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Fecha: 2000523
Título: Jesucristo obedecio al Padre por nosotros y por nuestra salvacion
Original en audio: 5 min. 22 seg.
Se ha dicho que Juan es el Evangelista teólogo, porque nos ayuda a penetrar en la revelación que él mismo nos ofrece. Por ejemplo, en este día, con las palabras de Jesucristo, podemos asomarnos un poco a los motivos de su Pasión.
Consideremos esa última frase del Señor: "Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago" San Juan 14,31.
El amor y la obediencia al Padre son la razón última, la razón que tiene poder en el corazón de Jesucristo para soportar la dura Pasión.
Todo ese sufrimiento tiene una causa última, la causa no está en la maldad de los hombres, la causa no está en el poder de Satanás; la causa hay que buscarla arriba, hay que buscarla en lo último del corazón del Padre, en ese amor y en esa obediencia que surge en el Hijo Jesucristo con respecto a su Padre.
Y si ahora preguntamos cuál es la razón de este mandato tan duro de obedecer, el único motivo que encontramos es el amor a nosotros, como lo hemos recordado en otras ocasiones y como lo dice el Credo: "Por nosotros y por nuestra salvación". Es cosa que lo hace estremecer a uno de agradecimiento y de alabanza a Dios.
Como dice el pregón de la Pascua: "Para ganar al esclavo, entregaste al Hijo". Ese género de amor, desconocido para el mundo, incomprensible pero necesario para nosotros, es el que nos da la salvación.
Pero ese amor no se queda sólo en su Fuente, que es Jesucristo, sino que derramándose desde esa Fuente, colma también con abundancia a los discípulos del Señor.
El Evangelio fue predicado en el Asia Menor, soportando diluvio de insultos y alud de piedras. Castigado como culpable, siendo inocente; tratado como un condenado, siendo el que anunciaba la salvación, Pablo reorrió estas ciudades de Licaonia en la actual Turquía, repartiendo con abundancia la Palabra de Dios a precio de su propia paz y de su propia vida.
También Pablo está cumpliendo la obediencia, también él está lleno de amor y también, por amor y por obediencia, riega con abundancia, esparce con abundancia la semilla de la Palabra, para que crezca el Evangelio.
Es duro para nosotros hoy, recorrer esa regiones que le costaron sudor y sangre al Apóstol San Pablo. Estas regiones, de las que nos hablan los Hechos de los Apóstoles, carecen hoy casi por completo de la fe cristiana.
En Corinto, poco queda; en Tesalónica, no hay gran cosa; y en estas: en Listra, en Derbe, en Iconio, prácticamente sólo están las ruinas. Duele saber que lo que fue visitado con tanto amor, al parecer quedó destruído; pero es que Pablo no estaba construyendo solamente para esas ciudades y para esos lugares.
Aunque fuera destruída hasta la raíz, aunque fuera dispersada completamente aquella comunidad, la palabra que allí fue predicada y el testimonio de lo que sucedió, fue recogido en estos escritos que luego han alimentado la fe de todos los cristianos.
Pablo estaba trabajando por Listra, por Iconio, por Derbe, pero estaba trabajando también, quizá sin saberlo él mismo, quizá sin tener completa conciencia, estaba trabajando por nosotros. Porque cuando llega la noticia de este amor y de esta obediencia hasta nosotros, también nosotros nos sentimos movidos a ser amorosamente obedientes al designio del Padre.
Que venga a nosotros ese mismo Espíritu que dio fortaleza, que dio la humildad, que dio la generosidad, que dio la constancia a estos gigantes de la fe.
Y con ese mismo Espíritu, nosotros, sumergidos en el río de la voluntad de Dios Padre, hagamos también nuestra propia parte en el camino del Evangelio, que nos viene desde estos santos venerables y que se prolonga después de nosotros a hasta el último de los elegidos.