.
Reuniones normalmente de un fin de semana, con mucha predicación, con cantos, tienen también la celebración de la Eucaristía, tienen exposición del Santísimo Sacramento, y cada vez que pueden invitan también algunos sacerdotes para que ayuden con la confesión.
Osea, son como misiones populares que realizan, algunas de ellas muy numerosas, de miles de personas. Entonces en una cruzada típica de mis amigos de California, lo que el predicador va a decir a la gente ya se sabe desde el principio.
Lo que el predicador le va a decir a la gente es: “Tú no tienes que vivir encadenado a tu vicio, tú no tienes que vivir encadenado a tu licor que te está destruyendo, hay Uno que es capaz de liberarte si tú te entregas a Él”.
Ese es el esquema fundamental: “Si tú entregas tu corazón vicioso, si tú entregas tu cuerpo acostumbrado al pecado, si tú lo entregas a Jesucristo, tú experimentas el poder de Jesucristo en tu vida”.
Cuando ese mismo esquema se quiere aplicar en otras latitudes, en otras culturas, la cosa no es tan sencilla. Porque tal vez la persona no tiene esa misma experiencia de vicio, o tal vez no lo ve como vicio, o tal vez no termina de ver en dónde está lo malo de eso, o tal vez su vicio es otro; es decir, no es tan sencillo.
De manera que el propósito de esta lección o de esta charla es que caigamos en cuenta de ese elemento que podemos llamar cultural, que tiene una tremenda importancia a la hora de anunciar la gracia. Porque si no descubrimos a qué estamos respondiendo, seguramente no estamos respondiendo a nada.
La noción de pecado, en cuanto concepto, tiene historia y se encuentra anclada a circunstancias que dependen de las culturas y los tiempos. Es interesante ver que la narrativa de la gracia, lo mismo que la del pecado, nunca tiene una forma única.
Si yo voy de un lugar a otro, pues no puedo llevar el mismo cuento, no basta, no basta llevar el mismo cuento, ¿a qué estoy respondiendo?
Esto, pues por supuesto, conecta con otras cosas que hemos dicho antes. De lo que se trata entonces, es de percibir en dónde puede estar la necesidad, percibir, percibir dónde está esa hambre, ayudar a que esa hambre se esclarezca y ayudar a que la persona o las personas puedan dar ese paso.
No hay una narrativa única del pecado, no hay una narrativa única de la gracia. Ha de redescubrirse en las varias coordenadas en que el amor de Dios es rechazado. Porque hay muchas maneras, lamentablemente hay muchas maneras de rechazar el amor de Dios.
Entonces, de algún modo, lo que nos toca preguntarnos es: “¿Aquí cómo se está negando a Dios? ¿Aquí cómo se le da la espalda a Dios?”
Pueden salir cosas interesantes de esto. Para darnos cuenta cómo ha evolucionado este tema del pecado y de la gracia, qué mejor que ir a la Escritura. La vida de los Apóstoles en general era notoriamente sana.
Si pensamos en los vicios típicos de sexo, licor, droga, codicia, cosas de esas, podemos decir que la vida de los Apóstoles era notoriamente sana.
Y destaco esto porque entonces hay que preguntarse de qué se convirtieron ellos. Si ellos dejaron algo para encontrar a Cristo, si ellos mismos tuvieron una experiencia de la gracia de Cristo, ¿cuál fue esa experiencia?
Pablo habla de su formación estricta, ahí doy un par de citas de Hechos de los Apóstoles: 22,3 y 26,5. O sea, la conversión de San Pablo no fue una conversión moral. Dicho de otro modo, si San Pablo hubiera escuchado a mis amigos católicos de California, ese mensaje tal vez no le hubiera dicho nada.
Porque el mensaje de California es: “Mira tú que estas encadenado en tu droga y...”, y Pablo hubiera dicho: “No, yo de eso no conozco, ni eso ni el licor, ni el sexo, -seguramente-, eso no es".
La formación de él era una formación estricta, él dice: “Yo fui formado en la secta más estricta del judaísmo” Hechos de los Apóstoles 22,3.Hechos de los Apóstoles 26,5. Entonces, ¿en qué consistió la conversión de Pablo, si no fue una conversión moral?
