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Fecha: 19980522
Título: La Palabra construye el pueblo de Dios
Original en audio: 4 min. 28 seg.
Los Hechos de los Apóstoles nos presentan de una manera muy realista la aventura del Evangelio, aceptado en unas partes, rechazado en otras, acogido con gozo o despreciado con odio.
La Palabra de Dios va haciendo su propio camino, va recogiendo su historia. La Palabra de Dios tiene vida propia. Y más que recibir vida de nosotros cuando la pronunciamos, somos nosotros los que nos alimentamos de ella cuando ella realiza su obra en nosotros.
Ese mensaje que le daba el Señor Dios a San Pablo es de un alcance infinito para todo evangelizador: "Sigue hablando, sigue. En esta ciudad muchos son pueblo mío" Hechos de los Apóstoles 18,9-10.
A la manera de Jesucristo que se comparó con un sembrador, dispersando la semilla, nosotros como evangelizadores, como testigos del Resucitado, sembramos con abundancia, regamos el don que hemos recibido gratis. Y es Dios mismo quien nos fortalece y quien nos dice: "Sigue" Hechos de los Apóstoles 18,9.
A veces parece tiempo perdido, a veces parece infructuosa labor. Pero ahí está el Señor diciéndonos: "Sigue" Hechos de los Apóstoles 18,9.
Y la hora de la persecución y la hora de la cárcel no la determinan las artimañas e intrigas de las personas, las determina la providencia de Dios. Su Palabra está en nuestra boca, pero nuestra boca y todos nosotros estamos en sus manos.
Él nos ha dado su Palabra porque nosotros nos hemos dado a Él. Y si nosotros perseveramos en Él, su Palabra persevera en nosotros y da fruto abundante y fruto inesperado.
Una dimensión que tiene esto de la Palabra que crea comunidad, es que, en la medida en que nos asociamos a Jesucristo Evangelizador, no sabemos hasta dónde hay que llegar. ¿Qué tal que dejemos sin dar la Palabra a aquellas personas que iban a ser pueblo de Dios?
Hay que decirle también a esos, y luego a otros, y luego a otros. Porque, ¿quién es finalmente el pueblo de Dios? Sólo lo sabe Dios. Es un pueblo que se va construyendo, un pueblo que se va edificando por la Palabra.
Y hay una relación íntima entre la meditación de la Palabra y la predicación del Evangelio. Quiero recordar con ustedes una frase feliz, que supe del Cardenal recientemente fallecido, Yves-Marie-Joseph Congar, O.P., decía él: "Sabremos lo que significa evangelizar a todos los pueblos cuando lo hayamos hecho".
El contenido íntegro de la Escritura sólo es comprensible cuando se cumple.
Así como el Antiguo Testamento sólo alcanza su plena verdad en el Nuevo, así también el Nuevo Testamento sólo alcanza su significado completo en la culminación, en la Parusía, en la llegada del Señor. De manera que la tarea de escrutar la Palabra y la tarea de anunciar la Palabra son inseparables.
Y aquel que escruta, procure anunciar para que sepa cuál es la Palabra que está diciendo. Y aquel que predica, procure escrutar y escuchar, para que sepa cuál es el Mensaje que le ha salvado y cuál es la salvación que él mismo predica.
Amén.