P064006a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20030529

Título: Un discipulo es el que extrana a Jesus cuando se le pierde

Original en audio: 7 min. 41. Seg.


Hermanos:

La enseñanza más obvia de las lecturas de hoy, es que la tristeza es no ver a Jesús; y la alegría, es volver a verlo.

Podríamos definir así lo que es un discípulo. ¿Qué es un discípulo de Jesús? Es aquel que está triste cuando no lo ve, y es aquel que se alegre cuando le vuelve a ver. Esta es una señal del amor.

Cuando amamos, echamos de menos, extrañamos la presencia de aquellos a quienes queremos. Nos duele que se aparten de nosotros, y nos sentimos tristes cuando se van. Pero cuando vuelven a aparecer, cuando podemos nuevamente encontrarlos, entonces renace la alegría.

De manera que un discípulo de Jesús es alguien que tiene esa relación con Jesús. Y de aquí podemos sacar una primera pregunta para nosotros. ¿Nos da tristeza dejar de ver a Jesús? ¿Nos da alegría volver encontrarnos?

Una vez un señor se estaba confesando, creo que es las confesiones más bellas que he tenido ocasión de escuchar. Y decía este caballero: “Bueno, no he cometido muchas faltas”, y en efecto, hablaba de las faltas de su vida pasada. Cuando yo creí que él ya había dicho todos sus pecados, entonces dijo una cosa que me pareció tan profunda y que yo creo que venía del Espíritu Santo. Dijo: “Y lo que más me duele es que, durante todo ese tiempo, yo no extrañaba a Dios”.

Es la misma idea que estamos comentado aquí. “Yo no echaba de menos a Dios, no me hacía falta; lo que más me duele es que me sentía tan bien, estaba tan amañado en mi vida de pecado, en las amistades que me conseguía, en las ganancias que lograba, en las alegrías que tenia, estaba tan amañado, que no me hacia falta Dios”.

Esto también se parece a lo que dicen los médicos con respecto a la salud. Se sabe que un enfermos ha entrado en un estado realmente crítico, cuando pierde el apetito. La falta de apetito es no echar de menos la comida. Ya no le hace falta la comida, ya no la echa de menos, ya no tiene hambre.

Nuestro mundo, queridos amigos, esta muy gravemente enfermo, en muchísimas personas. No le tengamos miedo a una persona que está en búsqueda; no tengamos temor, ni tengamos repulsión de una persona que tiene sed. Esa persona encontrará, porque el que busca encuentra.

Lo grave es la persona que está en la condición en que estaba el señor de la confesión. Decía él: “Estaba tan tranquilo, estaba tan acostumbrado a mi vida de pecado, que ya no echaba de menos a Dios, que ya no lo extrañaba”. Un discípulo es el que extraña a Jesús cuando se le pierde.

Esto vale también para la misión. Vamos a dale ahora otra interpretación al texto. Vamos a mirarlo ahora desde el punto de vista de un misionero. ¿Quien es un misionero? Un misionero es un hombre, o bueno, una mujer, es un hombre o mujer que está lleno del amor de Dios, y que por amor a Dios quiere transmitir las riquezas, las alegrías, el amor, el mensaje que Dios le ha dado. Quiere compartir lo que ha encontrado.

Ya decían los antiguos filósofos: El amor es difusivo de sí mismo, "amor diffusivum sui"; el amor se difunde, el amor tiende a expandirse; el amor es como un perfume, que no se puede esconder, tendría uno que taparlo; el amor se difunde.

Un misionero es alguien que está poseído de amor y que por eso quiere difundir la buena noticia. ¿Qué es lo que hace un misionero? Un misionero, cuando se acerca a una persona, lo que hace es buscar al Jesús que está perdido. En algún lugar de la vida se nos perdió Jesús.

Y un misionero es alguien que, con su palabra, con su testimonio, con sus obras de misericordia, con mucha paciencia, con oración de intercesión y con penitencias, intenta que aquel que le escucha pueda redescubrir a Jesús. Pueda darse cuanta de que le hace falta Jesús

Lo más duro de una misión, eso lo saben los que son misioneros, que hay varios aquí, lo más duro de una misión es eso, lograr que la persona se dé cuenta de que sí le hace falta Jesús. Cuando la persona ya se da cuenta de eso, ya, ya está hecho todo. El día que la persona que nos escucha se da cuenta que le hace falta Jesús, ese día esta hecha la obra.

Porque ese día, ya la persona hace la pregunta, que si fuera licito, le diríamos la pregunta mágica, aunque uno no debe hablar de magia.

Pero vamos a permitirnos darle ese nombre, la pregunta mágica es la que está en Hechos de los Apóstoles, capítulo dos, cuando predicó Pedro y le dijeron: "¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué tenemos que hacer?" Hechos de los Apóstoles 2,37.

Un misionero es alguien que está poseído del amor de Dios y que quiere, a toda costa, que la persona que le escucha pueda decir esa pregunta: "¿Y ahora yo qué tengo que hacer?" Es decir, que la persona, se desacostumbre, se desinstale, salga de ese lugar donde está tan cómodo, de ese lugar de pecado donde esta tan cómodo. Que salga de ahí, que se pregunte: "¿Que tengo que hacer?" En ese momento se pone en marcha hacia Jesús, porque le hace falta Jesús.

Bueno, terminemos esta reflexión, solamente pidiéndole a Dios que siempre nos haga falta Jesús, siempre. Yo no me acuerdo cuál de las santas amigas, ahora no sé si era Santa Catalina o Santa Teresa, escribía en alguna parte que siempre le hacia falta Jesús, siempre, siempre.

“Siempre me hace falta Siempre. Yo leo su Palabra, pero ahí todavía no está, no está todo Él; todavía no lo puedo abrazar todavía no me puede besar, todavía falta, todavía falta. Yo comulgo y digo; ¡Sí, sí, es tan cerca, tan cerca como un leve velo, pero todavía no es!”.

¡Qué linda es esa hambre insaciable! Que siempre nos haga falta Jesús, que siempre estemos buscando a Jesús, que siempre estemos necesitando de Jesús. “Señor, que nunca deje de necesitarte”; o para decirlo con un frase tan linda de Santa Rosa de lima; le decía Santa Rosa, a Cristo, porque ella estaba enamorada de Cristo, le decía: “Me has herido de amor, pero no cures esta herida; sólo tu presencia la sana".

"No me cures esta herida, prefiero seguir herida, prefiero que siempre me hagas falta, prefiero siempre extrañarte, porque extrañarte es el motor que me mueve una y otra vez hacia ti”.

Que Dios nos regle esta amor inconmensurable, que siempre nos haga falta Jesucristo; que siempre estemos en movimiento hacia Él, hasta finalmente encontrarlo, primero en la Eucaristía y la Palabra, y luego en la gloria del Cielo.

Amen.