P051005a
Fecha: 20010514
Título: La evangelizacion se construye con la humildad y con la audacia
Original en audio:: 18 min. 2 seg.
¡Que vida tan difícil la de los Apóstoles! Notemos que en un pueblo de estos que estaban recorriendo los echaron como si fueran perros, o como si fueran demonios. Y ahora en este otro sitio, los endiosan y los tratan como si fueran seres celestiales.
En un lugar, los trataban como si fueran habitantes del infierno y en otro lugar, como si fueran moradores del cielo, y no eran ni lo uno, ni lo otro.
Nosotros, que somos evangelizadores, tenemos que aprender esa lección. No somos ni perros endemoniados, ni ángeles embajadores.
Pablo y Bernabé, entran en medio de la gente, diciéndoles: “Somos como ustedes” Hechos de los Apóstoles 14,15.
Y es que así ha querido Dios manifestarse a través de hombres frágiles, pecadores, pero también ungidos, bendecidos. Un pecador perdonado, ese es un apóstol que tiene la experiencia de la miseria suya y de la grandeza de Dios.
Los grandes misioneros, los grandes santos, los mejores catequistas y los mejores evangelizadores, son los que tienen esa doble experiencia: saben que son seres humanos, capaces de las cosas más duras, más difíciles, más terribles, más repugnantes; pero también perdonados, sanados, bendecidos, levantados, reconciliados.
El discurso que dio un apóstol con su vida, se resume en esta frase: "Soy un redimido, me han salvado”. Y realmente ese testimonio de vida es el que luego se vuelve un torrente de palabras en la evangelización.
¿Quién nos enseñó esto? La que es maestra de evangelizadores, Santa Catalina de Siena, cuando pidió que todos, pero especialmente nosotros, y todavía más particularmente nosotros en la Orden de Predicadores, tuviéramos conciencia de nosotros mismos, conocimiento de nosotros mismos y conocimiento de Dios.
Necesitamos tener conocimiento de nosotros mismos, porque a veces la gente trata de endiosarnos; y necesitamos tener conocimiento de Dios, porque a veces nuestra conciencia o la voz del acusador intenta desesperarnos, intenta humillarnos. Conocimiento de nosotros mismos, para ser humildes; conocimiento de Dios, para ser audaces.
Con la humildad y con la audacia, con la sencillez y con el arrojo, así se construye la obra de la evangelización.
Y esa es la formación, la formación es eso. Alcanzar humildad y audacia, alcanzar sencillez y arrojo. Si una persona tiene demasiada audacia, demasiado arrojo, pero carece del conocimiento de sí mismo, o de sí misma, fácilmente le va a suceder lo de aquella estatua que vio el profeta Daniel. Una estatua muy bonita con oro y plata, pero con pies de barro.
Y ahí es cuando nosotros creemos que ya somos oro, plata y cielo, y de pronto vienen las caídas, vienen las humillaciones, y terminamos a veces hasta dando muy mal testimonio.
Por eso una vocación que se esta formando tiene que crecer en la audacia, pero no puede olvidar la humildad. Tampoco puede quedarse sólo en la humildad, careciendo del arrojo, careciendo de la valentía; porque un alma que se quedara solamente en la consideración de sus miserias y en la consideración de sus pecados, tampoco tendría nada que decirle al mundo.
Esa es una primera reflexión que surge de este capitulo catorce de los Hechos de los Apóstoles.
Segundo. Notemos que ellos habían sido perseguidos y los habían echado. Dice aquí: “Al producirse en Iconio conatos, empezaron a moverse con intención de maltratar y apedrear a Pablo y Bernabé" Hechos de los Apóstoles 14,15. Las circunstancias no eran fáciles; los persiguieron hasta echarlos.
Pero Pablo y Bernabé no se encierran en el resentimiento, ni en el mal que les está sucediendo, sino que convierten su desgracia en una oportunidad. Este es el segundo punto que quiero destacar. Porque es la diferencia entre las almas grandes y las almas pequeñas.
