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Fecha: 19990513
Título: El juego del amor de Dios
Original en audio: 29 min. 34 seg.
Amados Hermanos,
Desde hace unos años la fiesta de la Ascensión del Señor, que tenía lugar en este jueves de la sexta semana de Pascua, se ha trasladado para este próximo domingo.
La razón es que el domingo es el día del Señor, por la Resurrección que fue en un domingo, y entonces las fiestas del Señor se ha querido que estén en los domingos. Las lecturas, entonces, que hemos escuchado, son las lecturas para este jueves, no las lecturas para la Ascensión, las cuales escucharemos en su momento el domingo.
Son lecturas un poco extrañas como es extraño el comentario que hizo Jesucristo: "Dentro de poco ya no me veréis, esperad otro poco, y me podréis ver" San Juan 16,16.
Tal vez nosotros sentimos la misma extrañeza que los Apóstoles: "¿Qué son esos pocos? ¿Qué es ese juego que tiene Dios, que hace que a veces lo podamos ver, y a veces no lo podamos ver?" San Juan 16,17.
Si miramos, en la primera lectura nos encontramos a Pablo, el gran Apóstol, el gran Evangelizador sometido también a una situación de éxito, por un lado, y de fracaso, por otro lado.
Éxito, porque los que eran paganos aceptan a Jesucristo; fracaso, porque los judíos a quienes se habían hecho las promesas maravillosas que apuntan a Cristo, no aceptan a ese Cristo, respuesta a todos sus anhelos y cumplimiento de todas las promesas.
La vida de San Pablo conoce del fracaso y del éxito. Cristo dice que dentro de poco lo veremos y dentro de poco no lo veremos, o al revés, y nuestra vida también está llena de subidas y bajadas, de luces y de sombras.
Es un día muy bueno para que nos preguntemos, y en cierto modo le preguntemos a Dios, con el respeto y la humildad del caso, por qué ese juego, por qué ese claroscuro, por qué a veces se le ve tan claro, y por qué a veces parece que se escondiera.
Por qué algunas veces tenemos que cantar: "Tan cerca de mí, que hasta lo puedo tocar", y otras veces, en cambio, sentimos que la noche, el vacio, la tristeza, el pecado o el desierto se adueñan de nosotros.
La pregunta, pues, que queremos abordar tiene que ver con las palabras de Cristo, tiene que ver con la experiencia de San Pablo y tiene que ver con nuestra propia vida, y esa pregunta es: ¿por qué en el camino de la vida espiritual hay esos ascensos y descensos?
¿Por qué Dios a veces juega a las escondidas? ¿Por qué no somos dueños, por así decirlo, de nuestro propio proceso? ¿Por qué hay días en que nos derretimos por Dios y días en que no nos conmovería ni el más grande de los milagros? ¿Por qué hay días en que sentimos su paso en cualquier vientecillo que acaricie nuestro rostro y hay otros días en que, si llegara un huracán, ni siquiera en él reconoceríamos el poder de Dios?
¿Por qué el corazón nuestro, que está tan cerca de nosotros, por qué ese corazón que sentimos palpitar se ríe de nuestros planes, de nuestras pretensiones, de nuestras decisiones? ¿Por qué sentimos a veces mucho y a veces poco? Creo que para algunos de nosotros este juego, sigamos utilizando esa expresión tomado de los escritos de Santa Catalina de Siena, ese juego, ese juego de amor lo llama Santa Catalina, llega a convertirse no en un juego sino en una tortura.
¿Por que? ¿Por qué cuando llega la manifestación del amor es la embriaguez de la alegría, pero cuando el amor se esconde, cuando Dios se calla y parece alejarse entonces un frío terrible atenaza el alma, y llegamos incluso a preguntarnos si sí era verdad lo que estábamos sintiendo cuando sentíamos tan cerca a Dios?
