Pablo 20 siglos después - 03
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Fecha: 20090126
Título: La Cruz es el proposito de la evangelizacion. El evangelizador es uno que esta rendido ante la Cruz
Original en audio: 46 min. 56 seg.
Bueno, Mis Hermanos y Hermanas:
La Cruz sigue siendo escándalo. A ver, aquí un texto de motivación que nos ofrece Bruno Forte: "Ante todo, en la Cruz se ofrece el Hijo de Dios. Como decían los Concilios de la Iglesia antigua, "Unus de Trinitate, passus est", "Uno de la Trinidad ha padecido", "Deus crucifixus", "Dios crucificado", afiramaba Agustín.
"¿Qué significan estas fórmulas paradójicas? ¿Qué quiere decir que en la Cruz la muerte toca al Hijo de Dios? Es Pablo quien lo lo explicará en la Carta a los Gálatas: "El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí" Carta a los Gálatas 2,20.
"La Cruz es la revelación del amor por el cual el Hijo se ha entregado a la muerte por nosotros. El paso del Hijo de Dios entre los hombres no ha sido un paseo, un juego divertido. Se ha convertido en compañero de nuestro dolor, ha compartido nuestra fatiga de vivir, nuestros cansancios, ha llorado el llanto del amor".
"La Cruz es la historia del Hijo eterno, que sufriendo, nos ha revelado su infinito amor. Es desde la Cruz que el Hijo pronuncia la palabra empleada por los místicos: "No te he amado en broma".
"Si los hombres pensasen verdaderamente en estas palabras: "Los amó hasta el final" San Juan 13,1, cuántas resistencias y miedos caerían frente al amor que se ha hecho humilde, crucificado, abandonado en el infinito dolor de la Cruz".
Una vez que hemos caído en cuenta de aquello que comentamos en la reunión pasada sobre la literatura de Israel y su característica más sobresaliente: que no ensalza al mismo Israel, vemos que hay una profunda continuidad entre el Antiguo Testamento y el mensaje de la Cruz.
El Dios crucificado, Cristo, que padece en la Cruz, es un mensaje paradójico, como es paradójico un mensajero que no anuncia su propio grandeza, ni la grandeza de su pueblo, sino lo que cuenta es sus propias llagas.
Dicho de otra manera, así como el Antiguo Testamento finalmente nos pone frente a las llagas de Israel, la Cruz nos pone frente a las Llagas del Hijo de Dios. Es decir que la estructura misma de la Biblia se repite en la Cruz, o la Cruz resume la estructura de revelación que tiene la Escritura entera.
Se trata de una paradoja. La Pasión de Cristo cuenta una historia sin atractivos, según ese Cántico del Siervo, que la tenemos siempre en Semana Santa: Isaias del 52,13 al 53,12. Se trata de una historia sin atractivo, como sin lógica, como sin propósito.
Si uno no ha pasado por el choque de ver algo así, si uno no se siente golpeado por ese misterio, como aturdido, como sin palabras, frente al misterio de la Cruz, tampoco puede anunciarlo.
La perplejidad es un requisito; el buen evangelizador no es el que tiene, como Descartes, las ideas claras y distintas; la gran evangelización no es la evangelización en la perfecta claridad; no es la evangelización de las respuestas, sino la evangelización de las preguntas.
La gran evangelización no es presentarnos a nosotros mismos o presentar a la Iglesia como una caja que tiene las soluciones, sino más bien, como esto que dijo Bruno Forte y que en otra expresión lo dijo tambien Juan Pablo II: "Cristo, compañero de nuestro dolor, el que ha compartido nuestra fatiga de vivir, nuestro cansancio, el que ha llorado el llanto del amor".
Este es el mensaje finalmente del Evangelio. Y aquí yo creo que es importante recordar un par de cosas. Primera: lo que nos cuenta San Basilio Magno sobre la obra del Espíritu, cuando compara el Espiritu con la lluvia, -ya desarrollo un poco más esa idea-. Y en segundo lugar: la singularidad que tiene cada narración.
A ver, Basilio Magno, cuando habla de la obra del Espíritu en su libro que es así sobre el Espiritu, dice que el Espíritu Santo es como la lluvia que cae en el jardín, y que siendo una misma agua, hace distinta cada planta, distinta todas las plantas.
Entonces, la evangelización no es la repetición, no es la la clonación; evangelización no es clonación; la evangelización es el despuntar de una obra única que había quedado aplazada y que había quedado desfigurada.
Evangelizar no es repetirme yo en la otra persona; evangelizar no es repetir en mi oyente el modelo que a mí me interesa, o a cultura que yo conozco, o el mundo del que yo vengo. Evangelizar es como la lluvia: hacer brotar la riqueza inédita que está en esa persona con la que me encuentro, la persona que en ese momento me escucha.