Y Pedro, pues Pedro tampoco era un alcohólico. Pedro asegura en Hechos de los Apóstoles capitulo 11, asegura: “Nunca nada impuro ha entrado en mi boca” Hechos de los Apóstoles 11,8, dice él.
Entonces, quiere decir que Pedro, -aunque estaba en Galilea que no brillaba ciertamente por su observancia de la fe-, Pedro era un observante, Pedro observaba la ley judía, y no comía lo que estaba prohibido por la ley.
Entonces ¿qué fue lo que encontraron ellos? ¿Cuál sería el pecado de Pedro que fue sanado, que fue perdonado por Jesús? Sin embargo el mismo Pedro se reconoce pecador porque en ese pasaje donde Jesús se sube a la barca de Pedro y le dice: “Apártala un poco” San Lucas 5,3.
Y empieza a predicar y después del sermón, Jesús le dice que eche la red y viene la pesca milagrosa, cuando Pedro ve el milagro lo que hace es arrojarse a los pies de Jesús y decirle: “Apártate de mí porque soy un pecador” San Lucas 5,8.
Pero Pedro era un observante de la ley, no tenemos razón para pensar que él estuviera en las garras de algún vicio en particular. Tal vez tenía mal carácter, pero no parece que fuera lo que hubiera atraído la atención de un predicador de mis amigos de California.
¿Por qué dice Pedro eso? ¿A que se refería? ¿Qué podía estar en la cabeza de él cuando dice: “Apártate de mí que soy un pecador”? San Lucas 5,8.
Dice San Pablo en Primera Timoteo, del capítulo primero: “Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, aun habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor y agresor" 1 Timoteo 1,12-13.
"Sin embargo, se me mostró misericordia, porque lo hice por ignorancia en mi incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante, con la fe y el amor que se hallan en Cristo Jesús, palabra fiel y digna de ser aceptada por todos.
Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero" 1 Timoteo 13,16.
"Sin embargo por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia, como un ejemplo para los que habrían de creer en Él para vida eterna. Por tanto, al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos, amén.” 1 Timoteo 1,16.
También aquí él se declara pecador, se declara primero entre los pecadores, ¿qué podía ser el pecado? ¿qué había en la cabeza de Pablo cuando dice esto: "Yo era un pecador"?
Para nosotros, cuando pensamos en un pecador inmediatamente pensamos en el elenco típico de vicios nuestros, entonces de inmediato se piensa en un vicio, "bueno, este ha de ser por ahí un alcohólico", "este tendrá su problema sexual, ahí reprimido quizá, pero que lo tiene lo tiene". o "este será un vicioso, será un drogadicto".
¿Qué había en la cabeza de Pablo cuando el decía: "Soy un pecador"? ¿De que se acusa él? Él se acusa de haber sido un perseguidor, aunque obró por ignorancia, se acusa de haber sido un blasfemo; porque en aquello donde Dios nos había mostrado su misericordia, Pablo lo único que ve es ocasión de insultar a Dios, de decir que eso no era.
¿Cuál era el pecado de ellos? Este es un tema bien interesante. ¿Cuál podía ser la experiencia de la conversión de ellos? ¿Qué significaba para ellos? porque yo tengo la intuición que cuando nosotros salimos de nuestro círculo, nuestro círculo cultural más inmediato, que es Occidente en general.
Cuando nos asomamos a estas otras culturas, es muy posible que el descubrimiento del pecado para estas otras personas, sea más parecido a lo que vivieron los apóstoles como Pedro y como PAblo, que a otros estereotipos como lo que he dicho de mis amigos en California.
¿Cuáles podrían ser esos pecados? Pues es dificil decirlo, la palabra griega "anarquia", puede servir para decir pecado, pero es también como una especie de impureza, como una especie de suciedad, como un mugre, "El mugre que había caído a mi vida", "Mi vida era sucia, mi vida era mugrosa". Pero ¿Cuál es la experiencia que él tiene de eso? No sabemos.