Pasa aquí, de pronto, lo mismo que sucede en las parejas, por ejemplo, en las parejas de novios, a veces la novia se cansa y dice: "Por qué a veces me consientes tanto, tiene s tantos detalles y tanta ternura y al otro día estás tan duro, tan indiferente, tan lejano como si yo no te importara?" Y entonces pregunta de pronto esta novia, esta muchacha: "¿O será que cuando eres tierno y cariñoso eso es una farsa?"
Algo así es lo que vive el corazón humano cuando siente que Dios viene y se va; entonces le entra como una especie de escepticismo, como una desconfianza: "¿Sí será verdad mi vida espiritual? ¿Si será verdad el Señor en el que he creído? ¿Si será ésta la Iglesia que me conviene, el grupo que me conviene? Será que estoy orando mal?" Esa angustia no solo se vive en la oración, se vive también en la predicación, como lo vivió San Pablo.
A veces nuestros mejores esfuerzos reciben como pago un fracaso, y otros días en que sentimos que no hemos hecho gran cosa, la gente nos quiere, la gente nos felicita; parece que todo el mundo se conmovió, el uno llora, el otro se desmaya y todo ha cambiado y Dios está presente y uno siente que no ha hecho nada. A veces a uno le parece que uno está como desfasado con Dios.
A veces a uno le parece que en este drama o en este teatro de la vida uno como que a veces sale cuando no le tocaba salir, y lo mismo que un artista que fuera despistado, le toca volverse a entrar al camerino y decir: "Esta como que no era mi hora; perdón, perdón, permiso".
Otras veces, en cambio, uno siente que no es nadie y Dios tiene la mirada puesta ahí y tiene una sonrisa para uno y tiene una palabra para uno y entonces uno ya no se lo puede creer.
Cuántas veces pasa, por ejemplo, en estos Congresos de Sanación que hay personas que se sanan, que se curan –a mí por lo menos me ha pasado- gente que se cura, que se sana y están sanos y lo están viendo y todavía no pueden creer que sean ellos las personas de las que se está hablando cuando se dice: "¡El Señor curó a alguien aquí!"
Este juego de amor del que habla Santa Catalina, a veces a uno le parece injusto, le parece cruel, le parece duro; a veces uno quisiera como sentar a Dios al frente y decirle: "Mire, pongámonos de acuerdo, a ver, ¿qué es lo que vamos a hacer? ¿Al fin cómo es que me va a tratar? Es caricia, caricia y cariñito? ¿O es palo, palo y mato? Aclaremos, aclaremos a ver cómo es que es éste camino".
Por eso digo, que la extrañeza que tuvieron los Apóstoles es la misma extrañeza que tiene uno. Porque los momentos de esplendor no se corresponden con los momentos de esfuerzo o de virtud. Hay veces que uno quiere hacer una buena confesión pero las lagrimas huyen y uno siente que está diciendo la confesión como si estuviera leyendo las noticias de la prensa: "Llovió mucho en Guyana", "cayó un rayo en el Paraguay", y uno no siente como que el corazón se derrite.
Otras veces, en cambio, tal vez no está uno ni en la iglesia ni en el confesionario y siente como una punzada en el alma y un dolor terrible de haber ofendido a Dios, pero en ese momento no hay ningún padrecito por ahí como para decirle: "Padre, estoy arrepentido, soy un gran pecador; bueno, mañana voy a ir a confesarme".
Y uno va el día siguiente a confesarse y ese dia ya no siente lo que sentía, y, seguramente, como decimos aquí en Colombia, para remate, al padre tampoco le parece ni pecado, ni gran pecado ni pequeño pecado lo que uno está diciendo y más bien le da la sensación de: "¡Agilice, agilice, porque hay mucha gente que atender!".
Bueno, ya tenemos las lecturas, ya tenemos el problema, ya tenemos la pregunta. Ahora, con la bondad de Dios, intentemos una respuesta. Jesucristo dice: "Os aseguro que vais a llorar y a afligiros mientras que el mundo va a alegrarse.
"Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría" San Juan 16,20. Parece que Cristo quiere que nosotros pasemos por esas tristezas y por esos vacíos.
