P056002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20010519

Título: El Espiritu Santo siempre nos impulsa a ir mas alla en la evangelizacion

Original en audio: 10 min. 20 seg.


Queridos Amigos:

Estas lecturas podemos decir que nos invitan, en una tónica misionera, a responder al llamado de Jesucristo. La primera lectura una invitación que el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo hace a un grupo de hombres disponibles, hombres dispuestos, con el oído atento como Pablo, hombres llamados a ir más allá.

Ellos habrían recorrido varias veces lo que hoy es Turquía, que se llamaba la provincia de Asia, en aquella época. Y ellos querían seguir predicando en la provincia de Asia, pero el Espíritu Santo los llama más allá, más allá. Es tan hermoso como dice Lucas: “El Espíritu no nos dejó predicar ahí” Hechos de los Apóstoles 16,7.

El Espíritu les puso afán, los apremió, los afanó, hasta llevarlos lejos. Y luego, a través de un sueño inspirado, le hizo sentir a Pablo, que había otros lugares adonde había que llegar.

Hasta entonces no habían pisado la tierra de Europa. Estamos en el capítulo 16 de los Hechos, y todavía no habían pisado Europa. La primera tierra europea que pisaron fue allá en Macedonia. Tierra, que por cierto, en estas fechas está en unos combates terribles. Hay que orar por esta región, por Macedonia, eso queda la norte de Grecia.

El Espíritu Santo siempre llamando más allá. Siempre llevando más allá. Otro paso más, todavía hay otra gente, hay otros lugares, hay otras familias, hay otros pueblos. ¡Más allá, ve más allá!

Y esa voz del Espíritu Santo actúa también en los corazones. Por ejemplo, recordemos aquí en Colombia, el caso de esta mujer Laura Montoya Upegui, la fundadora de las Hermanas llamadas Lauritas Misioneras.

Una mujer de familia, diríamos, acomodada, de la sociedad antioqueña, que se siente movida por el Espíritu Santo. “¡Hay que ir donde los motilones, hay que ir donde los indígenas, hay que ir, hay que ir!”.

El Espíritu Santo hace que nosotros no nos acostumbremos demasiado a lo que tenemos. Mientras que la carne nuestra, nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nos invitan: “No vaya; yo me quedo tranquilito aquí con la gente que ya me conoce, la gente que me quiere”; el Espíritu Santo siempre quiere algo más: “¡Tengo otra gente; vamos para allá!”

Y esto vale para todos. Yo voy a hacer, por ejemplo, un elogio, con todo cariño y no porque este aquí presente, del Padre que nos acompaña.

Perdónenme que hable de esta manera, pero ¿cuántas parroquias no se encuentra uno, donde el Padre ya está como muy tranquilo en su parroquia?: “Yo ya tengo aquí mi parroquia, ¿yo para qué me busco problemas?” ¿Cierto que eso pasa? “Yo estoy aquí tranquilo en mi parroquia”.

Pero el Espíritu Santo, el Espíritu Santo mueve, el Espíritu Santo, en cierto sentido, nos desacomoda. Y el Espíritu Santo le dijo, por ejemplo, a un Padre, como el Padre Eduardo Bueno, "¿y si tú me ayudas, y le abrimos esta otra puertecita al Evangelio?"

Sí, yo me podría quedar muy tranquilo. Yo soy profesor dentro de mi comunidad, soy profesor de filosofía, de teología. Yo podría quedarme muy tranquilo allá en mi convento, dando las clases a los frailes; ¡yo qué me voy a complicar con evangelizaciones raras, y con ir a congresos y esas cosas!”

Y el Padre podría quedarse muy tranquilo, ¿cierto? Y decir: “Yo ya tengo mi parroquia, que harto trabajo tiene; yo ya me quedo quieto y tranquilo”.

Y estos amigos, del ministerio de música podrán decir lo mismo: “Ah, yo ya tengo mucho trabajo en la Universidad, yo tengo mucha cosa que hacer, ¡yo qué me voy a complicar la vida!” Y ustedes también han podido decir: “Ah, yo ya tengo mucho programa de televisión que ver, y tengo mucho oficio que hacer, ¡yo qué me voy a complicar la vida!”