Un alma pequeña, alma de pollo o de gallina, cuando le pasa una cosa de estas, se encierra en el resentimiento: "¿Por qué me tratan así? ¿Por qué no me quieren? ¿Por qué son así conmigo? ¿Que habré hecho yo? ¡Se encerró, se metió en una cárcel! Un alma grande, obra como obraron estos hombres grandes, Bernabé y Pablo, “De aquí me echaron, ¿qué significa eso? Dios me abre otras puertas”.
La Iglesia ha tenido gente muy grande, así como estos santos Apóstoles, sobre los que estamos fundados nosotros. Por ejemplo, me acuerdo, aquel texto que leemos, me parece que es el día de San Juan Crisóstomo, que precisamente tuvo que padecer varios destierros.
Decía San Juan Crisóstomo: “Bueno, si me van a echar, del Señor es la tierra y cuanto la llena. Me pueden sacar de un lugar, pero no me pueden sacar de las manos de Dios”. Esa es un alma grande, las almas grandes no se dejan enredar, las almas pequeñas se enredan solas.
Cuenta mi querido hermano y amigo, el padre Freddy, de una procesión muy concurrida. Y entonces decía un viejito: "¡No me empujen que yo me caigo solo!" Las almas pequeñas son así, obran así. No hay ni que empujarlas, se enredan ellas solas.
Y en todas partes encuentra problema, ninguna casa es suficientemente buena, ninguna obediencia demasiado liviana, ninguna amistad suficiente, ninguna renta alcanza, nada los haces felices. Son almas pequeñas, son almas mezquinas. Las almas grandes, como las de Pablo y Bernabé, saben que cuando Dios cierra una puerta, indica un camino.
En esto también nos ayuda nuestra santa maestra Catalina de Siena, porque muestra Catalina, que en las contradicciones, nosotros ganamos más que cuando las cosas son favorables. Hasta el punto de que tanto ella, como muchos otros grandes santos, le han tenido verdadera devoción a los momentos difíciles y de contradicción, cosa que uno a veces no puede entender humanamente.
Y Santa Catalina nos da esta enseñanza: "Cuando las cosas van bien, no hay una ruta. Cuando hay una contradicción cuando hay un problema, cuando aparece una voluntad frente a la mía, porque esa es una contradicción, cuando aparece una voluntad frente a la mía, ahí no puedo dudar de la obra de Dios".
Podemos decir que cuando todo sale bien, es como cuando una persona está, por ejemplo, en una llanura, y todo le parece igual y todos los caminos se le parecen. Todo está bien, pero todo está bien, significa que cualquier cosa podría ser. En cambio, cuando surge la contradicción, cuando surge la dificultad, entonces, Dios señala un camino.
No se nos olvide que el primero que cerró una puerta para indicar un camino, fue el mismo Dios. Eso aconteció en el Génesis. Dios no dejó a los primeros padres, no los dejó en ese paraíso de delicias, para que vieran lo que les pareciera y creyeran que todo estaba bien.
Dios por amor, porque no fue por rabia, ni por venganza, sentimientos que no caben en Dios, por amor, cerró una puerta y puso un Ángel con una espada de fuego. Cuando yo era niño, me impresionó mucho ese pasaje, seguramente a muchos de nosotros. Me impresionó mucho. Y yo al principio pensé, fíjese que es una blasfemia, pero uno se equivoca.
Yo al principio pensé que era como rabia que Dios había tomado por el pecado que ellos habían cometido. No. Esa espada en manos de ese Ángel estaba apuntando el camino de la salvación. La espada es para que no se devuelvan, pero la espada también está indicando una ruta.
Cada vez que sucede una contradicción y que Dios nos saca de un paraíso, lo que esta haciendo es eso mismo del Génesis, está cerrando las puertas, y está poniendo un Ángel con una espada. Uno puede quedarse mirando la espada y decir: "¡Tan duro que es Dios conmigo!" O puede pensar, y será mucho mejor: "Esa espada es una flecha que me indica adonde me quiere Dios".
Y fíjese que nuestros padres no se pusieron a pelear con la espada de fuego, ni renegaron con aquel Ängel, sino que se fueron, siguieron la ruta de Dios. Y de ese seguir la ruta de Dios, de ahí, empezó el larguísimo camino que condujo finalmente a la amistad con Abraham, a la Alianza con Moisés, a la promesa a David y a la llegada del Mesías.