¿Qué enseñanza podemos sacar nosotros de esa manera de obrar de Dios? Me apoyo sobre todo en la enseñanza de la Iglesia Católica, particularmente, como muchos de ustededes lo saben, de mi amiga y Doctora de la Iglesia Santa Catalina de Siena.
El Señor, a través de Santa Catalina, nos explica en qué consiste este juego de amor, y creo que es una explicación tan importante que le puede cambiar la vida a usted; ¡de ese tamaño es su importancia!
¿Por qué Dios quiere o permite, uno ni sabe, por qué Dios quiere o permite ese juego de amor, ese aparecer y desaparecer, esa alternancia del éxito y el fracaso, entre la primavera y el desierto, entre el día y la noche y sin uno ser dueño del proceso, por qué?
Por tres razones. Primera razón: la tomamos de los escritos de ésta Santa. Dice Dios: "Yo obro así, para que las personas no crean que yo estoy obligado a dar las cosas, para que todos aprendan que al Espíritu Santo no se le ponen leyes, para que todos se den cuenta de que sólo hay un Señor". Esa es la primera razón. No hay recetas; la brujería tiene recetas, la superstición tiene recetas, el satanismo tiene recetas, el Espíritu Santo no tiene recetas.
No hay recetas del tipo, "junte dos tazas del Nuevo Testamento con tres cucharadas del Nuevo Testamento, arrodíllese cinco veces, tóquese el pecho y en ese momento sentirá el amor de Dios". Las recetas de esa clase no vienen de Dios. Ciertamente ésta es una buena advertencia, porque hay grupos que sí presentan recetas, los llamados Cristianos, que están usurpando ese nombre.
Los de la Cruzada Estudiantil y Profesional de Colombia, por ejemplo, suelen utilizar una receta, una oración muy bonita que dice algo como esto: "Señor Jesucristo, hoy te reconozco como mi único y suficiente Salvador; te entrego mis pecados, te doy la gloria y alabanza". Algo así.
¿Es mala esa oración? No. ¿Son malos o errados los pasos en los que ellos describen la historia del pecado y de la salvación? No. Pero pretender que con ese papelito y que con esos pasos todo el mundo va a explotar en llanto y todo el mundo va a sentir el paso del Espíritu, ojalá con las mismas señales que tuvo el predicador cuando empezó a repartir esos folletos; pretender que eso lo va hacer el Espíritu Santo es tratar al Espíritu Santo como espíritu de brujería.
Al Espíritu Santo no se le pone recetas, Él es el Señor. Claro que alguien podía decir: "Un momentico, pido la palabra, y cuando le dicen a uno que se vaya a confesar, ¿no es también lo mismo? Que arrepiéntase de los pecados, que haga propósito de enmienda y luego vaya y se confiesa, ¿no es lo mismo? Vamos a decir la respuesta decentemente: no, no es lo mismo. No es la misma cosa.
Por qué? Porque el Espiritu Santo, en la versión de aquellos que se llaman Cristianos, sólo puede ser reconocido por unas ciertas señales, por ejemplo, si la persona estalló en llanto, si la persona tuvo un descanso en el Espíritu, si la persona empezó a orar en lenguas o cosas parecidas, pero las tres más populares son esas.
En cambio la Iglesia Católica nooo dice, nooo dice: "Vaya confiésese, en ese momento usted sentirá cómo la misericordia de Dios palpita en su corazoncito y usted sentirá gozo intenso y usted sentirá...." No. La Iglesia no habla de lo que usted sentirá, habla de lo que Dios va a hacer, pero no es usted; no es su corazón, no es su sensibilidad la que va a mandar al Espíritu Santo.
El Espíritu Santo hará lo que Él quiera. Una vez fue a confesarse un terrible pecador, es decir, otro terrible pecador porque yo soy uno, fue a confesarse otro terrible pecador que llevaba muchos años sin confesarse.
Y él se había imaginado cómo iba a ser la confesión: "Le voy a decir al padre esto, esto y esto otro; eso va a ser muy vergonzoso para mí, seguramente me va a dar llanto, y luego el padre me irá a poner una penitencia interminable, pero bueno, está bien, está bien, entonces voy y me confieso".