Pero el Espíritu Santo nos "complica" la vida. El Espíritu Santo le dice al Padre Eduardo: “Padre, ¿me ayudas? Tenemos gente a la que no hemos llegado; ¿me ayudas, Padre? ¿Me ayudas? ¿Me ayudas y vamos a llegar a ellos?" Y el Espíritu Santo me mueve a mí, y el Espíritu Santo también está tocando aquí corazones, y yo sé que muchos de ustedes en este momento están diciendo: “Oiga, pero es que yo también puedo ayudar”.

Así como Pablo encontró que podía llegar a Macedonia, así también estoy seguro de que tú tienes tu propia Macedonia. Tal vez tu vecino de cuadra, tal vez un enemigo con el que hace mucho tiempo no hablas, tal vez la gente de tu trabajo, tal vez hay un pasito que puedes dar más allá, ¡más allá!, ¡no te acomodes! ¡No te conformes! ¡No te aquietes! ¡No te encierres en tus intereses! ¡Más allá hay gente que te está esperando!

De pronto uno dice: “Ay, pero es que yo soy tan pecador, yo soy tan pecador y no, eso debe ser por ahí para la gente santa”. No me consta de ustedes, pero de mí les digo, yo no soy ningún santo. Mis pecados a veces tratan de frenarme también. Pero yo pienso: “¡Es que yo no voy a anunciar a Nelson Medina, yo voy a anunciar a Jesús, que es el Santo entre los santos!”

Por eso, mis hermanos, primera enseñanza de hoy: más allá, hay alguien que esta esperando esa palabra, no se conformen; no te acomodes ni a tu parroquia, ni a tu convento, ni a tu casa, ni a tu cuadra, ni a tus estudios. Como estos muchachos, tú también puedes salir un fin de semana a evangelizar en otras partes. De pronto, incluso, Dios te quiera para otros lugares, a muchos kilómetros de aquí, ¿por qué no?

Pero, viene la parte del evangelio. Cuando a uno le hablan de misiones y de evangelizaciones, de ir muy lejos, de pronto uno se puede poner un poquito romántico y decir: “¡Ay, qué bonito que yo hiciera eso!”

Jesús no es ningún iluso; mira las palabras que nos dice: “Si fuerais del mundo, el mundo os amaría; pero como no sois del mundo, por eso el mundo os odia” (véase San Juan 15,19). Esa es la condición del misionero. Uno dice: “Yo voy a ir más allá, yo quiero evangelizar en otras partes”; y uno cree que todo van a ser rosas, y no es cierto.

Uno encuentra mucho amor. Dios me ha concedido recorrer una partecita de este país, en encuentros de evangelización, como este que estamos teniendo. Y uno encuentra mucho amor, y uno encuentra mucho apoyo, eso es cierto, y encuentra mucha alegría. Pero también encuentra cansancio, desilusión, incomprensión, enfermedad, fracaso. Uno encuentra que lo que dice Jesús es la pura verdad. Eso es duro.

Mensaje de hoy entonces: el Espíritu Santo nos mueve a ir más allá de nuestros intereses y de nuestro egoísmo. Pero no ir con sueños dorados, con castillos rosados. Ir con una claridad: "las personas que me voy a encontrar son personas como yo".

¿Y usted cómo fue con Dios? ¿Usted cómo fue? Usted le puso un poquito de trabajo, ¿cierto? Eso no fue tan fácil la cosa, ¿cierto? Pues la gente que usted se va a encontrar, va a ser gente como usted, como usted.

Es que uno a veces cree que porque uno más o menos se convirtió, vamos a hacer de cuenta, uno cree que ya la gente que se va a encontrar es toda ya gente convertida. Y no, no, señor. Uno se mete a la tarea de la evangelización y se encuentra con que mucha gente esta como uno estaba. Que le importa cinco centavos lo que uno haga, y que no van a prestar atención. Y es duro, y uno se siento solo, y uno se decepciona.

Pero el Señor está con nosotros. El poder del Espíritu obra en nosotros y seguimos adelante. Y seguimos, y en todas partes hay un macedonio que nos esta esperando y que dice: “Yo estaba aguardando esa palabra y si tú no me la hubieras dado, tal vez no me la hubiera dado nadie”.

Vivamos con alegría nuestra vocación misionera. Hemos tenido un encuentro de amor, un encuentro de fe, un encuentro de oración. Es el tiempo de pensar también en compartir con otros lo que hemos recibido.

Sin conformarnos, sin reducirnos a nuestra parroquia, a nuestro colegio, a nuestra universidad, a nuestros intereses, a nuestra familia, sino siempre más allá. Con realismo, pero especialmente con amor. Con el amor que Dios nos da.

Amén.