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Fecha: 20010512
Título: Apoyar las nuevas obras que suscita el Espiritu Santo en la Iglesia
Original en audio: 6 min. 58 seg.
Notemos el cuadro que se presenta en la Primera Lectura: un pueblo destinado a la salvación que se convierte en acaparador de la salvación, y eso no lo tolera Dios.
El mensaje de la Pascua constantemente rebasa nuestras expectativas, eso causa alegría, y también revienta nuestras predicciones, y eso causa desconcierto e incluso disgusto. La misma Pascua que nos llena de tanta alegría, nos puede llenar de sorpresas, desconciertos y disgustos.
Llegan estos con una gran noticia y ya vemos el efecto que trae: hay júbilo en una parte de la población, pero hay desconfianza, hay envidia y finalmente odio en la otra parte.
Que a nosotros nos haya alcanzado el mensaje de la salvación es una cosa fantástica, pero que ese mensaje no se va a detener en nosotros, sino que irá más allá de nosotros mismos, es algo que ya no no parece tan fantástico, es algo que ya nos cuesta trabajo, es algo que ya nos duele.
Yo, por ejemplo, como dominico estoy viviendo esto; como religioso lo estoy viviendo, y como sacerdote, porque el tiempo en el que estamos ya no es el siglo XIII cuando se multiplicaron nuestros conventos.
Ya no estamos en los tiempos de Jordán, que podía decir a los frailes cuando iba a hacer misión a una determinada ciudad: "Preparen veinte o treinta hábitos", porque él sabía que con uno o dos meses de predicación, veinte o treinta muchachos entrarían como frailes a la Orden.
Ya no estamos en esos tiempos, nosotros no somos la vanguardia de la Iglesia, y por eso, así como nosotros en alguna época recibimos la desconfianza de los monjes, pero sobre todo de los sacerdotes diocesanos, así también ahora nosotros nos podemos sentir susceptibles, y nos podemos sentir escépticos de los que van después de nosotros y que hoy constituyen la vanguardia de la Iglesia.
Hoy la vanguardia no somos nosotros los religiosos, nosotros somos una obra del espíritu Santo, y si Dios nos ha traído aquí, no es porque seamos indispensables, sino porque quiere nuestra salvación; es por su ternura y por atender con misericordia a nuestra conversión y santificación por lo que Dios nos ha traído.
Pero no vayamos nosotros a pensar que somos indispensables en esta hora de la Iglesia, de ninguna manera. El Espíritu Santo sigue sin detenerse y va haciendo nuevas obras, y hoy los que están en la frontera son sobre todo los movimientos laicales, los nuevos movimientos eclesiales.
Esto puede causar también en nosotros sentimientos extraños de desconfianza. Se han dado casos en que se presenta la envidia, claro, no tanto así como para arrojarle piedras a los nuevos enviados, no, no llegamos hasta allá.
Pero sí pueden aparecer, sí pueden asomar, a veces yo lo he visto entre los frailes, actitudes de burla, de total descalificación, como si cualquier cosa que se fuera a hacer después de que nosotros fuimos fundados, ya no tiene la estructura de nosotros, ya no tiene la seriedad de nosotros, ya no tiene la santidad de nosotros; despidámonos de esas ideas.
Qué maravilla que el Evangelio haya llegado hasta nosotros, pero qué humildad la que necesitamos para saber que Dios llegó hasta nosotros y sigue y va para otros; y va a seguir despertando cosas nuevas.
Y a nosotros lo que nos corresponde ¿qué es? Alabar al Señor por todas sus obras, ayudar, con un servicio sin orgullo, que nazcan de la mejor manera las nuevas obras del Espíritu Santo para los nuevos siglos.
Sin embargo, hay que reconocer, a partir de las palabras del Papa, que esto no es como las modas; la obra del Espíritu Santo no es como las modas en el vestir o en el maquillarse, me explico: esto no es como que antes la moda era volverse monje, después la moda fue volverse fraile, después la moda fue volverse, qué sé yo, un consagrado seglar o lo que sea.
No es asunto de modas. El Espíritu Santo tampoco cancela lo que ha hecho, sino que más bien le da una especie de lugar, le da su sitio dentro de la Iglesia, le invita a renovarse, le invita a ser fiel a su propia misión. Y eso es lo que nosotros no hemos querido, nosotros digo sobre todo pensando en frailes y en otras hierbas; nosotros no hemos querido, ¿por qué? Porque nosotros entonces pensamos que si hoy la vanguardia está en los laicos, nos toca volvernos como los laicos; no, señor, no.
Nosotros tenemos que permanecer fieles a lo que nosotros somos y desde ahí, con un renovado amor a Dios, bendecir, alabar, glorificar, predicar, apoyar lo nuevo que venga.
Nosotros no tenemos que decirle al Espíritu Santo de qué tamaño nos tiene que hacer; tal vez seremos muchos, tal vez seremos pocos, lo que interesa es que seamos fieles en nuestro amor a Dios, y que con un corazón puro, sencillo y generoso respondamos a nuestra propia vocación y apoyemos la obra del Evangelio que es mucho más grande que nosotros.
En este sentido, el Papa, en su carta sobre la vida consagrada, nos invita a valorar todo lo que el Espíritu Santo ha venido haciendo a lo largo de los siglos y a saber, que en la medida en que cada uno es fiel a su propio llamado, todos concurren a la difusión de la buena noticia de la salvación.
Que Dios, entonces, nos otorgue gratitud, celo por la salvación de las almas, apoyo generoso a lo que está naciendo, y también ese amor que es la fuente de todo y que es la corona y la meta de todo.