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Fecha: 20080419
Título: El amor de Dios nunca fracasa
Original en audio: 20 min. 30 seg.
El Resucitado no conoce la palabra fracaso. Vivir la Resurrección es vivir una victoria que no puede ser destruida. Con la ayuda del Espíritu Santo, quisiera poder explicar estas palabras.
La Resurrección no puede ser destruida, su victoria no puede ser arruinada, ¿por qué no puede ser arruinada? Porque cada puerta que se cierra, abre muchas puertas más.
Unos cuantos ejemplos nos pueden ayudar a valorar la victoria de Cristo, y a valorar cómo esa victoria también ha de realizarse en nuestras vidas unidas a la de Cristo.
Consideremos el caso de los mártires: se supone que matar a una persona es arruinarla; se supone que matar a un jefe es acabar con un movimiento; se supone que torturar y asesinar a los que son adictos a una idea debería extinguir esa idea, pero no sucede así.
Resulta que los fieles de Cristo son apresados, son torturados, son asesinados, y cuanto más los persiguen más brilla la gloria de Dios, y nuevos candidatos buscan el bautismo. Esta no es ciencia ficción, esta no es una fantasía mía, esta es historia de la Iglesia, especialmente en los siglos II, III y IV.
Es decir, no se puede arruinar la victoria del Resucitado, torturando a la gente, porque la integridad, la paciencia, la mansedumbre, la caridad, la pureza de estos mártires, lo que hace es revelar más y más la victoria de Dios.
Hace unos días aprendí una comparación: si tú tomas, por ejemplo, una sustancia, una planta que tenga mucho aroma, digamos una flor como, tal vez, la violeta o unas rosas que tienen un perfume delicioso; si tú intentas destrozar esa rosa, puedes acabar su belleza, pero al hacerlo despiertas, difundes más sus perfumes.
Eso es lo que ha sucedido con los mártires, cuando eran destrozados, difundían el perfume de Cristo, y ese aroma delicioso, esa atmosfera de gracia atraía a muchos más para seguir proclamando, para seguir anunciando la victoria del Señor. Ese es sólo un ejemplo.
El libro de los Hechos de los Apóstoles, en el pasaje que hemos escuchado hoy, nos ayuda a descubrir otro ejemplo; este pasaje estuvo tomado del capítulo 13, y relata un fracaso, pero dijimos que la Resurrección no acaba en fracaso.
El fracaso consiste en que San Pablo quería ante todo anunciar el Evangelio a la gente de su raza; quería anunciar el Evangelio a los suyos, su pueblo, y fue a pronunciar esa noticia de salvación, pero fue rechazado, y ese fue un fracaso.
Pero, entonces, San Pablo ¿qué hace? ¿Se hunde en un llanto de depresión, y dice: “Mejor me voy a poner una venta de empanadas en Belén”? No, eso no fue lo que hizo. ¿San Pablo dijo: “Voy a poner una venta de vestidos de baño en Marruecos”? No, eso no fue lo que hizo.
San Pablo lo que dijo, de acuerdo con la lectura de los Hechos de los Apóstoles, es lo siguiente: “Teníamos que anunciaros primero a vosotros, -o sea a los judíos-, la Palabra de Dios; pero, como la rechazáis, y no os consideráis dignos de la vida eterna, nos vamos a los gentiles” Hechos de los Apóstoles 13,46.
Resulta que este mundo es como un inmenso hospital y el Evangelio es como la medicina; y si un médico dice: “-Oye, no me interesa tu medicina, pues mira cuántos otros enfermos hay”. ¡El Evangelio nunca fracasa! Fracasa el que lo rechaza.
El Evangelio nunca termina en fracaso, porque es tanta la necesidad, es tanta el hambre que hay en tantas personas, que nuestro problema se reduce a una sola cosa: “Yo no puedo escoger, yo no debo escoger quiénes van a recibir primero el Evangelio”. Eso no lo tengo que decir yo. Eso no pertenece a mi arbitrio.
Evangelizar no es difícil. Evangelizar es muy sencillo. Consiste en buscar quién tiene necesidad; ir, en el nombre de Cristo, a ver qué se puede hacer por esa necesidad.
Si los judíos, por lo menos, los judíos de Antioquía dicen: -“¡Hey, no me interesa!” El Apóstol ¿qué dice? “-Ya, hay mucha gente a la que sí le interesa. Permiso, sigo mi obra”. El Evangelio jamás agota su alegría. El Evangelio jamás agota su victoria, si alguno lo rechaza el que pierde es él.
Y de aquí surge una enseñanza muy importante. La única condición que tiene el evangelizador es no ponerle condiciones a Dios. Esa es la única, porque evangelizar hay que evangelizar. Si tú vas, por ejemplo, donde tu familia y le cuentas: “He descubierto el amor de Dios; he descubierto el poder del Espíritu”, y ellos dicen: “Oye, tú, fanática, ¡cállate!”