Sin embargo, hay pistas que podemos tomar para tratar de descubrir esto. En los primeros dos capítulos de su carta a los Romanos, Pablo lo que hace es demostrar, o intenta demostrar, que tanto los judíos como los paganos, todos están privados de la gloria de Dios.
Y entonces hace un elenco de acusaciones del mundo pagano como enrostrándole los pecados típicos del mundo pagano. Y hace un elenco de acusaciones del mundo judío. Es decir, ahí nos está mostrando cuáles eran los pecados típicos del mundo pagano y del mundo judío.
En el mundo pagano lo que prima es la dureza de corazón, los excesos de la sensualidad, la idolatría, la falta de amor. Una de las palabras más fuertes de este capítulo primero de Romanos es "son "desamorados", carecen de amor, los padres para con los hijos, los hijos para con los padres".
Es decir, es como la dureza de alma y al mismo tiempo la prisión de la sensualidad. Eso es lo que él acusa en el mundo pagano, una dureza de corazón y toda esta sensualidad en sus diversas expresiones, sobre todo el libertinaje.
¿Qué es lo que él acusa en el mundo judío? En el mundo judío lo que acusa fundamentalmente es la hipocresía. "Dices que no se debe robar, pero tú robas", eso está ahí en Romanos. Es decir la hipocresía y la incoherencia, el predicar una cosa y vivir otra. En el fondo es lo mismo, la incoherencia termina volviéndose vida doble, termina volviéndose hipocresía.
Esto es como lo que nos describe Pablo, y es posible que él mismo haya sido víctima de eso. Es posible que aunque él haya recibido una formación tan estricta como dice, es posible que haya llevado una especie de doble vida. Es posible que él mismo haya experimentado algo parecido a lo que luego contaba Agustín.
Si uno mira el capítulo séptimo de la carta a los Romanos, ahí San Pablo dice en primera persona, pero claro que no es contando su historia, sino describiendo un drama mucho más universal, dice: "En los miembros de mi cuerpo veo una ley distinta de la ley de mi razón" Carta a los Romanos 7,23.
"Y entonces ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí" Carta a los Romanos 7,20.
Ese es el famoso texto, y termina diciendo: "¿Quién me librará de este cuerpo de pecado? Gracias a Dios soy libre por Cristo Jesús" Carta a los Romanos 7,24-25. Y así termina el capítulo séptimo de la Carta a los Romanos.
Entonces, finalmente lo que aparece ahí también es como una especie de incoherencia. Como el poder descubrir mediante la razón una ley, un deber ser, y tener que enfrentarse a la propia vida con la incapacidad de alcanzar ese ideal. Quizás eso es como lo más universal a lo que podemos llegar aquí.
Parece ser que la manera de ayudarle a una persona a descubrir su pecado es la siguiente: entrar en diálogo con ella, hasta que esa persona desde sí misma plantee lo que deberían ser las cosas, lo que debería ser su cultura, o su país, o su familia, y el mismo o ella misma.
Y luego, que la misma persona descubra la distancia que separa ese deber ser, del hecho concreto, de la vida que llevamos, de lo que praticamos. Ahí en ese ejercicio, parece que se logra el descubrimiento del pecado.
Entonces, en un cambio cultural, como por ejemplo salir de Occidente y venir a Orinete, lo más sutil no es empezar a acusar del pecado a las personas. Lo más sutil no es empezar por decir: "Mira que es que yo veo esto... y esto... y esto... en ti, o en tu pueblo, o en tu raza, o en tu religión".
Porque la acusación desde fuera produce endurecimiento, la persona inmediatamente...eso sí que lo vivo yo en Irlanda a cada rato. A veces es difícil predicar allá, me ha tocado, por supuesto, me encargan la Misa y todo, común y corriente, como los demás hermanos.
Y a veces es difícil predicar, o para los retiros o esto, porque mucha gente tiene como esa prevención, "bueno, este que viene de fuera qué nos va a decir, si tú no entiendes nada de la "Irishness", entonces, como tú no entiendes qué significa ser irlandés, como tú no conoces nuestra tradición, como tú no conocer nuestra cultura".