Entonces, en ese sentido, la evangelización por definición carece de receta, carece de fórmula. El evangelizador tiene que tener una santa inseguridad, porque sabe que en cada persona nueva se está enfrentando con un desafío nuevo: "Yo jamás me había encontrado con este oyente, este, este en particular, con este no me había encontrado; con esta cultura, con este pueblo, con esto no me había encontrado".
El evangelizador experto, el que se considera experto a sí mismo, corre el riesgo de desfigurar el Evangelio al convertirlo en la expansión de un determinado modelo, un modelo cultural o un modelo intelectual.
La verdadera experiencia, o el ser verdadero experto, o como dicen el ingés, "expertise"; la verdadera "expertise" de evangelizador está precisamente en detectar: "Cada oyente, cada cultura, cada familia, cada grupo es inédito. Lo que Dios quiere hacer en esta persona es distinto". Entonces no existe una receta.
El evangelizador, de alguna manera, tiene que sentirse doblemente perplejo o triplemente perplejo, en el sentido de desbordado por el misterio del amor de Cristo; luego, perplejo por la consciencia de sus propias limitaciones; y luego, perplejo, por tercera vez, ante el inédito misterio de la persona a la que está sirviendo la Palabra.
Desde esa triple perplejidad, es posible anunciar la riqueza del Evangelio, la riqueza de la Buena Noticia.
Por su puesto, esto significa que el Evangelio es apertura a una acción del Espíritu, como nos dice San Basilio; y por eso, la narración que nosotros ofrecemos es la narración, no de nosotros mismos, sino como la traducción del misterio que nosotros hemos recibido, puesto en el lenguaje de la otra persona.
Como quien dice, no vale tomar yo mi historia, y escribirla, y fotocopiárosla, y decir: "Bueno, ahora ya con esto, todos se convierten". Esto no vale. Tampoco vale tomar la historia de Cristo y fotocopiarla y repartirla. En esto hay que hacer un proceso de traducción. Evangelizar es como traducir, traducir perpetuamente la Buena Noticia.
Traducirla ¿a qué lenguaje? Pues no solamente la vietnamita, o al coreano, o al cantonés; es traducirla al lenguaje, a las coordenadas de la vida de la persona que me está oyendo: "Esto, que es Buena Noticia para mí, ¿como se vuelve Buena Noticia en el caso de este hombre, de esta mujer, de este enfermo, de este niño, de este preso, de este enfermo terminal?" En fin. La evangelización, la misión es una perpetua traducción.
El padre Congar, siempre tan brillante y tan original, tenía una expresión muy buena, refiriéndose a la evangelización, que creo nos viene bien a los misioneros. Él decía: "Qué quiere decir eso de llevar el Evangelio a todas las naciones, sólo lo sabremos cuando lo hayamos hecho".
La riqueza de la Palabra sólo aparece en el acto de comunicarla, sólo ahí, en el esfuerzo de hacernos la pregunta: "¿Cuál es la Buena Noticia para este hombre que tengo yo al frente, para esta jovencita que me acabo de encontrar, para este enfermo, para este anciano". Sólo en la perpetua pregunta de cuál es la Buena Noticia para él, ahí sucede el Evangelio.
No es algo entonces que nosotros tengamos. Alguno comparaba al Evangelio con el viento; uno no puede encerrar al viento en una bolsa y decir: " Bueno, aquí ya lo tengo". El Evangelio sólo acontece, el Evangelio sólo existe aconteciendo, sólo existe en movimiento, sólo existe cuado sucede.
Y bueno, ¿qué tiene que ver eso con el mensaje de la Cruz? Pues que el mensaje de la Cruz, finalmente, es la conmiseración de Dios; el mensaje de la Cruz es como el infinito de Dios que yo sí puedo palpar, el infinito de Dios que sí puedo tocar, porque es que los otros infinitos de Dios sólo sirven para asustarme.
Como dice Tomás de Kempis en su Imitación de Cristo, cuando los israelitas estaban ahí al pie del monte, se asustaron del tronar de Dios. Y entonces le decían a Moisés: "Que no nos hable Dios; hablanos tú" Exodo 20,18.
Y entonces dice Kempis: "Pero ahora yo quiero hacer lo contrario: que no me hable Moisés, ni que me hable David, sino hablame tú, Señor", dice ahí en la Imitación de Cristo.
Pues algo parecido es aquí, es decir, nosotros en el encuentro con la miseria de Cristo, pues lo que estamos, finalmente, es encontrándonos con el espejo más profundo de lo que nosotros mismos somos. Es la desnudez de Cristo que me desnuda a mí, y es el infinito, el único infinito que yo puedo palpar, que yo puedo tocar.