Hay dos posibilidades o tal vez tres. Posibilidad número uno: me voy para mi cuarto y con un llanto de confusión digo: “En realidad todo era mentira. Yo no recibí nada. Perdí mi tiempo. Ese encuentro era falso”. Esa es una posibilidad.
Otra posibilidad: me lleno de ira y de encono; monto en mi caballo preferido, “cólera”, y salgo a atacar a los de mi familia: “-Ustedes se me convierten por las buenas o por las malas”, y ellos dicen: “-Ni por las buenas ni por las malas, y se va de aquí”. Eso tampoco funciona.
La tercera posibilidad es hacerse esta sencilla pregunta: "¿Y quién me dijo a mí, de dónde rayos saqué yo que los primeros que tenían que convertirse eran los de mi familia? Yo les ofrezco a los de mi familia, si ellos rechazan, pues entonces vamos a ver quiénes aceptan.
La única condición de un evangelizador es no poner condiciones. Esa es la única y con esa basta. El Evangelio nunca fracasa. El que ama nunca fracasa. El que ama siempre tiene la riqueza de haber amado.
Por eso, podemos incluso llegar a entender ese misterio que es el infierno. Hay gente que cree que le hace un favor a Dios diciendo que el infierno no existe; y hay gente que razona de la siguiente forma: “Si Dios es tan bueno, si Dios es tan compasivo, Dios tiene que cancelar el infierno”.
Hay, incluso, un sacerdote que por ahí anduvo en desobediencia, o sigue andando, no sé. Sacerdote católico, dolorosamente, que organiza unas campañas para sacar gente del infierno. Quizás, hay algo de buena intención en ese sacerdote, pero está muy equivocado. ¡Profundamente!
Y hay una religiosa dominica que escribe en Internet. Yo soy dominico, por si acaso. Una religiosa dominica que escribe en Internet, y cree que la mejor manera de anunciar el Evangelio de la misericordia, es negando que pueda haber infierno.
Pero resulta que el infierno no se opone a la misericordia. El infierno, efectivamente, es algo así como un fracaso; entonces, la gente que piensa, y en eso piensan acertadamente, que el Evangelio no puede fracasar, entonces dicen: “¡No!¡Imposible que haya infierno!”
Ya en la antigüedad hubo un famoso pensador llamado Orígenes, y Orígenes dijo que al final de los tiempos tenía que darse una especie de perdón general, una especie de amnistía. Algo tenía que suceder.
De manera que todo el mundo, todas las personas, todos los Ángeles, incluido, el mismo diablo, todos tenían que volver hacia Dios, y todos tenían que ser admitidos, reconciliados, y habría una gran fiesta, y en esa fiesta una alabanza, y todos serían buenos, y todo sería luz, y todo sería dulce, y bello.
Es tentadora esa posición, y cuando la Iglesia Católica dice, como nos lo han recordado los últimos Papas, que lo del infierno no es simplemente una metáfora, sino que es una posibilidad real; entonces, la gente dice: “Alemán tenía que ser ese Papa, claro, es un Papa que con todo lo que le ha sucedido, y con lo estricto que son los alemanes, quiere que haya infierno”.
Lo del infierno no depende de que el Papa sea alemán, o sea polaco, o sea colombiano; porque puede haber un Papa colombiano, ¿cierto? En un momento dado. Algunos miran con cara de que no. Entonces, ¿por qué puede haber un infierno y al mismo tiempo haber misericordia? Porque el amor nunca fracasa.
Hay una comparación muy bonita que es esta: imagínate que Dios es como un sol, es como luz, eso no es difícil de imaginar. Dios es el sol, es la luz de la gracia, del amor, de la verdad, y de la bondad.
Él, desde su seno, envía los rayos de su misericordia, y envía también los rayos de su verdad que son esos momentos en que uno siente actuar la voz de la conciencia, y uno dice: "¡Uy, pilas, me equivoqué con esto, o con eso!"
Muchas veces somos alcanzados por los rayos de la verdad Divina que nos hace ver nuestros errores, o que nos confirma en nuestras obras, o pensamientos correctos. Dios es como ese sol y los rayos de su bondad se difunden por todas partes, y lo llenan todo.
Ahora imaginémonos un ser humano obstinado, terco, o, igual pudiéramos decir un Ángel. Pero hablemos de un ser humano. Es una descripción en este caso, que por medio de una especie de parábola, nos ayuda a entender lo que queremos decir.
Este ser humano, este astronauta, porque, claro, está en el espacio, es un astronauta, empieza a alejarse del sol, porque no quiere esa luz, porque le molesta esa luz, y alguien dirá: “-Pero, ¿cómo le puede fastidiar a una persona la luz que Dios envía?” Lo que pasa es que lo primero que anuncian los rayos que salen de Dios es que Dios existe.