Estamos hablando de unas coordenadas que no son tan distantes. porque, por supuesto, Latinoamérica tiene mucha diferencia con Europa, sobre todo con Europa del Norte, pero tenemos demasiado en común, empezando por una misma religión. Y ya ahí la gente está eléctrica dispuesta a todo momento a decirte: "Cuidado que tú no eres de aquí, cuidado que tú no entiendes la "irishness", es que tú no estás en contexto".
Entonces, cualquier cosa que vaya a ser una acusación desde fuera, seguramente lo que produce es que la persona se aferre más a lo suyo y quiera defenderlo a toda costa.
Entonces, parece que la pedagogía, la verdadera pedagogía, no es el anuncio de los vicios, sobre todo el estereotipo de los vícios que son comunes entre nosotros. Porque quizás esos no son los vicios que ellos tienen, o quizás no son los que ellos puedan reconocer como vicios.
Por seguir con Irlanda, pues Irlanda tiene un problema serio de alcoholismo, eso se sabe, de toda la vida, pero es muy gracioso que es más serio mentir que emborracharse.
Entonces si tú un lunes por la mañana tenías que ir al trabajo y tú llamas y dices: "Mira, estoy con una resaca espantosa, no puedo ir al trabajo",-"No hay problema". Pero si tú llamas y tú dices: "Estoy enfremo", pues eso no te lo cree nadie.
Tú un lunes por la mañana no te enfremas, te puedes enfermar cualquier otro día, pero un lunes en la mañana no te enfermas, entonces, si tú dices que estás enfermo tienes que llevar certificado médico y mil cosas. Para una borrachera vale una llamada, -no es que te vayas a emborrachar todas las semanas-, pero se entiende el ejemplo. Pero para la enfermedad la cosa es más grave.
Lo cual significa que quizás no se ve tan grave. Muchas personas allá -yo me he dado cuenta de eso-, que tampoco será el gran descubrimiento. Pero me he dado cuenta de eso, que muchas personas ven casi el aspecto gracioso del borracho, y hay un sentimiento de conmiseración hacia el borracho.
Más o menos como el que ha pasado por una enfermedad trata con especial cariño a los que ahora están enfermos. Así también ellos, cuando una persona está borracha, muchas veces recibe un tratamiento, casi me atrevo a decir cariñoso, porque los demás conocen lo que es estar en esas circunstancias.
Ya entonces, cuando empiezan a matarse en los coches, porque conducen alcoholizados, ahí sí cambian, ya ahí cambia el chip. Pero si no hubiera lo de las muertes así por conducción, la gente no haría mucho problema de eso tampoco.
Si tu borrachera no produce violencia, si no produce muerte, si simplemente has pasado un rato bueno y luego tú mismo vas a tener que chuparte tu dolor de cabeza, pues problema tuyo. O sea, no se ve como el gran problema, no se ve como el gran pecado.
Lo que quiero decir con todo esto, es que el descubimiento del pecado y de la gracia sólo puede ser interior, y es un proceso que incluye el diálogo hasta llevar a la persona a definir un deber ser. LLegar a definir lo que podrían y deberían ser las cosas, para luego percibir que las cosas no son así. Parece que eso es lo que funciona.
Por lo menos, según lo que plantea Pablo en su carta a los Romanos y lo que podemos deducir de estos ejemplos de lo que era la vida moral de esta primera generación de cristianos. Según todo eso, parece que la mejor estrategia en esto del pecado, del vicio y tal, es empezar por ese diálogo hasta hacer descubrir a las personas, descubrir desde ellas mismas.
En ese sentido los llamados "diez mandamientos", pueden prestar un gran servicio, porque, pues una cosa es que uno caiga como desde arriba, en bloque ¡Puf! con los diez mandamientos "Y ahora esto es lo que tienes que cumplir".
Pero otra cosa es converitr esos diez mandamientos, sin necesariamente nombrarlos, o nombrándolos, convertirlos en ocasión de diálogo, por ejemplo: "¿tú como te sientes cuando alguien te miente?", porque mentirosos hay en todas las culturas. "¿Tú como te sientes cuando alguien te miente?" "¿Tú mientes también?".
Esa clase de diálogo, que en el fondo es lo de Jesús y la de la ley del Talión que es de lo más universal que tiene la humanidad, eso como que está en todas las religiones. Ley del Talión no, sino la regla de oro de la moral: "No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti". Yo disque "ley del talión".