Los otros infinitos de Dios me asustan: que Él es omnipotente, pues yo no lo soy; que Él lo sabe todo, yo no lo sé; que Él es todo pureza, yo no lo soy; que Él es el infinitamente santo, pues yo lejos de eso.
El único infinito en el cual yo puedo abrazarme con Dios, y el único infinito en el que todos nos podemos abrazar es en ese infinito de la necesidad, de la carencia, del despojo, que todos experimentamos de una manera o de otra, alguna vez por enfermedad, alguna vez por soledad, alguna vez por la muerte misma. Finalmente, la muerte, pues, nos iguala, nos iguala a todos, y nos iguala con el Hijo de Dios.
Entonces, la muerte de Cristo se convierte así en un singular que es universal; es concreto y es único, pero a la vez es universal, y a la vez es total. Y la evangelización entonces se convierte en la traducción perpetua de ese singular universal, a las singularidades de las vidas de los demás.
Eso es evangelizar. Es poner en contacto cada historia singular con la historia de Cristo, pero eso de un modo dinámico. Y dinámico quiere decir, que pasa por el acto del preguntarse uno, y de rezar uno, y de buscar uno: "Aquí esto cómo se puede hacer, en esta esta cultura cómo funciona, en esta vida cómo es".
En ese sentido, pues, las palabras generales, las palabras así demasiado globales y los conceptos teológicos demasiado globales a veces no nos ayudan, incluido el término pecado, de lo que hablábamos al final de la otra sesión.
Si yo llego a una determinada vida, a la historia de una persona, y le digo: "Bueno, vengo a salvarte de tu pecado", o, "vengo a que Cristo te salve de tu pecado", quizá la otra persona no le entiende o no le interesa.
Y no es que no tenga pecado, por su puesto que lo tiene, pero me toca a mí el esfuerzo, la traducción dinámica que me ayuda a descubrir qué significa para esta persona, en la vida de esta persona, qué significa encontrar la realidad del pecado.
Sólo cuando esa persona logra ese descubrimiento, cuando descubre esa necesidad desde sí misma, entonces es Buena Noticia, para él o para ella, que hay un Dios en el cual todos nos hermanamos y en el cual todos abrazamos el mismo infinito, el infinito del amor. Es bien complicado y no hay recetas para eso.
Por volver a la imagen de San Basilio, es lo mismo que pasa en un jardín. Yo, por ejemplo, pues obviamente no conozco este jardín. Supongamos que alguien se acerqua y me dice: "Mira, esta flor, -que se llama no se qué-, es de este jardín", -que sé yo, una magnolia, por decir algo-;mira, esta magnolia es de este jardín".
Sabiendo yo que esta magnolia es de este jardín, yo no puedo predecir qué otras flores hay ahí; yo no puedo anticipar qué otras riquezas, qué otras bellezas hay ahí.
Entonces volvemos a lo mismo: el Evangelio no es la clonación de un mismo modelo, no es la fotocopia de un modelo. El hecho de que yo me encontré con una persona, y esa persona se convirtió a Cristo porque Cristo lo rescató del alcoholismo, no quiere decir que al próximo que me encuentre, le diga: "Oye, Cristo te puede salvar del alcoholismo", porque resulta que ése, de pronto, es un abstemio de toda la vida.
Es un ejemplo tonto ése, pero muestra cómo no nos podemos escapar de esa traducción dinámica, no nos podemos escapar de esa búsqueda de aplicación del único misterio de amor a todas las vidas que tenemos cerca.
San Pablo nos dice en su Primera Carta a los Corintios: "Estuve entre vosotros con debilidad, con temor y mucho temblor" 1 Corintios 2,3.
Esto creo que suena un poco más razonable después de lo que hemos hablado de la triple perplejidad: me deja atónico de que Dios me haya amado tanto, esa es una perplejidad; me deja atónito que yo sea lo que soy con las limitaciones, con las vergüenzas, con las incoherencias que tengo; y me deja atónito que me asomo al misterio, al infinito, al abismo de otra persona que nunca terminaré de conocer.
La triple perplejidad, esa triple perplejidad se convierte en un respeto infinito hacia la otra persona, hacia su ser, hacia su cultura, hacia su todo.
San Pablo describe su propia sensación: "Estuve entre vosotros con debilidad, con temor y mucho temblor" 1 Corintios 2,3.
También en la Carta a los Gálatas dice que cuando estuvo evangelizando ahí estaba muy enfermo, pero falta ver si esa enfermedad era enfermedad física, porque sabemos que tanto en griego como en latin "infirmus" no solamente es el que está o tiene una infección, qué sé yo, una diarrea, lo que sea, sino también es esa percepción de no tener sustento, de estar sin firmeza, "infirmus".
Y dice en Primera Corintios: "Ni mi mensaje, ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría" 1 Corintios 2,4. Las palabras persuasivas de sabiduría, pues, se refieren, por su puesto, a las escuelas filosóficas, que eran muy comunes en aquella época, en las cuales ya el discurso está armado.