El hombre fue a confesarse. Resulta que no lo regañaron por lo que él creía que lo iban a regañar; sí le corrigieron lo que él no iba a decir; no le dio el llanto que creía que iba a sentir, sí sintió la alegría que no se imaginaba; y no le pusieron la penitencia que él se esperaba.
¡Es que el Espíritu Santo es el Señor! ¡Él es el Señor! Y por eso es que Espíritu Santo Sabe qué le da a cada persona y cuándo se lo da, y nosotros no tenemos que obligar al Espíritu Santo ni a que nos dé un gozo desbordante ni un llanto de arrepentimiento. Esa es la primera razón.
Segunda razón. Muchas veces acontece que el endurecimiento de unas personas sirve para la conversión de otras personas. Es que Dios no sólo está pensando en ti. Yo no sé qué complejo tenemos de que somos el ombligo del universo, yo no veo caras de ombligo aquí , pero uno siente que uno es como el ombligo del universo: "Si yo estoy triste, el universo llora; si yo estoy feliz, el universo canta".
Dios tiene muchas veces como método poner a los niños cansones en el salón, y uno muchas veces es un niñito cansón y caprichoso que anda llamando la atención, entonces Dios dice: "-A ver, usted", "-¿yo?" "-Sí sí, usted, el caprichoso, a la esquina", "-pero es que yo soy el centro, Señor, si yo me muriera se detendría el Cosmos".
Dios dice: "-Hagamos la prueba, tal vez el Cosmos sigue rodando un ratico después de que usted haya salido de su centro".
Los antiguos griegos hablaban de un ser mitológico llamado Atlas, nombre que ahora se le da a esos libros de mapas, que se suponía que estaba sosteniendo el mundo sobre sus espaldas. Por cierto, ellos decían que cuando Atlas se cansaba y se movía venían los terremotos. Nosotros nos sentimos con Atlas sosteniendo todo el Universo.
"Señor, ¿puedo toser? Porque como estoy sosteniendo todo", y Dios dice: "Mire, usted puede toser, puede caerse, puede convertirse o desconvertirse; usted no es el centro".
Dios muchas veces lo desplaza a uno al centro, lo desplaza a uno del centro. ¿No dijo la Santísima Virgen María en su cántico que, "Él derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes"? San Lucas 1,52.
Muchas veces Dios traerá el mejor predicador del mundo a una iglesia para que oiga esas palabras el más humilde mendigo de la ciudad, y probablemente toda la gente importantísima, toda la gente importante que llega a oír esa predicación no era la que le importaba a Dios.
El endurecimiento de los judíos sirvió para que se hicieran maravillosas misiones de conversión entre los paganos, y sabes qué nació de ahí, ¿no?
Nosotros, nosotros, que no éramos del pueblo judío, terminamos recibiendo la fe por el endurecimiento de ellos. Muchas veces Dios permite la caída de un cedro inmenso para que los duraznitos, los naranjos y los manzanos aprendan.
A veces el endurecimiento y la caída de unos sirve para el aprendizaje y bendición de otros. San Agustín dice, en sus escritos: "He visto caer almas tan santas, que si me hubieran dicho que San Atanasio cayó en pecado mortal, más lo hubiera creído".
Y por eso San Pablo decía: "El que esté en pie, mire no vaya a caer" 1 Corintios 10,12. Dios a veces permite caídas estrepitosas, -ay, Dios me libre, Dios tenga piedad de mí que estoy diciendo estas palabras y que soy un pecador-, porque Dios permite la caída de grandes cedros para que los arbustos y la hierba humilde aprendan también.
O sea que el endurecimiento de unos le va a servir a otros, claro que si nosotros le preguntáramos a ese cedro en su caída terrible: "¿qué sientes? Él diría: "Todo, todo se muere, todo se acaba". Cuando Nerón, el Emperador, se estaba muriendo decía: "Qué artista pierde el mundo", claro que él era el único que decía eso pero por lo menos hubo alguien que lo dijo.