Entonces, eso parece que funciona, parece que la pastoral tiene que pasar por ese capítulo, por el capítulo de entrar en diálogo con la persona. Ahí se va elaborando el concepto, lo que estamos comentando aquí es cómo se elabora el concepto del pecado desde cero.
Porque si uno llega desde fuera con un catálogo, eso no funciona, y lo que hace la gente es endurecerse en su cultura, endurecerse en su posición y "Tú el extranjero que no sabes ni siquiera hablar bien, tú quédate allá, déjanos a nosotros con lo que nosotros tenemos".
Parece que la estrategia va por ahí. Es decir, parece que tenemos que cambiar la serie usual de nuestras preguntas de examen de conciencia. Las preguntas fundamentales han de dirigirse a evaluar la calidad del amor que se da.
Puede ser interesante, yo de esto no sé, porque yo no he tenido ocasión de servir en una misión en estas circunstacionas. Pero bueno, puede ser interesante, ya lo comentareis en unos minutos.
Preguntas como estas: ¿Tú amarías a alguien que no puede retribuirtelo? ¿Por qué sí o por qué no? Puede ser interesante plantear esa pregunta.
Y luego decirle a la persona: "Sabes que de la historia de Jesús, a mí me llama la atención que Jesús amó a muchos que no le retribuyeron ese amor". "¿Tú qué opinas de eso?" "¿Tú amarías también al que no puede retribuirte?", "si no lo haces ¿qué opinas de lo que hizo Jesús?", "¿Por qué crees que Jesús hizo eso?".
Este es un modo de evangelizar que es fundamentalmente narrativo, que es fundamentalmente contar a Jesús y que fascilmente empata también con tu narración personal. Porque en el curso de un diálogo así, tú también puedes decir, que puede ser un diálogo con una persona o con un pequeño grupo de personas.
En un diálogo así tú fascilmente puedes decir: "Pues quiero contarte que de lo que a mí más me gusta de Jesucristo es que me amó sin que yo lo mereciera, yo creo que yo no me merecía el amor de Jesús, pero a mí me parece grande que Él no espera a que uno lo merezca para amarlo, y a mí me parece que por eso Él tiene muchísimo amor, yo creo que es la persona que yo he conocido que tiene más amor".
Ahí estamos evangelizando, estamos al mismo tiempo presentando un anuncio de gracia y estamos presentando una clarificación del pecado. Que se puede ramificar de mil modos, adaptándolo de mil modos, pero puede servir.
Lo que debe quedar -espero yo-, lo que debe quedar claro sobre todo, es que el catálogo no funciona y el catálogo desde fuera funciona menos. Porque a lo sumo será una cosa aprendida aquí en la cabeza, pero de ahí no pasa mucho más. Y se aprende como mirar una doctrina extranjera, foránea, extraña también.
Lo que necesitamos probablemente es esto, y aquí lo necesitamos ya no por ser Oriente o por ser Occidente, sino porque parece que así funciona el ser humano: en ese diálogo y en esa conversación.
Por ejemplo qué tal esta otra pregunta para un trabajo pastoral. Yo no sé si aquí funcione aquello de..., lo que en otras partes se llama convivencias, o se llaman retiros, depronto puede funcionar. Tener como una reunión, o debe haber alguna manera de reunirse con la gente.
Preguntas como estas "¿Qué aspecto del perdón que da Cristo te parece más importante en nuestro medio?" "Aquí en lo que tú conoces ¿Para qué sirve perdonar?" "¿Tú has tenido la experiencia de perdonar a alguien?" "¿Tú quién quisieras que te perdonara?".
Depronto preguntas como esas, pueden servir de puerta de entrada para anunciar los temas fundamentales sin imponer. Es muy importante y es tremendamente útil tener un catecismo, es muy bueno, tener un catecismo es muy útil. Pero llegar únicamente con el catecismo corre el riesgo de ser una cosa solamente aprendida.