Todo profesor de filosofía que se respete o el profesor en general, tiene su discurso armado, y hace su introducción, y luego, capítulo primero, capítulo segundo, capítulo tercero, y va una cosa detrás de la otra, todo tiene una coherencia, y tiene...
Pues no, yo no tengo la persuasiva sabiduría. Cuando me encuentro con el hermano, no sé por dónde tengo que llegar, no sé si lo que más importa en la vida de este hermano es la soledad que siente, o el anhelo de perfeccción estética, o la urgencia de armonía interior, o el hambre que está padeciendo, o una pregenta que le atenaza desde hace no sé cuánto tiempo, o un pecado que le avergüenza, que nunca lo ha dicho.
O sea, Yo sólo puedo acercarme a mi hermano o mi hermana, así, con temor, con temblor, sin agenda, sin mayor agenda; mi agenda es amar, mi agenda es saber que hay un Dios que nos ha amado por encima de todo, y por su puesto, a medida que va uno avanzando, de pronto tiene algún recurso adicional.
Pero uno llega siempre como Pablo: con debilidad, con temor: "aqui qué se hace, aquí por dónde se llega, qué es lo más importante, qué es lo primero que debe decirse aquí".
Pablo describe su labor asi: "Ni mi mensaje, ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios" 1 Corintios 2,4-5.
Y ahí dejo yo abierta esa pregunta, que luego de pronto la conversamos al terminar estas palabras: ¿qué quiere decir eso? Porque es que uno pasa por encima, yo no sé vosotros, pero yo he pasado por este texto no sé cuántas veces, ¡y no termino de saber qué era lo que quería decir!
Dice que fue con demostración del Espíritu y de poder, y que no fue con sabiduría humana, esto es, tal vez, el capítulo dos, me parece, de Primera Corintios.
Entonces, eso finalmente ¿qué quiere decir? ¿Qué es demostración del Espíritu? Si nos guiamos por Hechos de los Apóstoles, capitulo diez, ellos hablaban de demostración del Espíritu cuando sucedían las cosas inauditas, como lo de Pablo en la casa de Cornelio, que estaba predicando y de pronto la gente, pues, empezó interrumpió el discurso, y empezó a bendecir, y alabar, y a hablar en lenguas, y no sé cuántas cosas más.
Eso fue como una caída del Espíritu, así hablaban: "Cayó" el Espiritu sobre ellos. Pues yo no sé si Pablo aquí se refiere a lo mismo, pero quizás ese nombre, esa expresión, "demostración del Espíritu y de poder" 1 Corintios 2,4, es de otra cosa, no lo sabemos.
Pues San Basilio la única pista que nos da es que el agua hace obras distintas, siendo una misma agua, hace obras distintas en distintas plantas.
Pero bueno, a mí esa frase me llama la atención. Por un lado, esa triple perplejidad; y por otro lado, que, cuando Pablo va a describir positivamente lo que hizo, lo que dice es: "Fue con demostración del Espíritu y de poder" 1 Corintios 2,4. Y yo me quedo un poco sin saber qué es eso finalmente.
Parece que es como una experiencia, como una especie de experiencia de amor que sólo se puede conectar con Dios; una experiencia de alegría que sólo se puede conectar con el Señor, y una experiencia de liberación, una experiencia, un algo ahí. Pero repito, me queda un poco sin saber de qué se trata.
Yo creo que con estos antecedentes podemos empezar a recuperar una palabra que en una época, por lo menos en el Capítulo General de Bogotá, allá donde nos vimos, a mí me parece que no recibió demasiada buena prensa, la palabra "conversión", es una palabra que hoy, a ver, no sé cómo está.
Dice aquí: "La Cruz se levanta en el centro mismo de nuestra profesión de fe". ¿Es mal síntoma, entonces que pocas veces sea el tema central del diálogo que conduce a la conversión? O sea, aquí de nuevo es una pregunta que queda un poco abierta para el diálogo posterior.
O sea: ¿qué lugar ocupa la Cruz en el proceso de la evangelización, sobre todo a los no cristianos? Cuando nosotros "vendemos" el mensaje, ¿qué papel cumple la Cruz ahí? ¿Qué lugar ocupa la Cruz ahí? Pero luego, comenta, "es peor síntoma que la palabra misma "conversión" haya adquirido una especie de mala fama como si cambiar a una persona fuera necesariamente irrespetarla.
Como dominico, a mí esto me preocupa. Está muy bien que se hable y que se insiste en la necesidad de respetar, respetar a las personas, respetar a las culturas, pero es que me parece que nos hemos ido al otro extremo, nos hemos ido al extremo de que evangelizar es más o menos no cambiar a nadie; evangelizar es más o menos respetar, y respetar, y respetar a todos, porque cuidado los cambia, porque si los cambia los irrespeta. O sea:" "Ya irrespetaste su cultura, le irrespetaste su idiosincracia, ya les quitaste...."