Si le preguntáramos a ese cedro: "-¿Qué dices?", "Oh me estoy cayendo, caigo, caigo, caigo". Y Dios está diciendo: "Aprended, aprended, aprended". De la caída de ese cedro se va a beneficiar mucha gente. Tú, cedro, no eres ningún centro, eres cedro, no eres centro, de manera que a tierra, mijo".
Y Dios lo manda a uno a tierra y allá en tierra ¿qué hace uno? En primer lugar besa el piso, come un poquito de tierrita y entonces dice: "Ah, es que la cosa es distinta, la cosa es distinta, es que el camino es otro".
Y entonces uno, cuando ya se cayó el cedro altísimo, pum, cayó el cedro, él esperaba que todo el universo se acabara, se detuviera, que nadie más pudiera cantar ni reír, que todo se detuviera.
Y resulta que la hierba siguió cantando, la flor siguió perfumando, el naranjo siguió dando sus frutas, y el cedro allá acostado: "Oiga, ¿no se supone que se iba a parar todo cuando yo me muriera?" Y la hierba dice: "No. Yo sigo verde".
Y la rosa dice: "-No, pues yo sigo con mis flores, con mis rosas", y el manzano dice: "Mira, estoy preparando otra cosecha", hasta que al fin el cedro dice: "Estoy como haciendo el ridículo aquí, mi dignidad pide que yo deje de hacer el ridículo", y así la persona se convierte.
La otra cosa interesante de esas caídas, y este es el tercer punto, la otra cosa interesante es que una vez que uno está bien abajo, como le ha tocado a este pecho, resulta que ahí sí tiene hartos hermanos; cuando uno era el cedro altísimo o se cría, porque qué altísimo iba a ser ese cedro, cuando uno se creía el cedro altísimo no tenía a nadie, como dijo un escritor colombiano, cuyo nombre no voy a repetir aquí: "Cuando yo quiero leer un buen libro, lo escribo".
No tenía, pues, con quién hablar ese hombre, no tenía interlocutor, no? Estaba solo, "estoy experimentado la soledad de la excelencia". Cuando uno se cae, pum, se cayó; cuando uno se cae, tiene hermanos: las hormiguitas, los escarabajos, las mariposas, la hierba; le salen hartos hermanos.
Cuando uno se baja de esa nube y se cae, le salen una cantidad de hermanos porque allá en esa tierra que le tocó besar, en esa tierra hay una cantidad de gente a la que le ha pasado lo mismo. Después de que el cedro se quedó un poco de tiempo ahí acostado y vio que nadie le ponía cuidado entonces le preguntó a una araucaria gigantesca, que también se había caído: "Oiga, ¿usted también se cayó? Y la araucaria le dice: "-Sí". "-¿Y no lo levantan a uno?" "-No".
"-¿O sea que ya uno se queda aquí?" "-Si", "¿Y entonces qué vamos a hacer?" "Aprender la lección, aprender la lección, hermanito" Desde ese día el cedro y la araucaria fueron hermanitos, porque antes no se podían ver. El cedro miraba a la araucaria allá lejana.
La araucaria esta creyendo que con su simetría va a tramar ¿a quién? "¡Estas sí son ramas!". Y la araucaria miraba al cedro de lejos: "¡Mira el presuntuoso aquel!" Pero ya, cuando se cayeron, entonces ya pudieron mirarse de frente y pudieron ser hermanos.
Estos cambios del juego del amor de Dios hacen que uno pueda encontrarse con los otros hermanitos, y de pronto el cedro saca una ramita así, chiquita, y la araucaria saca otra ramita así chiquita, y se dan, no la mano sino la hoja, y se dan la hoja y se unen y cantan alabanzas al Señor.
¡Bendito sea este juego que se llama juego de amor! ¡Bendito sea Dios que nos conduce por montañas y por valles! ¡Bendito sea Dios que sabe cómo es que nos guía! Al final, si nos dejamos guiar, al final, hay un cántico de alabanza, que se parece mucho al cántico de la Santa Virgen.
Amén.