Parece que se necesitan estos otros enfoques. Tengámos en cuenta que finalmente no es que Pedro dijera: "Soy un pecador", por una especie de falsa modestia o para que quedara bonito el texto, el Evangelio. Y cuando Pablo dice: "Soy el primero entre los pecadores", seguramente no estaba solamente diciendo una frase piadosa.
Es decir, ellos, no es que no tuvieran vicios, el concepto de vicio, es el pecado que se ha vuelto hábito. Pues según Santo Tomás es eso, el vicio es el mal hábito, es aquello que se ha vuelto como costumbre, como segunda naturaleza de obrar de un modo perverso, ese es el vicio.
Entonces no es que los apóstoles no tuvieran vicios, sino que no tenían el elenco acostumbrado de vicios nuestros. Los suyos no eran los vicios típicos de nuestra cultura, de nuestro medio. POr ejemplo Pedro, era un fanfarrón, Pedro era capáz de perjurio.
Entre los apóstoles estaban siempre discutiendo quién es el primero. Jesús critica eso mismo a las autoridades judías de su época. "Ustedes qué van a buscar la gloria de Dios si andan buscando gloria unos de otros". Ese no será tal vez un pecado muy occidental, por lo menos en esa versión, pero para ellos sí que lo era.
Entonces, el resumen es que la realidad del vicio es universal, pero para hacerla salir a luz se necesita una estrategia. Se necesita de una pedagogía que pasa muchas veces por el diálogo y por una que otra pregunta y por presentar la narrativa de Jesús, y por presentarse uno mismo unido a esa narrativa.
Decía santa Catalina de Siena, que es muy difícil para una persona soportar una denuncia en soledad, la denuncia de su pecado en soledad. Entonces decía: "Cuando te sea indispensable denunciar, o hacer ver el pecado de otra persona, tú procura ver de qué modo puedes tú también incluirte entre los pecadores". Le dice el Padre celestial, en la obra aquella, en el Diálogo.
Entonces algo parecido hay aquí, si nosotros entramos en este dialogo, tratando de hacer ver dentro de tú propio mundo, dentro de tú propia cultura y dentro de tú propia mente, cuál es el deber ser.
Y cómo funciona aquí la mentira, y cómo funciona la codicia, y cómo funciona aquello que nos muestra el catecismo, pero sin presentarlo desde fuera, sino así en ese diálogo. Y si a eso se le une la narrativa de Jesús y por qué yo admiro a Jesús. Y por qué me siento agradecido con Jesús, y entonces ya entra también la narrativa mia.
Es muy posible que eso, es muy posible que esa combinación ayude a que la persona desde sí misma descubra sus propios pecados que tal vez no son los mios.
Yo en los años que llevo de sacerdote nunca he escuchado una confesión que alguien diga: "Me acuso porque no he buscado con todas mis fuerzas la gloria de Dios, sino mi gloria propia".
La gente no confiesa eso, tal vez lo vive de otro modo, pero eso así no lo confiesa la gente. Por lo menos la gente que yo he conocido en estos diesicéis años y medio, no es así como se confiesa, pero sí tienen lo suyo.
Entonces el arte del predicador, sobre todo cuando quiere hacer puente con una cultura diferente, tal vez va por ese lado. Es posible que de ahí salgan aplicaciones pastorales que os sean útiles.
Pablo era orgulloso, tenía su propia forma de dureza, de agresividad y su corazón era seco y era altivo. Los defectos propios del fariseísmo.
En fin, lo importante en esto es que comprendamos que la realidad del pecado es múltiple y que comprendamos que salir de los clichés del pecado nos abre a lo inesperado de la gracia. Porque la gracia finalmente tendrá que ser siempre sorpresa, es ahí donde se convierte en regalo, es ahí donde mejor aparece su rostro de regalo.
En Occidente muchas veces hemos funcionado con el catálogo de pecados, eso le da un aspecto demasiado legalista, eso aplaza demasiado el descubrimiento de la buena noticia, como buena noticia.
Es muy posible que si tomamos un enfoque así un poco más dialogal y un enfoque en el que nosotros mismos, no tanto adoctrinamos a la otra persona, sino avanzamos con ella hacia Jesús, quizás eso pueda dar su fruto.
No es tampoco una receta, pero puede ser útil.