Y la razón por la que menciono el Capítulo de Bogotá, -yo no fui capitular en Bogotá, yo estaba ayudando en la parte de traducciones, pero Dominico soy de todas maneras-, es porque, si recordáis ahí en esas actas de ese capitulo del 2007, cuando se habla de Santo Domingo y el hospedero, -que será la última charla que tendremos-; cuando se habla de Santo Domingo y el hospedero, más o menos lo que se presenta es como el encuentro de dos mundos.
Y la descripción que se hace es que Santo Domingo enriqueció al hospedero, el hospedero enriqueció a Santo Domingo, como quien dice, ¿no? Eso fue como un encuentro: "Yo aprendo de tu experiencia, tú aprendes de mi experiencia; yo recibo lo que tú tienes, tú recibes lo que yo tengo", y no cabe duda que es así, no cabe duda que siempre, al encontrarnos con otras personas y con otras culturas, recibimos mucho.
Pero mi temor es que por exceso de ese lenguaje políticamente correcto no nos atrevemos a utilizar la palabra "conversión", por supuesto que el único que convierte es el Espíritu. San Pablo dice que él evangelizó "con el Espíritu y con poder" 1 Corintios 2,4, ¿pero dónde queda la palabra conversión hoy? ¿Hoy la gente se convierte, o no se convierte, o qué pasa?
El esposo de una señora colombiana que se fue a vivir a Irlanda, él es alemán luterano, y ella colombiana y católica. Y, bueno, esta mujer parece que resultó ser una buena evangelizadora, porque el esposo pidió ingreso a la Iglesia Católica.
Y entonces le pregunto yo al párroco de mi parroquia allá en Dublín: "Qué se hace en esos casos? Tenemos aquí a un protestante que pide ingreso en la Iglesia Católica", y le pregunto como qué pasos habría, o cómo se haría la recepción, la acogida en la Iglesia, y me dice él: "Pues no lo sé, porque en los años que yo llevo de sacerdote jamás ha pasado eso".
Es decir, -y este era un hombre que tenia veinte, treinta años de sacerdote, o no sé cuántos-. Se han acostumbrado a respetarse tanto, que está bien que se respeten, ¿no?
En la República de Irlanda, -no hablo de Irlanda del Norte sino en la República de Irlanda-, se han acostumbrado a respetarse tanto, protestantes y católicos, que se convierte en totalmente inusitado, absolutamente inesperado que un protestante se vuelva católico o que un católico se vuelva protestante.
Entonces no sabía cómo abordar la cosa, me remitió finalmente a la diócesis, a ver allá qué se podía hacer. Finalmente esta familia tuvo que irse para Alemania y, bueno, en Alemania él completó su proceso, y felizmente, digo yo, está en la Iglesia Católica.
Pero bueno, el hecho es que mucha gente hoy teme utilizar ese lenguaje de conversión, y más o menos lo que se alude siempre es que: "Cuando fueron los misioneros españoles allá aplastaron, destruyeron, arrasaron con las culturas precolombinas.
Y por consiguiente, la evangelización ya no puede ser eso, la evangelización, yo no sé, realmente no entiendo, sé que este tema es polémico, y por eso, repito, lo vamos a comentar, según queráis, un poco después.
Pero yo me quedo un poco perplejo cuando veo que hay una cantidad de gente que quiere simplemente quitar, o la palabra o la realidad de la conversión. Porque convertir es irrespetar; no, no, no, tú lo que tienes es que, a ver, si la otra persona...
Más o menos la cosa como se plantea es: "Si el otro llega a la puerta de tu casa y te dice:" -Oye, que si puedo ser católico", bueno, ya ahí tú tienes un derecho a hacer algo; pero aparte de eso, prácticamente nada.
Y esto viene de tiempo atrás, porque en su Encíclica "Redemptoris Missio", ya Juan Pablo II habla de ese problema, habla de esa mentalidad que se va entrando, según la cual la misión activa, el anuncio activo de Jesús, la presentacion activa del Evangelio es vista con malos ojos, es vista como si fuera una imposición, como si fuera un aplastamiento cultural, un arrasar culturalmente al otro.
Entonces yo creo que es un tema interesante de reflexión. A mí me parece, -por dar mi propia opinión en este momento-, luego comentaremos, a mí me parece que desde las coordenadas que hemos venido planteando, no hay nada que temer, no hay nada que temer.
Es decir, yo claramente opto por un lenguaje que hable abiertamente de conversión, pero no es la conversión por imposición, no es la conversión por la fuerza ni por la conveniencia, es la conversión por la oferta perpetua, generosa, coherente del mismo amor que lo ha alcanzado a uno.
