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Fecha: 20020424
Título: En el Nombre de Jesus, venceremos
Original en audio: 12 min. 5 seg.
No cabe duda que el Apóstol Pablo vivió momentos sumamente amargos en aquella provincia del Asia Menor, lo que corresponde a la actual Turquía; pero fueron también momentos de una belleza especial, momentos para experimentar la cercanía de Dios, la guía de Dios como tal vez nunca la había experimentado este Apóstol.
Es muy triste ver que una puerta se cierra, pero es maravilloso cómo el Señor abre otras puertas. Y por eso la primera enseñanza que quiero compartirles hoy es esa.
Pablo tenía como esa ilusión, ese amor en su alma. Él era judío de corazón, él sabía que en Jesús estaba el cumplimiento de todas las promesas, todo lo que Dios había prometido a su pueblo, a su raza desde los tiempos de Abraham, y Pablo había encontrado en Jesús la respuesta maravillosa a toda esa expectativa de su pueblo.
pero cuando él va a anunciarle a ese pueblo que en Jesús se cumplen las promesas, ya vemos la respuesta que encuentra, indiferencia, endurecimiento, incluso envidia y violencia, eso es triste.
Pero al mismo tiempo, el pasaje de los Hechos nos habla de alegría, Pablo hace un discernimiento a la luz de Dios, ¿Por qué se cierra esta puerta? Y descubre en la Palabra una respuesta: Te hago luz de las naciones Hechos de de los Apóstoles 13,47; y brota la alegría entre los gentiles, entre los no judíos.
Esta no es una anécdota solamente de la vida de un gran hombre, un gran evangelizador, es la historia de la Iglesia, y es la historia de todo cristiano, de toda alma enamorada de Jesús, ver puertas que se cierran en nuestras narices y ver puertas que se abren donde nadie pensaba.
Dios nos habla a través de los Hechos: "no insistamos ante la puerta cerrada, corramos ante la puerta que se abre". Pablo, digamos, carnalmente, por raza, quería que esa puerta, la del judaísmo, se abriera, pero se la tiraron en la cara.
Entonces, crucificando su carne, dejando a un lado sus sentimientos, discierne, con la luz del Espíritu y de la Palabra, y descubre: "¡Aquí se está abriendo un camino nuevo!"
Y bendito Dios que hizo ese descubrimiento el Apóstol, porque gracias a esas comunidades fundadas particularmente en medio de paganos, gracias a esas comunidades de gentiles, el Evangelio, podemos decir, que se adueñó de Europa, y quizá no es exagerado decir que nosotros hoy conocemos a Jesús y celebramos a Jesús gracias a esa decisión de Pablo.
Qué tal que Pablo se hubiera quedado sentado en una piedra llorando: "No me oyeron, no me pusieron cuidado, nadie me oyó, bueno, qué pesar".
Indudablemente, hay dolor en su alma y él lo dice allá especialmente en esos capítulos 9 a 11 de la Carta a los Romanos: "Un dolor terrible atraviesa mi alma y estaría dispuesto a ser yo mismo anatema con tal que se sanaran los de mi raza” Carta a los Romanos 9,2-4.
O sea que dolor tenía, le dolía, pero más allá de ese dolor, deja su carne crucificada, no insiste ante la puerta cerrada, busca la luz del Espíritu y encuentra un camino nuevo.
Todavía en un plano más profundo podemos sacar otra conclusión: a veces uno siente que el Evangelio como que pierde, no triunfa, se frena. Fácilmente uno puede sentir eso, cuando trata de presentar la luz del Evangelio, por ejemplo, a la familia, o a los compañeros de comunidad, o los amigos de la juventud, a los vecinos, a la gente que siempre ha estado con uno.
Intenta como ofrecerlo bien presentadito y no lo reciben, tal vez porque sabiendo de nuestros pecados desconfían de nuestras palabras. Y se puede creer que el Evangelio ahí no tuvo victoria. ¡El Evangelio siempre vence, siempre! Lo que uno tiene que pensar es en dónde quiere vencer ahora.