Y esa es una mala noticia, si yo quiero ser Dios. Si yo quiero ser la última palabra en mi vida; si yo quiero hacer de mi todo lo que yo quiera, y si yo quiero ser adorado por otras creaturas, como dios, entonces, la luz de Dios, del único y verdadero Dios, es una mala noticia para mí.
Porque la luz de la verdad divina me recuerda que yo no soy Dios, yo soy creatura, yo no soy Dios, yo no soy independiente, yo soy dependiente, yo dependo de Él, yo no me doy el ser, lo bueno que hay en mí proviene de Él. Todo eso me lo enseñan los rayos que vienen de Dios.
De manera que aceptar la verdad de Dios es aceptar que Él es el Señor y yo soy su servidor. Pero supongamos, y ese es el caso, de hecho, que este astronauta no quiere servir. No quiere eso. No quiere la verdad de Dios, porque no quiere admitir a alguien mayor, mejor, más sabio, o más poderoso que él.
Entonces, rechaza la verdad de Dios. Entonces huye de Dios y se aparta, y se aparta. El infierno hay que imaginarlo de una manera dinámica, no estática. El infierno es como un infinito apartarse, como un rechazo que nunca termina, una caída que jamás acaba. Este astronauta se aleja, y se aleja.
Pero por donde él se fue, por el rastro donde él se fue ¿qué queda en lo que atañe a Dios? Queda un camino de luz, entonces ese astronauta díscolo, fugitivo, obstinado, soberbio, ¿qué ha hecho finalmente? Ha dejado un camino de luz. El camino de todo el amor que Dios le ha ofrecido.
De manera que si uno considera el final de los tiempos, si uno considera la realidad del infierno, lo que acontece no es que no haya infierno, sino que los que han escogido rechazar a Dios de esa manera, lo único que han conseguido es revelar que los rayos de su amor no acaban jamás.
Por eso es bella la creación, y es bello todo lo que Dios ha hecho; incluso si hay un infierno, ahí queda ese camino de luz, ese camino que es la historia de todas las providencias y amores de Dios.
Bueno, ¿pero Dios no podría perdonar a esa persona? Por supuesto. ¿Y Dios la quiere perdonar? Por supuesto. ¿Y esa persona quiere? No. ¿Por qué ese astronauta rebelde no quiere ser perdonado? Porque ser perdonado de nuevo es recibir la verdad de Dios.
Ser perdonado es, otra vez, reconocer que siempre me equivoqué. Ser perdonado es reconocer que yo no soy Dios, y eso es lo único que no quiere reconocer Satanás. Eso es lo único que no quiere reconocer el que se rebela.
Porque la frase, la canción del diablo es: “¡No serviré!” No quiere reconocer a ninguno por encima de sí mismo. Y, por supuesto, una vez que se toma esa decisión, el problema no está en Dios.
Escritores superficiales, enemigos de la Iglesia utilizan las páginas de diarios importantes de nuestro país, y utilizan recursos como Internet para decir cosas como la siguiente.
Y esto lo dice, por ejemplo, un gran científico como Rodolfo Llinás, que debería ser gloria del pensamiento colombiano, si no fuera como es, un ateo redomado. Eso no quita nada de la calidad científica que puede tener como neurólogo.
Entonces, dice Rodolfo Llinás, y dicen los ateos, y los masones, y los enemigos de la fe, y los enemigos de la Iglesia: “Yo no puedo creer en un Dios que se desquita infinitamente por los siglos de los siglos. Allá pone en la paila a sus enemigos y se goza retorciéndolos”.
Ateo, cualquiera que sea tu nombre; masón, cualquiera que sea tu logia, no has entendido un pepino, no sabes de qué estás hablando. El problema no es Dios. Dios, no de hoy, ni de hace una semana, ni de hace trescientos años, ha dejado de ofrecer su perdón. Ese es el rastro de luz.
Ese es el rastro de amor en la parábola del astronauta, ese es el rastro de amor que podemos descubrir: Dios ha ofrecido su perdón
Entonces, yo describo aquí la cosa de una manera caricaturesca: Dios envía a uno de sus Ángeles: “Tú me haces el favor de llevar esta carta. Se la llevas allá a su oficina a Satanás”. Es una oficina móvil, porque es un astronauta rebelde.
"Me haces el favor de llevarle este mensaje, y le vas a decir que con todo cariño, y con todo gusto le ofrezco perdón". Eso sucede a las nueve de la mañana.
A las nueve y un minuto de la mañana, responde Satanás: “No me interesa esa oferta”. ¿Por qué no le interesa? Porque eso sería admitir que siempre estuvo equivocado, y que él no es dios. Y eso es lo que él no quiere hacer.
Pero el amor no falla. El amor en cuanto tal no fracasa. El amor que se ha ofrecido deja esos caminos maravillosos de luz, y en esos caminos se declara el amor que siempre vence, el mismo amor de Cristo, en quien creemos y a quien adoramos.
Amén.