San Pablo dice en su Carta a los Filipenses: "Cristo me alcanzó a mí como en una carrera" Carta a los Filipenses 3,12. Él estaba persiguiendo a Cristo, pero fue Cristo quien lo alcanzo a él.
Entonces si a mí me ha alcanzado Cristo, pues yo siento también la alegría, y siento la necesidad, siento la urgencia de que ese Cristo, que es la mejor noticia de mi vida, llegue a otro. Esa es la misión.
Y por lo tanto, la evangelización es la oferta perpetua de ese amor, de esa oferta perpetua, de esa buena noticia, lo que ha sido buena noticia para mí. Eso es lo que te estoy presentando, porque creo, en buena fe creo, que es una buena noticia para ti.
En todo caso, pues, a ver qué podemos comentar de todo esto. Son dos temas que para mí son importantes: el lugar que ocupa la Cruz en el mensaje nuestro, real de evangelización. Nosotros cuando "vendemos", el mensaje, ¿qué tanto de la Cruz de Cristo aparece ahí? Una precuenta para diálogo; y lo segundo, ¿cómo está esto de la palabra conversión? Si estamos todavía en ese tono menor, en ese tono acomplejado, de "yo no me meto con esa otra vida, porque eso sería como irrespetar; cada quien sabrá".
Yo, personalmente, no puedo compartir eso; yo creo que si hay un fuego en este edificio y nos estamos a punto de achicharrar todos, y yo sé dónde esta la salida de emergencia, pues yo no puedo decir: "Bueno, cada quien optará, el que quiera achicharrarse que se achicharre"; no, la acción casi que es por la fuerza, y literalmente, por la fuerza, a ver cómo se salva a la gente.
Entonces yo pienso que a veces nos amenaza una cierta tibieza, que luego se reviste de un lenguaje elegante y muy urbano y muy culto, pero finalmente es una tibieza, es una experiencia muy baja, muy tibia del amor, y porque es pobre el amor que experimentamos, pues pobre el amor con el que ofrecemos el mensaje.
Pero seguramente que si estuviéramos ardiendo, ardiendo de amor y sintiéramos que, como dice aquí Bruno Forte, que "Dios no nos ha amado en broma"; yo creo que si nos sentimos alcanzados y ya en llamas de este Cristo que nos ha amado así, pues seguramente que también sentimos la urgencia de ofrecer.
Sigue siendo oferta, pero una oferta que nace desde esa urgencia, ¿no? Decía San Pablo, y ese mensaje lo citan en todos los encuentros misioneros: "Cáritas Christus urget nos", "la caridad de Cristo nos apremia, al ver que si uno murió por todos, todos murieron en Él" 14|2 Corintios 5,14, etc.
Entonces yo creo que uno tiene que preguntarse es eso, sea que esté en Taiwán, o en Macao, Irlanda, o en Colombia, uno tiene que preguntarse si se siente apremiado por el amor, si uno se siente amado en serio, si uno siente y puede decir, como Ángela de Foligno: "A mí Dios no me amó en broma; a mí Dios me amó hasta el extremo".
Yo creo que cuando estas afirmaciones se pronuncian así enteras, con todas las letras, uno siente que lo único consecuente es anunciarlas, es presentarlas.
Según eso, la Cruz tiene un lugar irreemplazable, porque la Cruz es el lugar de la revelación perfecta del amor.
Un último punto en esta sesión sobre la Cruz. Evangelizar con y desde la Cruz. Observémos una cosa, dice este teológo, Forte Bruno, dice en su texto que: "Cristo se ha hecho compañero de nuestro dolor", dice: "Ha llorado el llanto del amor".
Es decir, la evangelización de la Cruz no es un discurso elocuente sobre la Cruz, no es tomar una serie de sermones bonitos sobre la Cruz, y entonces: "Ahora voy es a fotocopiar esos sermones; ya no es mi testimonio, ni mi historia, sino una serie de sermones bonitos o palabras bonitas sobre la Cruz.
Cristo es palabra desde su carne doliente; la carne doliente de Cristo es su palabra, y decía Santa Catalina de Siena que, "sus llagas eran los capitulos del libro del amor". Entonces tiene que verse esa carne, tiene que verse esa carne en su despojo, en su padecimiento, en su sufrimiento.
El evangelizador es uno que está rendido ante la Cruz, uno que se ha sometido a la Cruz, uno que ha sido conquistado por ese misterio, uno que está perpetuamente fascinado por ese misterio; una fascinación que no termina.
Esto es muy interesante en la manera como lo plasmó, por ejemplo, el Beato Angélico, en los retratos de Santo Domingo. Esa mirada intensísima, intensísima de Santo Domingo, que pareciera como querer beberse todo el cáliz de la Sangre del Señor con sólo mirarlo; esa mirada intensísima, reconcentrada.