La pregunta no es si el Evangelio va a vencer o no, él siempre vence. Como le dijo el Señor a Pablo cuando estaba ya al borde de la frustración, tal vez fue en Corinto: “Sigue, que en esta ciudad muchos son pueblo mío, sigue” Hechos de de los Apóstoles 18,9-10, como diciéndole: "Tu tarea es encontrar cuáles son los míos, no te canses, no pierdas el tiempo allí donde parece que hay fracaso’ y eso fue lo que hizo Pablo.
Esto parece que explica el final de esta lectura, un final muy paradójico: “Convocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio, ellos sacudieron el polvo de los pies y se fueron, los discípulos quedaron llenos de alegría” Hechos de de los Apóstoles 13,50-52.
Cómo así? Organizaron una persecución, los echan, ¿por qué quedaron felices? Porque veían ahí un triunfo. El evangelio no se detiene, el Evangelio siempre vence. Lo que tenemos que preguntarnos es en dónde quiere vencer y no ponerle condiciones.
"Ahora el Evangelio va a vencer en el corazón de mi mamá", no, tal vez tu mamá se va a convertir allá cuando se esté muriendo, o tal vez se va a convertir por otro camino de otra manera; "¡y ahora el Evangelio va a tomar a mis amigos de mi juventud"; "ahora el Evangelio va a tomar a la gente que me cae bien".
El evangelio siempre vence, pero no donde nosotros le digamos. El Espíritu es el que hace las conversiones, es el Espíritu Santo y el Espíritu Santo es el Señor, es Señor y dador de vida. ¿Entonces qué nos corresponde a nosotros? Pues tomemos alguna pista precisamente de la lectura de hoy de San Juan.
Ahí está una palabra escondida, una palabra que todos amamos, la palabra “transparente”. ¿Qué opina usted de esta expresión maravillosa de Jesucristo: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre?” San Juan 14,9.
¡Fantástico, lindísimo, soy la transparencia del Padre, en mí se ve al Padre!; "¡Guau", yo quedo admirado de la santidad de Jesús, quedo admirado de lo que es un evangelizador, quedo admirado de lo que es llevar la Buena Noticia, es eso, es la transparencia de Jesús, ¡qué linda es la transparencia!
"Quien me ve a mi ha visto al Padre" San Juan 14,9. “Cómo dices tú muéstranos al Padre” San Juan 14,9; "Si me conocierais a mi, conoceríais también a mi Padre” San Juan 14,7.
Todas esas expresiones ¿qué indican? La capacidad de revelar, de mostrar, la capacidad de ser transparencia de Dios.
¡Es maravilloso! ¿Y qué nace de ahí? Lo que nos dice Jesús: "Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia" San Juan 14,10, y más adelante dice: "El Padre que permanece en mí es quien hace las obras, las palabras son las de mi Padre y las obras son las de mi Padre" San Juan 14,10.
Es muy lindo eso, el invisible, el que habita en una luz inaccesible, el que nadie ha visto ni puede ver, de repente está ahí ante nosotros en Jesús. Jesús transparencia del Padre, Jesús revelador del Padre. ¡Que venga a nosotros el Espíritu de Jesucristo!
Él termina dándonos una esperanza inmensa: "Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré" San Juan 14,13.
Jesús, en tu propio nombre, te pedimos: "¡Danos el Espíritu Santo, junto con toda la Iglesia; Jesucristo, nos estamos preparando para la efusión del Espíritu Santo; Jesús, danos el Espíritu Santo, realiza en nosotros esa obra que nadie más puede hacer!
¡Haz que seamos transparencia del Evangelio, para que podamos descubrir la gracia que anunciamos, para que podamos anunciar la gracia que tenemos; envía ese Espíritu a nosotros, Señor, para que descubramos el Evangelio de la victoria, para que nunca más nos entristezca la puerta que se cierra, porque tú mismo nos descubres la puerta que se abre!".
Amén.