Cuando se cierra una puerta, hay un Ángel y una espada de fuego, y la espada señala el camino. Ahí verá uno, si es tan tonto como seguramente hemos sido muchas veces, de quedarse mirando la puerta cerrada, o si aprende que esa espada está mostrando el camino de la voluntad de Dios.
En este sentido, nuestra amiga de Siena dice que existe una especie de obediencia que va mas allá del voto de obediencia. Eso sí que es difícil de entender en los escritos de Santa Catalina, o por lo menos para mí. Porque ella dice que la obediencia no hay que limitarla únicamente al superior.
Entonces ahí me quedé yo, leyendo, estudiando un poco eso, me quede así como perdido, hasta que me parece que el Señor me aclaró un poco la idea. La idea es que, en el surgimiento de cualquier otra voluntad y de esas contradicciones de las que estamos hablando, ahí también está obrando la voluntad de Dios.
Entonces, no es que uno por humildad se vuelva cobarde y comience a ser el bobo que hace caso de todo y de todos. Sino más bien, que uno anda en la cacería de las señales de la voluntad de Dios. Ese es un santo: el que anda a la cacería, en la búsqueda de las señales de la voluntad de Dios. Y cuando encuentra ese género de contradicciones, le duele, claro que duele, pero va viendo la ruta que marca la espada. La ruta de la espada de fuego es la ruta de la voluntad de Dios.
Eso fue lo que hicieron Pablo y Bernabé, y el fruto fue inmenso, el fruto fue muy grande. Dios tiene preparados sus frutos, Dios tiene preparados sus lugares. No le dañemos el plan a Dios. Es terrible, es impresionante su espada, pero es hermoso su fuego.
Seguimos la ruta que Dios nos vaya marcando y Él irá mostrando cuáles son las providencias, cuáles son los encuentros, cuáles son las circunstancias para que demos el tamaño de fruto que Él quiere.
No olvidemos, finalmente, que cuando nosotros nos ponemos totalmente en la voluntad de Dios, pero totalmente, como quizás no lo hemos hecho nunca; cuando nos ponemos radicalmente, totalmente, en las manos de Dios, entonces sí puede aparecer el plan de Dios. Para mi ese es el problema y ese el dolor de conciencia de los que hemos obedecido a medias.
Una persona que obedece a medias, a regañadientes, con tardanza, con pereza, es decir, uno que no es apasionado por la voluntad de Dios, debe tener un dolor muy grande, porque nunca sabrá de qué se perdió.
¿Que tenía preparado Dios para mí, si yo le hubiera hecho caso? Eso es lo más grave, que uno ni siquiera sabe todo lo que Dios ha pensado para uno, eso sólo lo sabe Dios. Dios tiene unos planes tan bellos. Dios piensa, Dios no sueña, Dios no imagina sino santos en cada uno de nosotros.
Entonces, para que aparezca ese santo que Dios imagino no tengo otro camino sino rendirme a la voluntad de Él. Y rebelarme, protestar, tardarme, emperezarme, a Dios no le va a hacer daño, pero a mí sí, porque nunca sabré ni siquiera de qué me perdí. Esa es una de las penas del infierno y quizás no sea la más pequeña de todas: nunca sabré exactamente de qué me perdí.
"Nosotros, por el contrario, busquemos, corrigiéndonos de nuestras rebeldías, corrigiéndonos de nuestras maldades y tardanzas, volvamos con todo nuestro ser hacia Dios, a decirle de una manera renovada: "¡Ya, Señor, quiero querer lo que quieras, y sólo lo que quieras, y como tú lo quieras!
Que Dios con el poder de su Espíritu, que fue con el que constituyó Apóstoles a estos grandes, con ese poder del Espíritu obre también en nosotros, para que alcancemos la verdadera espiritualidad de la obediencia.
Yo pienso que por ese camino, como con una espada de fuego, Dios va a llevar a su Iglesia a unos niveles muy altos de santidad.
Amén.