El evangelizador es un que está fascinado, uno que está perpetuamente fascinado por el misterio de la Cruz, que todos los días pareciera estar aprendiendo algo de lo que brota de ese misterio, y estar rendido a Él.
Es muy curioso en el diálgo, por ejemplo, con los musulmanes, que para ellos esta virtud del rendirse ante la divinidad, el abajarse, el de rendirse, por así decirlo, bueno así lo expresan los sufíes de hecho, el derretirse delante de Dios, para ellos es la señal de la verdadera religión.
Pues, como seguramente sabemos, musulmán lo que quiere decir es eso, el que se ha rendido, el que se ha sometido, el que ha sido conquistado, el que ha sido avasallado, el que voluntariamente se somete a otro. Eso es lo que significa la palabra musulmán, el que se ha sometido.
En ese sentido, pues un verdadero cristiano tiene que ser un verdadero musulmán; un verdadero cristiano..., -para el encuentro con el Islam esto es clave-, porque a ellos les aterra, a algunos de ellos, en todo caso, porque tampoco vamos a decir que todos son igualmente creyentes de su propia religión; pero algunos y muchos toman su religión en serio, y les aterra eso de que nosotros tratemos a Dios como sin rendirnos a Él.
Recuerda que la primera idea que dijimos es: el mensaje de Israel se convierte en una proclamación de la gloria de Dios: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria" Salmo 115,1.
Si la evangelización es proclamación de la gloria de Dios, si esa es la evangelización, entonces el evangelizador es uno que está como aplastado por esa gloria.
Yo hebreo no sé mucho, casi nada, pero yo entiendo que gloria en hebreo se dice kabod, y kabod lo que quiere decir, a lo que alude kabod es a algo pesado, algo que se impone; en español tenemos esa misma expresión cuando decimos: "Bueno, es que es imponente".
¿Qué es algo imponente? Imponente es que se impone, que lo aplasta a uno, "mira, es que vas allá y eso es imponente", imponente, aplasta. Entonces, para la mentalidad del Antiguo Testamento, la gloria de Dios es imponente, es algo que se impone sobre ti.
Como Moisés que cae delante del Dios que se le revela, como el vidente del Apocalipsis que se postra ante el Ángel que le ha dado las revelaciones, tanto, que el Ángel le dice: "No, no levántate que yo soy otra creatura; a Dios es a quíen tienes que adorar". Apocalipsis 22,9.
Entonces la gloria es algo que se impone, y el evangelizador es uno que está "overload", uno que está aplastado, uno que está sobrecogido, que está fascinado, fascinado por ese misterio.
Por supuesto, pues esto no es sino describir el carisma dominicano. Estar aplastado por el misterio, es contemplari; y luego, transmitir ese misterio, contarlo a otros, será aliis trádere contemplata. Exactamente lo mismo, la misma idea. Osea, volvemos siempre a nuestros temas, ¿no?
Entonces, el contemplari ¿qué es? El contemplari es el dejarse avasallar o el sentirse, mejor, avasallado por la gloria del Dios altisimo; el sentir la triple perplejidad: quién es Dios, quién soy yo y quién es mi hermano.
Esas son las tres perplejidades: sentirse avasallado por ellos, sentir que eso se le impone a uno, se le impone como que lo aplasta a uno. Ese es el evangelizador, el que tiene esa experiencia, el que la vive, el que de alguna manera la transmite.
Y transmitirla entonces, ¿qué es? Pues no es anunciarse a sí mismo, no es anunciar tampoco la propia cultura, ni el propio estilo, ni la propia teología siquiera; anunciar es: " Ven, júntate aquí, y miremos esto; júntate aquí, y bebamos de esta fuente; juntate aquí, y comamos de este banquete".
Evangelizar es llamar hacia la Cruz a otros, para que también ellos se rindan ante ese mismo amor. Esa es la evangelización. La evangelizacion es crear verdaderos musulmanes. Esa es la verdadera evangelización.
Cuando entremos en diálogo con el Islam, bueno, ya hay mucho diálogo interreligioso, pero el diálogo va por ahí, los tiros van por ahí, por descubrir juntos la gloria de Dios, y desde ese descubrimiento nosotros percibimos algo, que hasta tanto llega el amor de ese Dios infinito, que nos ha dado ha su propio Hijo, etc, etc.
Ahí ya empezamos a partir cobijas con los musulmanes. Pero en el descubrimiento de la gloria del Infinito y Único, ahí estamos, junto con ellos, abrumados, fascinados, encantados. La Cruz no es simplemente un contenido, no es un capítulo del Catecismo, o un capitulo de nuestro discurso; la Cruz es el contexto, es el próposito, es el proyecto de la evangelización.
Y aquí termino yo recordando a nuestro querido Luis Bertrán, Patrono de la Provincia de Colombia. Es que hay una anécdota deliciosa de Luis Bertrán. Él estuvo allá en mi país, en varios lugares, estuvo en tierra de los indios motilones, que quedan en esa selva entre Colombia y venezuela, y luego estuvo el en la Costa Atlántica de mi país, o sea, hacia el Norte.
Y hay lugares que recuerdan la presencia de Luis Bertrán. Hay un pozo cerca a la ciudad de mi papá, se llama Barranquilla, no lejos de Barranquilla, como a una hora, queda un pueblo que se llama Pueblo Nuevo, y ahí, en Pueblo Nuevo, hay un pozo que se dice que viene del tiempo de Luis Bertrán, que fue un milagro que Luis Bertrán logró del cielo en un tiempo de una sequía terrible.
Y la gente de ahí lo que cuenta, desde tiempos ancestrales, es que ese pozo jamás se seca, se pueden secar otros, pero ése, el de Luis Bertrán nunca se ha secado. O sea que así se conoce y se quiere Luis Bertrán allá por el Norte de Colombia.
Bueno, el hecho es que cuando Luis Bertrán estaba con los motilones, -es una de las tribus salvajes, porque seguramente no sólo lo que hacían era cortar el cabello-, entonces Luis Bertrán estaba evangelizando allá, estaba solo, y él tenía una especie de tiendita que servía como de habitación para él.
Y después del día de trabajo, que sé yo, ¿qué haría él? No sé, catequesis con los indios; él se recogía en esa especie de cabañita o de tiendita que tenía, y entre otras cosas, pues, rezaba su Liturgia de las Horas, rezaba su Oficio Divino, lo rezaba en voz alta.
Entonces los indios, según cuentan las crónicas, los indios se quedaban admirados, le expiaban mucho, porque además vestía con su hábito, él iba con su hábito para todas partes en ese clima que es pavoroso, -yo he estado allí-, y eso me hace, no sé si admirar o compadecer más a a Luis Bertrán.
El hecho es que en ese clima pavoroso este hombre con su hábito, y por las tardes se ponía a rezar su Oficio Divino, y rezaba en voz alta; pero como esos indios no tenían lectura ni escritura, ellos no sabían qué era un libro, para ellos el concepto de libro no existía. Entonces ellos decían que Luis Bertrán se ponía a hablar con el libro, que Luis Bertrán conversaba con el libro.
Y ellos pensaban que el libro le respondía a él; que él le hablaba al libro, porque él rezaba en voz alta, y que el libro le respondía a él. Bueno, esa anécdota dice muchas cosas. Luis Bertrán fue muy eficaz en su evangelización.
Cuando nosotros, los Dominicos de Colombia, fuimos a reabrir esa misión, el primer nombre que tuvo fue "Bertrania" precisamente, así se llamó a esa región allá, y como os digo, pues está el recuerdo de Luis Bertrán desde esa época, desde hace cuatro siglos largos, está el recuerdo de él allá.
Lo que quiero destacar es que la vida de Luis Bertrán, como la recordó el pueblo humilde, pues una vida de generosidad, y un hombre que encontraba su descanso en la Palabra, "hablando con un libro", como decían los indígenas.
Esas dos cosas a ellos les impactaba mucho, a los naturales del país: el esfuerzo continuo denodado, generoso de este hombre, y que encontraba su descanso en la Palabra.
Pues yo creo que ese es un mensaje muy grande para nosotros; lejos de mí, por lo menos, toda esa virtud y tanta penitencia y abnegación de Luis Bertrán; pero de pronto hay algo permanente ahí que podemos aprovechar.
También nosotros, pues somos convocados a dar testimonio del mensaje de la Cruz y participar de esa Cruz, de una o de otra forma; y también nosotros estamos llamados a encontrar nuestro descanso y a rehacernos en el encuentro con la Palabra.
Lo que estos indígenas veían es que Luis Bertrán se rehacía, retomaba fuerza hablando, conversando con su libro. Pues bueno, algo de eso también nos puede tocar a nosotros.
El mensaje de la Cruz, así planteado, no es un símbolo religioso más; no es que nosotros utilizamos la Cruz, y los otros utilizan una estrella de cinco puntas, y los otros utilizan un cuarto menguante, y que cada uno utilice, ¿no? Este no es un asunto de slogan, este no es un asunto de logos.
La religión aquí no es un asunto de logos, la Cruz no es un logo para identificar lo que nosotros somos; la Cruz es el resumen de esta historia de Israel, es el resumen de la historia de Jesús, y es el resumen de cómo ha sido amada la humanidad entera.
En ese sentido, no es un logo intercambiable por ningún otro; en ese sentido, pues tiene un valor, que al mismo tiempo es singular y es concreto, pero también universal.